Crítica: ‘Her’ me habla a mí, solo a mí

HER

[Aunque no contiene spoilers propiamente dichos, se recomienda la lectura de este texto después de haber visto la película]

Con tan solo cuatro largometrajes en un periodo de casi 15 años, Spike Jonze se ha labrado una carrera cinematográfica tan sólida y aclamada como personal. El suyo es sin duda un caso extraordinario en el cine contemporáneo, el de un autor profundamente excéntrico y particular en sus propuestas (no confundan con enfant terrible), cuyas historias suelen ser catalogadas de “marcianadas”, y que sin embargo se las ha arreglado para establecer una fuerte conexión intelectual y emocional con el gran público. A través de sus trabajos para el cine -así como con sus cortometrajes y videoclips más recientes-, Jonze ha desarrollado, seguramente sin proponérselo, una férrea dialéctica entre cineasta y espectador, una relación de tú a tú que desemboca a menudo en la apropiación de su discurso por parte del fan (I loved Spike before it was trendy). Con Her, su cuarta película como director, y la primera realizada a partir de un guión propio, Spike Jonze lleva esta idea a la máxima expresión. En la oscuridad de una sala llena de gente que probablemente esté experimentando lo mismo que yo, siento cómo Her me habla a mí, y solamente a mí.

Si conectamos a ese nivel con Jonze es porque, no importa el plano de realidad o fantasía en el que transcurran sus relatos, siempre hallaremos temas universales en ellos, tratados con una capacidad de observación y una elocuencia propia solo de alguien que no entiende muy bien el mundo pero ansía desesperadamente hacerlo. Jonze ha basado toda su obra en este deseo existencialista de abarcar y entender lo que ocurre a su alrededor. Ya sea su objetivo descifrar la naturaleza de las historias y cómo estas nos definen (Adaptation.), o retratar la infancia desde la propia psique del niño (Donde viven los monstruos), Jonze utiliza su cine exclusivamente para responderse a sus propias preguntas sobre el ser humano. Y en esa concepción de su trabajo, retrotraída y sumamente privada, es donde nosotros encontramos el nexo de unión más fuerte con él. Efectivamente, Spike Jonze me habla a mí, porque Spike Jonze habla solo; y lo entiendo porque comparto su búsqueda. Siguiendo este viaje de (auto)conocimiento a través de su obra, el director de Cómo ser John Malkovich se plantea en Her una de las preguntas que, según confiesa, más le han obsesionado en su vida de adulto: cómo funcionan las relaciones sentimentales.

Por eso el eslogan (o el subtítulo) de Her es Una historia de amor de Spike JonzeLa que es quizás su película más accesible hasta la fecha facilita (que no promueve) la reflexión sobre los peligros de nuestra sociedad hiperconectada, la dificultad de relacionarse en poster-herpersona cuando ya lo hacemos todo a través de una pantalla, o las implicaciones sociales del amor 2.0. Sin embargo, esta no es la tesis de Her, sino simplemente su contexto. Jonze plantea un futuro próximo que no es exactamente una crítica ni un aviso a los navegantes, sino un comentario sobre algo que ya es una realidad. El futuro de Her es nuestro presente, y Jonze lo ha delineado simplemente como marco de la historia de amor que nos quiere contar, la de Theodore (Joaquin Phoenix), un recién divorciado que trabaja para una compañía que escribe cartas personales por encargo y Samantha (Scarlett Johansson), un sistema operativo de última generación diseñado para sentir como un ser humano, “solo” una voz, una consciencia. Al igual que ocurría en WALL-E (Andre Stanton, 2008), lo que prevalece en última instancia no es un juicio admonitorio a nuestro modo de vida, sino una fábula sobre lo que significa enamorarse -esa “clase de locura socialmente aceptada”. En la de Pixar se trataba de dos robots, en Her de un hombre de carne y hueso y una I.A. Pero la conclusión en ambos casos es la misma, da igual qué mecanismos de ciencia ficción o fantasía se utilicen: que estos personajes no existan en nuestra realidad, o en la de otros, no quiere decir que sus sentimientos no sean reales.

