Crítica: Open Windows

Open Windows Elijah Wood

“Nos hemos convertido en una raza de mirones, deberíamos salir y mirar hacia adentro” decía Stella (Thelma Ritter) al comienzo de La ventana indiscreta (Rear Window). Soy consciente de lo predecible y facilón que es comenzar esta crítica con una cita del clásico de Alfred Hitchcock, pero es que no es humanamente posible aproximarse al nuevo trabajo de Nacho Vigalondo, Open Windows, sin invocar al maestro del suspense. El director cántabro se ha propuesto muy deliberadamente filmar una actualización de La ventana indiscreta en forma de thriller tecnológico ambientado en la era de la hipercomunicación. Y lo cierto es que, aunque a medida que avanza el metraje nos damos cuenta de que lo que tiene en mente es más retorcido y va mucho más allá de esa premisa, Vigalondo puede darse por satisfecho con su hazaña, ya que ha logrado que lo comparemos con Hitchcock y no salir escaldado. De hecho, el tito Hitch estaría bastante orgulloso.

Open Windows se adscribe a la selecta categoría de “películas que es mejor ver sabiendo lo menos posible sobre su argumento”. El viaje de Nick Chambers (Elijah Wood) hacia los recovecos más oscuros de Internet es nuestro propio viaje, y desvelar demasiados detalles sobre la trama arruinaría la desasosegante experiencia que propone Vigalondo, que atrapa desde el primer minuto. En sus propias palabras, Open Windows es una película sobre la posibilidad de observar al otro sin que este lo sepa, y también sobre el derecho de la persona observada a no estarlo durante las 24 horas del día. Al convertirnos en espectadores de Open Windows –sobre todo si no sabemos muy bien a qué atenernos-, nosotros mismos pasamos a formar parte de este intrincado juego narrativo en el que las ventanas del ordenador hacen las veces de cajas chinas. Y en los grados de voyeurismo que se pueden asociar a la experiencia de la película, el nuestro es sin duda el más alto.

Vigalondo riza el rizo de lo meta para inquietar, perturbar y en última instancia aturdir con una historia que es a la vez crónica y crítica de nuestro tiempo. Una obra pseudo-distópica de suspense profundamente anclada en nuestra realidad que sin embargo no abusa de adoctrinamientos, sino que prefiere sobresalir más como relato fantástico, sci-fi e incluso whodunit, que como aviso a los navegantes. Aunque claro está que la idea es hacernos reflexionar sobre cómo nos relacionamos con el mundo a través de mil y una pantallas, y también sobre la cosificación de las personas que no conocemos y que no saben de nuestra existencia, aunque nosotros sepamos cuántos lunares tienen. La ex superestrella del porno Sasha Grey personifica ese objeto de deseo otrora inalcanzable que, via nuevas tecnologías, está más cerca que nunca de la masa que la mira, que fantasea con ella, que se masturba viendo su imagen en el ordenador. A través de Grey (aún no del todo convincente en su vertiente dramática), Vigalondo interconecta muy astutamente el universo del voyeur con el del fan, incluso llegando a situarse él mismo en el centro de esta meta-experiencia de realidad virtual desde la que va abriendo las ventanas y los abismos.

Open Windows Sasha Grey

A pesar de que Open Windows nos brinda múltiples puntos de vista, y nos permite situarnos en todos ellos, la mayor parte del tiempo nos movemos -también sin control sobre nuestro cuerpo- con el personaje de Elijah Wood (muy similar a sus recientes papeles en Grand PianoManiac, con las que Open Windows formaría una completísima sesión triple). Sin dejar de ser nosotros mismos en ningún momento, somos él, y miramos con sus ojos. Con Nick Chambers observamos cómo el mundo tecnológico que nos envuelve se va transformando progresivamente en un universo que escapa a la comprensión. Y ahí es donde Vigalondo descuida el control sobre el relato. Al igual que en anteriores películas, el director se acaba perdiendo en sus propios planteamientos, tan provocativos e inteligentes que terminan por superarlo. En su tecnolisérgica y bizarra recta final, Open Windows desafía la suspensión de la incredulidad con giros improbables y algún que otro desliz demagógico -concretamente una escena sacada directamente de Rastro oculto (2008)-, para rematar con un delirante epílogo a lo Cronenberg, o a lo Gilliam, que deja con sensación de no saber muy bien qué hemos visto o qué podemos sacar en claro de todo ello (y no en el sentido lynchiano, o sea, en el bueno).

Efectivamente, Open Windows no es una cinta redonda, pero es algo mejor. Es una obra de suma ambición e inventiva que arriesga tanto que tiene que perder un poco, pero a cambio gana mucho más. Esos inconfundibles impulsos onanistas del director (a ver a cuántos oís decir que la película es “una paja de Vigalondo”), su contagioso entusiasmo y el hecho de que no se autoimponga ningún límite creativo en su trabajo es precisamente lo que necesitamos en nuestro cine, y lo que ha hecho que el director se haya convertido en el referente que es -sin restar mérito a Wood, que también está haciendo una labor encomiable dentro del género, en parte porque tiene la voz y los ojos perfectos para esto. Open Windows es memorable y reivindicable sobre todo porque es una película perfecta para aquellos que aman el cine, que lo ven con seis ojos, buscando todos los secretos escondidos en cada plano. La hiperactividad visual del film -no quiero ni pensar la ardua labor de planificación que hay detrás- contribuye a que nos involucremos con él a un nivel que no nos permiten otros thrillers, y amplifica la sensación de angustia y paranoia. Después de ver Open Windows, más de uno tapará su webcam con esparadrapo, por lo que pudiera pasar, y cerrará el ordenador. Quizás para verla otra vez.

Valoración: ★★★★

Crítica: Un largo viaje (The Railway Man)

RUSH

Un largo viaje, genérico título español para The Railway Man de Jonathan Teplitzky (Burning ManMejor que el sexo), es la historia real de Eric Lomax, un soldado británico de la Segunda Guerra Mundial que, junto a su pelotón, fue apresado, esclavizado y torturado por el enemigo durante un largo cautiverio en un campo de trabajo japonés. Muchos años después, Lomax, interpretado por Colin Firth, descubre que su verdugo sigue con vida y no solo no se ha movido del lugar de sus crímenes, sino que ejerce como guía turístico de la zona. Aún en contacto con uno de los compañeros con los que vivió los horrores de la guerra (Stellan Skarsgård) y tras conocer a la mujer de su vida, Patti (Nicole Kidman), Lomax se propone enfrentarse al hombre que condicionó el resto de su vida.

Un largo viaje es una historia de supervivencia y perdón basada en el best-seller autobiográfico (publicado en 1995) de Lomax, y nos habla del largo y tormentoso recorrido personal de un hombre horriblemente dañado por su pasado, y cuyas heridas siguen muy abiertas. Colin Firth da vida con suma delicadeza y sin miedo alguno a ser turbio y despiadado, a este ex soldado aficionado a los trenes cuyo aspecto erudito y apacible oculta el hecho de que fue uno de los soldados más valientes de la guerra. Su obsesión por el mundo del tren (que se extiende hasta conocer perfectamente todos los itinerarios posibles del territorio británico) no es sino una manifestación del lacerante trauma que lo mantiene conectado, a través de los miles de kilómetros de líneas ferroviarias, con la pesadilla que solo él conoce. Y Firth transmite brillantemente -como de costumbre- el insoportable dolor que esto significa.

The-Railway-Man-PosterLa historia de Lomax nos obliga a saltar en el tiempo, primero desde un evocador prólogo de hermoso romanticismo en el que se nos muestra, con muy buen pulso, el enamoramiento de Eric y Patti -Kidman tan convincente y vulnerable como siempre. Y después entre el presente -la dificultosa vida en pareja del matrimonio, una vez atravesada la etapa de recién casados- y el pasado en Japón, donde conocemos al joven Lomax, interpretado por Jeremy Irvine (War Horse). Él es quien se merece en este caso todos los laureles por dar vida a la versión joven de Colin Firth, y no solo por su excelente trabajo de contención dramática y complejidad emocional, sino también por hacernos creer en todo momento que estamos viendo realmente a la encarnación pasada del actor británico. Irvine sobresale de un elenco en el que también despunta el joven actor que da vida al verdugo de Lomax, Tanroh Ishida. Ambos aguantan estoicamente la mayor carga dramática de la película y allanan el camino para que sus dos versiones adultas -también estupendo Hiroyuki Sanada– concluyan el film con un satisfactorio cara a cara.

Sin embargo, Un largo viaje es también una película de desequilibrios. Teplitzky no logra aguantar el ritmo mientras trata de hilvanar pasado y presente, y se le va la historia de las manos con secuencias excesivamente largas, o excesivamente cortas, y no del todo bien conectadas. Además, aunque la película nos ofrezca interpretaciones reseñables, no hay nada verdaderamente destacable, técnica, estética o narrativamente, que las encuadre y las haga memorables. Es decir, Un largo viaje es una película demasiado correcta, austera y convencional (incluso anticuada), un film que trata con mucho respeto, y quizás con demasiado tiento, el síndrome post-traumático de la guerra, resultando en un trabajo carente del impacto y la emoción que suelen conllevar estos relatos bélicos tan profundamente humanos por definición. Si Un largo viaje  nos conmueve no es por cómo está hecha, sino porque la historia de Lomax es por sí sola lo suficientemente poderosa como para afectarnos, sobre todo con su tremenda conclusión: “En algún momento hay que dejar de odiar“.

Valoración: ★★★

Crítica: Mi otro yo

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Isabel Coixet abandona temporalmente el universo adulto de su cine para adentrarse en terreno adolescente con Mi otro yo (Another Me), un thriller sobrenatural sobre una chica, Fay (Sophie Turner), que ve cómo su mundo se viene abajo y su cordura se desvanece poco a poco cuando una misteriosa chica idéntica a ella intenta suplantarla. Además del primer trabajo de la Coixet que se puede adscribir al cine teenMi otro yo (coproducción hispano-británica ambientada en Gales) supone su primer contacto con el terror, un género que se distancia radicalmente de su elemento, y que sin embargo la directora catalana se lleva completamente a su terreno, filmando una película que lleva su inconfundible sello personal.

Y esto no es necesariamente bueno. Porque si la idea es realizar una película de suspense y/o terror (aunque no sea de manera pura), lo ideal es ajustarse en la medida de lo posible a los parámetros del género. Y para ello es necesario conocerlos, saber cómo funcionan este tipo de películas, escapar de los lugares comunes o utilizarlos con astucia para generar un mínimo de sorpresa y emoción. Sin embargo, viendo Mi otro yo, da la sensación de que Coixet no sabe qué hacer con el material que tiene entre manos (basado en la novela de Cathy MacPhail, Another Me), y de que está tan incómoda filmando un thriller que no tiene más remedio que acabar haciendo lo mismo de siempre para sacarlo adelante. Así, el desinspirado trabajo narrativo de la autora resulta en una cinta terriblemente falta de originalidad y llena de agujeros de sentido. En definitiva, una película de principiante.

Mi otro yo pósterMi otro yo encuentra sus referentes en las distintas encarnaciones del mito del doble en la literatura (Dr. Jeckyll y Mr. HydeEl hombre duplicado) y el cine (confesa inspiración en la filmografía de David Cronenberg y Brian De Palma), pero también bebe (consciente o inconscientemente) del cine de terror japonés para adolescentes, dando como resultado una extraña y torpona fusión entre la reciente Enemy, cosas como Dark Water o la inédita The Second Coming, y sobre todo Cisne negro, el film de Darren Aronofsky a partir del cual Coixet confecciona sin duda su película (que bien podría haberse titulado Teen Black Swan). Todo para llevar a cabo un cuento de hadas pseudo-gótico que en realidad nos está hablando de los mismos temas que solemos encontrar en el cine de la directora: el aislamiento, la soledad, la incomunicación y el silencio.

Sophie Turner da vida a la protagonista, Fay, y a pesar de que la estamos viendo crecer a pasos agigantados como actriz en la serie Juego de Tronos, Coixet no logra sacar partido de su talento para Mi otro yo, donde la vemos muy verde, demasiado incluso para estar interpretando a una adolescente atormentada y confusa. A la bella y gélida Turner la acompaña un elenco formado por rostros conocidos para el espectador español (Geraldine Chaplin, Leonor Watling) y los británicos Jonathan Rhys Meyers (que sigue actuando igual en todos sus papeles) y Rhys Ifans (probablemente el que sale mejor parado del reparto). Todos se mueven como fantasmas en la niebla de Cardiff, pero ninguno consigue personificar la angustia y el tormento que la directora nos quiere transmitir.

Mi otro yo no es exactamente una película de terror, aunque se venda como tal. Es cierto que su directora intenta (en vano) provocar desasosiego y sobresaltos en el espectador, recurriendo a los trucos más gastados de género, pero como ya hemos establecido, ella entiende el film más bien como un drama sobre una adolescente enfrentándose a la lucha interna propia de su edad, a las ansiedades que definen y desmontan el mundo a su alrededor. Y aunque este no es un mal enfoque, la convencional ejecución de la historia entierra cualquier posibilidad de hallar verdadera profundidad en ella, a la vez que hace que falle como thriller, fracasando así en sus dos vertientes. A Coixet le viene muy grande el género, y por eso decide no meterse en camisa de once varas, para poder centrarse en lo que a ella le gusta: la poesía barata del plano detalle (un columpio balanceándose solo y un zapato de niña en el suelo), lo puramente estético (sinónimo de cursi al hablar de ella), y esas empalagosas reflexiones existencialistas suyas, más propias de una estudiante de secundaria. Al final, Mi otro yo no es rara avis en la carrera de la directora como parecía, sino más bien lo mismo que ha hecho siempre.

Valoración: ★★

Tokarev: La peor película de 2014 (por ahora)

Tokarev Cage

Vayamos al grano: Durante esta primera mitad de 2014 hemos visto cosas como Hércules: El origen de la leyenda, Yo Frankenstein, 300: El origen de un imperioCuento de invierno, todas fuertes candidatas a Peor Película de 2014. Sin embargo, ya podemos detener (por ahora) esta siempre divertida búsqueda del estreno más infame del año gracias a Tokarev, también conocida como Rage, que supone el debut en Estados Unidos del director sevillano Paco Cabezas (guionista entre otras de Sexykiller y Spanish Movie, y realizador de la justamente ignorada Carne de neón). Sin duda lo peor de lo que llevamos de año, y muy difícilmente superable.

