Crítica: Godzilla

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Hoy en día uno espera cierto nivel de los blockbusters que nos llegan de Estados Unidos. Culpad a esos directores que han elevado de categoría el cine de superhéroes, o a todas las superproducciones que han contribuido a que el cine diseñado para reventar taquillas ya no se mire por encima del hombro, y que han restado connotación negativa al término ‘cine de palomitas’. La nueva relectura de Godzilla, que pretende relanzar el mito del estudio Tōhō nacido en los años 50, nos llega en el momento más adecuado: el cine-espectáculo goza de un respecto crítico que no recibía antes y el culto de Pacific Rim allana el terreno para que el kaiju más famoso conquiste el cine comercial. Por todo ello es una auténtica pena comprobar que el Godzilla de Gareth Edwards (Monsters) no es más que un simple (que no sencillo) blockbuster al uso, una película que hemos visto en incontables ocasiones, y que desafortunadamente no puede adscribirse a la corriente que está redefiniendo y dignificando el género.

A Godzilla le falta vida, le falta entusiasmo, y sobre todo le falta trabajo de guión. Y no me vengáis con que uno sabe exactamente qué esperar de una película como esta, que lo único importante es lo que entra por la retina, y por tanto deberíamos hacer la vista gorda. Porque sabéis perfectamente que esto no es así. Efectivamente, Godzilla es un espectáculo visual de proporciones épicas, y aunque en teoría eso debería ser suficiente, simplemente no lo es. Ni todo el presupuesto del mundo, ni la técnica más puntera bastan cuando debajo de la pirotecnia no hay una historia y unos personajes. Y eso es precisamente lo que falla en Godzilla, un film que se mueve por inercia, saltando de un lugar común a otro, como un autómata reproduciendo los mismos movimientos una y otra vez. Una película que parece querer dar importancia a los sentimientos de sus personajes (incluidos los del monstruo protagonista), pero que no se molesta en dotarles de un mínimo de personalidad.

Claro que no podemos negar la evidencia. La película de Edwards incluye algunos de los planos más hermosos (sí, habéis leído bien, hermosos) que vamos a ver este año en el cine de Hollywood (la secuencia de los paracaidistas descendiendo sobre la ciudad siendo destruida por Godzilla es la cumbre visual del film), disfruta de una magnánima (si bien convencional) partitura del omnipresente Alexandre Desplat, y sus efectos digitales son una auténtica obra de arte. Godzilla, que recupera su clásica complexión erguida cuando se encuentra en tierra firme, es un nuevo triunfo del CGI, una impresionante (re)creación que homenajea sus raíces niponas con sumo respeto, sin caer en el t-rexismo de la vilipendiada versión de Roland Emmerich, y que aún así resulta imponentemente realista gracias a un diseño e integración excelentes. Cuando por fin vemos bien al Rey de los Monstruos -y sí, tarda una hora de reloj en aparecer, aunque los “preámbulos” nos tienen distraídos hasta el gran descubrimiento-, comprobamos que en su relativamente pequeño rostro se encuentra el verdadero factor wow de la película. Su rugido en primer plano es el clímax emocional y sensorial de Godzilla. Sin embargo, poco después de su aparición, nos damos cuenta de que más allá de eso no hay nada, y entonces la película se convierte en un tedioso y repetitivo déjà vu.

Godzilla

Lo que sigue son aburridísimas secuencias de estrategia militar intercaladas con ataques de la criatura, todos orquestados de la misma manera, abusando del truco de la anticipación, y esperando en vano que el efecto sorpresa no desaparezca del espectador. El uso de clichés es abrumador, el sentido del humor brilla por su ausencia y los personajes fallan: ni aportan el factor humano que se pretende, ni tienen ni un ápice de carisma que nos ayude a sobrellevar el sopor entre set pieces. Es como si Edwards se hubiera fijado en Jurassic Park para construir su película, pero se hubiera quedado con lo más superficial, desechando lo que convirtió a la de Spielberg en un clásico del cine de aventuras.

Aaron Taylor-Johnson, el arquetípico héroe militar norteamericano, y Elisabeth Olsen, la arquetípica mujer que espera a que el hombre salve el mundo, son olvidables personajes-plantilla. Unos desubicados Ken Watanabe y Sally Hawkins son la pobre imitación de Alan Grant y Ellie Sattler, poco creíbles como los responsables de una investigación científica que conforma el elemento más vergonzoso de la película. Ni siquiera el reputado Bryan Cranston logra aumentar la carga dramática del film, al contrario. Cranston se limita a reproducir sobreactuado las muecas de su célebre Walter White, afectado por el melodrama más chirriante. Aunque Edwards trata de imprimir algo de enjundia y seriedad a la historia de Gojira para actualizar el mito, e incluso se atreve -en un movimiento final tan loable como fallido- a humanizar/deificar al monstruo, Godzilla es incapaz de provocar emociones más allá del orgasmo digital de sus imágenes. Para muchos esto será suficiente (y desde luego tendrán argumentos de sobra), hasta que nos llegue otro blockbuster que nos demuestre que el cine de palomitas puede ser algo más.

Valoración: ★★½

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