Crítica: El gran cuaderno

EL_GRAN_CUADERNO

Texto escrito por David Lastra

No hay nada mejor que un Festival de Cine Europeo. Maratones de cintas interesantísimas que cuentan con el aliciente de que puede que no vean la luz en estreno comercial este nuestro querido país. Pero también hay que admitir, que no hay nada peor que un Festival de Cine Europeo. La proporción de película notable (o medianamente salvable) por bodrio es bajísima.  En esos momentos, con la luz apagada, a media tarde, sólo puedes pensar en una cosa: me la han colado. Y esa misma ha sido la sensación que he tenido con El gran cuaderno (A nagy füzet). No ha sido en festival, pero me la han colado pero bien.

Niños en la guerra. El fin de la inocencia. Padres en el frente, madres desesperadas y abuelas con mala leche. Vacas, judíos y nazis. El film de János Szász nos cuenta la historia de dos hermanos que “son la misma persona” (en palabras de la propia madre). Comen, estudian y duermen juntos (si acaso la única imagen reseñable de la película es el papo contra papo de ambos al dormir). Todo lo hacen juntos. Así que por esa regla de tres, los dos deberán refugiarse en el campo con su abuela, “porque dos gemelos llaman mucho la atención”. Allí serán explotados y maltratados por su abuela, hasta el mismísimo día en que deciden controlar y vencer el dolor. Después intentarán vencer el frío, el hambre, la pena… Un buen día, un general nazi llega a la feliz granja. ¿Será este el momento en que la cinta dé un giro de 180º y nos muestre cómo los gemelos se convierten en el paradigma del superhombre nazi justificando de esa manera lo cansinos que están siendo hasta ahora los bastardos? Pues no, si acaso un poco de homoerotismo latente por parte de un Ulrich Thomsen desacertadísimo intentando marcarse un Hans Landa.

El gran cuaderno

Sigue el carrusel de sinsentidos y capítulos desdibujados, con unos niños convertidos en el mal, pero que a su vez son soldados vengadores de Cristo (¿o es lo mismo?), entre los que veo necesario destacar: el dedo del pie en el coño de la ayudante del cura (sólo podía pensar en lo sucio que estaba), el final y, especialmente, el vergonzoso diálogo reiterativo de las minas en la frontera. Hay minas, papá. Papá, hay minas. Hay minas y explotan. ¿Hay minas? A veces explotan y hay minas. Mira, una mina. SPOILER y claro, la mina explota.

El verdadero problema de este El gran cuaderno es su autoconsciencia de estar creando una gran película sobre una de esas historias mínimas, de esas de la guerra sin la guerra, de las que magistralmente creó Volker Schlöndorff en El tambor de hojalata. De ahí que la vomitona del que aquí escribe sea considerable.

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