Tokarev es un thriller de venganza protagonizado por Nicolas Cage (seguramente ya no hace falta decir nada más, pero sigo), que interpreta a Paul Maguire, un exitoso hombre de negocios con un pasado oscuro como el gángster más letal e implacable de la zona. Habiendo dejado atrás su vida como asesino, Paul vive una aparentemente apacible existencia suburbana junto a su mujer, Vanessa (Rachel Nichols), y su hija adolescente. Pero cuando la tragedia se cierne sobre él, Paul no tiene más remedio que retornar a la vida criminal en busca de respuestas, lo que le llevará a enfrentarse a sus propios fantasmas mientras reparte mamporros a todo el que se le ponga por delante y agujerea escoria rusa.

A grandes rasgos suena al argumento intercambiable de cualquier película protagonizada por Jason Statham. Y esa era seguramente la intención de su director, realizar una cinta de acción testosterónica que funcionase como vehículo de lucimiento para un Nicolas Cage en horas bajísimas. Tokarev es como un intento desesperado por parte del actor de demostrar que es capaz de llevar su carrera por los mismos derroteros que otras action stars de cincuenta para arriba, y recuperar así un poco del esplendor que vivió en los 90 gracias a films como Con Air Cara a cara. Sin embargo, el esfuerzo es en vano, y después de este despropósito, da la sensación de que solo la senda de la autoparodia podría reencauzar su carrera.

Porque Cage no es que esté mal en Tokarev, es que está para autoexiliarse. Física y expresivamente agarrotado (sí, más que de costumbre), interpretativamente inerte, y totalmente descontrolado en las escenas dramáticas, donde sus gritos histéricos bien hacen merecer una categoría para él solo en los Razzie -culpa en parte de Cabezas, claro. Y lo peor de todo, su pelo. Esos injertos a la altura de su interpretación, igual de incómodos de mirar que su stalloniana boca, una “cabellera” almidonada con vida propia -a lo Snake de Los Simpson- que parece pegada con velcro y que se lleva inevitablemente toda nuestra atención, como si fuera un agujero negro que se lo traga todo. Increíble.

Tokarev Cage Nichols

Sin embargo, y aunque parezca mentira, lo que más duele de Tokarev no es Cage, que al final lo que da es hasta lástima, y esto no hace más que alimentar su leyenda (como diría Abed Nadir: “Nicolas Cage: ¿El peor o el mejor actor de la historia?“). Cage es sin duda un género en sí mismo, príncipe de la caspa y la extravagancia, un señor meme. Pero como decía, él no es lo peor de la película. Lo peor es todo lo demás. La ineptitud de Cabezas para dirigir a sus actores (los deja solos y se desbordan), y sobre todo para filmar las escenas de combates y persecuciones en coche (de las peores que he visto, cercanas a la serie B). El inacabado montaje, que parece haberse dejado escenas enteras en la sala de edición. La horrorosa banda sonora que parece sacada de un banco de música libre de derechos. Los personajes insultantemente simplones (especialmente esos adolescentes de pega). El absoluto sinsentido de una historia que no hay por dónde cogerla en ningún momento, y que está construida a base de clichés gastadísimos e incongruencias para parar un tren.

Y sobre todo, sobre todo, el deplorable uso de estereotipos raciales -en la traducción al castellano se pierde en gran chiste de Danny Glover: “Su lista de antecedentes es más larga que mi polla”-, y el asqueroso halo de machismo que cubre la película de principio a fin. Y no estamos hablando de un sexismo como podríamos encontrar en el cine de Tarantino, es decir, autoconsciente, irónico, de denuncia. Sino de un machismo de raíz (algo que ya vimos en Carne de neón) que sostiene un universo retrógrado, esencialmente masculino, en el que las mujeres solo pueden ocupar el rol pasivo de esposa, víctima o prostituta. En Tokarev llegamos a oír cosas como “El cometido del hombre es proteger a la mujer”, y a presenciar un repugnante acto de violencia del protagonista contra su esposa, con el que le recuerda (textualmente) que está con él porque disfruta de la sumisión y le pone que su marido sea un bruto asesino. Todo envuelto en una capa de seriedad y autoconvencimiento que hace descartar cualquier segunda lectura, y que nos quedemos solo con la literal. Esa es la visión del mundo que presenta Tokarev, una que no encuentra justificación ni siquiera contextualizándola en este universo cinematográfico de machos alfa. Como diría Cate Blanchett, que el mundo es redondo, señores.

Valoración: 0

Crítica: Solo los amantes sobreviven

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Que Jim Jarmusch se tiene en alta estima ya lo sabíamos. Pero como de vez en cuando nos da razones para consentir su mayúscula pretensión y sus aires de grandeza, se lo perdonamos. Aún así, al adentrarnos en Solo los amantes sobreviven (Only Lovers Left Alive), su film más reciente, hemos de hacerlo teniendo en cuenta que esto es lo que muchos (esos pesados cortos de miras) llaman cine gafapasta, y que sus aires de grandeza echarán para atrás a más de uno, incluso al más dispuesto. En el caso de esta película, a los detractores de este fenómeno del hipsterismo y aquellos que no sean capaces de destilar la (posible) parodia de la película les sobran las razones para salir espantados. Ahora bien, ellos se pierden la absoluta gozada que hay bajo esa capa de autoimportancia y asquerosa modernez.

En un panorama cinematográfico fantástico en el que todos los años nos llegan cinco películas que prometen renovar el género y ofrecer alternativas para combatir su agotamiento, Solo los amantes sobreviven es realmente “una película de vampiros diferente“, tanto que la mayor parte del tiempo no es una película de vampiros. Un poco en la línea de Déjame entrar, historias que más que presentar a los vampiros como monstruos o criaturas fantásticas, prefieren representar el dolor del chupasangres de una forma más metafísica, tirando de la metáfora, el existencialismo, y convirtiéndolos en humanos con enfermedades crónicas, y esclavos de sus propias pulsiones, las que estaban ahí antes de convertirse. O como en el caso de Eve y Adam (¿lo pilláis?), víctimas de su inmortalidad, del paso del tiempo, del aburrimiento, y de muchos siglos sufriendo (a) la humanidad.

"only lovers left alive"

Esta pareja de vampiros ociosos en bata, encarnados y descarnados por unos irresistibles Tom Hiddleston y Tilda Swinton en estado de gracia, son los hispters primordiales. Llevan cientos de años absorbiendo la cultura del momento, flotando sobre una nube de conocimiento que los eleva sobre los demás, mirando a los paganos por encima del hombro, porque ellos no solo son connoiseurs, son los protagonistas a la sombra de la historia del arte. Aquí es donde Solo los amantes sobreviven cruza el límite ente lo adorablemente fardón y lo insoportablemente repelente. El deporte favorito de Adam y Eve es el namedropping, y Jarmusch se masturba escuchando a Hiddleston y Swinton nombrar a todas esas personalidades de la historia, jugando al juego improbable de que ellos están detrás de las sinfonías de Schubert o que, atención, fueron los ghost writers de Cervantes. Un pitorreo total.

La evolución natural de estos eruditos star-crossed lovers los ha convertido en melómanos irredentos -si Jarmusch no hubiera querido distanciarlos de las nuevas tecnologías para regocijarse en el encanto vintage y analógico de la música de los 70, los habría convertido en editores de Pitchfork. Así, Adam y Eve siguen empleando su inmortalidad en el siglo XXI para alimentarse principalmente de arte, apenas sobreviviendo con un erótico-lisérgico sorbito de sangre entre novela y vinilo. A través de estos dos personajes, estrellas del rock underground que se visten y se comportan como si estuvieran siendo filmados para un rockumentary, considerándose contemporáneos y a la vez padres de Jack White, Jarmusch cultiva un romanticismo muy personal, y también muy divertido, por qué no decirlo. Una excéntrica y no obstante clásica visión del amor impregnada de sensualidad, fatalidad y conocimiento compartido que convierte a Adam y Eve en los únicos amantes del mundo, en los mayores cómplices de la existencia, en las únicas “personas” que existen.

"only lovers left alive"

Solo los amantes sobreviven se ambienta muy significativamente en la Detroit actual, ciudad fantasma y páramo de desolación, oscuridad y soledad que se convierte en el perfecto hogar para que estos dos vampiros contemplen el mundo moderno derrumbarse ante sus pies. Allí hay poco que hacer. Adam trabaja en su música -increíbles composiciones de Jozef Van Wissem y SQÜRL que completan una banda sonora de escándalo– y Eve retoza leyendo los libros que transporta en la maleta -no necesita otra cosa para viajar, claro. El único enlace del pesimista Adam con el exterior, con el mundo de los plebeyos mortales, es a través de Ian, un contacto del mundo discográfico, interpretado por el talentazo a reivindicar Anton Yelchin. Y para completar el cuarteto irrumpe en escena Ava, la hermana vampira de Eve –Mia Wasikowska clavando a la adolescente insoportable, peor que cualquier bala de madera para Adam. Ellos aportan una simpática nota de color, pero al final todo se reduce siempre a Adam y Eve, y a su particular visión del mundo, la de dos eternos adolescentes atormentados que se lamentan de que esa cantante que nadie conoce se hará famosa y entonces ya no molará – a veces da la sensación de que estos seres no son ‘monstruos’ porque necesiten sangre para vivir, sino porque necesitan ser más importantes que nadie para vivir, que es sin duda otra forma de vampirismo.

Solo los amantes sobreviven está encantadísima de conocerse, pero es con razón. Porque es imposiblemente cool y vehementemente sexy, porque es todo un orgasmo estético y sonoro (el muy cabrón de Hiddleston es el principal responsable de proporcionárnoslo) y en definitiva porque es la mejor película de vampiros que vamos a ver en mucho tiempo.

Valoración: ★★★★

Review: Teen Wolf 4.01 “The Dark Moon”

Teen Wolf Season 4

No había hablado todavía del regreso de Teen Wolf porque básicamente no hay mucho que decir (aunque como siempre acabaré diciendo más de la cuenta). La serie ha vuelto con un par de cambios superficiales pero prometiendo la misma m. que en la tercera temporada. No se puede hacer un primer capítulo de temporada tan aburrido -esto va también por ti, True Blood. ¿Qué les pasa a nuestras series de verano? Aplicando el modelo de la review express que suelo hacer en la página de Facebok de fnvlt (es decir, pensamientos random sin hilo conductor), os dejo con lo mejor y lo peor de “The Dark Moon”, el primer episodio de la cuarta temporada de la serie.

Stiles Lydia 4x01

Lo mejor

Stiles sigue siendo el protagonista de Teen Wolf por derecho propio. El capítulo empieza con él (y con Lydia).

Lydia hablando español. ¿Cuántos idiomas y lenguas muertas sabe esta mujer? Cada vez está más claro que es una agente de 35 infiltrada en el instituto.

– La marcha de tantos personajes ha sido un revés a la serie. Pero hay que mirarlo por el lado bueno. No es que me alegre de que no estén Allison, Isaac y los gemelos Scavo, pero creo que puede ser positivo centrarse en este grupo reducido de teen detectives, esta manada de Scott formada por un lobo, un coyote, un zorro, una banshee y un humano. Todo muy cómic. La verdad es que, dejando a un lado fantasmadas y cutreces (las de siempre), los cinco funcionaron muy bien juntos en el episodio, y puede que esto reduzca la dispersión de la anterior temporada. Lo peor de Teen Wolf es que nunca sabe qué hacer con la mitad de sus personajes, y esto no pasa en “The Dark Moon”, donde todos tienen un papel importante y equitativo.

Kira sigue siendo adorable. Y su relación con Scott es lo más aaawwww de la serie. Un acierto ascenderla a protagonista (claro que no les quedaba más remedio).

Scott The Dark Moon

Lo peor

– En general, la serie sigue por los mismos derroteros: grandilocuencia innecesaria, ese tono épico que satura a los 2 minutos de empezar, y la ausencia del instituto y Beacon Hills, que es donde más nos gusta ver interactuar a los personajes -aunque este episodio es una especie de prólogo, así que seguramente la cosa cambiará. Y sobre todo: WIKIMITO. “The Dark Moon” está escrito por Jeff Davis, obviamente. Para que a este hombre le quiten el control de Teen Wolf tendrán que arrebatárselo de sus frías manos. Davis no ha hecho un cursillo para guionistas esta primavera, como le aconsejamos sus “fans” (esos fans a los que llama trolls porque le dicen que no hace bien su trabajo). Sigue incurriendo en los mismos errores, y mostrando los mismos vicios. NO sabe escribir, NO es capaz de desarrollar una historia original sin recurrir a mitologías ya existentes, y no se da cuenta de que el namedropping mitológico y las sobreexplicaciones y definiciones de palabros extraños que rellenan la mitad de los diálogos no cuentan como “historia”. Si en la tercera temporada teníamos mitología nipona, y la terminología hacía que dos de cada tres palabras fueran en japonés, este año tenemos folklore mexicano/azteca. PEREZA máxima, otra vez con lo mismo. Go home Jeff!!!

– La secuencia inicial, sobre todo los combates, mucho más torpes y peor filmados que de costumbre. Y en especial esa escena lésbica entre Kira y Malia, lo que confirma una vez más que Teen Wolf es gay-friendly solo por conveniencia. Que alguien le quite el carnet de gayer a Jeff Davis.

– Que siga sin explorarse la supuesta bisexualidad de Stiles. Es más, que se entierre cada vez más. Es canon, porque Davis lo ha confirmado en varias ocasiones, pero en realidad no lo es porque no lo hemos comprobado con nuestros propios ojos, más allá de dos o tres guiños para que los fans se emocionen (por nada) y sigan la serie con la esperanza de que en algún momento Derek ponga a Siles mirando a Kentucky. Davis se propuso crear una serie en la que la homofobia no existiese, pero está usando la homosexualidad como recurso cómico o para llamar la atención, y ha limitado a sus personajes gays o bisexuales a secundarios sin profundidad (Danny), personajes esporádicos que son lesbianas y de repente no lo son (Caitlin), o protagonistas y fan-favourites cuya sexualidad y TSNR con otros personajes masculinos se usa como queerbait, literalmente cebo para maricas (Stiles). Una pena.

– Esa secuencia final a lo Indiana Jones en la Iglesia Azteca, muy mal ejecutada, excesivamente larga, tres horas dando vueltas sin ver nada que se podían haber empleado para un par de diálogos de personajes, que es lo que hace falta.

– La villana mexicana reconvertida en aliada al final del capítulo, después de una escena de tortura absurda como ella sola, y sin ningún tipo de coherencia interna. Pero bueno, queda tan bien jugar mentalmente con Lydia (que yo entiendo menos para qué sirven sus poderes que ella) y electrocutar a Scott, ¿verdad, Jeff? Tu sentido de la épica está tan atrofiado como tu sentido de la lógica. En fin, no quiero ver más a la Chavela Vargas esta. Qué pesada, y qué mala actriz eres, mija.