Con la triste y bella historia de Theodore y Samantha, Jonze lleva el amor hacia un terreno abstracto (al que pertenece, claro) en el que procede a diseccionarlo en su estado más puro, narrando con magnífico detalle y realismo todas sus fases. Arrebatadoramente melancólica, conmovedora y humanista, con un Joaquin Phoenix íntimo y tierno, casi siempre en primer plano, muy cerca de nosotros, y una cautivadora Scarlett Johansson en la que es sin duda una de las interpretaciones de su carrera, Her nos habla entre otras cosas de la soledad del ser humano moderno, de la búsqueda del afecto y la importancia del contacto, físico o intelectual, en nuestro presente, y de cómo esta necesidad moldea nuestras relaciones. Her afecta, y su impronta dura mucho más allá de sus créditos finales. Aunque en algún momento nos damos cuenta de que solo somos uno entre miles, la preciosa voz de Samantha sigue resonando en nuestra cabeza, y nos dice que este amor virtual es nuestro, y es único. Sabes que Her habla con más gente, que su excelente música (compuesta por Arcade Fire, Owen Pallet y Karen O) es la banda sonora de más personas, que “The Moon Song” ha hecho llorar a muchos otros, y que no eres el único que se ha enamorado de ella, ni el único cuyo amor ha sido correspondido. Y aún así, decides vivir en la ilusión de que Her es tuya, de que te está hablando a ti, y solamente a ti. Porque, aunque puede que sea un engaño, eso no quiere decir que lo que yo siento por Her, y lo que Her siente por mí no sea real.

Valoración: ★★★★★

Crítica: La mujer del chatarrero

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Texto de David Lastra

Nazif se levanta cada mañana para destartalar coches abandonados, hacer acopio de forjados y alguna que otra cacerola. Senada se queda en casa, atiende a las pequeñas Sandra y Semsa, limpia y prepara la comida. Él es chatarrero y ella es la mujer del chatarrero. Su monotonía no es una forma de dejarse llevar por la inercia, sino la única forma posible de supervivencia. Los imprevistos son un lujo que una familia de etnia gitana no se puede permitir. La mujer del chatarrero nos cuenta el desbarajuste que provoca en la situación económica de esta pareja un acontecimiento para nada esperado o querido: el aborto natural de Senada.

la-mujer-del-chatarrero_posterPoco más de diez años después de levantar un Oscar por En tierra de nadie, Danis Tanovic sigue diseccionando el conflicto de la antigua Yugoslavia. En esta ocasión, se acerca a la realidad de las minorías étnicas en Bosnia-Herzegovina. El rechazo del hospital a realizar la intervención a Senada por carecer esta de tarjeta sanitaria y no poder abonar el monto es un horror pesadillesco y apocalíptico para la óptica etnocentrista occidental del espectador (un saludo, modelo sanitario español). El peso muerto del feto de Senada cala de manera cruda y continuada sin ningún tipo de artificio sentimentaloide. Gracias a esa desnudez cuasi documentalista a la hora de mostrar la problemática y a la interpretación neorrealista de la familia (realmente no es sino una recreación del caso que les ocurrió a los propios protagonistas del film años antes), esta película se aleja por completo del peligroso saco de las películas festivaleras del montón.

Aunque desoladora en su superficie, La mujer del chatarrero es también una proclama esperanzadora al amparo de la solidaridad a pequeña escala en la que viven Nazif y Senada. Gracias al respaldo de familiares y vecinos, se va solucionando el día a día. Ya sea un corte de luz o un aborto. Pero con esto Tanovic no construye un mundo de fábula, sino una potente crítica a las instituciones haciendo propia la sentencia de Shia LaBeouf sobre la necesidad de que una película, salvo que sirva solo para pasar el rato, siempre debe defender y comunicar indirectamente la idea de que vivimos en un mundo brutal, hipócrita e injusto. Porque este no es sino un episodio más en la vida de un chatarrero. El drama no termina con los títulos de crédito, ni siquiera al caer el sol.

