Wilfred: Puerta al sótano

Elijah Wood Wilfred

“La felicidad no depende de acontecimientos externos, sino de cómo los percibimos”
León Tolstói

Wilfred es una de esas series que comienzan en un lugar, y acaban en otro completamente distinto, un viaje impredecible que ha merecido la pena completar. La comedia creada por Jason Gann y David Zuckerman a partir de la ficción australiana del mismo nombre empezó su andadura como una simple neo-sitcom gamberra y alucinada, la historia de un joven a punto de suicidarse (Elijah Wood) que ve al perro de su vecina como un hombre disfrazado (Gann) y desarrolla una amistad disfuncional con él, lo que le hace cuestionarse su cordura. Wilfred era una suerte de fusión de Infelices para siempre (Wilfred recuerda mucho al conejo Floppy) y Ted, de Seth MacFarlaneNo en vano, Zuckerman es uno de los guionistas de Padre de familia, y esto es algo que salta a la vista, y mucho, durante los primeros capítulos de Wilfred. Es por eso que resulta aún más sorprendente, echando la vista atrás, que la serie fuera rebajando ese humor de fumados, ligero y descerebrado, para dar lugar a un tipo de comedia más sofisticada y un tono cada vez más serio y oscuro.

A medida que la serie se adentraba más y más en la psique de Ryan Newman, y su agitado mundo interior iba tomando forma en alucinaciones y ensoñaciones cada vez más surrealistas, Wilfred se acercaba a terreno David Lynch, convirtiéndose así en una serie de misterio (a ratos reminiscente de Lost) con toques de comedia negra y tintes existencialistas (además de una auténtica oda continuada al mejor amigo del hombre, todo hay que decirlo). En otras palabras, Wilfred empezó siendo una serie de la factoría MacFarlane sobre un tipo echado a perder y su colega-mascota, y acabó siendo Donnie Darko. El misterio de la identidad de Ryan, y el enigma de su ¿enfermedad? se fue retorciendo a lo largo de las cuatro temporadas que componen la serie, de manera que la broma dio paso a un juego psicológico (y paranoico) muy estimulante, una historia que iba acumulando capas, desvelando secretos e incorporando datos que reconfiguraban constantemente un relato más amplio de lo que creíamos, y nos hacían cuestionarnos qué era verdad y qué un producto de nuestra imaginación, tal y como le ocurre a Ryan.

Wilfred Puerta al sótano

Con un total de 49 episodios, Wilfred logra mantenerse centrada la mayor parte de tiempo, desarrollando una historia concisa y disponiendo una mitología sucinta pero muy organizada (dentro de la confusión que caracteriza a la vida de Ryan) en la que ningún detalle está ahí por azar. Al final, todas las piezas encajan, todos los enigmas reciben una solución más o menos concreta, pero se deja la puerta abierta (nunca mejor dicho) a múltiples interpretaciones y teorías alternativas sobre lo que ha ocurrido (del tipo “el sótano es el Cielo”). ¿Qué le ha pasado a Ryan? ¿Quién es en realidad Wilfred? Aunque podemos razonar múltiples hipótesis, en realidad la serie nos da las respuestas en el sublime desenlace que es “Happiness” (4.10), en el que conecta todos los acontecimientos a la infancia de Ryan, tejiendo una capa subconsciente de caras conocidas, improntas y recuerdos suprimidos al más puro estilo lynchiano que dotan de sentido completo a lo que hemos visto, convirtiendo la serie en una historia idónea para su consumo en sesiones continuas.

“Todo el mundo piensa en cambiar el mundo, pero a nadie se le ocurre cambiarse a sí mismo”.

Wilfred es una obra rebosante de simbolismo, una serie que utiliza la enfermedad mental para hablarnos de la naturaleza misma de la felicidad, y de las múltiples vías para alcanzarla. Sectas, manicomios, tratamiento de shock, el deseo de morir, la delgada línea entre la realidad y la fantasía. Estos son los elementos que la serie arroja a su protagonista y a aquellos a su alrededor para que descubran ese camino. ¿La conclusión? Muy clara: para ser felices a todos nos hace falta un poco de locura. En el caso de Ryan en concreto, más que un poco. Al final de la serie, el personaje de Elijah Wood (ya especializado en dar vida a tipos raros gracias a sus últimos papeles en cine) acepta su condición de maníaco depresivo, abraza su enfermedad y celebra su locura. La felicidad para él proviene de la manera en la que uno ve las cosas, y Ryan decide quedarse en la realidad que le hace feliz, rechazando así la vida “normal”, la que los demás eligen para existir en perpetua desdicha (es decir, la que elige Jenna). Es un desenlace tan triste como bello, una coda perfecta a una serie fácilmente catalogable como marcianada, y que ha resultado ser el precioso retrato de una enfermedad, la locura de estar vivo.

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