Crítica: Yo, Frankenstein

Yo Frankenstein

Alérgicos al cine y la televisión que os cambia por completo los mitos que conocéis y amáis de toda la vida, manteneos alejados de Yo, Frankensteinla revisión en clave moderna del ya de por sí moderno Prometeo, creada por los responsables de Underworld (ahí es ná). Alérgicos al cine videojuguero y palomitero que no ofrece nada más que mamporros y efectos digitales, evitad a toda costa esta película, porque luego os quejaréis, y no os faltarán razones, pero a quién se le ocurre, sabiendo lo que hay.

Yo, Frankenstein, segunda película de Stuart Beattie (guionista de la saga Piratas del Caribe, 30 días de oscuridad G.I. Joe) es una desbarrada hiperdigital que solo adquiere algo de sentido cuando comprobamos que se trata de la adaptación de una novela gráfica -medio libérrimo en el que cabe toda alteración posible de los clásicos-, concretamente del cómic homónimo de Kevin Grevioux, que además se encarga del guión de la película. En esta suerte de secuela no oficial de la historia de Mary Shelley nos encontramos con un “monstruo” completamente distinto al que estamos acostumbrados, un atormentado y corpulento galán rompebragas con ínfulas de Batman, abdominales de infarto y gusto por el eyeliner al que da vida (es una expresión) Aaron Eckhart. A pesar del despropósito, no se puede decir precisamente que sea un error de casting. Eckhart es una gran presencia inerte, pero supongo que de eso se trata, ¿no?

El ser sobrehumano creado por el doctor Víctor Frankenstein, rebautizado oficialmente como Adam por la Reina de las Gárgolas (Miranda Otto, ¿dónde te habías metido?), se adapta al futuro después de siglos autoexiliado, y se ve envuelto en una guerra entre los demonios, liderados por un desaprovechado Bill Nighy, y el mermado ejército de gárgolas -liderado por el eye-candy Jai Courtney-, que amenaza con destruir el mundo. Eso es a grandes rasgos Yo, Frankenstein. No es tanto la chiflada premisa lo que falla, como la forma en la que se malgasta un material que podría haber dado para un producto verdaderamente loco, de esos que son tan tan irredentamente malos que no nos queda otra que aplaudir. Pero no ha habido suerte esta vez.

Yo Frankenstein Jai Courtney

En su lugar, lo que obtenemos es una película simplemente estúpida. Yo, Frankenstein está terriblemente contada, es tan literal y explícita en sus planteamientos que demuestra cero confianza en que el espectador sea capaz de sumar dos más dos. “El público que va a ver esto será rematadamente tonto”, debieron pensar los productores. Si no, no se entiende la descacharrante trama “científica” con la que se intenta dotar de rigor (jajaja) al historial médico del machote Adam, y que sirve para forzar la subtrama romántica con una love interest de saldo, Yvonne Strahovski. Además, huelga decir que el film es técnicamente deficiente, tal y como nos adelantaban los trailers. Los efectos digitales son de pena (solo aprueban con nota las transformaciones de los humanos en gárgolas), los monstruos de látex parecen sacados de Embrujadas, y por si fuera poco, el montaje es tan insólitamente desastroso que hace que parezca que faltan la mitad de escenas. Sin duda, da la sensación de que todo en Yo, Frankenstein se ha hecho con prisas para acabar cuanto antes y como sea.

Este cuento de terror gótico moderno y/o fantasía mitológica estaba condenado al fracaso desde que se empezó a gestar. Las películas de este corte (Hansel y Gretel: Cazadores de brujas, Abraham Lincoln: Cazador de vampiros) no funcionan, porque la audiencia masiva no comulga con el aire camp y de serie B que las rodea. Aunque está claro que si uno se deja llevar, estas películas pueden llegar a tener su gracia. Son productos descerebrados, de rápido consumo y que no aspiran a mucho más de lo que consiguen. Sin embargo, en el caso de Yo, Frankenstein, hay un halo de seriedad y grandilocuencia que estropea la diversión (síntoma de autor de cómics que se toma demasiado en serio a sí mismo). Un par de momentos de humor involuntario, el diseño de las gárgolas y algún que otro notable combate compensan el aburrimiento, pero al final, Yo, Frankenstein no sirve ni para matar hora y media en un domingo de apatía.

Valoración: ★½

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