Teen Wolf Dark Moon

En tierra de nadie

Kate Argent y Peter Hale apenas salen, solo en flashbacks. Espero sus regresos como agua de mayo. A ver si ellos animan un poco el cotarro, que esto está para echarse una siesta o dos.

Malia (Shelley Henning). A ver, no es que odie al personaje. Es demasiado pronto. Pero de entrada no me resulta interesante, y soy reacio a verla integrada en el grupo tan rápido, y sobre todo a verla liada con Stiles (Sterek Is Real). Necesitaban a un personaje femenino para mantener alejado a Stiles del lado oscuro, y para eso sirve Malia -aunque ya vimos al final del capítulo que el vínculo que Stiles siente con Derek está muy vivo (llamadme iluso, fangirl, infatuation junkie, o lo que queráis). Al menos reconozco que el beso que le propina a Stiles en los baños estuvo genial (Dylan O’Brien tiene pinta de besar muuy—¡paradme!) Por otro lado, parece que la dirección que está tomando el personaje es eminentemente cómica. Resulta que ahora Malia es la Anya de Teen Wolf. Al igual que la demonio de venganza de Buffy, la mujer coyote se está adaptando a esto de ser humana con la ayuda de su Xander particular, Stiles. Desconoce el sarcasmo, y otras herramientas de defensa del ser humano, y está habituada a las normas del salvaje mundo animal. Malia promete bofetadas de realidad y comentarios inapropiados, y si lo manejan bien, puede llegar a ser un buen alivio cómico en la serie, pero de momento resulta forzada y poco convincente.

– Ese giro final. Lo pongo en “tierra de nadie”, porque por un lado me ha parecido un buen giro, y lo único sorprendente y mínimamente emocionante del capítulo. Pero por otro, ¿esto qué quiere decir? ¿Que no vamos a ver a Tyler Hoechlin? ¿Por cuánto tiempo? Mira que llevan dos temporadas sin saber qué hacer con Derek, o mejor dicho, con Hoechlin, pero esto ya es el colmo. Para uno que no se va para dedicarse a mejores proyectos, a pesar de que es el actor que más debería sentir que sobra, van y lo quitan de en medio. Mira, no, yo sin Hoechlin NO. Que alguien encuentre el antídoto envejecedor y rebuenorrizante en el segundo capítulo de la temporada. Gracias.

Awkward.: La historia interminable de Jenna Hamilton

Awkward

¿Cuánto puede, o mejor dicho, cuánto debe durar una serie adolescente? Lo ideal sería que no mucho más que la propia adolescencia. Por definición, esta es una etapa efímera y pasajera, a pesar de que cuando la estamos atravesando nos parece una eternidad, y en muchos casos condiciona el resto de nuestras vidas. De ahí que a algunos nos gusten tanto las series y películas teen -llamadlo nostalgia, estancamiento vital o puro masoquismo. Pero en televisión, el género tiene corta fecha de caducidad, y el espectador, por muy dispuesto que esté, acaba cansándose de los dramaramas melodramas y los white people problems de sus protagonistas.

Recordad Blossom, que dejaba de tener sentido cuando su protagonista se convertía en adulta; O Dawson crece, que una vez acabada su (inolvidable y perfecta) primera temporada empezó a caer en picado; O The O.C., que después de convertirse en un fenómeno cultural en su primer año, cayó inevitablemente en el ostracismo. Si lo pensamos, las mejores series teen son aquellas que han sido canceladas -en teoría- antes de tiempo: Freaks and Geeks My So-Called Life. Dos ejemplos de que una historia sobre adolescentes no debe estirarse durante muchos años, porque entonces pierde toda su razón de ser.

Sadie imitates Jenna

Eso es lo que le lleva pasando a Awkward. desde el año pasado. Su primera temporada fue un soplo de aire fresco en el panorama televisivo actual. La serie nos ofrecía un punto de vista franco, provocativo, y en ocasiones cáustico, de la pesadilla que puede llegar a ser la adolescencia, especialmente en los institutos yanquis. Era una serie sobre las tragedias del día a día -las que desde fuera pueden parecer insignificantes, pero desde dentro se viven como el Apocalipsis- y nos las presentaba de manera mordaz y muy divertida. Pero entonces ocurrió lo inevitable: Awkward. empezó a repetirse, a dar vueltas sobre lo mismo una y otra vez, y se convirtió en un culebrón teen en el que su protagonista, Jenna, se debatía siempre entre dos pretendientes.

Se perdía entonces la esencia de la serie: Jenna, la chica invisible, se comportaba como la reina del instituto, y sus dilemas se reducían a elegir a un chico u otro. Este formato del trío amoroso se fue renovando con nuevos “galanes” (aunque ninguno superará a Matty, #TeamMatty 4Ever), y de esta manera, la serie seguía en punto puerto, girando sobre sí misma. Awkward. dejaba atrás la disyuntiva entre Matty y Jake (menos mal) (por cierto, a ver cuándo sacan del armario a Jake, si es que los guionistas se acuerdan de su existencia), y recurría a nuevos personajes para seguir haciendo lo mismo en lugar de cambiar el chip, haciendo que el principal problema de la serie fuera más evidente. Así, en la tercera temporada, llegó Collin (Nolan Gerard Funk), uno de los personajes más inconsistentes y peor escritos de la serie, y llevó a Jenna hacia su inevitable fase darks (que también ha atravesado este año Rae Earl, de manera más realista e inteligente). Y en la cuarta, que acaba de finalizar, hemos conocido al universitario Luke (Evan Williams), que pone a Jenna en contacto con su yo futuro, un yo que personalmente no estoy interesado en conocer.

Jenna Sadie

A pesar de un par de episodios decentes (sobre todo al principio, “Listen to This!”, “Sophomore Sluts”), esta cuarta temporada -el Senior Year– ha dejado patente que la serie ya ha superado su fecha de caducidad, y que si hubiera un ápice de sentido común en ella, echaría el cierre para darle un final digno antes de llevar a sus personajes a la universidad. Están todos agotadísimos, cada vez más irritantes, cada vez más paródicos y absurdos. Se comportan de manera ilógica solo por la necesidad de generar conflictos y hacer “avanzar” la historia. Mirad a San Matty por ejemplo, convertido este año en un capullo que no ve más allá de sus narices (es simplemente inaceptable que de repente sea tan tonto y esté tan ciego). Y no me hagáis hablar de Tamara. La Six LeMeure de Awkward. era una de sus mayores bazas, y ahora no es más que un dolor taladrante de cabeza, la prueba fehaciente de que la serie está forzando la maquinaria. Es oír su voz y caer rendido de agotamiento. Lo siento, pero el lingo Tamara ha perdido la gracia completamente. Solo Sadie se salva de la quema, porque ella era una caricatura desde el principio, y ha ido humanizándose poco a poco. Además, Molly Tarlov nos sigue dando los mejores momentos cómicos de la serie (impagable imitando a Jenna en el vídeo educativo inspirado en su vida). Nunca falla.

Y luego están los nuevos personajes, que vienen a (intentar) compensar la desafortunada marcha de Ming (y con ella, la trama más divertida de la serie, la de la mafia asiática). El dúo gay -que aporta tanto como Danny, el gayer oficial de Teen Wolf– personajes que están ahí para cubrir una cota, y que ejercen como queerbait. Porque todos sabemos que MTV va de progre y gay-friendly, pero en sus series solo hay homosexuales y bisexuales de pega, o de atrezo. Y por último, Eva (Elisabeth Whitson). ¿Se os ocurre un personaje más insoportable en la tele este año? Eva está ahí porque hacía falta una villana en la serie, ya que Sadie es en el fondo un miembro más de la pandilla (aunque mantenga su jodida mala leche intacta y su odio por los demás igual de vivo). La mala de Awkward. nos enerva, nos enfurece por las razones erróneas. No porque sea una buena villana (tipo Joffrey Lannister o Francis Underwood), sino por todo lo contrario, porque es un personaje raquítico, que no encaja en esta serie (en una de CW puede), porque actúa sin lógica interna, hace que todos a su alrededor se comporten de manera incoherente y que el espectador se pregunte constantemente: “¿Pero es que no lo estáis viendo?” No estaría mal que los guionistas de esta serie contasen con la posibilidad de que su audiencia sea mínimamente inteligente (lo mismo va para los de Teen Wolf).

Eva Awkward

En fin, Awkward. ya no tiene mecha, se ha apagado completamente, y lo más importante, su protagonista ha pasado de ser la voz de la audiencia a ser esa persona odiosa y tóxica a la que evitarías a toda costa en la vida real -quizás sea una percepción personal, pero me da que parte de la culpa la tiene Ashley Rickards, a la que nunca vemos con sus compañeros de reparto en los actos promocionales de la serie. Por eso no es de extrañar que el mejor episodio de este año haya sido uno en el que Jenna no podía hablar (“Listen to This!”, 4×02). “Snow Job“, el final doble de esta cuarta temporada (la primera sin su creadora y showrunner Lauren Iungerich), fue divertido, eso debo concedérselo, y tuvo grandes momentos (sobre todo gracias a Sadie, como decía antes), pero no es suficiente. Awkward. está pidiendo de rodillas que la sacrifiquen, que MTV asuma que se ha hecho mayor, y que va siendo hora de dejar que otros teens tomen el relevo.

Crítica: Transcendence

TRANSCENDENCE

Transcendence supone el debut el la dirección del director de fotografía predilecto de Christopher Nolan, el ganador del Oscar Wally Pfister. Y no cabe duda de que su trabajo desde la silla del director evoca al estilo de su amiguísimo y no obstante jefe Nolan. Pfister también practica esa grandilocuencia épica a la hora de aproximarse a la ciencia ficción, e imprime a la historia de un tono supuestamente sesudo y filosófico que indica que el director de fotografía tomó notas exhaustivas mientras trabajaba en OrigenEl caballero oscuro

El título de la película le viene que ni pintado, pero también le queda grande, porque Transcendence es de todo menos trascendental. Está hueca, sus reflexiones sobre la sociedad hiperconectada son simplistas y alarmistas, y en general, la historia se sostiene a duras penas en una delgadísima base de verosimilitud repleta de agujeros de sentido que, ni aún asumiendo que estamos ante una obra de ciencia ficción, es capaz de hacernos creer en lo que estamos viendo. Algo a lo que tampoco contribuye un apartado interpretativo penoso, con un Johnny Depp desganado e inteligible (se pasa con ese acento suyo tan particular y tan irritante, y se adentra en terreno Mario Casas) y Rebecca Hall (clon de la Scarlett Johansson de Los Vengadores) incapaz de soportar el peso de una protagonista, dejando en evidencia sus numerosas carencias como actriz. Por no hablar de Morgan Freeman, Cillian Murphy o Kate Mara, que pasaban por ahí y Pfister les pidió hacer bulto.

Depp interpreta al doctor Will Caster, un científico estrella que se dedica a desarrollar Inteligencia Artificial y que se encuentra trabajando en un ordenador con capacidad para desarrollar emociones humanas. Junto a su mujer, Evelyn (Hall) y su mejor amigo Max (Paul Bettany), Will crea la IA que cambiará el mundo, evitando que el gobierno ponga sus garras sobre ella y ganándose la ira de un grupo de extremistas anti-tecnológicos que intentarán acabar con su investigación y devolver al mundo a su estado natural de desconexión. Ni que decir tiene que el ordenador de Caster es la súper-evolución de HAL 9000, y si la IA de 2001 no estaba para tonterías, la de Transcendence tiene planes mucho más ambiciosos, que amenazarán con destruir la Tierra en tiempo récord.

TRANSCENDENCE

A pesar de la interesante premisa (reconozco que las películas sobre inteligencia artificial, robots y futuros utópico-distópicos me pierden), esta tremendista y pretenciosa fábula tecnológica no logra su propósito de agitar conciencias, y lo peor de todo, fracasa como cine-espectáculo (solo el desenlace entra en acción, pero para entonces ya es demasiado tarde), distanciándose así de los ‘blockbusters dignos’ de Nolan. Transcendence se piensa muy lista cuando en realidad es más bien de inteligencia impedida, y sobre todo plomiza hasta el paroxismo. Pfister, quizás más ocupado en el aspecto visual de la película (lo único salvable, lógicamente), se adentra en terrenos terriblemente farragosos intentando contar la historia, y acaba absolutamente perdido en la confusión de sus planteamientos. Ni los que han hecho esta película entienden de qué está hablando y mucho menos saben qué es exactamente eso de la “trascendencia”, así que explicarlo se convierte en una tarea imposible.

La realidad futura que plantea Transcendence es tan cercana a nuestra situación actual que para que la aceptemos como plausible dentro de los límites de la ficción, debe evitar hipótesis problemáticas (como hizo recientemente Her, con la que este film guarda más de una similitud), o debe ofrecernos argumentos científicos (aparentemente) sólidos. Es decir, tiene que engañarnos y hacernos creer que lo que vemos podría ocurrir de verdad. Algo que la película no consigue en ningún momento, optando más bien por una línea de razonamiento endeble, un desarrollo a trompicones y sin explicaciones, y un enfoque dolorosamente simplista a pesar de las ambiciones del discurso. En consecuencia, la película apesta a moralina y adoctrinamiento, y no se distancia mucho de la serie Revolution, aunque Transcendence se indignaría por la comparación. Claro, es tan trascendental.

Valoración: ★½

Crítica: Yo, Frankenstein

Yo Frankenstein

Alérgicos al cine y la televisión que os cambia por completo los mitos que conocéis y amáis de toda la vida, manteneos alejados de Yo, Frankensteinla revisión en clave moderna del ya de por sí moderno Prometeo, creada por los responsables de Underworld (ahí es ná). Alérgicos al cine videojuguero y palomitero que no ofrece nada más que mamporros y efectos digitales, evitad a toda costa esta película, porque luego os quejaréis, y no os faltarán razones, pero a quién se le ocurre, sabiendo lo que hay.

Yo, Frankenstein, segunda película de Stuart Beattie (guionista de la saga Piratas del Caribe, 30 días de oscuridad G.I. Joe) es una desbarrada hiperdigital que solo adquiere algo de sentido cuando comprobamos que se trata de la adaptación de una novela gráfica -medio libérrimo en el que cabe toda alteración posible de los clásicos-, concretamente del cómic homónimo de Kevin Grevioux, que además se encarga del guión de la película. En esta suerte de secuela no oficial de la historia de Mary Shelley nos encontramos con un “monstruo” completamente distinto al que estamos acostumbrados, un atormentado y corpulento galán rompebragas con ínfulas de Batman, abdominales de infarto y gusto por el eyeliner al que da vida (es una expresión) Aaron Eckhart. A pesar del despropósito, no se puede decir precisamente que sea un error de casting. Eckhart es una gran presencia inerte, pero supongo que de eso se trata, ¿no?

