Crítica: RoboCop (2014)

Joel Kinnaman;Abbie Cornish

La reacción inicial entre el público a cualquier tipo de remake o reboot en Hollywood suele ser rechazo, ya sea porque se considera sacrilegio perturbar un clásico intocable o porque pone de manifiesto la preocupante falta de creatividad del cine comercial de los últimos años. Sin embargo, hay ocasiones en las que el remake consigue trascender su carácter de mera estrategia comercial para crear una obra pertinente a nuestro tiempo a partir de un relato que, si lo pensamos bien, se prestaba a la actualización. Es el caso del clásico de acción de los 80 RoboCop, sci-fi distópico y ultraviolento dirigido por Paul Verhoeven. Sorprende (positivamente) que para dirigir el remake de RoboCop se optase finalmente por otra voz no-estadounidense, la del brasileño José Padilha, que como el realizador neerlandés, se sale con la suya erigiendo con su película un fiero discurso anti-imperialista que se ríe a carcajadas del patriotismo americano.

Padilha no se limita a iterar o reproducir el original, sino que realiza una notable y autosuficiente relectura acorde al contexto sociopolítico norteamericano actual, a la vez que profundiza en las cuestiones existencialistas del protagonista. La historia del policía Alex Murphy (Joel Kinnaman) convertido en súper cíborg tras ser víctima de un intento de asesinato, sirve para construir una película que fluctúa entre la acción más estilizada (olvidaos por completo de la casquería de la original y acostumbraos a las pistolas de descarga eléctrica) y la sátira con más bilis. En efecto, RoboCop es en ocasiones dos películas colisionando de frente, dos entes luchando una Cartel cine 68x98 Robocop.aimisma carcasa, como el propio Murphy. Por un lado la visión PG-13 del estudio y por otro el interés de Padilha por emular a Verhoeven en su denuncia del estado policial, la capitalización del terror de la ciudadanía a través de la privatización de servicios públicos, la corrupción del poder o la manipulación de los medios.

Padilha utiliza el contexto post-11S para dibujar un futuro muy próximo en el que el país conserva su hegemonía global auspiciando un estado cuasi-fascista de ultra-vigilancia que coarta las libertades cívicas bajo la ilusión de protección, y propagando el miedo a lo desconocido. La figura de RoboCop no solo pretende destapar la corrupción del gobierno, sino que Murphy es en sí mismo una alegoría del ciudadano de a pie, un hombre que cree tener el control sobre sí mismo cuando en realidad está siendo manipulado. “Es la ilusión del libre albedrío”, lo que alimenta a las instituciones gubernamentales y las grandes corporaciones, una gran estrategia de marketing. “El público no sabe lo que quiere hasta que se lo dices”.

Hay una tercera capa discursiva en RoboCop, la que se entrega por completo a la parodia a través del personaje de Samuel L. Jackson, un famoso presentador de noticias que articula en palabras todo lo expuesto anteriormente (“América es el mejor país del mundo”). Pat Novak, así como el malo malísimo Raymond Sellars (Michael Keaton), están construidos como villanos caricatura que refuerzan la carga satírica de la película. Por si quedaba alguna duda, con las exageradas escenas de Novak Padilha deja claras sus intenciones. Resulta increíble que se haya salido con la suya y no deje títere -yanqui- con cabeza. Por todo ello, porque como cinta de acción es más que correcta, y también porque todos esperábamos un desastre de proporciones épicas, RoboCop supone toda una sorpresa, una cinta de acción más estimulante y provocativa que la media, que justifica sobradamente su existencia.

Valoración: ★★★½

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