Crítica: Dom Hemingway

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Los años entre 1999 y 2004 fueron la Era Jude Law. El bellísimo actor británico pasó a formar parte de la mitad de las producciones de Hollywood durante ese lustro, aprovechando la reputación y el impulso que le proporcionó su papel revelación en El talento de Mr. Ripley. Tras esta fructífera etapa en la que el actor trabajó con los mejores directores, y quizás un poco por culpa de la prensa amarilla de su país (aquel nanny-gate), el hiperactivo Law ha tenido dificultades para reorientar su carrera y volverse a poner a la altura del papel que le granjeó su primera nominación al Oscar. Con excepción del taquillazo Sherlock Holmes y sus secuelas (la tercera parte se estrena en 2015), Law no ha logrado convertirse en la súper estrella de cine que estaba destinado a ser, y no ha sabido sacar provecho de su talento interpretativo.

Probablemente con esta idea en mente, Law acepta el papel protagonista de Dom Hemingway, narcisista y (auto)destructivo gañán británico con el que el actor se propone una vez más desmontar su lastrante imagen de seductor. A las órdenes de Richard Shepard, que tras su debut en el cine con la película de 1991 Encadenadamente tuya, se ha dedicado a dirigir en televisión (Girls, Ringer, Salem), Law encuentra el vehículo perfecto para recordar al mundo que es mucho más que una cara bonita. Dom Hemingway_PosterDom Hemingway es uno de esos papeles que se entregan en bandeja, un ejercicio de transformación física que permite llevar la actuación a los extremos y con el que el actor busca el reconocimiento público. Y lo cierto es que Law convence. Desata un inaudito magnetismo animal y saca partido a su expresivo cuerpo -engordado y afeado, si es que algo así es posible- para realizar una interpretación memorable -atención al “monólogo” de apertura-, si acaso devaluada por el tratamiento de un personaje que no es tan genial como Shepard cree, y una película completamente prescindible.

Dom Hemingway es la historia de un corrosivo e incorregible ladrón de cajas fuertes que, tras pasar 12 años en la cárcel, regresa a las calles de Londres para reclamar lo que es suyo. Junto a su sidekick Dickie (estupendo Richard E. Grant), Dom busca su parte del botín por el que fue encarcelado en la mansión del capo Mr. Fontaine (Demian Bichir), y trata de reconectar con su hija, interpretada por Emilia Clarke (con la que el actor se lleva 15 años). El film transcurre a base de sketches, con un marcado carácter episódico, reforzado por la utilización de rótulos para separar los capítulos. Y en consecuencia, no se centra en ningún momento, quedándose en la superficie, sobre todo en lo que respecta a la relación paterno-filial, y perdiendo el tiempo con una primera hora insustancial que no sirve para nada.

Dejando a un lado sus almibarados devaneos melodramáticos, Dom Hemingway es una celebración del socarronerío británico y la mugre (y el sarro) marca Trainspotting, además de una suerte de homenaje al cine de canallas y gángsters de Cockney, y da la sensación de que las falocéntricas aventuras de Dom y Dickie transcurren en un universo alternativo en el que el tiempo no ha pasado por el cine británico. Se entiende la intención, pero el sexismo latente del film y el humor sensacionalista estancado en los 90 desvelan un trabajo artístico desconectado por completo del siglo en el que vivimos.

Valoración: ½

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