Crítica: 10.000 km

10000km

Texto escrito por David Lastra

Aquel dicho de el tiempo lo destruye todo es cierto, pero si hay algo más temible que el paso de los años es la distancia. La ausencia de roce proveniente de dos cuerpos separados por el espacio provoca una evolución en la relación de los mismos. El tacto no marca, ni erosiona a ambas personas, por lo que se crea un nuevo yo. Una reconstrucción anatómicamente idéntica pero que no se asemeja en casi nada a la persona conocida hasta entonces.  Esa es la base de la triunfadora del último Festival de Cine de Málaga (mejor película, actriz, dirección, premio del público y guión novel) y uno de los títulos más importantes del año, 10.000 km.

Como si de unos vecinos cotillas nos tratásemos, entramos en la historia poco antes de la explosión del conflicto. Sergi y Álex viven en Barcelona. Él es profesor y ella fotógrafa. Se quieren, se vacilan y se follan. Pero todo cambia ante la posibilidad de una beca en Los Ángeles para Álex. Aparece el veneno de las relaciones: la citada distancia. Los diez mil kilómetros convierten a Álex en una nueva persona. Cual Megan Draper cualquiera, tras unos titubeos con la tristeza y la morriña, abraza el estilo de vida angelino sin ningún problema. Al otro lado del océano, la distancia provoca monstruos más temibles que los de la razón: los celos. Sergi comienza a no reconocer a la persona que ve en la pantalla de su ordenador. ¿Doppelgänger? No, la distancia ya ha hecho de las suyas. Pero no caigamos en el falocentrismo, él tampoco es el mismo. En 10.000 km no hay víctimas, ni culpables únicos. Ambos hacen daño y sufren.

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Carlos Marques-Marcet condensa la esencia de las relaciones, o lo que es lo mismo, la trilogía de Richard Linklater, en menos de dos horas. Los años y las elipsis de la relación de Jesse y Celine pasan a ser una experiencia de semanas y meses. 10.000 km explora el qué hubiera pasado si después de Antes del amanecer los personajes de Ethan Hawke y Julie Delpy hubiesen iniciado una relación después de su velada idílica en Viena. El televisivo David Verdaguer (APM, Crackòvia y Polònia) y Natalia Tena (la mismísima Osha de Juego de tronos y Nymphomadora Tonks de la saga de Harry Potter) encarnan a la perfección el naturalismo despreciable y completamente reconocible de la joven pareja protagonista.

10.000 km es una de las más certeras representaciones de esta nueva incomunicación producto de la  facilidad a la hora de comunicarse (y de ignorarse) gracias a los smartphones y ordenadores. La utilización de las nuevas formas de comunicación dependiendo del grado de implicación y compromiso de la pareja es magistral. Desde las primeras almibaradas (y cerdas) llamadas por Skype a los gélidos e-mails, aderezado por el temible espionaje de las fotos etiquetadas por amigos en Facebook. La normalidad y la reacción tan catastrofista de los personajes ante estos dramas del primer mundo es magistral. Sus reacciones son desmesuradas. Mi abuela ha muerto, mi mujer me engaña, dicen que estoy loco. Una tragedia griega por no haber visto respondido un mensaje privado. Habrá quien se ría ante ese drama, pero Marques-Marcet no hace sino mostrar nuestro día a día en la gran pantalla.

Valoración: ★★★★

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