Valoración: ★★★½

GIRLS: Honestidad brutal

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No sabemos si fue su plan desde el principio, pero Lena Dunham ideó la segunda temporada de GIRLS como un experimento social, una prueba de aguante definitiva para los fervientes detractores de su sobre-exposición y su exhibicionismo. Dunham se situó a sí misma en el ojo del huracán, tanto dentro como fuera de su serie, muy dispuesta a destapar y desafiar la avalancha de misoginia y repugnante doble moral que suele provocar su trabajo, pero sobre todo marcando bien la diferencia entre los que entienden lo que está haciendo con su serie y los que no, aquellos que a estas alturas siguen tomándose su discurso de manera literal y basan sus críticas en lo que Dunham precisamente está satirizando (“La odio porque es una egocéntrica”. Cariño, de eso va la cosa, si no lo entiendes, puerta). Después de una temporada decididamente oscura, incluso grotesca, caracterizada por el descenso a los infiernos de Hannah y en la que Dunham se desnudó cuanto más se quejaba la gente (a ver si gritando os enteráis), GIRLS terminó con un toque de optimismo, con una season finale que desmontaba los cánones de la comedia romántica desde el particular universo de Dunham y Judd Apatow, y que prometía una tercera temporada más luminosa.

Esta nueva entrega de GIRLS arrancaba con un claro propósito: Desvelar “la naturaleza de la amistad femenina” (Hannah, “Truth or Dare”, 3.02). Y para ello era necesario acercar a las cuatro protagonistas, que si bien nunca estuvieron particularmente unidas, acabaron siendo casi extrañas debido al desmembramiento de la anterior temporada. Claro que, con siete episodios emitidos hasta ahora, la tercera temporada no supone ningún cambio sustancial en cuanto a la macro-estructura de GIRLS. A pesar de la intención de aunar a sus personajes bajo el mismo techo, Dunham sigue concibiendo cada episodio como una unidad narrativa semi-independiente del resto, como cortometrajes que forman parte del mismo universo pero funcionan según por sus propias reglas y temáticas individuales. Esta temporada hemos visto por ejemplo una brillante reflexión sobre el trabajo en “Free Snacks” (3.06) o un sublime ensayo sobre la muerte (a través de los ojos del ser más egocéntrico del planeta) en “Dead Inside” (3.04). La tercera temporada de GIRLS alcanza su punto de ebullición con un episodio que nos remite a aquella burrada impresionante que fue “One Man’s Trash“. En “Beach House” (3.07) (¡qué hipster! ¡Beach House es el nombre de un grupo indie!), la escapada de la realidad (o a la realidad) no la realiza solo Hannah, sino las cuatro “amigas”, que hacen un viaje a la playa organizado por una Marnie más desesperada que nunca por encontrar algo de estabilidad, aunque sea forzándola hasta lo enfermizo.

“Beach House” es un ejercicio de purificación, incluso de purga, para las protagonistas, y para la serie en general. Llegados a este punto, como observadores ya hemos descrifrado cuál es la naturaleza de la amistad de estas cuatro chicas. Hannah, Marnie, Jessa y Shoshanna permanecen unidas (más o menos) por intereses egoístas -se quieren porque se utilizan para alimentar sus egos y sus fantasías cosmopolitas, y para escudarse de sus miedos e inseguridades. Están atrapadas bajo una venda de auto engaño y regidas por una serie de normas provenientes en su mayor parte de la mente de Shoshanna, y basadas en lo que debe ser una relación de chicas según constructos ficcionales como los de la televisión o las revistas de moda. Este fin de semana en la playa, que no tiene nada que ver con las vacaciones de Rohmer, culmina en el súbito despertar de Shoshanna -que esta temporada más que nunca se ha comportado como una caricatura de una caricatura de sí misma-, lo que lleva a que todo esto salga por fin a la luz.

Por primera vez en mucho tiempo (quizás desde aquella dolorosa pelea entre Hannah y Marnie en la primera temporada) vemos el verdadero rostro de estos personajes, y es mucho más duro de lo que parece. Las cáusticas palabras de Shoshanna (que parecen reproducir literalmente las de aquellos que cargan públicamente contra Lena Dunham), sorprendentemente poseída por un odio visceral y una crueldad que deja al descubierto lo cansada que está de vivir en su particular realidad, proporcionan una brutal experiencia de catarsis para todos, para ellas y para nosotros. Un terrorífico remanso de lucidez en el que mirarse y asustarse de lo que se ve, con el Dunham os dice -directamente esta vez- de qué coño va su serie. El precioso plano final de “Beach House”, en el que Hannah, Marnie, Jessa y Shoshanna dejan atrás la horrible experiencia de la noche anterior para descansar de sí mismas, es sin duda un destello de esperanza que nos hace pensar que quizás algún día todo esto les sirva para encontrar la manera de ser amigas de verdad. Sin embargo, ellas seguramente optarán por la negación y volverán a sus hipócritas y obnubiladas existencias. Nosotros no podemos hacer eso, hemos visto la cara de la bestia, y ahora nos acecha.