El ser sobrehumano creado por el doctor Víctor Frankenstein, rebautizado oficialmente como Adam por la Reina de las Gárgolas (Miranda Otto, ¿dónde te habías metido?), se adapta al futuro después de siglos autoexiliado, y se ve envuelto en una guerra entre los demonios, liderados por un desaprovechado Bill Nighy, y el mermado ejército de gárgolas -liderado por el eye-candy Jai Courtney-, que amenaza con destruir el mundo. Eso es a grandes rasgos Yo, Frankenstein. No es tanto la chiflada premisa lo que falla, como la forma en la que se malgasta un material que podría haber dado para un producto verdaderamente loco, de esos que son tan tan irredentamente malos que no nos queda otra que aplaudir. Pero no ha habido suerte esta vez.

Yo Frankenstein Jai Courtney

En su lugar, lo que obtenemos es una película simplemente estúpida. Yo, Frankenstein está terriblemente contada, es tan literal y explícita en sus planteamientos que demuestra cero confianza en que el espectador sea capaz de sumar dos más dos. “El público que va a ver esto será rematadamente tonto”, debieron pensar los productores. Si no, no se entiende la descacharrante trama “científica” con la que se intenta dotar de rigor (jajaja) al historial médico del machote Adam, y que sirve para forzar la subtrama romántica con una love interest de saldo, Yvonne Strahovski. Además, huelga decir que el film es técnicamente deficiente, tal y como nos adelantaban los trailers. Los efectos digitales son de pena (solo aprueban con nota las transformaciones de los humanos en gárgolas), los monstruos de látex parecen sacados de Embrujadas, y por si fuera poco, el montaje es tan insólitamente desastroso que hace que parezca que faltan la mitad de escenas. Sin duda, da la sensación de que todo en Yo, Frankenstein se ha hecho con prisas para acabar cuanto antes y como sea.

Este cuento de terror gótico moderno y/o fantasía mitológica estaba condenado al fracaso desde que se empezó a gestar. Las películas de este corte (Hansel y Gretel: Cazadores de brujas, Abraham Lincoln: Cazador de vampiros) no funcionan, porque la audiencia masiva no comulga con el aire camp y de serie B que las rodea. Aunque está claro que si uno se deja llevar, estas películas pueden llegar a tener su gracia. Son productos descerebrados, de rápido consumo y que no aspiran a mucho más de lo que consiguen. Sin embargo, en el caso de Yo, Frankenstein, hay un halo de seriedad y grandilocuencia que estropea la diversión (síntoma de autor de cómics que se toma demasiado en serio a sí mismo). Un par de momentos de humor involuntario, el diseño de las gárgolas y algún que otro notable combate compensan el aburrimiento, pero al final, Yo, Frankenstein no sirve ni para matar hora y media en un domingo de apatía.

Valoración: ★½

True Blood: El último verano (7.01 “Jesus Gonna Be Here”)

True Blood Jesus Gonna Be Here

Tranquilos, a pesar del título de la entrada, este año no os voy a decir aquello de que True Blood es sinónimo de verano, o a soltar el típico rollo para explicar por qué la serie vampírica de Alan Ball es uno de nuestros guilty pleasures favoritos o a enumerar las maravillas de la anatomía de Joe Manganiello (bueno, quizás eso sí lo haga después). Este año voy a empezar la temporada estival de reviews yendo directamente al grano: El regreso de True Blood ha sido decepcionante, aburrido y demasiado disperso hasta para ser True Blood, que es probablemente la serie más descentrada y caótica de la historia. Es preocupante, teniendo en cuenta que es la última temporada, pero no demasiado si pensamos que los comienzos de temporada de muchas series son simplemente un ejercicio de reajuste, o si lo comparamos con las muchas horas de coñazo absoluto que nos hemos llegado a tragar felizmente con esta serie.

Porque True Blood puede divagar, ramificarse innecesariamente y dar continuos palos de ciego, pero siempre nos acaba devolviendo a lo mismo: la chulería de Pam, el paletismo de Sookie, el palotismo de Jason, el sudor, la sangre, el sueño húmedo de una noche de verano. Sin embargo, todos esos elementos que hacen de True Blood una gozada casi pornográfica están desinflados en este “Jesus Gonna Be Here“, como si para volver se hubieran puesto las pilas medio cargadas, como si estuvieran encerrados todos (literalmente) en el mismo sótano de siempre, y tuvieran ya ganas de escapar de una vez. La sexta temporada terminó con un salto hacia el futuro que nos brindaba la trama central para la recta final de la serie: La sangre sintética se ha acabado, una cepa de hepatitis V afecta a la mitad de la población vampírica, convertida en zombies de The Walking Dead, y en Bon Temps, uno de los muchos pueblos pequeños de la América profunda olvidados por el gobierno, Sam Merlotte, ahora alcalde, promueve el emparejamiento de humanos y vampiros para recibir protección a cambio de comida. De momento, los enfrentamientos político-bélicos de Sam, Andy y Bill con la resistencia de vigilantes de Bon Temps no podrían ser más soporíferos (esperemos que Vince, el señor que perdió las elecciones contra Merlotte no sea un villano oficial esta temporada). Pero al menos nos alegramos al comprobar que la serie regresa a Bon Temps, y centra la mayor parte de su acción en el pueblo (¡Jane Bodehouse!), como en un intento de regreso a los orígenes para cerrar ciclo.

Jessica Adilyn

El mayor problema de esta season premiere es quizás el hecho de que el humor brilla por su ausencia. A excepción de un par de momentos contados, “Jesus Gonna Be Here” es un capítulo decididamente serio, y la seriedad no sienta del todo bien a True Bloodque suele brillar más cuanto más alocada y rocambolesca es. La irregular carga dramática del episodio es eso, una carga, un lastre que hace que los más de 50 minutos que duran los capítulos acaben pasando factura, y que tengamos la sensación de que ni los actores ni el equipo están al 100% en lo que hay que estar. Mirad por ejemplo a Anna Paquin (a la que siempre defenderé de los haters), que nos dejó un panegírico precioso en el 6×09, y que cierra este 7×01 con otro discurso a los habitantes de Bon Temps. Pero esta vez no nos lo creemos, Paquin no está ahí, y sus palabras, por muy importantes que sean, suenan desganadas e impuestas. Como las de Pam, que siempre clava sus one-liners, y en este capítulo suenan forzados, como demasiado Pam hasta para ser Pam (“I’ll be in hell having a threeway with the devil”). O como Jessica y Adilyn Bellefleur. Deborah Ann Wol está mejor que la Paquin en este capítulo, pero esa escena de conexión adolescente entre Jessica y su protegida -mientras la zorra de su novio liga con Lafayette-, por muy bonita que fuera en teoría (visualmente lo mejor del capítulo), resulta artificiosa en la práctica. True Blood no es conocida precisamente por su sutilidad, pero en “Jesus Gonna Be Here” llevan la obviedad a otro nivel.

Y para obvio, el hecho de que Tara NO está muerta, a pesar de que en la increíblemente mal ejecutada secuencia inicial de la temporada (dirige Stephen Moyer, ejem) se nos quiere convencer muy torpemente de que sí -mirándolo por el lado bueno, si para algo nos sirve esta infame escena es para disfrutar de otra gran interpretación de Adina Porter como Lettie Mae Thornton. Tara es un personaje protagonista que lleva en la serie desde el primer capítulo, la única excusa para matar a un protagonista en off es para engañarnos. Si no la hemos visto morir, no está muerta. Además, si Tara hubiera caído de verdad, Pam lo habría sentido (su sire amenazó con dejarla libre, pero sigue inevitablemente conectada a ella). Se mire como se mire, no es más que otra muestra de lo tosco y desganado que ha sido todo en este arranque de temporada (nos gusta que True Blood sea cutre, pero no tanto). O han despedido a un personaje importante de la manera más anticlimática posible (improbable), o nos tienen preparada la sorpresa menos sorprendente de la serie. Y es una pena, porque si algo sabe hacer True Blood, a parte de humedecernos y lubricarnos, es sorprendernos.

True Blood Lettie Mae Tara

Que “Jesus Gonna Be Here” ha tenido su dosis mínima de despelote, pero como las cosas están tan serias y hay una revolución gestándose, no hay tanto tiempo para retozar -aunque ya sabemos que en Bon Temps no importa que el armaggedon se acerque, hay que follar. Así, tenemos una escena de cama de Sookie y Alcide, la pareja más aburrida de la tele. Y esta vez ella enseña más que él, algo raro teniendo en cuenta que la carnaza masculina es lo que vende en esta serie. No nos quejaremos. Ya que la Paquin está desganada interpretativamente hablando, por lo menos enseña las tetas. Y por otro lado tenemos a Jason Stackhouse, que eleva de nivel el episodio enseñando su trasero fibrado y bubbilicious, lo único interesante de su también aburridísima y repetitiva trama con la pesada de la vampira dominatrix (el emparejamiento de Jason y Jessica funcionaba muy bien, este no). Por lo demás, no hay mucho más que destacar de “Jesus Gonna Be Here”, un capítulo (esperamos) de transición hacia (ojalá) tramas más divertidas y emocionantes. Coño, ¡que es el final! Esperemos que las historias presentadas en este episodio se transformen y den lugar a otras más atractivas, porque lo que hemos visto por ahora ha sido bastante poco alentador. Y por supuesto, confiemos en que Pam encuentre pronto a Eric Northman y este haga acto de presencia para animar el cotarro, que su ausencia nos ha confirmado hasta qué punto él se ha convertido en el protagonista de la serie.

Reivindicando tres nuevas comedias canceladas antes de tiempo

comedias canceladas

La temporada televisiva 2013-2014 ha sido un año duro para la comedia de network. Todas las sitcoms que NBC lanzó en otoño han acabado canceladas, y aunque About a Boy les ha salvado el año, no cabe duda de que el clásico Jueves de Comedia ha dado ya sus últimos coletazos -el fracaso de los comebacks de Michael J. Fox y Sean Hayes y la cancelación de Community tras varios años agonizando han sido los últimos clavos del ataúd. Por otro lado, en Fox siguen confiando en sus comedias mucho más que la propia audiencia, y avalan series como (la excelente) The Mindy Project, (la olvidada) New Girl o (la todavía muy verde) Brooklyn Nine-Nine, como si fueran grandes éxitos de público y crítica, a pesar de que no las ve nadie (y de que ese Globo de Oro a B99 fue evidentemente comprado). Y por último, ABC ha experimentado en general un bajón enorme en sus índices, lo que ha afectado particularmente a sus comedias. No ha tenido reparos en cargarse Suburgatory, a pesar de que su audiencia era mayor que la media de sus sitcoms, quizás porque iba siendo hora de hacer purga. La cadena no levanta cabeza (tampoco en drama), aunque se consuela con que su comedia estrella, Modern Family, sigue funcionando muy bien.

En este panorama desolador para la comedia televisiva en abierto intentaron salir a flote tres series que, ya sea por mala política de programación, nula promoción o la falta de interés del público, han acabado canceladas a pesar de rebosar potencial. Tres comedias que han sido sobrevividas por sus hermanas de menor talento, y que no han tenido oportunidad para brillar y convencer a la audiencia de que, si se les daba un voto de confianza, tenían cuerda para muchos años de buena (o al menos divertida) televisión. Son dos series de ABC y una de Fox. Ninguna de las tres alcanzará estatus de serie de culto, pero son mucho mejores de lo que parece, y bien merece la pena echarles un vistazo, sobre todo ahora en temporada estival, que puede que andéis buscando series con las que llenar vuestras tardes tirados junto al ventilador. Ya sabéis, son cortas, son fáciles de ver, muy simpáticas, y a ratos pueden llegar a ser verdaderas joyas:

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Enlisted (13 capítulos)

Otro ejemplo de que Fox sigue siendo la cadena que peor programa sus series, y la que peor trata a su audiencia. Enlisted recibió su sentencia de muerte cuando se le asignó la franja horaria de la muerte (death slot) en la parrilla de la mid-season: los viernes, conocidos en las cadenas (sobre todo en Fox) como “El saco donde echamos todas las series en las que no confiamos y/o de las que nos queremos deshacer”. Enlisted, creada por Kevin Biegel (productor de Scrubs Cougar Town), es una sitcom pseudo-bélica que recupera la tradición de M.A.S.H., pero adaptada a las nuevas sensibilidades seriéfilas. Sigue las aventuras y desventuras del destacamento de retaguardia del Ejército situado en Florida, un grupo de soldados que se encargan de aguantar el fuerte en territorio americano, y se dedican a entrenar, tratar con las familias de los militares en el extranjero y a otros asuntos burocráticos. El centro de atención recae en tres hermanos, Pete (Geoff Stults), Derrick (Chris Lowell) y Randy Hill (Parker Young), irresistibles niños grandes cuya relación es el corazón de la serie, algo que se traslada fuera de la pantalla.

Enlisted no es una obra maestra ni de lejos, pero lo que hace lo hace muy bien. Es un entretenimiento más que digno (y estúpido a partes iguales, pero ahí está la gracia) en el que prima el buenrollismo por encima de todo, y que evita meterse en política a pesar del tema que trata. La serie tiene ese aire a workplace comedy que tan buenos resultados ha dado en NBC, con series como The Office Parks and Recreation. Aunque Enlisted no es un mockumentary, sino una comedia single-cam que recuerda inevitablemente a Community o la malograda Go On, pero salvando las distancias con ambas (con Community porque no alcanza en ningún momento su nivel, con Go On por todo lo contrario). De hecho también se da un aire a B99, con la que pedía a gritos ser emparejada en la noche de los martes. Pero al parecer la lógica esquiva a los programadores de la cadena.

