Mad Men 7.04 “The Monolith”

The Monolith Don

All work and no play makes Don a dull boy

Todos los episodios de Mad Men poseen una o varias capas de simbolismo que envuelven el relato y nos hablan de los personajes desde un nivel extratextual. En una serie como esta, constantemente preocupada por reflejar el tiempo en el que transcurre la historia a través de marcadores cronológicos, las referencias a acontecimientos históricos y piedras de toque de la cultura son esenciales y constantes. A pesar de que en muchas ocasiones estas se pueden escapar en el primer visionado, hay episodios de Mad Men que ponen especial énfasis en el simbolismo, y pierden así algo de la sutilidad que suele caracterizar a la serie en este sentido. Es el caso de “The Monolith“, un capítulo destacable por el peso de las referencias en la trama y por lo claramente que dispone las metáforas para que el espectador no se las pierda: “It’s not symbolic.” “No, it’s quite literal.”

Es evidente que “The Monolith”, escrito por Erin Levy (esta vez sin la participación de Matthew Weiner) está altamente influenciado por la figura de Stanley Kubrick y su obra cinematográfica. Desde el mismo título se nos adelantan algunos temas de los que nos va a hablar el episodio. Incluso el monolito de 2001: Una odisea del espacio hace una aparición al comienzo del episodio (ver captura). Las puertas del ascensor se abren, y Don Draper, que regresa oficialmente a trabajar, se encuentra de frente con él. Esta figura negra y matemáticamente perfecta (que no es más que otra puerta de ascensor) nos habla (y a Don también, pero él no escucha, no entiende) del comienzo de una nueva era en SC&P, se convierte en una puerta espacio-temporal que nos conduce hacia el futuro, hacia lo desconocido, y que nos habla de la evolución, la de la agencia y la de sus trabajadores.

The Monolith Roger

Paralelamente, “The Monolith” explora (incluso ridiculiza) otro tipo de evolución de finales de los 60, el de la contracultura, que esta vez viene representada por la comuna de hippies a la que Roger Sterling acude para rescatar a su hija, Margaret, de las garras de la hipocresía que él mismo profesa -Sterling está inmerso en la revolución sexual de la que habla Philip Roth en la novela que Don lee en este capítulo, El mal de Portnoy, y sin ir más lejos, hace unas semanas lo vimos en la cama practicando el amor libre, en su propia “comuna”. Mirándolo por el lado bueno, es posible que Roger sea por fin consciente de sus errores como padre, y se haya dado cuenta de que para dejar de estar perdido (como todos en Estados Unidos al final de esa década) e incorporarse al futuro, deba dejar la senda de entumecimiento y abandono que ha tomado, aceptar el paso del tiempo y centrarse en ser padre y abuelo. Al fin y al cabo tiene una segunda oportunidad esperándole: su hijo con Joan Harris.

Volviendo al tema central del episodio, el monolito aparece porque Jim Cutler y Harry Crane han conseguido que los socios de SC&P aprueben la instalación de ordenadores en la agencia. Como siempre que algo amenaza con dejarlo obsoleto, Don está preocupado (e indignado). Primero porque el avance tecnológico que suponen esos ordenadores -que también evocan a 2001, ya que la tecnología retro ahora nos parece sci-fi– acabe desplazando al hombre y deshumanizando la sociedad. Segundo, y sobre todo, porque es otra señal de que, después de fundar la agencia y dedicarle tantos años, esta avanza hacia el futuro sin él. Don desea reformarse, expiar sus pecados, por su mujer y por sus hijos, y esto supone claudicar y asumir su nuevo papel en la agencia como un simple creativo más. Pero su rehab particular es un infierno, y sus compañeros no le ponen fácil la reinserción, recordándole (en un alarde de sucio power play) que ahora está por debajo de su ex aprendiz Peggy Olson. Peggy está tan orgullosa como aterrorizada de supervisar el trabajo de Don, de que los papeles se hayan cambiado y ahora él tenga que responder ante ella. Pero Don no soporta la tortura que esto conlleva, y la tentación vuelve a acechar.

The Monolith Devil

Aquí es donde Mad Men nos lleva de 2001 a otra película de Kubrick (posterior al tiempo narrado en la serie), El resplandor. Don deambula por la agencia (en varias escenas desierta como el hotel Overlook) negándose a realizar el trabajo que se le ha encargado, cayendo de nuevo en la bebida (ahora parece un auténtico alcohólico), y estableciendo un diálogo (implícito) con los fantasmas que lo acechan, al igual que Jack Torrance. Don está muerto en vida,  y “The Monolith” se asegura de que captemos la idea. Ha cesado de existir para sus compañeros y ahora ocupa el despacho de un hombre muerto, Lane Pryce, que no es más que una sala de espera junto a las puertas del Infierno. De él depende atravesarlas o no, y para ayudarle a tomar una decisión cuenta con lo que en dibujos animados estaría representado por un pequeño diablo y un ángel de la guarda a cada hombro.

El diablo es Lloydel técnico informático que le tienta para que rompa las normas que los socios le impusieron (está a punto de captar un nuevo cliente, algo terminantemente prohibido). Pero Don, ebrio, insólitamente esperpéntico (recordándonos al personaje de Jack Nicholson cuando pierde la cabeza en El resplandor) desenmascara al mismísimo Satanás: “You go by many names“. Freddy Rumsen es, quién lo iba a decir, el ángel que lleva a Don por el buen camino -en cierto modo también lo es Lane, que se manifiesta a través de la bandera de los Mets cada vez que Don escucha al Diablo. Rumsen le aconseja no asumir el fatídico destino que los demás quieren para él, y le recuerda que para regresar a la vida lo único que debe hacer es trabajar. Y eso es justamente lo que hace. Don acata finalmente las órdenes de Peggy, se sienta a su máquina de escribir y comienza a teclear, porque ha decidido que no quiere estar muerto, que quiere resucitar y vivir para ver el futuro.

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