Crítica: Malditos vecinos (Neighbors)

Rose Byrne Seth Rogen Malditos vecinos

Del director de Forgetting Sarah Marshall, Nicholas Stoller, los productores de Juerga hasta el fin, y… bueno, de toda esa gente que siempre está en todas las comedias de estudio USA, nos llega Malditos vecinos (Neighbors). Es la historia de una pareja de treintañeros que se muda a un apacible vecindario para criar a su primera hija, de pocos meses. Un día después de la mudanza, la pareja descubre que la casa de al lado ha sido alquilada a una fraternidad, lo que dará pie a una disparatada guerra vecinal entre el matrimonio y los superhormonados universitarios.

El matrimonio está interpretado por el imprescindible Seth Rogen y Rose Byrne, que sigue explotando su excelente vis cómica después de suponer la revelación de Bridesmaids (con permiso de Kristen Wiig, que se llevó toda la atención). Rogen y Byrne aportan la nota más humana a la vorágine de locura lisérgica y übersexual que se desata cada dos escenas en la fraternidad. Ellos dos representan las ideas que siempre vertebran las comedias de la escuela Apatow, la crisis de los 30 y los 40, la ansiedad por el paso del tiempo, la amenazante llegada de las nuevas generaciones, y la negativa a aceptar que la vida loca queda atrás y lo que nos espera son años de responsabilidades, trabajo y pañales.

Esa es la idea con la que comienza Malditos vecinos, a medio camino entre Animal House This Is 40. La película abre con una escena de sexo en el sofá en la que Mac (Rogen) y Kelly (Byrne) comentan en voz alta lo espontáneos que están siendo, negándose a aceptar que porque ahora sean padres se ha acabado su juventud y su libido ha disminuido. La verdadera amenaza que supone la fraternidad no es el ruido o la suciedad, ni la música atronadora a altas horas de la madrugada, y mucho menos las drogas y el sexo, es el constante recordatorio a Mac y Kelly de que ya no son universitarios.

Más que por el bienestar de la niña (aunque también), esto es básicamente lo que les lleva a perder los papeles luchando contra los cabecillas de la fraternidad, Pete, interpretado por Dave Franco -que gana terreno a su hermano por méritos propios-, y sobre todo Teddy Sanders, Zac Efron en un papel hecho a medida de sus cualidades interpretativas físicas: un cabezahueca seductor y zalamero, sin aspiraciones, imposíblemente bello y apolíneo (como si estuviera “diseñado en un laboratorio gay”), demasiado centrado en su cuerpo y su pelo como para ponerse a pensar en otra cosa, y mucho menos en el futuro más allá de la universidad. Para gozo de muchos y muchas, Efron se pasa casi la totalidad del filme descamisado luciendo palmito o con ropa diez tallas menos que la suya, sin relajar un músculo ni una décima de segundo. Y es que para eso está. Buen trabajo, Zac:

Zac Efron Malditos vecinos

Lo más divertido de Malditos vecinos -que es una película divertida de principio a fin- son las secuencias en las que Mac y Kelly intentan parecer modernos y enrollados para confraternizar con los jóvenes y ganarse su complicidad –Rogen y Byrne están fantásticos haciendo el ridículo y es imposible no empatizar con ellos. Durante las fiestas en la fraternidad, Stoller despliega todas sus armas creativas y realiza escenas muy potentes visual y sonoramente, fluorescentes y ensordecedoras orgías psicotrónicas que revelan una mayor ambición estilística de lo que nos tiene acostumbrado este cine. Es entonces cuando el realizador se muestra más inspirado y los actores ponen toda la carne en el asador.

Por lo demás, Malditos vecinos cumple con todos los requisitos del género. Garantiza carcajadas -casi todas las mías provinieron del personaje de Lisa Kudrow-, nos proporciona gags físicos cafres e hilarantes (atención a los airbags), practica con éxito ese humor estúpidamente inteligente y autorreflexivo, y se regodea confiada en la sal gruesa, haciendo del mal gusto un arte (véase la escena de los pechos de Byrne). Además, se agradece que el metraje no ascienda esta vez a las dos horas y se quede en poco más de 90 minutos, lo que juega definitivamente en su favor -aunque aún así la historia se alargue más de lo debido y acabe repitiéndose. Sin embargo, Malditos vecinos evidencia algo que sabemos desde hace un tiempo: estas comedias blockbuster se empiezan a parecer demasiado entre sí y han perdido espontaneidad y frescura. Las escenas de improvisación (real o guionizada) ya cansan, y aunque por lo general siguen haciendo reír -que es lo importante-, uno se pregunta si esta gente dejará en algún momento de hacer siempre lo mismo.

Valoración: ★★★

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