A pesar del protagonismo del trío fraternal, cuyas peleas y competiciones ocupan gran parte de los episodios, Enlisted pone mucho énfasis en el carácter coral de su reparto, y a medida que avanza la temporada, los secundarios (el equipo de perdedores y freaks que forman el destacamento) empiezan a adquirir personalidad, demostrando gran química juntos. Enlisted daba para muchas temporadas de comedia bobalicona (o tontiligente), tenía un arsenal inagotable de one-liners, había prometedores casos de TSNR, y nos ha proporcionado la mejor carnaza masculina de este año (para muestra, un botón). En especial Parker Young (otro botón), al que otorgamos una medalla por dar vida a uno de los personajes más graciosos del año. Enlisted tenía todo lo que hay que tener para convertirse en comedia de culto, pero no ha podido ser. Eso sí, la serie al menos se despide por todo lo alto, con un último capítulo precioso y una secuencia final increíblemente emotiva elevada a épica por el temazo de M83Outro“. Esperamos volver a ver a los Hill algún día, a ser posible juntos (y si puede ser, en la ducha).

Super fun night ABC

Super Fun Night (17 capítulos)

La australiana Rebel Wilson llegaba a la tele americana para comérsela (no, no pun intended), después de convertirse en revelación de películas como Bridesmaids y (sobre todo) Pitch Perfect. Internet adoraba a la Wilson, era una cómica de culto convertida en imparable fuerza mediática, bordaba las entrevistas en todo late night en el que aparecía, y era uno de los gifs más socorridos de la red. Sin embargo, como suele ocurrir en estos casos, al intentar universalizar algo que funcionaba a pequeña escala, se rompió la magia. Rebel estrenó su serie, Super Fun Night, el pasado otoño, y desde el primer capítulo quedó claro que lo suyo con la audiencia americana no estaba escrito en las estrellas, al menos no por ahora.

Super Fun Night es la historia de Kimmie Boubier, una adorablemente excéntrica chica de Nueva York que trabaja en un buffet de abogados y vive con sus dos mejores amigas del instituto, Helen AliceMarika (¿la rebautizarían en España?). Kimmie es la líder de este trío de parias, freaks vírgenes terriblemente dañadas por sus experiencias en el instituto, pero con muchas ganas de adentrarse en el mundo de los adultos y empezar a vivir por fin la vida. A lo largo de una temporada, Super Fun Night explora la amistad de estas tres amigas mientras Kimmie intenta compaginar la vertiente más seria de su vida, su trabajo, con sus relaciones, y las super fun nights que organiza todas las semanas junto a HA y Marika (por cierto, otra medalla a Lauren Ash por otro de los mejores personajes del año). La disyuntiva entre convertirse en un adulto serio y responsable y seguir comportándose de manera (supuestamente) inmadura es uno de los conflictos centrales de la serie, aderezado como no podía ser de otra manera por la clásica TSNR, en este caso entre Kimmie y su jefe, Richard (Kevin Bishop).

Es cierto que los primeros capítulos de Super Fun Night resultan algo desalentadores. Nunca llega a ser especialmente mala, pero es comprensible que el público norteamericano no se enamorase de Kimmie & co. Una pena que la audiencia mayoritaria no conecte con este tipo de comedia awkward, algo que ya comprobamos con la joyita que fue Don’t Trust the B—- in Apartment 23, otra marcianada con la que Super Fun Night haría una pareja genial. Pero si le damos un par de capítulos, Super Fun Night es capaz de sorprendernos muy gratamente, e incluso emocionarnos. Ya no solo por los impagables momentos musicales que nos depara (se nota que a Wilson le encantan los musicales y quiere que lo sepamos) o por los destellos de genialidad cómica que hay en cada episodio (creo que esta es una de las series con las que más me he reído este año). Sino porque en el fondo, Super Fun Night es una preciosa historia de superación, una serie sobre el patito feo, el gafotas devora-cómics, la fan de Murna: Princesa Guerrera, o la víctima de bullying que deja atrás la pesadilla del instituto, pierde el miedo al mundo y echa a volar. Nos hacen falta más cosas como Super Fun Night, una serie refrescantemente anormativa y motivacional protagonizada por mujeres que no se ajustan a los cánones de belleza y celebra la diferencia con un gran festival de música y color. Freaks and Geeks 4ever.

trophy-wife

Trophy Wife (22 capítulos)

Además de “serie cancelada antes de tiempo”, Trophy Wife ha sido durante 2013-2014 una de las “mejores series que no estás viendo”, y sobre todo, una buena serie con un mal título, siguiendo los pasos de otra comedia de ABC, Cougar Town, que acabó burlándose de lo inapropiado de su título desde su cabecera (“Bad Title, Good Show” llegó a ser su tagline). Efectivamente, Trophy Wife engaña por su título, es más, lo transciende una vez terminado el piloto. Es el problema de muchas nuevas series americanas, que se centran exclusivamente en la premisa, y no piensan a largo plazo (algo que podría ocurrirle a The Good Wife también, por cierto). Lo de “Trophy Wife” parece indicarnos que el conflicto central de la serie va a ser el hecho de que Pete (Bradley Whitford) se haya casado con una mujer mucho más joven que él, o que Kate, interpretada por Malin Ackerman (que también produce), se llevará todo el protagonismo. Pero nada más lejos de la realidad.

Estamos ante una comedia coral en la tradición de Modern Family. De hecho, a primera vista no parece más que uno de los tropecientos clones del hit de ABC que todas las cadenas han desarrollado en estos últimos años, sin ningún éxito. Sin embargo, si vamos más allá de la estructura de la serie (tres núcleos familiares interconectados que generan tres tramas a la semana), nos daremos cuenta de que Trophy Wife es mucho más que un sucedáneo, y que tenía suficientes bazas como para erigirse por sí sola como una de las mejores nuevas comedias de la tele. Una pena que ABC cometiera el mismo error que Fox con Enlisted y no la emparejase con Modern Family, que era lo lógico (en la midseason cometió el absurdo error de darle ese hueco en la parrilla al cáncer televisivo por suerte ya erradicado que fue Mixology).

Lo que hace que Trophy Wife destaque por encima de otras comedias familiares que han fracasado esta temporada (The Michael J. Fox Show, Sean Saves the World, Welcome to the Family, Growing Up Fisher) es su numeroso reparto, a la altura del talento de los monstruos cómicos de Modern Family, y la química natural que los cohesiona (cada capítulo prueba con varias combinaciones diferentes de personajes y todas funcionan a las mil maravillas). Ackerman está sencillamente adorable, pero la eclipsan otros personajes. Especialmente los niños, Warren (alma gemela de Luke y Phil Dunphy) y el increíblemente maravilloso Bert, un saco de ilusión y entusiasmo que afortunadamente no suena a adulto en miniatura en ningún momento -como suele ocurrir con todos los niños de sitcom (ejem Lily ejem). Y sobre todo las verdaderas estrellas de la serie: las ex mujeres de Pete, una absolutamente descaharrante Michaela Watkins y una inconmensurable Marcia Gay Harden. Espero que algún productor se haya percatado de que esta señora DEBE tener una comedia para ella sola. Pero si hay algo que convierte Trophy Wife en una de las pérdidas más trágicas de esta temporada es que era una comedia genuinamente graciosa y divertida, algo cada vez más raro en las networks.

Estamos todos juntos en esto: Serieadicción, comunidad seriéfila y cultura blogger

cartel_RESET_CasEl pasado martes 17 de junio de 2014 tuve el honor de participar en RESET. Reseteando la pequeña pantalla. El serieadicto en la nueva televisión, una serie de encuentros bajo el tema común de ‘la nueva era de la televisión’ que tuvieron lugar en el Centro de las Artes de Sevilla CAS, coordinados por Sergio Cobo-Durán, de la Universidad de Sevilla.

Yo tuve el privilegio de cerrar este ciclo dando una charla junto a uno de los bloggers de TV más conocidos en España, Alberto Rey (Asesino en serie), titulada “Las series de televisión crean comunidades. El universo del blogger“. Durante dos horas reflexionamos entre otros temas sobre el origen de la quality television, las nuevas formas de producción, difusión y consumo de las series de televisión en el siglo XXI, las claves para entender el fenómeno blogger vinculado a la crítica de cine y televisión, y el por qué de la necesidad de ver y (sobre)analizar todo lo que nos ofrece la ficción norteamericana.

Para todos aquellos que no pudieron asistir a la charla (y para todos los que quieran leerla), a continuación os dejo con mi parte de la presentación. En primer lugar os hablo de la historia de fuertecito no ve la tele y mi iniciación en el universo blogger, y después paso a desarrollar los temas que tratamos a lo largo de la tarde, más alguno que otro que se quedó en el tintero.

De nuevo muchas gracias a todos los que os acercasteis a hablar de series con nosotros (a pesar del calor), y un agradecimiento muy especial a Sergio Cobo y el CAS por contar conmigo, y también a la Liga de Investigadores en Comunicación por la gran labor que están desempeñando en el campo de los Estudios Televisivos en España.

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UN POCO DE HISTORIA

Para los que no estéis familiarizados conmigo, soy Pedro J. García, más conocido en Internet como fuertecito, y ejerzo como coordinador, redactor jefe, plantilla completa y community manager del blog fuertecito no ve la tele.

FNVLT nace en 2010, año en el que inicié mis estudios de posgrado en la Universidad de Sevilla, donde me dediqué a investigar sobre Narrativa Televisiva e Historia de la Televisión, trabajando bajo el ala de Virginia Guarinos en mi investigación predoctoral sobre drama televisivo y la cuestión de la autoría en la televisión norteamericana. El blog surgió como complemento de mi investigación en la universidad, como un espacio abierto que necesitaba para poner en práctica todo lo que estaba aprendiendo, y a su vez para verter todo aquello que no tenía cabida en la tesina.

Mi pasión por las series de televisión existe prácticamente desde la infancia/adolescencia -aún recuerdo cuando grababa mis series favoritas en VHS y me pasaba tardes enteras y noches en vela haciendo lo que hoy conocemos como binge-watching, o maratones de series. Sin embargo, es un autor en concreto el que hace que me interese por el medio desde una perspectiva más profesional: Se trata de Joss Whedon (no era difícil adivinarlo, ¿verdad?). Mi pasión por sus series, y el descubrimiento de los Slayer Studies (importante corriente de investigación académica dentro de los Television Studies que se centra en el autor), es lo que me urge a escribir, investigar y teorizar sobre las series y las personas que las crean y desarrollan. De hecho, mi iniciación en los blogs fue antes de FNVLT, con Whedonverso.com, página en la que, junto a mis amigos whedonites, analizábamos en profundidad las series de Whedon.

Claro que luego está la serie que revolucionaría la televisión y su relación con Internet, el fenómeno al que nos debemos remontar para entender esto de la serieadicción y descifrar al nuevo espectador de televisión. Efectivamente, estoy hablando de Perdidos. El año que empecé a escribir en el blog, Lost estaba en su última temporada. El blog empezó a despegar gracias a los análisis del día después que realizaba de cada capítulo, y con los que empecé a ampliar el radio y espectro de lectores, que como suele ocurrir, al principio no son más que tus grupo de amigos y/o compañeros de clase debatiendo contigo sobre la serie en cuestión. De esa manera empecé a darme cuenta de lo mucho que estaba creciendo esta comunidad de seriéfilos, y gracias a la respuesta tan positiva de los lectores, después del final de Lost y de la conclusión de mis estudios predoctorales, decidí seguir escribiendo sobre pasado y presente de la televisión en fuertecito no ve la tele. Y así hasta hoy.

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¿POR QUÉ FUERTECITO NO VE LA TELE?

Mucha gente me pregunta de dónde viene el título de mi blog, un título que por cierto he intentado cambiar varias veces -por aquello de que un nombre de marca debe ser corto y porque siempre me preocupa que por culpa de un título tan “informal” no se tome en serio lo que es sin duda un trabajo muy serio. Pues bien, la coletilla “no ve la tele” tiene doble sentido:

Por un lado, hace referencia al hecho de que los hábitos de consumo de series de televisión han cambiado por completo, y muchos de verdad ya no vemos la tele. Es decir, la “tele” ya no designa necesariamente un aparato físico, sino que nos referimos a ella más bien como si habláramos de un género o de un ámbito de la cultura. Ya no vemos la tele en la tele, la vemos en portátiles, en dispositivos móviles, en tablets mientras vamos en el metro, vaya, incluso en el cine… Y no la vemos siguiendo los horarios establecidos por las cadenas, sino que hemos adoptado por completo la experiencia de la televisión a la carta o hecha a medida por el propio espectador gracias a Internet. Cuando yo digo que no veo la tele, es verdad (no tengo TDT).

Por otro lado, el “no ve la tele” también es un guiño a todos esos que dicen “yo no veo la tele”, despreciando el medio como causa de los males de la sociedad, y renegando de la existencia de la tele de calidad. Los tiempos han cambiado, y las series ya no sufren el estigma del entretenimiento barato que tradicionalmente se atribuyó a las novelas por entregas, los seriales radiofónicos o incluso el cómic. Hoy en día, las series ocupan el lugar que les corresponde después de más de una década de esplendor, y ese reaccionario “ya no veo la tele” se ha quedado obsoleto. Por suerte, ya no lo oímos tanto como antes.

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LAS FRONTERAS ENTRE EL CINE Y LA TELEVISIÓN

Después de dos años escribiendo sobre series en mi blog, me mudé de Sevilla a Madrid. A comienzos de 2013 entré en contacto con el mundo de las distribuidoras de cine, y empecé a asistir a ruedas de prensa, pases y otros eventos. Comencé a escribir críticas de cine, que además es lo que a mí me gustaba hacer hasta ese momento, a lo que me dedicaba más como aficionado. Conté con el apoyo de todas las distribuidoras, y los lectores reaccionaron mucho mejor de lo que esperaba a que el blog ampliase horizontes.

Con esto me di cuenta de varias cosas:

  1. El espectador ya no tiene tan en cuenta el medio, sino que lo único importante son las historias y los personajes.
  2. El seriéfilo de hoy fue antes cinéfilo. Sigue siéndolo, y no son mutuamente excluyentes en casi ningún caso. Al que le gusta leer sobre series le gusta leer sobre cine, y viceversa.
  3. El cinéfilo más endogámico ya ha abrazado la seriefilia y ha asumido la evidencia: Las series ofrecen gran calidad. Podemos identificar el punto de inflexión en aquella significativa Cahiers du Cinéma España que colocó en la portada de su publicación -exclusiva y herméticamente dedicada al cine- a nuestro querido Don Draper.

Por eso, como blogger, yo me posiciono a la hora de escribir habiendo superado un lugar común que ya ha quedado muy anticuado: “Esta serie es muy buena, tanto que parece cine”. Hace 10 ó 15 años, con Los Soprano o The Wire, era comprensible exclamar tal cosa ante una serie insólitamente buena. HBO nos estaba mostrando las nuevas posibilidades de la narrativa serial, y eran alucinantes. Pero hoy en día ya hemos superado esta distinción, y tenemos muchas series que lo demuestran.

