Crítica: El corredor del laberinto

The Maze Runner

El corredor del laberinto (The Maze Runner) es una de esas películas que podemos describir fielmente enumerando sus muchos referentes, haciendo que quien no la ha visto aún se imagine perfectamente lo que le espera si decide adentrarse en ella. La película del debutante Wes Ball, basada en la trilogía literaria escrita por James Dashner, es una fusión perfecta, casi científica, de los libros El señor de las moscas de William Golding y El juego de Ender de Orson Scott Card, la película de Vincenzo Natalli, Cubela serie Perdidosy por supuesto, la saga adolescente Los juegos del hambreTodo aderezado con cierto aroma al cine de M. Night Shyamalan, concretamente a la incomprendida El bosque.

Aunque salta a la vista enseguida que estamos ante otra saga Y.A. (por mucho que pese a los fans que se empeñan en rechazar sistemáticamente toda comparación con Los juegos del hambreDivergente), El corredor del laberinto posee los suficientes alicientes como para destacar por encima de sus competidoras, y potencialmente ampliar su público de la misma manera que ocurrió con Harry Potter o la franquicia de Katniss Everdeen. La acción y el misterio priman a la hora de contar la historia de Thomas y la comunidad de niños perdidos a la que se incorpora, yendo rápidamente al grano, sin perder el tiempo con eternos prólogos o contextualizaciones innecesarias. En lugar de esto, el espectador es introducido en el universo del laberinto in media reslo que hace que este se implique más para tratar de comprender los enigmas que se plantean.

En un ejercicio claro de identificación en primera persona, el espectador acompaña al protagonista, interpretado por un (adecuadamente) histérico e híper-físico Dylan O’Brien (Teen Wolf), después de que este sea transportado en un montacargas hacia lo que parece ser un bosque natural cercado por una enorme muralla que da paso a un laberinto que nadie ha conseguido atravesar. Ni él ni nosotros sabemos absolutamente nada de lo que está pasando. Thomas se une así a un grupo de jóvenes que llevan tanto tiempo encerrados en ese páramo aislado del mundo que han formado una sociedad ordenada por reglas y dividida en pseudo-castas. Una de estas castas es la de los “corredores“, que se encargan de recorrer el laberinto cartografiando sus giros y trazando itinerarios con la idea de resolver el “puzle” algún día. Por la noche, las puertas del laberinto se cierran, y unos monstruos biomecánicos lo custodian hasta el amanecer.

El Corredor del Laberinto_PosterComo todo protagonista de distopía adolescente que se precie, Thomas manifiesta cualidades que lo convierten en un joven “especial”, casi un elegido. Él se encargará de poner en duda la estructura social en la que ha sido depositado y cuestionar la autoridad, con el objetivo de atravesar el laberinto y descubrir quién los ha convertido en cobayas. En este sentido, El corredor del laberinto se desarrolla a base de clichés y personajes arquetipo, y sin grandes alardes de creatividad o espectáculo -quizás debido a un presupuesto más bien ajustado. Aun con todo, Ball consigue mantener la tensión durante casi toda la película, firma unas cuantas escenas de acción más que dignas (a pesar de la oscuridad y la confusión que las caracteriza), y sobre todo, acierta adaptando con detallismo el microcosmos social (formado por varias decenas de chicos y una sola chica) propuesto por Dashner, que no es sino una metáfora de la adolescencia en sí misma.

El corredor del laberinto es en definitiva una cinta de aventuras y ciencia ficción correcta, un pasatiempo más inteligente de lo que el género nos tiene acostumbrados. A pesar de no resultar brillante en ningún momento, y de desaprovechar en cierto modo las posibilidades que brinda el laberinto, la película destaca por presentarnos una historia que hemos visto en incontables ocasiones desde una perspectiva algo más fresca e interesante, con una factura y ambientación más que estimables, y además desprovista (por ahora) de componente romántico y otros elementos puramente Y.A. Pero la mayor virtud de El corredor del laberinto es su capacidad para despertar la curiosidad y mantener el interés desde la primera escena. Al menos hasta su predecible, sobre-explicativo y retorcidamente absurdo desenlace, que a pesar de prometernos un universo mucho más amplio y suponer el punto de partida para erigir una sociedad distópica de manera semejante a Los juegos del hambre, desvirtúa en cierto modo lo visto hasta ese momento.

Valoración: ★★★

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