Crítica: Monuments Men

George Clooney;Matt Damon;John Goodman;Bob Balaban

Con su quinto largometraje como realizador, Monuments MenGeorge Clooney propone un viaje de regresión al Hollywood clásico de los años 40 y 50, con una cinta bélica que evoca al cine de Billy Wilder o Howard Hawks. En Monuments Men, Clooney cuenta la historia real de unos héroes de guerra menos celebrados a lo largo de la historia, la liga de los hombres extra-ordinarios a cargo de recuperar antes de su destrucción las obras de arte robadas por Adolf Hitler y escondidas a lo largo y ancho de Alemania hacia el final de la Segunda Guerra Mundial. El film, basado en la crónica literaria de Robert M. Edsel The Monuments Men: Allied Heroes, Nazi Thieves and the Greatest Treasure Hunt in History, pretende ser una oda a aquellos que arriesgaron su vida por el arte, y por la preservación del testamento de los logros del ser humano a lo largo de los siglos.

Hitler da sus últimos coletazos y la guerra está tocando a su fin, pero el campo de batalla sigue siendo hostil. Reclutados por el teniente Frank Stokes (Clooney) bajo el programa Monuments, Fine Arts and Archives, este equipo de siete profesionales vinculados al arte Monuments Men_Póster(restauradores, historiadores y directores de museo) se embarcan en la aventura de sus vidas, compensando su escasa preparación militar con coraje y determinación. Monuments Men cuenta con un amplio reparto coral de estrellas (o reunión de amiguetes, según se mire) que dan vida a estos héroes ligeramente basados en los verdaderos miembros del programa. Matt DamonBill MurrayJean DujardinCate BlanchettJohn GoodmanHugh Bonneville y Bob Balaban elevan el caché de una película que, desafortunadamente, no consigue estar a la altura de sus credenciales.

Monuments Men es un film bienintencionado, decididamente blanco, con una carga de idealismo e ingenuidad romántica que, junto a ese toque de picardía y el doble filo propio de las comedias de los 50, reproduce hábilmente el estilo de la edad de oro de Hollywood. Además, el estupendo reparto hace un buen trabajo capturando este espíritu clásico y contribuyendo al aire de sofisticación que desprende la película. Sin embargo, Clooney no logra conectar del todo con su público, sobre todo en cuanto al humor (amable pero fallido), y fracasa a la hora de trasladar a la historia la importancia de su mensaje (sus pomposos discursos sobre morir por el arte se antojan artificiales). Monuments Men plantea una historia muy interesante, pero su desarrollo resulta descentrado, tibio, a ratos tedioso, y excesivamente cursi y remilgado cuando explicita las lecciones que nos quiere dar. Para ser una película que habla de la importancia del arte en la historia del ser humano, Clooney ha realizado un trabajo bastante intrascendente.

Valoración: ★★★

Community: Evaluación continua (5.04-5.06)

Community - Season 5

Como casi todos años por estas fechas, las páginas especializadas en televisión se dedican a adivinar el destino que aguarda a las series en la cuerda floja. Llegado el mes de mayo, ¿cuál se salvará y cuál recibirá el hachazo? Atendiendo a sofisticados algoritmos que no solo tienen en cuenta los índices de audiencia, sino la relación entre la cadena y la productora de la serie, el fandom o las perspectivas de sindicación, páginas como TVbytheNumbers clasifican las series según sus posibilidades de supervivencia.

