GIRLS: Honestidad brutal

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No sabemos si fue su plan desde el principio, pero Lena Dunham ideó la segunda temporada de GIRLS como un experimento social, una prueba de aguante definitiva para los fervientes detractores de su sobre-exposición y su exhibicionismo. Dunham se situó a sí misma en el ojo del huracán, tanto dentro como fuera de su serie, muy dispuesta a destapar y desafiar la avalancha de misoginia y repugnante doble moral que suele provocar su trabajo, pero sobre todo marcando bien la diferencia entre los que entienden lo que está haciendo con su serie y los que no, aquellos que a estas alturas siguen tomándose su discurso de manera literal y basan sus críticas en lo que Dunham precisamente está satirizando (“La odio porque es una egocéntrica”. Cariño, de eso va la cosa, si no lo entiendes, puerta). Después de una temporada decididamente oscura, incluso grotesca, caracterizada por el descenso a los infiernos de Hannah y en la que Dunham se desnudó cuanto más se quejaba la gente (a ver si gritando os enteráis), GIRLS terminó con un toque de optimismo, con una season finale que desmontaba los cánones de la comedia romántica desde el particular universo de Dunham y Judd Apatow, y que prometía una tercera temporada más luminosa.

Esta nueva entrega de GIRLS arrancaba con un claro propósito: Desvelar “la naturaleza de la amistad femenina” (Hannah, “Truth or Dare”, 3.02). Y para ello era necesario acercar a las cuatro protagonistas, que si bien nunca estuvieron particularmente unidas, acabaron siendo casi extrañas debido al desmembramiento de la anterior temporada. Claro que, con siete episodios emitidos hasta ahora, la tercera temporada no supone ningún cambio sustancial en cuanto a la macro-estructura de GIRLS. A pesar de la intención de aunar a sus personajes bajo el mismo techo, Dunham sigue concibiendo cada episodio como una unidad narrativa semi-independiente del resto, como cortometrajes que forman parte del mismo universo pero funcionan según por sus propias reglas y temáticas individuales. Esta temporada hemos visto por ejemplo una brillante reflexión sobre el trabajo en “Free Snacks” (3.06) o un sublime ensayo sobre la muerte (a través de los ojos del ser más egocéntrico del planeta) en “Dead Inside” (3.04). La tercera temporada de GIRLS alcanza su punto de ebullición con un episodio que nos remite a aquella burrada impresionante que fue “One Man’s Trash“. En “Beach House” (3.07) (¡qué hipster! ¡Beach House es el nombre de un grupo indie!), la escapada de la realidad (o a la realidad) no la realiza solo Hannah, sino las cuatro “amigas”, que hacen un viaje a la playa organizado por una Marnie más desesperada que nunca por encontrar algo de estabilidad, aunque sea forzándola hasta lo enfermizo.

“Beach House” es un ejercicio de purificación, incluso de purga, para las protagonistas, y para la serie en general. Llegados a este punto, como observadores ya hemos descrifrado cuál es la naturaleza de la amistad de estas cuatro chicas. Hannah, Marnie, Jessa y Shoshanna permanecen unidas (más o menos) por intereses egoístas -se quieren porque se utilizan para alimentar sus egos y sus fantasías cosmopolitas, y para escudarse de sus miedos e inseguridades. Están atrapadas bajo una venda de auto engaño y regidas por una serie de normas provenientes en su mayor parte de la mente de Shoshanna, y basadas en lo que debe ser una relación de chicas según constructos ficcionales como los de la televisión o las revistas de moda. Este fin de semana en la playa, que no tiene nada que ver con las vacaciones de Rohmer, culmina en el súbito despertar de Shoshanna -que esta temporada más que nunca se ha comportado como una caricatura de una caricatura de sí misma-, lo que lleva a que todo esto salga por fin a la luz.

Por primera vez en mucho tiempo (quizás desde aquella dolorosa pelea entre Hannah y Marnie en la primera temporada) vemos el verdadero rostro de estos personajes, y es mucho más duro de lo que parece. Las cáusticas palabras de Shoshanna (que parecen reproducir literalmente las de aquellos que cargan públicamente contra Lena Dunham), sorprendentemente poseída por un odio visceral y una crueldad que deja al descubierto lo cansada que está de vivir en su particular realidad, proporcionan una brutal experiencia de catarsis para todos, para ellas y para nosotros. Un terrorífico remanso de lucidez en el que mirarse y asustarse de lo que se ve, con el Dunham os dice -directamente esta vez- de qué coño va su serie. El precioso plano final de “Beach House”, en el que Hannah, Marnie, Jessa y Shoshanna dejan atrás la horrible experiencia de la noche anterior para descansar de sí mismas, es sin duda un destello de esperanza que nos hace pensar que quizás algún día todo esto les sirva para encontrar la manera de ser amigas de verdad. Sin embargo, ellas seguramente optarán por la negación y volverán a sus hipócritas y obnubiladas existencias. Nosotros no podemos hacer eso, hemos visto la cara de la bestia, y ahora nos acecha.

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