Crítica: La cueva

La cueva Eva García Vacas

Si tenéis claustrofobia, os van a dar por culo” se puede oír al comienzo de La cueva, segundo largometraje de Alfredo Montero, tras Niñ@s (2006). Se lo dice entre risas uno de los protagonistas al resto de sus compañeros de viaje, al adentrarse todos en la cueva que ha descubierto junto a la desierta playa de Formentera donde han ido a pasar unas idílicas vacaciones. Sin embargo, no hay duda de que esa frase hace también las veces de disclaimer, un aviso para espectadores claustrofóbicos, hipertensos y aprensivos en general, que lo van a pasar tan mal con esta película como los mismos protagonistas (y los actores) una vez descubran que se han perdido dentro.

La cueva es una acongojante pesadilla espeleológica cuya mayor baza reside en el crudo realismo de lo que tenemos ante la pantalla. Aquí no hay trucos que valgan. La cueva es una localización real, nada de estudios. Se trata de un laberinto de roca cortante, estalactitas, túneles angostos, techos bajos y oscuridad total que pone a prueba los límites de la ficción, y más aún el aguante de unos intérpretes que, una vez metidos ahí dentro, rara vez tienen que actuar de verdad. El compromiso del equipo con la película es tal que, a medida que la pesadilla se desata, ya no podemos hablar de La cueva como una película, sino como una locura extrema hecha cine.

Rodada al estilo found-footageLa cueva recuerda a muchas películas del género en su búsqueda de un nuevo lenguaje del terror, pero va más allá que cualquiera de ellas al no recrear el peligro, sino documentarlo de verdad. Hay una escena en la que uno de los personajes se lanza a un agujero que conecta con el mar, y el fuerte oleaje se lo lleva y lo precipita varias veces contra las rocas. Sabemos que no hay dobles, y que lo que estamos viendo es lo que ocurrió de verdad. Esto hace que la técnica del metraje La cueva pósterencontrado resulte especialmente efectiva, a pesar de las muchas ocasiones en las que se desafía la credulidad del espectador y nos obliga a plantearnos las típicas preguntas que son el eterno sambenito del género. Para empezar, ¿por qué estos cinco jóvenes se adentran en la cueva bien provistos de pilas, baterías para la cámara y cargadores si no es para justificar lo que (ellos no saben que) va a ocurrir, y luego no son capaces de tomar precauciones para no perderse? ¿Por qué Begoña (Eva García Vacas) entra en la cueva si es la aguafiestas que no quiere hacer nada y encima está convaleciente? Y el clásico ¿por qué no se deja de grabar en ningún momento? Claro que, si se desea vivir la experiencia al máximo, debemos pasar por alto estas cuestiones.

La mayor parte del tiempo, la imprevisibilidad de esta excelente localización natural brinda mil y una posibilidades que probablemente no estaban en el guión, lo que propicia algunas de las escenas más impactantes que hemos visto en el terror patrio en mucho tiempo -este film es un ejemplo de la buena salud que disfruta. Sin embargo, hay veces que esto se vuelve contra el proyecto, que a ratos parece ir a ciegas, confiando únicamente en la geografía de la cueva para conducir la historia, hasta que no queda más remedio que introducir el giro que dé lugar al desenlace. Un giro que se antoja algo abrupto y efectista, y que evidencia las mayores carencias del guión: unos diálogos muy artificiales que contrastan fuertemente con el naturalismo de la propuesta. Aun con todo, este clímax de alienación, persecución y supervivencia a toda costa desata una recta final de infarto, en la que Montero ya sí pone en marcha la maquinaria fantástica y recurre a los trucos más fiables del género para asustar al espectador.

Sin embargo, el terror de La cueva prescinde por completo del elemento sobrenatural, y precisamente esto es lo que la convierte en una experiencia tan angustiosa. Montero se adentra en las profundidades del miedo y encuentra al monstruo de la película en el interior de sus propios personajes, dando como resultado una cinta de terror única en su especie que nos obliga a vivir la asfixiante pesadilla de sus personajes en primera persona. Una vez fuera de La cueva, tras compartir la histeria (atención al dolor auténtico de García Vacas) y los ataques de ansiedad de estos jóvenes incautos, recuperamos el aliento y buscamos desesperadamente la luz para asegurarnos de que estamos a salvo.

Valoración: ★★★½

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Comentarios (1)

 

  1. James Cole dice:

    Desde luego que el guión es bastante imperfecto, pero consigue que te olvides de eso al atraparte el terror de la historia, que termina convirtiéndose en terror real por los propios actores.

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