Crítica: El viento se levanta

yoko_out

Nausicaä sobrevolando a los Oms en estampida, Sheeta cayendo del cielo en las manos de Pazu, Nicky y Jiji volando en su escoba, Chihiro surcando el cielo a lomos del dragón Haku, incluso Ponyo corriendo sobre las olas, tan altas que se funden con las nubes. Desde que comenzó su carrera, Hayao Miyazaki ha dejado patente en todas y cada una de sus películas que una de las grandes pasiones de su vida es volar. El gran sueño del hombre ha sido para el mítico realizador japonés una de las constantes de su filmografía, una obsesión que ha incorporado en sus historias de una manera u otra. En todos sus filmes encontramos como mínimo una escena de altos vuelos, ya sea a bordo de aeronaves, globos, criaturas míticas, o bien románticas secuencias de vuelo a cuerpo descubierto. No es de extrañar pues que para despedirse definitivamente del cine, Miyazaki haya realizado una obra dedicada específicamente a su pasión por el aire y la aviación, El viento se levanta.

No es la primera vez que el director de La princesa Mononoke realiza una película cuyo argumento está directamente relacionado con los aviones –Porco Rosso en 1992 era la historia de un piloto durante la primera guerra mundial-, pero sí es la primera vez que una película suya prescinde completamente del componente fantástico y se puede catalogar por tanto dentro de la corriente del realismo histórico. Claro que estamos hablando de una de las mentes más desbordantemente imaginativas del cine, así que no sorprende que el relato de El viento se levanta se vea constantemente aderezado por secuencias oníricas en las que Miyazaki canaliza su creatividad -como el bellísimo prólogo. Sin embargo, estas escenas quedan muy lejos del exultante imaginario fantástico y surrealista al que nos tiene acostumbrados. Están ahí sobre todo para manifestar las emociones y expresar los anhelos y pasiones de un protagonista que, de no ser por sus sueños, no sabríamos muy bien qué siente.

El-viento-se-levanta-Poster-EspañaEse es el mayor problema de El viento se levanta, un protagonista construido a duras penas para quedar en segundo plano mientras Miyazaki se centra en lo que verdaderamente le interesa: los entresijos de la ingeniería aeronáutica durante la Segunda Guerra Mundial. El director dibuja en Jirô Horikoshi, el hombre (real) que diseñó los cazas de combate japoneses que lucharon en la guerra, como un personaje unidimensional, a pesar de identificarse claramente con él. Esta aproximación al personaje y a la historia revelan las intenciones de un director que quiere que su pasión no se tome a la ligera. Por eso acomete el relato desde la seriedad desapasionada y el respeto, no exento de poesía, por supuesto, pero con una contención expresiva que rompe únicamente en su tramo final. Es entonces cuando la historia de amor entre Jirô y Nahoko va ganando terreno a la aviación, y Miyazaki nos ofrece escenas de una ternura e intimismo que solo Ozu podría darnos -como aquella en la que ella le pide a él que trabaje cerca de la cama donde yace convaleciente.

Hasta la última media hora, El viento se levanta funciona casi como una bildungsroman, en la que somos testigos del crecimiento profesional de Horikoshi, y de las relaciones interpersonales que establece a lo largo de su juventud. Miyazaki dedica más de la mitad del metraje a la gestación del caza Mitsubishi A5M, centrándose en los aspectos más técnicos del proceso y los trámites burocráticos. Esto da como resultado una sección central de la película, compuesta por escenas de taller y conversaciones entre señores trajeados, que desafiará el aguante de más de uno – quien esto escribe incluido.

Está claro que Miyazaki desea compartir con nosotros el origen de sus sueños y la fuente de su imaginación, y que quiere despedirse con su proyecto más íntimo, en el que más ha volcado su personalidad. Para ello despliega sus armas infalibles, entre otras el apabullante impresionismo de sus imágenes, su empeño en dibujar los besos más hermosos del cine, y una de las más espléndidas partituras de Joe Hisaishi. Aún con todo, el director no logra trasladar a la pantalla la historia de Horikoshi de manera que resulte tan apasionante como él la ve. Con la premura que suele caracterizar a sus finales, el desenlace de El viento se levanta se adentra abruptamente en el terreno del melodrama. Es entonces cuando Miyazaki permite que sus emociones tomen el control.  Así, El viento se levanta concluye con una (endeble) tesis a título personal sobre el amor por la aviación, desvinculándolo de los horrores de la guerra, y equiparándolo a otras de las grandes pasiones de su cine: la mujer. Aunque sea solo durante un segundo, antes de que se lo lleve todo el viento.

Valoración: ★★★½

Etiquetas: , , , , , , ,

Comentarios (2)

 

  1. Lucía dice:

    Porco Rosso es la historia de un cerdo que vuela.

  2. Nada Kai'ckul dice:

    Pues la historia de amor es lo peor. Lo peor. Y punto. Y no lo argumento para ahorrar spoilers, pero me quemó la sangre.

Deja un comentario

Get Adobe Flash player
Abrir la barra de herramientas