Shameless: Naturaleza irreverente

SHAMELESS (Season 4)

“When you grow up in this house, you think that nothing can shock you anymore. And then…” -Fiona Gallagher

Estas palabras sirven para describir a la perfección lo que es Shameless, adaptación estadounidense del drama homónimo británico de Channel 4. La casa de los Gallagher, en el barrio más pobre del sur de Chicago, es el mayor campo magnético para el desastre. Un padre alcohólico y vagabundo, una madre bipolar que ha abandonado el nido, y una muchacha de apenas 20 años, Fiona (inconmensurable Emmy Rossum), que tiene que ejercer de mater familias del clan, completado por cuatro hermanos y una hermana, más los constantes agregados, vecinos, novios, novias, y demás “okupas”, que no permiten que el silencio ponga un pie en casa ni un solo minuto. No importa lo disparatado y descabellado que sea, todo puede pasar bajo este techo en el que conviven en caótica armonía los sinvergüenzas más adorables del medio este norteamericano.

Los Gallagher son basura blanca y lo saben. Shameless se recrea en la inmundicia, la disfuncionalidad y la delincuencia que forma parte del día a día de estos personajes, y en la tradición más trash de la cadena en la que se emite, Showtime, no conoce límites ni censuras. Estamos quizás ante una de las series que ha ido más allá en cuanto a lo que se puede o no se puede enseñar en televisión. Shameless es la prueba de que cualquier aberración y anomalía que puedas imaginar es posible -especialmente aquellos tabúes relacionados con los menores, que en esta serie se convierten en el pan de cada día. Sin embargo, la casquería y sal gruesa de esta serie funciona porque su honestidad es conmovedora, y porque bajo toda la mugre, la capa de sudor de estar una semana sin ducharse y el olor a cenicero, late un corazón gigantesco. Shameless no es un drama que afecte emocionalmente, es mucho más, es una serie que golpea, que machaca, que destroza cuando se lo propone. Las tragedias cotidianas de los Gallagher nos calan como el invierno de Chicago en los huesos, pero su perturbado sentido del humor y su enorme poder para emocionar siempre prevalece, convirtiendo la serie en lo más parecido a una “dramedia pura” -no en vano, este año pasa a competir en la categoría de comedia en los Emmy, después de tres años optando a la de drama.

Shameless se caracteriza, y a su vez se diferencia de la mayoría de series actuales, por su capacidad temeraria para avanzar y evolucionar. Es cierto que los reveses que golpean a la familia tienen un evidente carácter cíclico, es decir, siempre se enfrentan a los mismos problemas: encontronazos con la ley, malabarismos para pagar las facturas y poner seis platos de comida en la mesa, constantes amenazas de los servicios sociales, etc. Ni que decir tiene que los Gallagher tienen buen fondo -todos menos Frank, el padre, interpretado a las mil maravillas por William H. Macy-, solo que el karma simplemente no se atreve a poner un pie en su barrio. Por eso, no importa que se porten bien con el mundo, su naturaleza les obliga a comportarse erráticamente de manera compulsiva y el destino simplemente no quiere que haya paz en su casa. La cuarta temporada, que acaba de tocar a su fin en Estados Unidos, ha ido más allá en este sentido. Ha puesto a los personajes al límite y ha trastocado la (des)estructura familiar para demostrarnos que no podemos dar nada por sentado en esta serie.

Mickey Lip Liam Shameless

Ese miedo a que cualquier cosa puede pasar, a que nadie está a salvo de caer de una manera u otra (como en Juego de Tronos pero sin decapitaciones, aunque tampoco desentonarían) es lo que hace que seguir Shameless suponga una experiencia tan satisfactoriamente tumultuosa y adictiva para el seriéfilo. No nos cuesta involucrarnos, porque queremos a estos personajes, y nos importan de verdad, porque nos preocupa de qué manera esquivarán la mala suerte o se enfrentarán a las consecuencias de sus actos. Y a pesar de que estábamos más que acostumbrados a verlos tropezar semana tras semana, a verlos inmersos en las desventuras más zafias y escandalosas, lo de esta temporada ha llevado las cosas a otro nivel -tanto que por fin parece que la serie comienza a recibir la atención que merece. Shameless ha decidido poner más patas arriba aún a los Gallagher, empezando por los dos miembros mayores de la familia: Frank, que ha estado toda la temporada entre la vida y la muerte, y Fiona, que esta vez no ha sido capaz de evitar la espiral de autodestrucción a la que estaba abocada desde el principio. El resultado ha sido la temporada más oscura de Shameless hasta la fecha.

