Crítica: Transformers – La era de la extinción

TRANSFORMERS: AGE OF EXTINCTION

Lo de “la avaricia rompe el saco” no es algo que preocupe especialmente a Michael Bay, más que nada porque por mucho que estire la cuerda, por mucho incluso que se rompa, sabe que el público acudirá en masa a ver sus películas, siempre manufacturadas para reventar la taquilla estival, para proporcionar una vía de evasión en los aburridos días de verano. Por eso la saga Transformers continúa, porque a pesar del clamor popular (que dice que cada vez son peores), el público sigue convirtiendo estas películas en éxitos masivos de la box office (está claro que no aprendemos). Bay firma este año la cuarta entrega de la franquicia de los alienígenas robots de HasbroTransformers: La era de la extinción, reafirmándose una vez más en su personal estilo, y proporcionando al espectador exactamente lo que espera de su cine. Algo positivo y negativo a partes iguales.

Bay es un auteur  de blockbusters, eso está claro. Sí, es un narrador desastroso -se dice que sus guiones son en realidad una sinopsis y él simplemente rueda escenas para luego amontonarlas en la sala de montaje-, y un realizador lleno de vicios -esos trávelings de lado, esos contrapicados, los besos a contraluz, la fotografía iluminada por el cegador atardecer, la cámara en constante movimiento y los planos sobrecargados de información visual-, lo que lo convierte en un cineasta muy limitado técnica y artísticamente, pero tiene claras cuáles son las armas que mejor le funcionan. No es un buen artista, pero es un gran vendedor. Sin embargo, con este pseudo-reboot que supone Age of Extinction, el director confirma lo que sospechamos desde aquella infame segunda parte, que estas armas se han descargado completamente. Ni el lavado de cara del reparto -el prolífico y taquillero Mark Wahlberg recoge el testigo del polémico Shia LaBeouf– sirve para salvar La era de la extinción, un desastre fílmico sin remedio que confirma que los Transformers se han quedado en la Tierra más tiempo del que estaban invitados.

TRANSFORMERS: AGE OF EXTINCTION

La primera entrega de la saga, estrenada en 2007, conquistaba a muchos aficionados al blockbuster (entre los que yo me incluyo) gracias a su combinación de aventuras a la vieja usanza (a ratos incluso muy spielbergianas), humor absurdo (y más inspirado de lo esperable, hemos de reconocer) y los efectos digitales mejor realizados e integrados desde Parque jurásico. Lo que funcionaba en la primera película, que partía de una premisa tan alocada que muy pocos confiaban en ella, dejó de surtir efecto en las dos siguientes, desplazando la atención a lo estúpido de la propuesta, algo que no debería pasar en una superproducción fantástica de esta naturaleza. Con La era de la extinción, Bay repite la jugada, y levanta un exorbitantemente caro y grandilocuente espectáculo visual en el que la acción no da tregua al espectador, hasta el punto de que este puede acabar ahogado por ella. Como es habitual, la confusión y el caos reina durante todo el metraje (la mitad parece reciclado de las anteriores películas) y además en esta ocasión los efectos digitales están por debajo de la media -planos aparentemente a medio acabar, criaturas digitales menos realistas y una sensación general de estar viendo un videojuego en pantalla grande. Por si eso fuera poco, las escenas de acción protagonizadas por los humanos están tan mal ejecutadas que en todas ellas identificamos constantemente a los dobles de riesgo (véase la escena de los tejados), una chapuza que no debería ocurrir en algo como Transformers.

Afortunadamente, Bay ha rebajado el tono y ha pulido el humor, algo más sobrio que el de las anteriores entregas, que resultaban excesiva y ridículamente infantiles. En esta ocasión lo dosifica mejor, entre explosiones, gente corriendo y (vergonzosas) dosis de melodrama familiar y romance, aunque sigue manifestando un encefalograma plano cómico, con una total dependencia del chiste fácil. Los humanos nunca han sido importantes en esta saga, pero La era de la extinción se apoya en gran medida en el supuesto carisma de Mark Wahlberg, que se une a la patriótica franquicia interpretando a Cade Yeager, un entrañable padre soltero de la Texas rural (en algunas escenas nos preguntamos si estamos viendo en realidad Friday Night Lights), experto en tecnología transformer. Además de salvar el mundo, Yaeger tiene que velar por la seguridad de una hija adolescente, Nicola Peltz (la tía buena de recambio), con la que desarrolla una química extraña y artificial que aparta a su verdadero donjuán, Jack Raynor. Ni nos creemos a Wahlberg como padre protector ni a Peltz como hija adolescente -Hollywood nos ha malacostumbrado y no podemos evitar verlos juntos sin pensar en que él le debería estar tirando los tejos a ella como buen chulo de playa que es-, lo que provoca que los cimientos “dramáticos” de la película (si es que alguno hubiese) se desmoronen y la inverosimilitud se imponga. Paradójicamente, son los protagonistas humanos los que dan lugar a esto, y no los robots gigantes caracterizados como moteros con barba y puro o como samurais…

TRANSFORMERS: AGE OF EXTINCTION

Pero lo peor de Transformers: La era de la extinción no es su embrollado argumento (del que no hace falta contar nada), su pueril sentido del humor, su machismo de serie, sus risibles villanos, sus one-liners de vergüenza ajena (“Mi cara es mi garantía”), el almibarado componente romántico (ese “Nos protegen las leyes de Romeo y Julieta” hace daño), el insultante product placement que plaga toda la película, o Wahlberg (él lo es casi). De hecho, lo peor tampoco es lo vacuo de la propuesta, porque es algo que todos esperamos de ella, y además con ganas (ya sabéis, apagar la mente y dejarse llevar no está mal de vez en cuando). Lo peor de Transformers: La era de la extinción es su desorbitado e inhumano metraje, que alcanza casi las tres horas y nos acaba sumiendo en un profundo estado de entumecimiento y desesperación para luego acabar de la manera más abrupta posible, evidenciando así dos cosas que ya sabíamos: que no era necesario que la película fuera tan larga y que Bay no tenía ni idea de lo que estaba haciendo y no sabía cuándo parar. A Transformers: La era de la extinción no sale del entuerto ni con los dinobots, que, a pesar de figurar prominentemente en la campaña de márketing, solo hacen acto de presencia en los últimos minutos de la película. Por todo esto, y aunque el testarudo de Bay se niegue a aceptarlo, la saga Transformers debe ser extinguida, o al menos criogenizada durante unos cuantos años.

Valoración: ★★

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