Crítica: Need for Speed

Need for Speed 2014

Existe una ley del cine que casi siempre se cumple: Toda película basada en una franquicia de videojuegos resultará en fracaso artístico y comercial. Parece que el sambenito que arrastra este subgénero de las adaptaciones no ha sido suficiente para frenar a los responsables de la película de Need for Speed. Y lo cierto es que no es de extrañar que hayan considerado este como el mejor momento para estrenarla. La película surge a rebufo de la sexta entrega de Fast & Furious, cuando la saga es más popular que nunca y sigue reventando taquillas después de más de una década. Además, Need for Speed cuenta con uno de los rostros más populares del momento, Aaron Paul, recién salido de su fulgurante andadura televisiva en Breaking Bad, lo que debió hacerles pensar que tenían más de un gancho para ganarse a la audiencia.

No es que Need for Speed se haya dado el batacazo en la taquilla de su país, pero no ha cumplido las expectativas, quizás porque el público no se deja engañar tan fácilmente, y porque todos sabemos que esto no es más que otra Fast & Furious con la notable distinción de contar con los derechos para usar la famosa marca de los videojuegos de Electronic Arts -que, todo sea dicho, existe desde 1994. La película de Scott Waugh (Acto de valor) recoge algunos de los elementos que ha popularizado la saga de carreras, en concreto las persecuciones a contrarreloj, que conforman el esqueleto argumental de la cinta. Need for Speed es una desenfrenada road trip movie en la que los protagonistas huyen de la ley recorriendo el país de costa a costa en tiempo récord.

Need for Speed cartel españolEl film no escatima en topicazos y personajes tipo. El chico de barrio -Paul claramente interpretando a un Jesse Pinkman versión light-, el archinémesis moralmente corrupto y podrido de dinero (Dominic Cooper), el mentor (Michael Keaton, que últimamente no se pierde una), el inocentón mejor amigo que desde su primer plano tiene escrito en la frente “trágica muerte que desencadenará la acción”, el desfile de cochazos para hacer babear al aficionado al motor y la exhibición de macizas para ídem (eso sí, todo mucho menos extravagante, sexista y hip hopero que en F&F). De la misma manera, el desarrollo de la historia es terriblemente predecible, y su primer acto resulta soporífero. Afortunadamente, la cosa se anima cuando se inicia oficialmente la carrera, y se sube al coche del protagonista el torbellino británico Imogen Poots (alejada del arquetipo de bimbo explosiva o súper mujer revientapelotas). Poots insufla la energía que le falta a la película en su primera parte y, a partir de ahí, Waugh consigue encadenar una estimable acción in crescendo que termina enganchando, nos guste o no este tipo de cine.

En Need for Speed no faltan los set pieces con vertiginosas piruetas en la carretera -y en el aire- ni la pirotecnia excelentemente ejecutada. Ese, junto a los diferentes modelos de coches (McLaren P1, Bugatti Veyron, GTA Spano…), es el mayor reclamo para el espectador, que si se acerca a esta película es porque sabe perfectamente lo que va a encontrar en ella. Need for Speed cae en el ridículo a menudo (no me hagáis hablar de esa policía que sujeta un iPad para que uno de los protagonistas vea la carrera final desde la cárcel), pero no llega a ser un completo desastre. Sí, la hemos visto doscientas veces y le falta quizás una pequeña dosis de pasión y adrenalina, pero cumple de sobra su función y le da a su público objetivo lo que quiere. Lo único realmente preocupante es que se siga insistiendo en ese mensaje pseudo-trascendental que dice algo así como que las carreras ilegales en ciudad son una religión, un estilo de vida. Todas se cubren las espaldas con el aviso de turno “No hagáis esto en vuestro barrio”, pero todas incurren en el mismo error: glamourizar un acto criminal que pone en peligro la vida de muchas personas inocentes, y trivializar, e incluso fomentar, la delincuencia en carretera, escudándose en la supuestamente poética adicción o “necesidad de velocidad”

Valoración: ★★½

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