Si sois fans de Community, ya estáis más que acostumbrados a esto. Desde su primer año, la serie de Dan Harmon ha esquivado a la muerte cuatro primaveras seguidas. No hay temporada que no temamos por su cancelación, y ya estamos inmunizados (más o menos). Después de superar mil y un obstáculos (incluido el infame escape de gas del año pasado), Community se ha consolidado como una de las series con una audiencia más estable -aunque sea bajo mínimos- de NBC, y está a un paso (o dos) de conseguir lo que antaño se consideraba solo una utopía: #sixseasonsandamovie. Si embargo, se dice, se comenta que las cosas podrían cambiar este año, puesto que la serie ya ha superado el número de episodios necesarios para sindicación y los derechos pertenecen a otro estudio (Sony), al contrario que otras series de la cadena también en peligro. La idea de quedarnos tan cerca de la meta (porque para nosotros los fans de Community ha sido toda una carrera de fondo) asusta, pero no nos queda otra que mantener la esperanza, porque cosas más raras se han visto. Y casi todas en esta serie.

Dejando a un lado especulaciones que en el fondo no sirven para mucho, puesto que nuestra voz -la del espectador internacional que ve la serie descargándola por Internet para verla al día- no entra en la ecuación de las cadenas USA, dediquémonos mejor a hablar de la serie en sí. Y a disfrutarla mientras dure, claro. Ya hicimos un repaso a los tres primeros capítulos de la presente quinta temporada en este artículo, y si os parece bien, voy a contaros qué me han parecido los tres siguientes, con los que nos acercamos al ecuador del curso. ¿Aprueba con nota la quinta temporada de Community o no ha conseguido remontar tanto como esperábamos en esta evaluación continua? Veamos cómo se le han dado a los estudiantes de Greendale estas tres asignaturas del segundo trimestre:

Troy Polygraphy

5.04 “Cooperative Polygraphy”

Mi conclusión sobre el anterior episodio, “Basic Intergluteal Numismatics” (el del Ass-Crack Bandit), fue que era demasiado pronto para empezar con los “capítulos especiales”. Pero para lo que nunca es demasiado pronto es para un buen episodio botella. Los bottle episodes son tradicionalmente capítulos que, para abaratar costes y compensar episodios más caros, tienen lugar en una sola localización interior. Sin embargo, el principal propósito de este tipo de episodios en Community nunca ha sido ajustarse al presupuesto, sino explorar a los personajes en mayor profundidad y perfeccionar el arte del diálogo. “Cooperative Polygraphy” es una prueba más de que Community es muy buena cuando hace episodios especiales, pero es aún mejor cuando sienta a sus personajes en la sala de estudio durante todo el capítulo y deja que se sonsaquen los trapos sucios, se peleen y se sinceren hasta dejarse las entrañas en la mesa.

El anterior episodio terminaba con la noticia de que Pierce Hawthorne había muerto. “Cooperative Polygraphy” es un tercer grado orquestado por Hawthorne antes de marcharse al otro lado, para determinar si alguno de sus ex compañeros de estudios han tenido algo que ver con su muerte. Jeff, Annie, Britta, Troy, Abed y Shirley se someten al polígrafo para responder a las preguntas de Pierce, que desde el Más Allá sigue manipulándolos emocionalmente para que se ataquen los unos a los otros. Después de una serie de revelaciones que sacuden los cimientos del grupo, descubrimos que, como dice Troy, “Pierce solo está siendo Pierce”, y que su elaborado plan de ultratumba tiene un reverso luminoso: dejarles parte de su herencia. La ronda de preguntas, a cada cual más malévola y retorcida, nos deja innumerables y geniales momentos de “confesiones relámpago” al más puro estilo Friends (“¡Amo a Jacques Cousteau!”) pero en última instancia sirve para que estos personajes se conozcan mejor a sí mismos, y descubran gracias a Pierce los defectos que los limitan, así como los increíbles dones que poseen. Después del precioso y emotivo final de “Cooperative Polygraphy” (ese iPod Nano y esa tiara me hicieron llorar), Community nos recuerda algo que llevábamos mucho tiempo temiendo: Troy se marcha. Hablando de entrañas esparcidas…

Momentos de matrícula de honor:
“I didn’t just masturbate in the study room. I masturbated everywhere. EVERYWHEEEERE!!” (Chang)
“I only give money to homeless people when I’m walking with someone!” (Britta)
“Britta Perry, do you know that you hate yourself more than you should and that your passion inspired me?” “No” “That’s true, she didn’t know”

