Crítica: La desaparición de Eleanor Rigby

THE DISAPPEARANCE OF ELEANOR RIGBY

Para su debut en el largometraje, al neoyorquino Ned Benson no se le podía haber ocurrido un proyecto más ambicioso que La desaparición de Eleanor Rigby. Su ópera prima es el extenso díptico formado por Him Her, dos películas separadas que cuentan la historia de un matrimonio roto después de una tragedia, desde la perspectiva de cada uno de los miembros. Sumando ambas partes, el metraje total de Eleanor Rigby asciende a unas cinco horas. Sin embargo, después de su paso por festivales como work-in-progress (y con los Weinstein interesados en el proyecto) se realizó un montaje final que combinaba, tijera mediante, los films individuales. Así nacía Them, la versión “más comercializable” que llega a las carteleras. Al verla, salta a la vista que no es así como se concibió esta experiencia cinematográfica, pero es lo que tenemos de momento.

En esta exhaustiva y agotadora mirada a las relaciones de pareja y a la familia seguimos, casi de manera literal, a Connor Ludlow (James McAvoy) y Eleanor Rigby (Jessica Chastain) allá donde van, mientras se distancian, entre ellos y del mundo. La relación comienza de manera idílica, y así es como Benson la retrata, a la luz de la luna, entre luciérnagas y rocío, componiendo un primer segmento de Eleanor Rigby romántico y etéreo, con el que contrasta el resto de la película. Tras una abrupta elipsis, Eleanor intenta desaparecer saltando desde un puente. No sabemos por qué. Y Benson tarda un buen rato en darnos la respuesta, provocando quizás el efecto contrario al deseado: ocultar información esencial para el desarrollo de un personaje no aumenta el desasosiego o el enigma de su drama, simplemente desorienta, y provoca una distancia contraproducente con la obra.

Afortunadamente, cuando descubrimos la razón por la que Eleanor sufre depresión y no quiere ver a su marido, la película toma forma, y el espectador por fin recibe el acceso que se le había negado a la mente de sus personajes. Una vez dentro, lo que vemos no tiene nada que ver con aquellas noches en el parque. Con ecos a Blue Valentine o la infravalorada Rabbit HoleEleanor Rigby no es una “película de amor” al uso, tal y como quiere hacer creer su engañosa campaña de marketing. Nos habla entre otras cosas del amor, claro está, pero lo hace sin más concesiones al romanticismo que las del inicio, analizando el origen de los comportamientos de sus personajes (para entender a Connor y Eleanor hay que conocer a sus padres, fantásticos Isabelle Huppert, William Hurt y Ciarán Hinds), centrándose en su dolor, observándolo, explorándolo, diseccionándolo de manera casi clínica. El resultado es una obra intensa, pero también fría, una película terriblemente cruda con la que Benson sacrifica toda complacencia en favor de un retrato honesto e implacable del amor en la tradición de Ingmar Bergman (que Chastain se dé un aire a Liv Ullman es coincidencia).

Eleanor Rigby posterPor tanto, el riesgo que asume el director no solo tiene que ver con el formato con el que decide presentar su historia, sino con la mirada desapasionada desde la que se posiciona. Benson quiere que veamos a Connor, y sobre todo a Eleanor, en su peor momento, y ni él ni sus protagonistas tienen miedo al rechazo que esto pueda provocar. James McAvoy realiza un trabajo impecable, pero es Jessica Chastain la que se lleva la parte más complicada de la historia, ella es aparentemente la que está más perdida (como su generación, tal y como le reprocha el personaje de Viola Davis), la que nos cierra la puerta, la que muestra su peor cara. Y Chastain personifica a la perfección esa temeridad con la que Eleanor Rigby compone a sus personajes y deja que estos reaccionen a su tragedia de manera orgánica, sin manipulaciones. Los caminos de Connor y Eleanor convergen de nuevo hacia el final, en la que es una de las escenas más dramáticamente potentes que vamos a ver este año. La desarmante interpretación de McAvoy y Chastain nos purga, desatando una liberación que nos hace comprender mejor lo que hemos visto. Asimismo, el exquisito, casi onírico desenlace, es un broche perfecto, una escena con la que Benson se reafirma en su modo de filmar: la historia es toda nuestra y nosotros decidimos qué sacar de ella.

Hay un pequeño instante en Eleanor Rigby que pasará desapercibido para muchos, y que sin embargo esconde la misma esencia de la película. Eleanor cruza la calle, dejando a sus espaldas un graffiti en el que se puede leer (a duras penas) “La distancia no se mide en kilómetros, se mide en horas“. Quizás haber fusionado HerHim en una sola película (y a pesar de que esta se hace algo larga) traicione esta idea, e invalide en cierto modo su voluntad de estudio filosófico y antropológico. Lo que vemos en Them es suficiente para hacernos una idea, pero nos queda la sensación de que hace falta pasar esas cinco horas a solas con Eleanor y Connor para alcanzar a comprender del todo el dolor de esa distancia.

Valoración: ★★★★

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