Crítica: Las dos caras de enero

Viggo Mortensen

Para su debut en la dirección, el nominado al Oscar Hossein Amini (guionista de Drive, Blancanieves y la leyenda del cazador o 47 Ronin), apuesta sobre seguro con la adaptación de una novela de la reina de la suspense psicológico Patricia HighsmithLas dos caras de enero (The Two Faces of January). Después de más de dos décadas asimilando el trabajo de otros a la dirección, Amini manifiesta con su ópera prima un considerable savoir faire cinematográfico y sobre todo un notable sentido de la estética.

Las dos caras de enero transcurre en el año 1962, y su relato despega en la Acrópolis de Atenas, junto a una pareja de americanos que disfrutan de sus vacaciones en Europa, y un guía turístico que se involucra en sus vidas hasta verse atrapado en una turbia trama criminal. La esplendorosa década de los 60, el lujo de las clases altas y la magia de las capitales europeas son sin duda los ingredientes perfectos para filmar una obra repleta de glamour y elegancia, y eso es exactamente lo que hace Amini. Pero no sería una adaptación de Patricia Highsmith si bajo esta capa de belleza y sofisticación no se escondieran oscuros secretos y traumas psicológicos, y si no emanara de ella esa exquisita ambigüedad que caracteriza a sus personajes.

Es inevitable establecer paralelismos con otras obras de Highsmith adaptadas al cine. Extraños en un tren (Alfred Hitchcock, 1951), o la que para el que esto escribe es una de las más satisfactorias y estimulantes (en muchos sentidos), El talento de Mr. Ripley (1999). Como ocurría en ambas películas, son los personajes masculinos de Las dos caras de enero los que presentan mayor profundidad frente al femenino. Kirsten Dunst desempeña un papel similar al de Gwyneth Paltrow en Mr. Ripley, una mujer de porcelana atrapada entre dos hombres que se enzarzan en un perturbador juego físico y mental. La relación entre ellos dos es el centro del relato, y la inolvidable atracción homoerótica entre Ripley (Matt Damon) y Dickie Greenleaf (Jude Law) encuentra su homóloga aquí en la no menos interesante y tormentosa relación paterno-filial que se establece entre los personajes de Viggo Mortensen y Oscar Isaac.

Oscar Isaac

Queda patente en todo momento que Amini está más interesado en explotar el magnetismo y la sensualidad de sus personajes masculinos que de la protagonista femenina, Colette, objeto de deseo (solo) para Rydal (Isaac) y Chester (Mortensen), pero en última instancia mera herramienta narrativa y catalizadora de conflictos entre ellos. Dunst pasa de esta manera a un segundo plano para que Amini explore los claroscuros de estos personajes de doble fachada, y los enfrenta en una batalla de egos arbitrada por sus fantasmas del pasado.

Amini traslada a la pantalla con acierto el ambiente de misterio y peligro creado por la pluma de Highsmith y enarbola un film indudablemente arraigado en la tradición hitchcockiana, que sin embargo sale perjudicado por lo predecible y formulaico de la propuesta. Las dos caras de enero es una adaptación de Highsmith, y como tal, funciona exactamente como uno espera que lo haga, para gozo de los que disfruten incondicionalmente de su intemporal estilo, y probablemente para indiferencia del resto. Lo que no dejará indiferente es el trabajo interpretativo de un fiero y atractivo Viggo Mortensen, cuyo talento animal no se reconoce lo suficiente, y el del galán Oscar Isaac, cuya irresistible presencia contribuye a la atmósfera pseudo-erótica y en ocasiones sofocante de la película, representando a la perfección las pulsiones contenidas y la profunda dualidad que caracterizan a los personajes de Highsmith.

Valoración: ★★★½

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