Además, volvemos al tema de los medios de difusión y consumo. Con el auge de los sistemas VOD, los estrenos simultáneos en salas e Internet, y la tendencia a crear y consumir el cine como series (largas sagas que abarcan años, películas divididas en dos con un cliffhanger), el cine y la televisión (norteamericana) empiezan a fusionarse.

Mad Men

SUPERÁVIT DE SERIES, ZEITGEIST Y CULTURA RECAP

Como decía, tenemos muchas series de calidad. De hecho tenemos superávit de series. Hay demasiadas, un gran porcentaje de ellas son de gran calidad, y estoy seguro de que os pasará como a mí: No hay tiempo de verlas todas. Necesitamos días de 72 horas. La vida del serieadicto es un continuo maratón de episodios en torno al que organizamos nuestros trabajos, nuestras responsabilidades y vidas sociales (si alguna tuviéramos), y aún así nos falta tiempo. Hay que estar al día con Juego de Tronos, The Walkind Dead, Mad Men… Además hay mil y una series de culto y/o clásicos que tenemos en la lista de espera. Sin olvidar nuestros guilty pleasures, los revisionados de nuestras series favoritas, y aquellas series que empezamos a ver hace años, y no sé por qué razón, nos negamos a abandonar.

Esto ha provocado la ansiedad del seriéfilo, y en relación a esto, lo que mi amigo Javier Pérez, definió como el Síndrome de Diógenes Digital (que podría ser también Seriéfilo o Cinéfilo). Acumulamos textos culturales con la idea de que TENEMOS que consumirlos para ir al día con los tiempos que corren, pero no tenemos tiempo para hacerlo, así que los engullimos como podemos y en muchos casos no los digerimos y los desechamos rápidamente. Es también lo que Alberto Rey llamó la bulimia seriéfila. Queremos verlo todo, porque el auge de Internet y las redes sociales, y la eclosión de la quality television en el S.XXI, ha despertado la necesidad completista y competitiva del espectador. En ocasiones vemos las series y el cine como si estuviéramos siguiendo un checklist, y no nos damos cuenta de que esa lista se renueva todos los años y es infinita. Esto salta a la vista durante la carrera de los Oscars. Seguro que muchos de vosotros, o amigos vuestros, viven los meses de enero y febrero con estrés, intentando llegar a la meta (la ceremonia) habiendo visto todas las películas nominadas.

Es un síntoma de la necesidad que tenemos de formar parte del Zeitgeist, de estar ultra-informados, hiper-cultivados, y de ver todo lo que los críticos, bloggers o académicos denominan “cine o televisión obligada”. Por eso cada vez hay más bloggers y webs especializadas en cine y TV, porque cada vez hay más series. Y esto ha hecho que el espectador quiera participar activamente del análisis de las mismas y del diálogo cultural que generan. Porque las series hoy en día (como siempre, pero aún más) cumplen la inequívoca función de explicar el mundo. Y ahora más que nunca, en una época de confusión general, caos y sobreinformación, necesitamos entenderlo, por eso demandamos de las series mayor profundidad y nos involucramos más con ellas.

De ahí que tantos seriéfilos y cinéfilos se hayan convertido en críticos/reviewers/bloggers. Para entender el mundo, queremos entender las series, y estas cada vez nos ofrecen visiones del mundo más complejas, que se prestan al análisis en profundidad. Esto ha dado lugar a lo que se conoce como la Cultura Recap, que auspician páginas importantes como Vulture, EW, IGN o The A.V. Club. La cultura que ha sustituido a la conversación del día después en clase o en el trabajo, donde debatimos el capítulo que hemos visto la noche anterior. Estos análisis están alcanzando un nivel de calidad impresionante. En muchos casos, los recaps son incluso mejores que las series, textos periodísticos y literarios brillantes, puro arte del sobreanálisis, pero arte al fin y al cabo, y sin duda ponen el listón muy alto para el resto de bloggers.

Yo pertenezco, o intento pertenecer, a esta Cultura Recap, aunque lo haga solo con un par de series, porque no es viable para mí analizar en profundidad toda la quality television que existe, ya que llevo yo solo el blog y no doy abasto. Como muchos sabéis, ejerzo como recapper de Mad Men, que es en mi opinión el culmen de la televisión de calidad, y una de las mejores series de la historia, por no decir la mejor (que me perdone Buffy, mi otra mejor serie de la historia), y semana a semana realizo un análisis en profundidad de cada capítulo mientras la serie de Matthew Weiner está en antena. Hoy por hoy, esto es lo que más me gusta hacer en el blog, y es el trabajo que me deporta las mayores satisfacciones.

En España hay cada vez mejores recappers, y hacemos competencia digna a los de Vulture y compañía. A mí por ejemplo me encantan los análisis de Mad Men (y de otras series) que hacen Sara Bureba en Series de Bolsillo o Valentina Morillo en el podcast Del sofá a la cocina.

Resumiendo, en lugar de debatir delante de un café o entre clase y clase, ahora lo que hacemos es escribir reviews, recaps, leer hasta que nos explota la cabeza, empaparnos de las teorías de los que escriben, compartiendo las nuestras, y creando al fin y al cabo una cíber-comunidad donde las fronteras entre el crítico y el espectador son cada vez más difusas.

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CRÍTICO VS. BLOGGER/RECAPPER

Por eso, cada vez hay más críticos autodidactas o amateur, que “compiten” con los críticos profesionales en los medios tradicionales. Los bloggers han irrumpido en el periodismo digital y cultural, y los medios tradicionales están aprendiendo a convivir con ellos. No sin recelo inicial.

¿Conocéis el dicho anglosajón “Everyone’s a critic”? Pues eso. Yo os puedo contar, a modo de anécdota, cómo en uno de cada tres pases de prensa escucho a algún corrillo de crítico de diarios hablar despectivamente de los bloggers y llamarlos “los frikis estos”.

Existe un rechazo, comprensible hasta cierto punto, hacia lo que mi amigo y antiguo profesor de crítica de cine Manuel Lombardo llama el “crítico pop”. Estos bloggers, en muchos casos seriéfilos antes que críticos de cine, y en casi todos los casos FANS, personas inmersas en la cultura popular, pueden dar la sensación a menudo de no ser rigurosos, de no ir en serio. Pero el lector los lee cada vez más, y por eso son tomados muy en cuenta por las empresas, las distribuidoras, los canales de TV, porque su voz es cada vez más importante. Y esto puede percibirse sin duda como una amenaza desde los medios tradicionales. ¿Por qué? Porque el blogger hace prácticamente gratis, por amor al arte, lo que el crítico de plantilla hace cobrando. La solución ha sido incorporar este universo blogger a los medios consolidados, e institucionalizarlo de alguna manera.

Pero, ¿por qué los lectores y las empresas tienen tanto en cuenta la opinión y la presencia en la red de los bloggers en oposición a la de los críticos consolidados?

  • Porque el espectador siente que le están hablando de tú a tú, y no desde una posición elevada, por encima de ellos.
  • Porque al lector le gusta sentir que forma parte de una comunidad, y el blogger le permite esto, mientras el crítico tradicional normalmente no forma parte del diálogo. Además, antes el espectador leía una crítica para decidir si veía una película o no. Ahora la lee después, para contrastar, completar y dialogar. Algo que sin duda se contagia de la Cultura Recap televisiva y el miedo a los spoilers, y que resulta siempre en el refuerzo de una comunidad que solo ofrece el blogger.
  • Porque el blogger, dejando a un lado su estilo o la calidad de su prosa, escribe como un espectador más, y forma parte activa de la experiencia comunal de ver cine y series (enriquecida con iniciativas como Birraseries).
  • Porque aunque a veces sea inevitable destrozar una película o una serie, el blogger no parece estar escribiendo desde el odio (tiene el ¿privilegio? de poder escribir sobre lo que quiere, sobre lo que le gusta), y no despierta esa connotación despectiva del término “crítico” que sí se puede aplicar a muchos periodistas de diarios nacionales.

Esto es por supuesto una generalización, y no carece de excepciones. Hay críticos que funcionan desde la perspectiva del blogger, y hay bloggers que parecen críticos de Cahiers. Pero en general, lo que diferencia al crítico profesional y al crítico pop es la distancia que interponen entre ellos mismos, el objeto a criticar y el espectador. El crítico, por una cuestión quizás de logística, pone mucha más distancia que el blogger  (llega a más gente y no puede dialogar con todos como hace el blogger), y desde luego no opera con el mismo grado de entusiasmo que él (entusiasmo que en ocasiones puede percibirse lógicamente como falta de seriedad y ausencia de criterio). Desde mi punto de vista (y así es como me aproximo yo a la crítica de cine y televisión) se trata de encontrar el equilibrio entre la cercanía del blogger/crítico pop y el rigor y los conocimientos del profesional.

Lo que está claro es que Internet ha dado poder y voz a la gente “corriente”. Y esto lo saben las distribuidoras y las cadenas, y por eso, a excepción de alguna que otra (no sacaré trapos sucios aunque los haya), nos tratan con mucha atención, como medios serios, que es lo que muchos pretendemos ser (a pesar de que el nombre de nuestro blog pueda indicar lo contrario).

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VIABILIDAD ECONÓMICA DE LOS BLOGS

Mucha gente también me pregunta: “Pero bueno, ¿ganas dinero con el blog? ¿Te da para vivir?” No os voy a engañar, me parece una pregunta un tanto impertinente, pero entiendo perfectamente la curiosidad que despierta el tema. Cabe aclarar que mis palabras no deben ser tomadas como la norma ni nada parecido. Hablo siempre desde mi experiencia, y otros pueden tener una completamente distinta que refute mi visión del asunto. Pero creo que, si me preguntan a mí, y probablemente al 95% de los bloggers, si se puede vivir de un blog, te vamos a responder claramente que NO. Pero con matices.

Existe un pequeño porcentaje de bloggers que son trend-setters, que tienen un seguimiento que se cuenta por los cientos de miles y millones, y estos sí pueden vivir de ello (son por regla general bloggers de moda o de belleza/salud). Pero no es lo normal, aunque tengas buenas estadísticas. Lo normal es tener un trabajo y dedicarte al blog en tu tiempo libre. Aunque en muchos casos el blog sea más trabajo que el primero, tanto por el tiempo que le dedicas como porque le pones más cariño y esfuerzo (al fin y al cabo, un blog suele ser lo que a uno le gusta hacer, su trabajo ideal).

No nos paga nadie, y la única vía para monetizar nuestro trabajo en el blog es a través de publicidad, sponsors, patrocinadores que ofrecen anunciarse mediante publirreportajes o product placement en tu página. Sin embargo, en la mayoría de los casos, la recompensa económica es tan irrisoria que para muchos no merece la pena “mancillar” su blog por dos duros. Por eso, hay que buscar otra manera de capitalizar el trabajo en el blog y utilizar la popularidad que te pueda dar para:

  • colaborar con otros medios que sí remuneren,
  • intentar convertirte en un blogger-firma de un diario o revista,
  • adentrarse en el mundo editorial (España está despuntando en la publicación de libros sobre series),
  • organizar/participar en eventos, conferencias, etc.
  • pasarse al video-blogging, que es más rentable.

Buffy laptop

RESUMIENDO

Los blogs son para mí una herramienta que utilizo para formar parte de esta cultura de inmersión completa en lo audiovisual y participar activamente de esta gran comunidad (palabra clave sin duda) de seriéfilos y cinéfilos que ha cambiado la cara del periodismo digital y la cultura audiovisual. La incorporación de los blogs a los periódicos y revistas de todo tipo confirma que estos han alcanzado un nuevo status y reciben el respeto que merecen. Los bloggers son cada vez más tenidos en cuenta y en algunos casos, se convierten en referentes a la altura de aquellos que escriben en los medios consolidados.

Personalmente, fuertecito no ve la tele me ha dado la satisfacción de haber reunido a una comunidad de seriéfilos y cinéfilos muy participativa, cordial y respetuosa, con la que me encanta hablar a diario. No hay mayor alegría que cuando alguien te dice que ha seguido una recomendación tuya y le ha gustado, aunque no sea tu objetivo ejercer como “referente” o como guía de lo que hay o no hay que ver (porque a mí no me gusta nada que me lo digan, sobre todo lo que no debo ver). Claro que no todo son satisfacciones. Además del hecho de que es complicado ganarse la vida con un blog, yo tengo dos inconvenientes de esto de ser blogger: Dolor de espalda permanente y haberme tenido que poner mis primeras gafas.

Muchas gracias a todos por leer y por apoyar fuertecito no ve la tele. Sois la cura para la vida común.

Crítica: Las dos caras de enero

Viggo Mortensen

Para su debut en la dirección, el nominado al Oscar Hossein Amini (guionista de Drive, Blancanieves y la leyenda del cazador o 47 Ronin), apuesta sobre seguro con la adaptación de una novela de la reina de la suspense psicológico Patricia HighsmithLas dos caras de enero (The Two Faces of January). Después de más de dos décadas asimilando el trabajo de otros a la dirección, Amini manifiesta con su ópera prima un considerable savoir faire cinematográfico y sobre todo un notable sentido de la estética.

Las dos caras de enero transcurre en el año 1962, y su relato despega en la Acrópolis de Atenas, junto a una pareja de americanos que disfrutan de sus vacaciones en Europa, y un guía turístico que se involucra en sus vidas hasta verse atrapado en una turbia trama criminal. La esplendorosa década de los 60, el lujo de las clases altas y la magia de las capitales europeas son sin duda los ingredientes perfectos para filmar una obra repleta de glamour y elegancia, y eso es exactamente lo que hace Amini. Pero no sería una adaptación de Patricia Highsmith si bajo esta capa de belleza y sofisticación no se escondieran oscuros secretos y traumas psicológicos, y si no emanara de ella esa exquisita ambigüedad que caracteriza a sus personajes.

Es inevitable establecer paralelismos con otras obras de Highsmith adaptadas al cine. Extraños en un tren (Alfred Hitchcock, 1951), o la que para el que esto escribe es una de las más satisfactorias y estimulantes (en muchos sentidos), El talento de Mr. Ripley (1999). Como ocurría en ambas películas, son los personajes masculinos de Las dos caras de enero los que presentan mayor profundidad frente al femenino. Kirsten Dunst desempeña un papel similar al de Gwyneth Paltrow en Mr. Ripley, una mujer de porcelana atrapada entre dos hombres que se enzarzan en un perturbador juego físico y mental. La relación entre ellos dos es el centro del relato, y la inolvidable atracción homoerótica entre Ripley (Matt Damon) y Dickie Greenleaf (Jude Law) encuentra su homóloga aquí en la no menos interesante y tormentosa relación paterno-filial que se establece entre los personajes de Viggo Mortensen y Oscar Isaac.