Que Frank y Fiona hayan tocado fondo (y cuando digo tocar fondo refiriéndome a esta serie estoy hablando de tocar con las narices el fondo de un pozo kilométrico lleno de bichos, heces y demonios) ha afectado a la dinámica del hogar de los Gallagher. El hermano mayor, Lip (Jeremy Allen White, ese irresistible galán barriobajero y Bob Dylan moderno), ha sustituido a Fiona como el sustendador principal de la familia, el pegamento que la ha mantenido unida (a duras penas) durante la ausencia de su hermana. Claro que los Gallagher más pequeños están acostumbrados a valerse por sí solos desde la cuna. Por eso esta temporada también ha servido para que Debbie (Emma Kenney) y Carl (Ethan Cutkosky) pasen a primer término y tengan sus propias tramas de “madurez”, que, cómo no, han tenido que ver con el despertar sexual y los primeros pasos en el campo de batalla que es el amor en tiempos de acné. Estos dos personajes nos han dado quizás los momentos más tiernos de la temporada, aunque como no puede ser de otra manera hayan estado aderezados con el ocasional atraco a mano armada.

Episode 411

Sin embargo, la oscuridad ha tenido un reverso luminoso para casi todos los personajes. En especial para lan (Cameron Monaghan), el otro miembro de la familia que se ha llevado la peor parte este año, y cuya enfermedad seguramente copará la próxima temporada. Después de cuatro años en los que su relación con Mickey Milkovich (Noel Fisher) no terminaba de despegar (en la historia y a nivel narrativo parecía que no había interés en explorarla de verdad), lo suyo también ha adquirido relevancia en la serie, regalándonos momentos de auténtica emoción a flor de piel, y redimiendo por completo a un personaje como Mickey, que ha pasado de cretino a héroe romántico, de cliché a personaje enteramente desarrollado, en el transcurso de la temporada. Su salida del armario en el Alibi (el bar local), y todo lo que ello desencadena, compone una de las tramas más emocionantes y valiosas de lo que llevamos de serie. Shameless será muy cafre e inmoral, pero también es una de las ficciones que mejor labor desempeña promoviendo la tolerancia y la compasión.

Lo que no cambia, y a estas alturas parece claro que no cambiará nunca, es Frank. Si algo nos indica la última secuencia de esta temporada, brutalmente triste y agria, es que a) él es una cucaracha, y las cucarachas nunca mueren y b) un Gallagher siempre será un Gallagher. Shameless deja la historia en un punto en el que se hace difícil imaginarla yendo a mejor para sus protagonistas, aunque el regreso de Fiona reestablecerá el “orden” en casa -y a pesar de esa secuencia post-créditos, un game-changer en toda regla. Con Frank volviendo a las andadas y Ian sumiéndose en su enfermedad, podemos esperar con toda seguridad mucho más de este dolor de corazón que nos provoca constantemente esta serie. Pero también podemos contar con algo que no cambia nunca: ocurran las desgracias que ocurran, los Gallagher (y familia extendida) siguen siendo la alegría de la tele, y Shameless la mejor serie que no estáis viendo.

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Comentarios (2)

 

  1. athelas dice:

    Genial artículo. Definitivamente la temporada más oscura. Yo lo he pasado bastante mal con Fiona. Pero no estoy muy segura, con la escena final, que nos deparará la siguiente temporada.

    • Imagen de perfil de fuertecito fuertecito dice:

      ¡Muchas gracias! Supongo que te refieres a la escena post-créditos. No he querido mencionarla para no spoilear la sorpresa, pero sí, definitivamente cambia muchas cosas, y habrá que esperar a ver.

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