Crítica: Mi otro yo

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Isabel Coixet abandona temporalmente el universo adulto de su cine para adentrarse en terreno adolescente con Mi otro yo (Another Me), un thriller sobrenatural sobre una chica, Fay (Sophie Turner), que ve cómo su mundo se viene abajo y su cordura se desvanece poco a poco cuando una misteriosa chica idéntica a ella intenta suplantarla. Además del primer trabajo de la Coixet que se puede adscribir al cine teenMi otro yo (coproducción hispano-británica ambientada en Gales) supone su primer contacto con el terror, un género que se distancia radicalmente de su elemento, y que sin embargo la directora catalana se lleva completamente a su terreno, filmando una película que lleva su inconfundible sello personal.

Y esto no es necesariamente bueno. Porque si la idea es realizar una película de suspense y/o terror (aunque no sea de manera pura), lo ideal es ajustarse en la medida de lo posible a los parámetros del género. Y para ello es necesario conocerlos, saber cómo funcionan este tipo de películas, escapar de los lugares comunes o utilizarlos con astucia para generar un mínimo de sorpresa y emoción. Sin embargo, viendo Mi otro yo, da la sensación de que Coixet no sabe qué hacer con el material que tiene entre manos (basado en la novela de Cathy MacPhail, Another Me), y de que está tan incómoda filmando un thriller que no tiene más remedio que acabar haciendo lo mismo de siempre para sacarlo adelante. Así, el desinspirado trabajo narrativo de la autora resulta en una cinta terriblemente falta de originalidad y llena de agujeros de sentido. En definitiva, una película de principiante.

Mi otro yo pósterMi otro yo encuentra sus referentes en las distintas encarnaciones del mito del doble en la literatura (Dr. Jeckyll y Mr. HydeEl hombre duplicado) y el cine (confesa inspiración en la filmografía de David Cronenberg y Brian De Palma), pero también bebe (consciente o inconscientemente) del cine de terror japonés para adolescentes, dando como resultado una extraña y torpona fusión entre la reciente Enemy, cosas como Dark Water o la inédita The Second Coming, y sobre todo Cisne negro, el film de Darren Aronofsky a partir del cual Coixet confecciona sin duda su película (que bien podría haberse titulado Teen Black Swan). Todo para llevar a cabo un cuento de hadas pseudo-gótico que en realidad nos está hablando de los mismos temas que solemos encontrar en el cine de la directora: el aislamiento, la soledad, la incomunicación y el silencio.

Sophie Turner da vida a la protagonista, Fay, y a pesar de que la estamos viendo crecer a pasos agigantados como actriz en la serie Juego de Tronos, Coixet no logra sacar partido de su talento para Mi otro yo, donde la vemos muy verde, demasiado incluso para estar interpretando a una adolescente atormentada y confusa. A la bella y gélida Turner la acompaña un elenco formado por rostros conocidos para el espectador español (Geraldine Chaplin, Leonor Watling) y los británicos Jonathan Rhys Meyers (que sigue actuando igual en todos sus papeles) y Rhys Ifans (probablemente el que sale mejor parado del reparto). Todos se mueven como fantasmas en la niebla de Cardiff, pero ninguno consigue personificar la angustia y el tormento que la directora nos quiere transmitir.

Mi otro yo no es exactamente una película de terror, aunque se venda como tal. Es cierto que su directora intenta (en vano) provocar desasosiego y sobresaltos en el espectador, recurriendo a los trucos más gastados de género, pero como ya hemos establecido, ella entiende el film más bien como un drama sobre una adolescente enfrentándose a la lucha interna propia de su edad, a las ansiedades que definen y desmontan el mundo a su alrededor. Y aunque este no es un mal enfoque, la convencional ejecución de la historia entierra cualquier posibilidad de hallar verdadera profundidad en ella, a la vez que hace que falle como thriller, fracasando así en sus dos vertientes. A Coixet le viene muy grande el género, y por eso decide no meterse en camisa de once varas, para poder centrarse en lo que a ella le gusta: la poesía barata del plano detalle (un columpio balanceándose solo y un zapato de niña en el suelo), lo puramente estético (sinónimo de cursi al hablar de ella), y esas empalagosas reflexiones existencialistas suyas, más propias de una estudiante de secundaria. Al final, Mi otro yo no es rara avis en la carrera de la directora como parecía, sino más bien lo mismo que ha hecho siempre.

Valoración: ★★

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