Oscar Isaac

Queda patente en todo momento que Amini está más interesado en explotar el magnetismo y la sensualidad de sus personajes masculinos que de la protagonista femenina, Colette, objeto de deseo (solo) para Rydal (Isaac) y Chester (Mortensen), pero en última instancia mera herramienta narrativa y catalizadora de conflictos entre ellos. Dunst pasa de esta manera a un segundo plano para que Amini explore los claroscuros de estos personajes de doble fachada, y los enfrenta en una batalla de egos arbitrada por sus fantasmas del pasado.

Amini traslada a la pantalla con acierto el ambiente de misterio y peligro creado por la pluma de Highsmith y enarbola un film indudablemente arraigado en la tradición hitchcockiana, que sin embargo sale perjudicado por lo predecible y formulaico de la propuesta. Las dos caras de enero es una adaptación de Highsmith, y como tal, funciona exactamente como uno espera que lo haga, para gozo de los que disfruten incondicionalmente de su intemporal estilo, y probablemente para indiferencia del resto. Lo que no dejará indiferente es el trabajo interpretativo de un fiero y atractivo Viggo Mortensen, cuyo talento animal no se reconoce lo suficiente, y el del galán Oscar Isaac, cuya irresistible presencia contribuye a la atmósfera pseudo-erótica y en ocasiones sofocante de la película, representando a la perfección las pulsiones contenidas y la profunda dualidad que caracterizan a los personajes de Highsmith.

Valoración: ★★★½

Crítica: The Invisible Woman

The Invisible Woman

Después de su debut en la dirección con Coriolano (2011), desapercibida adaptación de la obra de William Shakespeare, Ralph Fiennes se vuelve a sentar en la silla del director para filmar otra película relacionada con otro de los grandes autores de la literatura universal, Charles Dickens. Sin embargo, The Invisible Woman no adapta una obra del novelista inglés, sino la biografía homónima escrita por Claire Tomalin en 1990 sobre Ellen Ternan, la mujer que pasó junto a Dickens los últimos años de la vida del escritor, en secreto.

The Invisible Woman podría catalogarse como biopic, aunque su carga poética, y el hecho de que el peso del relato recaiga sobre la otra mujer, la acercan más bien al drama íntimo, y la distancian (afortunadamente) de la corriente actual de biografías sobre grandes personalidades de la historia. Además de dirigir el film, Fiennes se reserva el papel de Dickens, apenas dos años después de haber dado vida a uno de sus personajes, Magwitch, en la enésima adaptación de Grandes esperanzas (Mike Newell, 2012). Con su vívida y carismática interpretación de autor británico, recuperamos al gran actor que conocimos en los 90, el mismo año que lo hemos visto revitalizando su carrera con otra gran actuación en El gran hotel Budapest (Wes Anderson).

The_Invisible_Woman_-_Cartel_final_Sin embargo, en The Invisible Woman, el Fiennes director se impone al Fiennes actor, con un trabajo de enorme sutilidad y buen gusto que evidencian a un notable cineasta. Pero como decíamos, este romance victoriano de erotismo contenido y belleza intemporal no nos cuenta exactamente la historia de Dickens, sino la de la mujer invisible (un acierto no haber traducido el título para su estreno en España) que se enamoró perdidamente de él y con la que vivió una aventura (en el sentido más completo de la palabra) en el cénit de su carrera, y de su vida. En este sentido, la exquisita Felicity Jones supone un gran acierto de casting. La joven actriz contrarresta la gelidez de su aspecto con un encanto inocente, casi infantil, y un aura de inteligencia y tormento con el que caracteriza brillantemente a esta mujer enferma de amor y de soledad, demostrándonos el gran talento que se percibía en papeles anteriores.

A pesar de estar directamente inmerso en la historia como protagonista, Fiennes compartimentaliza hábilmente sus facetas como actor y como director y cuenta la historia en The Invisible Woman desde una distancia prudencial que, si bien puede dar la impresión de frialdad o desapasionamiento, desvela a un director metódico, preciso y meticuloso, un narrador que penetra en la piel del espectador casi sin que este se dé cuentaThe Invisible Woman nos ofrece un irresistible y certero retrato del novelista más importante de la historia en la cumbre de su popularidad, pero nos atrapa con la devastadora historia de la mujer a la sombra, afectándonos en última instancia con la terrorífica idea del duelo en secreto por el gran amor de una vida. Un triunfo en la carrera de Fiennes.

Valoración: ★★★½

Tenéis que ver Broad City, ¿vale?

Broad City School Bus

Sin complicarnos demasiado, la comedia televisiva norteamericana se puede dividir en tres simples categorías: Mainstream, de culto, y oculta. Aunque las fronteras entre unas y otras son difusas y podemos circunscribir una misma comedia a dos de ellas a la vez, generalmente está claro a cuál pertenece cada una. En la primera entrarían las comedias sin demasiadas aspiraciones “artísticas”, para todos los públicos (Modern FamilyThe Big Bang Theory2 Broke Girls), en la segunda esas series que no gozan de grandes audiencias pero sí del respaldo absoluto de la crítica y un dedicado grupo de fieles (Girls, Louie, Parks and Recreation, Community). El tercer grupo es el formado por comedias desconocidas por el gran público, principalmente las series (discretas y de bajo presupuesto) de Comedy Central, FX o IFC, con la veterana It’s Always Sunny in Philadelphia o Portlandia a la cabeza. A esta categoría de “comedias ocultas”, que en muchos casos podría llamarse también “joyas ocultas”, pertenece la serie de la que voy a hablaros hoy: Broad City.

Creada y protagonizada por Ilana Glazer y Abbi Jacobson a partir de su webserie homónima (2009-2011), y lanzada a comienzos de 2014 en Comedy Central, Broad City sigue las aventuras, desventuras, alegrías y desgracias de dos veinteañeras intentando sobrevivir en la ciudad de Nueva York. Solo por esta descripción sería lógico pensar que Broad City es otra de esas series utópico-aspiracionales sobre amigos en la gran ciudad que nada tienen que ver con la realidad. O sea, otra comedia del montón. Pero para nada. Broad City ha sido definida a menudo como una versión de Girls para gente a la que no le gusta Girls (pero no es mutuamente exclusivo, ya sabéis que yo soy el fan nº1 de la serie de Lena Dunham y estoy seguro de que Ilana y Abbi también lo son). Aunque quizás sea más acertado describirla como una fusión entre Girls y el humor cafre y escatológico de Always Sunny. Imbuida de la estética hipster-hop de Brooklyn, la Nueva York que Glazer y Jacobson nos presentan en Broad City no es tan decadente como la Philadelphia de McElhenney & co., pero ambas parecen coexistir en el mismo universo. Por otro lado, lo que en la serie de Dunham es autocrítica y sátira existencialista, en Broad City es otro tipo de nihilismo millenial, uno gamberro, zafio y escatológico, según el cual las miserias de los jóvenes del siglo XXI encuentran su metáfora, bastante literal, en litros de sudor, madejas de vello púbico y mojones en los zapatos. Una delicia se mire como se mire.

Broad City

Lo que diferencia Broad City de otras comedias trash es sin lugar a dudas la descripción de la amistad entre las dos protagonistas. La relación de Ilana y Abbi nada tiene que ver con la que sostiene a duras penas a la pandilla de Hannah Horvath. Ilana y Abbi se quieren. Se quieren mucho. Es más, se idolatran, se apoyan incondicionalmente, se arrastran la una por la otra si es necesario, y no ocultan su verdadero rostro o se relacionan desde un plano paralelo de (auto)engaño. Para ser más concretos, es Ilana la que está platónicamente enamistada de Abbi, como se lo hace ver a cada segundo que pasa con ella: Está claro que Ilana seguiría a Abbi hasta el fin del mundo, y viceversa. En este sentido, Broad City recuerda a otra joya semi-ignorada de la comedia televisiva actual, Bob’s Burgers, una serie que contrarresta la sal gruesa y la mala leche con grandes dosis de amor y comprensión entre sus protagonistas. Eso es lo que hace que Broad City funcione tan bien, que no es solo una comedia destroyer (como podría serlo Padre de familia), sino que en el fondo nos está hablando de la importancia de la amistad para estas dos jóvenes en una época de confusión e incertidumbre, y lo está haciendo sobre unos cimientos levantados a base de cariño, dulzura y buen rollo –Amy Poehler es una de las productoras de la serie, y no nos extraña.

Bajo una capa de humor payaso, fumado y decididamente extraño, y un alto contenido en guarradas de toda índole, Broad City esconde valiosas y ácidas reflexiones sobre el trabajo, el futuro de la generación perdida y el papel de la mujer en la actualidad análogas a las de Girls, pero carece de carga dramática y pide no ser tomada en serio en ningún momento. Es fácil hacerle caso cuando tienes a dos cómicas como Glazer y Jacobson, absolutamente entregadas al ridículo y al slapstick. Ilana aporta la nota más excéntrica (ella es indudablemente cool pero no administra muy bien su coolness), mientras Abbi representa con tino absoluto a la everywoman de nuestros días, adorablemente patética y desafortunada –Todos somos Abbi. Ambas forman un tándem perfecto, y la Nueva York, y el mundo, que nos enseñan a través de sus ojos no podría ser más divertido. Es cierto que a la serie le cuesta un poco arrancar (¿a qué comedia no le pasa?), y que los primeros capítulos pueden desconcertar (confieso que no me reí ni una sola vez durante el primero, y estuve a punto de no ver más). Pero si se le da una oportunidad, Broad City acaba sorprendiendo muy gratamente, y provocando carcajadas continuas. Conforme avanza, la serie va ganando confianza en sí misma, cada episodio de la primera temporada (10 en total) es más redondo que el anterior, y para cuando ha terminado, uno está completamente enamistado y perdidamente enamorado de Ilana y Abbi. El sueño de Nueva York que estas dos chicas nos pintan no es tan bonito como nos habían dicho, pero no nos importa si podemos vivirlo haciendo el idiota con ellas.

Derek (T2): Ricky Gervais quiere que te deshidrates

Ricky Gervais Derek

#DerekSays: “I don’t find anyone surprising, cos I always thinks “everyone’s surprising.”

La primera temporada de Derek nos dejaba a muchos confundidos y extrañados. No nos quedaba demasiado claro si Ricky Gervais estaba riéndose de alguien (principalmente de nosotros) o si estaba siendo sincero en sus intenciones. Ya sea por la personalidad pública, irreverente y provocadora, del actor británico, o por sus obras anteriores, nos chocaba un poco que Derek fuera una serie tan lacrimógena, tan melodramática, tan libro de autoayuda. Podíamos achacar esta confusión a su tosco manejo de las técnicas de manipulación emocional a lo largo de toda la temporada, que la acercaban peligrosamente a la parodia, o a la dificultad para identificar un tono predominante: ¿Es Derek una comedia guarra y políticamente incorrecta o es una dramedia existencialista con buenas intenciones? Parece ser que en esta segunda temporada, que acaba de emitirse, Gervais se ha propuesto convencernos de que se trata de lo segundo.

Derek ha vuelto conservando y perfeccionando aquello que funcionaba de la primera temporada, ese optimismo conmovedor, esa fe incondicional en la capacidad innata del ser humano para ser bondadoso y generoso. La serie se reafirma como gran celebración de la vida, y homenaje filántropo a aquellos que pasan desapercibidos, que no tienen voz, pero tienen mucho que decir, que tienen un gran corazón pero no lo pregonan, prefiriendo compartirlo sólo con unos pocos. Gervais se centra en lo que hace valioso a este grupo de personas socialmente impedidas, fracasados, estigmatizados, invisibles, y lo hace durante esta segunda temporada sin apenas escarceos con la autoparodia. Y también redondeando a los personajes -Santa Hannah, la adorable chav Vicky, y sobre todo Kev, que ya no solo aporta la sal gruesa y los mejores one-liners, sino que además se ha convertido en un personaje profundo, sorprendente y hermoso a su manera. Solo la banda sonora -ese piano machacón que fuerza la melancolía y la reflexión en muchos pasajes o esos temas rock que marcan los in crescendos emocionales- devalúa en cierto modo el trabajo de Gervais, y hace que nos quede algún resquicio de duda sobre lo que se está proponiendo el cómico con su serie.

Derek S2Duda que se desvanece por completo cuando nos concentramos en su trabajo interpretativo dando VIDA (las mayúsculas no podrían estar más justificadas, estaréis de acuerdo) al protagonista. Con Derek, Gervais ha demostrado que es un grandísimo actor de drama, que es capaz de afectarnos hasta límites insospechados. Mirad por ejemplo el quinto episodio de esta temporada, probablemente el mejor de lo que llevamos de serie, en el que Derek se despide de su perro favorito, Ivor, porque este tiene cáncer y debe ser sacrificado. Qué crueldad, ¿verdad? Un disminuido psíquico diciendo adiós a su cachorro favorito antes de morir. Os reto a ver este devastador episodio, aunque sea descontextualizado de la serie, y no llorar a moco tendido. Os lo digo ya: Imposible. En el llanto de Derek, y la entrega absoluta de Gervais al personaje y a su discurso humanista, encontramos la única verdad de Derek que importa.

Al final, lo mejor es dejarse llevar, no cuestionarse la naturaleza de la comedia y el drama que propone Gervais, abrazar todo lo que Derek personifica, la inocencia y la esperanza, y entrar en su juego (suponiendo que es un juego). Derek es mejor, y se disfruta más, cuando uno se despoja a sí mismo de su coraza, cuando se acepta que aquí hemos venido a llorar, a moquear, a alegrarnos de estar vivos, a recordar que tenemos que decir “te quiero” antes de que sea demasiado tarde, a aprender no sorprenderse con nadie, porque todo el mundo es sorprendente. Efectivamente, no pasa nada si dejamos a un lado nuestro cinismo (ese que el propio Gervais cultiva a diario) y nos encomendamos al espíritu motivacional de la serie. Si lo hacemos, Derek nos levantará dos palmos del suelo, y nos hará ver todo con otros ojos, aunque sea momentáneamente. La próxima vez que un extraño os sonría por la calle, pensad que es porque a lo mejor acaba de ver Derek.

Nota: Si queréis saber más sobre Derek (sobre todo lo que no he hablado aquí para no repetirme), podéis leer mi artículo sobre la primera temporada de la serie: “Derek: Ricky Gervais y la comedia humanista“.

