Crítica: Vampire Academy

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Es muy fácil malinterpretar Vampire Academy. Para empezar, porque ni la propia película sabe cómo quiere ser interpretada. Se trata de la enésima adaptación cinematográfica de una saga literaria para adolescentes, y para más inri, aborda el hiper-manido universo de los vampiros, lo que de entrada invita a que nos aproximemos a ella con recelo, incluso con todas las conclusiones ya sacadas. Pero la eficacia y el éxito de la película de Mark Waters se debe medir en términos relativos. De acuerdo, la película es un caos, pero hay en ella suficientes indicios de que la intención nunca fue la de crear una nueva CrepúsculoLos juegos del hambre, sino reírse de ellas (y si colaba, lanzar nueva franquicia a rebufo de ellas).

Tomad el aspecto “didáctico” de la saga Harry Potter (internado para adolescentes sobrenaturales, clases de magia), una pizca de la fundacional Buffy, cazavampiros (chicas pateaculos y vampiros intensos), y una gran dosis de Chicas malas (la anterior película de Waters). Mezclad y agitad todo en un recipiente con varios litros de autoconsciencia y referencias a la cultura popular, y obtendréis Vampire Academy, una obra sumamente obsesionada con contarnos cómo funciona.

A partir de los libros de Richelle Mead, Mark y su hermano Daniel Waters (que se ocupa del guión) levantan una mitología tremendamente confusa y abarrotada (¿psicosabuesos? WHAT?). Durante la primera media hora de Vampire Academy, los Waters se aseguran de que el espectador no se pierda, y lo hacen con sobre-explicaciones y rótulos que nos guían como si se tratase de la fase tutorial de un videojuego. A partir de ahí, la historia de las BFFs Rose Hathaway (Zoey Deutch) y Lissa Dragomir (Lucy Fry) se desarrolla explicitando en todo momento sus reglas y comentando incesantemente lo que se nos está mostrando.

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Por ejemplo, en esta película se pronuncia más veces la palabra “adolescencia” (o “adolescente”) que “fuck” en Pulp Fiction. Esto no hace sino llamar la atención sobre la realidad del proyecto (y de todos los proyectos de esta naturaleza): detrás de la voz de estos jóvenes hiper-hormonados hay un montón de adultos que solo entienden la adolescencia a partir de los tópicos que el cine teen nos lleva alimentando durante 30 años -cotilleos, guerras de popularidad, superficialidad, sexo y traición- y que no tienen otra manera de exponerlos que poniéndolos en boca de sus personajes, cuyos diálogos a veces se limitan a repetir “iPhone” y “Facebook”, como si estas palabras formaran un lenguaje aparte. Algo falla cuando la protagonista te tiene que decir directamente “No soy una adolescente normal, ¿pero es que eso existe?”, en lugar de que esta idea se transmita a través de la historia. Os reto a buscar a un adolescente real en cuyo vocabulario habitual se encuentre la palabra “adolescente”. Definitivamente, más show y menos tell le habría sentado muy bien a la película.

Aún con todo, Vampire Academy puede (y quizás debe) leerse como fábula -aunque carezca de la mordacidad de Chicas malas-, y sobre todo como parodia de las sagas YA, y por qué no, de la adolescencia en sí misma. La confusión de tonos es predominante, y uno no siempre sabe si se está tomando en serio o no, pero de vez en cuando Waters nos golpea con momentos de sumo cachondeo que llevan la película hacia terreno True Blood. Definitivamente, cuando Vampire Academy se vuelve más alocada, más camp y más cafre es cuando funciona mejor -atención en este sentido al personaje de la divertidísima Sarah Hyland. Por eso agradecemos el (tímido pero contundente) gore, la lascivia (son todos perros en celo, como debe ser: “Tienes experiencia haciéndolo con dos a la vez”, “Quiero que me quite la virginidad”), y las frases lapidarias dignas de la serie de HBO (“Créeme, no querrías operarte la nariz en Montana” o “Podría haber sido modelo. Un hombre en Milán me dio su tarjeta a los 17 años” son algunas de las perlas que escuchamos en el filme), o one-liners que son insultos directos a Crepúsculo, con la que se ensaña a base de bien: “Mi vínculo con Rose es prácticamente un GPS psíquico”; “Dicen que Dimitri es un dios, pues yo soy ateo, y bien armado”. Pura poesía trash.

VAMPIRE ACADEMY

Vampire Academy posee los ingredientes de todas las sagas YA. La amplia y aleatoria mitología fantástica (un desubicado Gabriel Byrne forma parte de ella), una heroína que mola (cuidado, Zoey Deutch es mejor actriz de lo que parece), una banda sonora con temazos (Goldfrapp, M.I.A., Iggy Azalea), y un romance pasado de rosca entre la protagonista y su propio Angel de baratillo (el pelo de Danila Kozlovsky es un crimen a la humanidad). La película de Mark Waters es mala, pero no mala como podría ser CrepúsculoCazadores de sombras, es mala como género. Es decir, pertenece voluntariamente al mismo, o al menos lo intenta. La confirmación de que todo esto no es más que una chorrada suprema, y que no pasa nada si nos descubrimos disfrutándola de algún modo, es el cursi y lacrimógeno discurso final de Lissa (que por cierto, debe ser familia de María Lapiedra), en el que nos habla sobre la sangre, el acoso escolar y el snobismo, invitándonos a reírnos de todo lo que hemos visto hasta ese momento. Si esto no es una parodia, que venga Lindsay Lohan y lo vea. En definitiva, Vampire Academy es tan estúpida y absurda que merece su propio quote-along, y me atrevería a decir que también su propio culto.

Valoración: ★★½

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