El Pato Donald cumple hoy 80 años

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El pato más famoso del mundo celebra hoy su 80º cumpleaños. El Pato Donald se dio a conocer por primera vez en el corto de las Silly Symphonies The Wise Little Hen el 9 de junio de 1934. Desde entonces, su espíritu bufón y su fuerte temperamento, le han convertido en un personaje muy querido por público de todas las edades (confieso que es mi personaje Disney clásico favorito de toda la vida).

Hoy, Donald Duck sigue siendo tremendamente popular. Además de inspirar productos y diseños para ropa, papelería o menaje del hogar, forma parte de La Casa De Mickey Mouse y tiene un papel importante en los nuevos cortos de Mickey, con un diseño muy diferente al que estamos acostumbrados, más moderno y minimalista (foto de encabezado).

Donald Wise Little Hen

Algunos datos curiosos sobre el Pato Donald:

· Desde su debut en 1934, Donald ha aparecido en 200 largometrajes de animación, más que ningún otro personaje Disney
· Tras los primeros años y a medida que su popularidad crecía, a mediados de los años 30 empezó a aparecer el primer merchandising inspirado en el Pato Donald, como peluches, sábanas y lámparas
· En 1938, el ilustrador Disney Al Taliaferro comenzó a dibujar una tira diaria de comic de Donald para el periódico, que llegó a publicarse en 322 cabeceras
· Cuatro años después de su primera aparición conoció al amor de su vida, Donna Duck, a la que más tarde conocimos como Daisy
· Además Donald tiene tres sobrinos, Juanito, Jorgito y Jaimito y su tío Gilito, que llegó a igualar en popularidad a su sobrino
· En 1995, un asteroide recibió el nombre del Pato Donald (Asteroide 12410) y en 2004 se le homenajeó con su propia estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood en Los Ángeles
· En 2013 se vendieron 80 millones de copias de las revistas del Pato Donald, con ediciones locales en 16 países de Europa, Oriente Medio y África, que confirman una creciente demanda de este entrañable personaje en el mundo editorial. En Italia, Donald sigue protagonizando uno de los cómics más populares.

Os dejo con una cronología sobre Donald:

Donald Timeline NEW2

Via Walt Disney Studios Motion Pictures Spain

Un último baile por las Twisted Sisters

Meredith Cristina

Son mucho más que mejores amigas. Son mucho más que hermanas. Y no las llaméis BFF que probablemente te morderán (o te mirarán como en la foto de arriba). Meredith Grey y Cristina Yang son sus personas. O sea, Mer es la persona de Cristina, y Cristina es la persona de Mer. Desde el primer “You’re My Person” de Anatomía de Grey, estos dos personajes se han afianzado como el principal pilar de la serie de Shonda Rhimes, y su fascinante amistad una de las constantes que la han sostenido todos estos años. Este concepto del “my person” se empezó a utilizar para definir una amistad que trascendía los límites de la normalidad, una relación de dependencia absoluta que sin embargo se basaba en el respeto mutuo del espacio personal y los particulares caracteres de cada una. Meredith y Cristina se convirtieron en las Twisted Sisters porque no eran las mejores amigas al uso. Podían ser bullies cuando se lo proponían, eran conscientes en todo momento de cuándo se estaban engañando para ayudarse, pero lo hacían porque formaba parte de su contrato. Se mantenían los pies en la tierra la una a la otra, y ofrecían apoyo incondicional, sin ningún tipo de juicio. No importaba lo equivocado de una decisión o el error cometido, Meredith y Cristina se apoyaban la una en la otra, y el mundo tenía más sentido.

Anatomía de Grey se convirtió en un fenómeno de masas en sus primeras temporadas gracias a su excitante combinación de drama médico, comedia de amigos y romance. Durante sus primeros años en antena, la serie era famosa por los líos amorosos de sus protagonistas, que en apenas tres temporadas ya habían agotado todas las posibilidades de emparejamiento. Mucho ha cambiado desde entonces. A día de hoy, Grey’s sigue apoyándose fuertemente en la “anatomía” de sus personajes, corazón y entrepierna a partes iguales. Pero después de una década en televisión, la serie de Shonda Rhimes ha sabido dejar atrás su hormonada adolescencia para centrarse en otras diatribas mucho más adultas: el matrimonio, la paternidad, el futuro, las encrucijadas profesionales, y la supervivencia del amor a mil y una catástrofes (literales en el caso de esta serie). Y la clave de la Anatomía de Grey madura está justo ahí, en la supervivencia. La de las parejas que siguen luchando por mantenerse a flote a pesar de los reveses del destino (Arizona y Callie), la del matrimonio más estable y compenetrado de la televisión (Meredith y Derek), la de los novatos que compiten encarnizadamente para permanecer en el hospital y salvaguardar su futuro profesional. Y la de la inquebrantable amistad entre dos mujeres que comenzaron el camino hombro a hombro y han seguido, inevitablemente, itinerarios distintos.

Mer Cris

Después de nueve temporadas de estabilidad (no exenta de baches, pero ninguno lo suficientemente alto), las Twisted Sisters han encontrado la horma de su zapato en esta décima temporada de la serie que acaba de tocar a su fin. Aunque sabían que era algo que tenía que ocurrir tarde o temprano. En realidad, su distanciamiento, por muy feos momentos que nos haya dejado este año, ha sido como el de dos amigas (o amigos) adolescentes que llevan toda la vida entonando el “siempre estaremos juntos”, y cuando termina el instituto se dan de bruces con la realidad: No podemos estar siempre juntos. Nuestros intereses, nuestras relaciones, nuestros sueños nos acaban separando y bifurcando nuestras trayectorias. En “Fear (of the Unknown)” (10×24) Meredith y Cristina se separan como las amigas que se marchan a universidades en costas opuestas, aceptando que tan importante como la supervivencia es el sacrificio. Queremos pensar que su dependencia mutua y la preciosa promesa “You’ll always be my person” servirán para que, una en Seattle y otra en Suiza, sigan siendo las Twisted Sisters, para siempre. Pero por experiencia propia sabemos que esta idea es sostenible solo durante un tiempo.

Dejando esta pesimista idea a un lado, “Fear (of the Unknown)” fue un sentido homenaje al que ha sido sin duda el personaje más consistente y laureado de Anatomía de Grey, y a la mejor actriz de la serie, Sandra Oh. A Meredith, protagonista odiada durante sus primeras temporadas, el público ha aprendido a entenderla, a quererla, y se ha convertido con el tiempo en una heroína alternativa (“dark & twisty”). Y por la misma razón que Meredith se ganó el rechazo de los espectadores, porque a nadie le gusta un personaje débil e indeciso, Cristina Yang ha sido, desde el principio de la serie en 2005, el personaje más admirado de Anatomía de Grey. Por su fortaleza, sus férreas convicciones, su condición de “tiburón” -no había nada como ver a la competitiva de Yang dando caña-, y también porque era la que aportaba las notas de humor más geniales. A Cristina la hemos entendido siempre, y por eso la hemos respetado, y hemos apoyado sus decisiones (aunque hayan conllevado renunciar a un amor genuino que en el fondo queríamos para ella).

Y por eso duele tanto decirle adiós, y nos afecta tanto ver a las dos amigas despedirse con lágrimas en los ojos. No solo porque con su marcha ya solo nos quedan dos miembros del m.a.g.i.c. (el grupo original de interns), sino porque ella era, junto a Meredith, lo que hacía que Anatomía de Grey siguiera funcionando después de tanto tiempo. En “Fear (of the Unknown)” obtenemos la clausura más perfecta para el personaje (se marcha a dirigir su propio hospital en Europa), en una trama que no obstante debería haber formado parte del final de la serie. Meredith se nos queda huérfana, y aunque Alex sigue ahí (y con él mantiene una amistad muy parecida a la que tiene con Cristina), ya no es lo mismo. Anatomía de Grey tendrá undécima temporada, y el reparto ha firmado para una posible duodécima entrega, pero la Era Grey-Yang ha llegado a su fin, y con ello, de alguna manera -y a pesar de que todavía somos muchos los valientes que seguimos adelante-, es como si terminara la serie. Así que aguantad el llanto y coged del brazo a vuestra persona. Bailemos por última vez con Meredith y Cristina y celebremos una de las amistades más ‘retorcidamente’ sólidas que nos ha dejado la televisión.

#FarewellCristina

Crítica: Amor sin control

Amor sin control Mark Tim

Shame (Steve McQueen, 2011) era la historia de un hombre incapaz de controlar su vida sexual y la crónica de su consiguiente descenso a los infiernos. Don Jon (Joseph Gordon-Levitt, 2013) nos hablaba, mediante una inspirada fusión de comedia y drama trascendental, de un adicto al porno y su propia espiral de autodestrucción, con un desenlace mucho más esperanzador que la de McQueen. Amor sin control se aproxima a la misma cuestión, pero en lugar de posicionarse en el fondo del pozo, nos habla desde la luz al final del túnel. Si Shame era una propuesta tétrica, malsana y pesimista, la de Stuart Blumberg (guionista de Los chicos están bien) ofrece un punto de vista más luminoso y amable, y explora la misma enfermedad desde la recuperación de sus protagonistas, ensalzando los valores de la amistad y la familia por encima de todo.

Adam (Mark Ruffalo) es un adicto al sexo que acude todas las semanas a una reunión de adictos anónimos, gracias a la cual lleva cinco años “sobrio”. El grupo de adictos en recuperación incluye a su sponsor Mike (Tim Robbins), cuya situación familiar se complica cuando su hijo drogadicto regresa después de abandonar el hogar, y el recién llegado Neil (Josh Gad), masturbador compulsivo que está allí por orden judicial (su obsesión con el sexo le lleva a acosar constantemente a mujeres en el trabajo, en el metro…) Además de una dramedia sobre las distintas manifestaciones de la adicción, Amor sin control (cuyo título original es el más adecuado Thanks for Sharing) es también una comedia romántica. Cuando Adam conoce a Phoebe (Gwyneth Paltrow), todo cambia para él. Ella es una mujer interesante, vibrante, que a pesar de tener sus propias parafilias y manías que rozan lo enfermizo, rechaza a los adictos y se niega a volver a salir con uno, lo que empuja a Sam a mentirle para no perderla.

Cartel AMOR SIN CONTROLLa irresistible y tortuosa relación de Sam y Phoebe es el centro neurálgico de Amor sin control, y la fuerte química entre Ruffalo y Paltrow (cuidado, Tony Stark, que Bruce y Pepper son tal para cual) una de sus mayores bazas. Pero la película de Blumberg es una obra coral, y tanto el equilibrio entre sus tres tramas centrales como el buen hacer de todo su reparto es lo que la mantiene en pie. Neil es un personaje hecho a la medida del irritante Josh Gad, pero, afortunada y sorprendentemente, ahí está Alecia Moore -más conocida como la cantante Pink-, que hace contrapunto al asqueroso de Gad con grandes dosis de naturalidad, vulnerabilidad y carisma. Moore podría dedicarse a esto a tiempo completo. Por otro lado, Robbins hace un buen trabajo interpretando a un hombre ahogado por su culpabilidad en un entorno familiar de aparente harmonía y heridas sin cicatrizar, y él, junto a su mujer (notable Joely Richardson) y su hijo (Patrick Fugit) es quien protagoniza los pasajes más trágicos de Amor sin control.

El mayor problema de Amor sin control es uno que acecha durante todo el metraje: la indecisión de Blumberg a la hora de establecer un tono adecuado para la película. Si bien es cierto que en todo momento saltan a la vista que las intenciones de la película son honestas, y el tema se trata con el respeto que se merece, Blumberg oscila constantemente entre la comedia romántica y de colegas, el melodrama familiar y la tragedia, saltando sin ton ni son entre escenas inconexas, y navegando desorientado por una historia que acaba descarrilando estrepitosamente en su tramo final -especialmente durante una escena inconsecuente con lo que hemos visto hasta ese momento, que adopta el espíritu Shame llevando el relato a terrenos excesivamente farragosos. Se agradece la función terapéutica de la película, la transparencia con la que nos muestra el proceso de recuperación del adicto, y el hecho de que una enfermedad estigmatizada como la adicción al sexo reciba un tratamiento tan franco. Pero la dificultad de la película para hallar una identidad propia y la confusión tonal hacen que lo que podía haber sido un trabajo importante sobre la adicción quede simplemente en una simpática película de sobremesa.

Valoración: ★★½

Maisie Williams explica la carcajada de Arya en “The Mountain and the Viper”

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Maisie Williams ha explicado en una entrevista a Entertainment Weekly la carcajada de Arya en “The Mountain and the Viper”, por si no lo entendisteis.

(Atención, a continuación spoilers para el que no lleve al día Juego de Tronos)

En una de las escenas claves del episodio más reciente de Juego de Tronos, Arya Stark estalla en una risotada histérica cuando, al llegar por fin a Nido de Águilas, recibe la noticia de la muerte de su tía Lysa. Muchos fans y recapers de Internet han entendido la risa como la manifestación por parte de la niña del shock por lo cada vez más absurdo de su situación, como un estallido liberador (interpretaciones totalmente coherentes y válidas en mi opinión). Sin embargo, Maisie Williams lo entendió (y lo interpretó) de otra forma:

“Me encantó esa escena. Es mi reacción de Arya favorita. Ha habido mucha especulación en Internet sobre la escena: si se está riendo del Perro, de lo ridículo que parece ahora que no tiene plan de acción, del hecho de que Arya ya no tiene a nadie, o quizás de que esté trastornada porque no tiene ni idea de cómo sentirse y se deja llevar por la risa.

Cuando estaba haciendo la escena, yo lo interpreté como una reacción directa al Perro. Él lleva mucho tiempo haciéndomelas pasar canutas. Tiene el control, es un tío muy duro y dice cosas como ‘Te voy a llevar con tu tía y voy a recoger mi recompensa, lo único que me importa el dinero, no tú’. Y de repente pasa esto y Arya lo disfruta enormemente. A través de la risa es como si dijera: ‘¿Y ahora qué vas a hacer, eh?’ Es fascinante ver a esta niña riéndose así bajo la luz del día”.

O sea, que Arya se está riendo del Perro, dándole caña como la buena cabrona en la que se ha convertido.

Por cierto, Williams ha explicado que esta ha sido por ahora la escena más dura que ha grabado, porque, según la actriz de 17 años, reírse a demanda es lo más difícil, mucho más que llorar, o que cualquier escena de carga dramática. Claro que también lo mira por el lado bueno: “Reírte de esa manera en el set y no llevarte una bronca por ello es maravilloso”.

Fuente: EW