Nota: 8,5

Lava

5.05 “Geothermal Escapism”

Ya está, otro episodio high concept. Después de una parodia ambiciosa al cine de David Fincher y un genial bottle episode toca volver a poner patas arriba Greendale para levantar uno de esos universos paralelos nacidos de la imaginación de Troy y Abed. El mundo postapocalíptico de “Geothermal Escapism” recuerda al fuerte de almohadas y sábanas (y a Waterworld, evidentemente), pero en realidad no es más que otra manera de hacer un episodio de paintball, sin paintball. Puede que este “Geothermal Escapism” sea de todo menos original (¿te arrepientes de haber prometido no hacer más paintball, Dan?), pero es la manera que Harmon tiene de rendir tributo a la amistad de Troy y Abed antes de separarlos, con un episodio que ya había hecho varias veces, para volver a dejarnos ver el mundo a través de sus ojos.

Con “Geothermal Escapism”, Community apela de nuevo al niño (o al ser socialmente impedido, tanto monta, monta tanto) que muchos llevamos dentro, y que Abed representa. El suelo es lava y si lo tocas estás muerto. ¿Quién no ha jugado a esto de pequeño? Como es lógico, este juego se lleva a la máxima expresión, convirtiendo Greendale en un hostil erial de tribus chatarreras y tecnología cyberpunk. Y como es más lógico aún, el juego no es más que un ejercicio de negación, una excusa de Abed para retrasar la despedida de su otra mitad. En teoría, “Geothermal Escapism” es una despedida sentida y melancólica para Troy, pero en la práctica resulta un poco forzado, incluso artificial por momentos (incluso el “No, Britta, you’re the best” me pareció que provenía del guión, no de los personajes). El despliegue del episodio es sin duda encomiable, como suele ocurrir con este tipo de hiper-parodias, pero los sentimientos no fluyen de la misma manera que en el anterior capítulo. Aunque si lo pensamos bien, quizás sea porque no deben. Al fin y al cabo estamos navegando en el mundo de Abed Nadir.

Momentos de matrícula de honor:
Troy: I’m better at sex than Jeff, right? Britta: I’ve yet to have anyone worse.

Nota: 7

Community - Season 5

5.06 “Analysis of Cork-Based Networking”

Tras la marcha de Troy, Community debe probar las nuevas dinámicas de personajes, agitando el reparto de manera que los secundarios cubran el vacío dejado por él y por Pierce. Así, “Analysis of Cork-Based Networking” comienza con ocho personajes sentados alrededor de la mesa de estudio. Formando oficialmente el comité “Save Greendale“, los profesores Chang, Duncan y Hickey se unen a los cinco restantes del grupo original, inaugurando así una nueva etapa de Community (Dean Pelton no se ha prodigado mucho por la serie en estos últimos episodios). Annie se pasa todo el capítulo a dúo con Hickey, que aún sigue siendo un personaje unidimensional del que sabemos más bien poco (sinceramente, no es que esté muy interesado en saber de él), pero tiempo al tiempo, debemos dejar que las nuevas relaciones maduren. Duncan por otro lado añade una nota marciana y depravada muy divertida que espero conserven durante el resto de la temporada. Ahora que lo pienso, Hickey y Duncan son algo así como dos mitades de Pierce reencarnadas.

Por otro lado, el hueco que deja Troy es mucho más difícil de llenar. Abed sin Troy es como Epi sin Blas, como Max sin Caroline, como Will sin Grace. Pero las circunstancias obligan a recordar que Abed puede ser un personaje autosuficiente narrativamente hablando (lo fue al principio de la serie), o bien a buscarle una nueva pareja artística, que parece que es el camino que se ha elegido. Britta lleva mucho tiempo jugando a ser la tercera en discordia, y su química con Abed es muy sólida, pero parece que hay intención de sustituir a Troy con un “love interest”. Después de hacerle compartir unas cuantas escenas muy adorables con una chica sorda, Harmon rescata una de las pocas cosas buenas que nos dio el año del escape de gas: Rachel, la guardarropas interpretada por Brie Larson. Si hay alguien capaz de hacer que un emparejamiento de Abed con alguien que no sea Troy funcione, esa es Rachel. En general, “Analysis of Cork-Based Networking” es un episodio agradable, sencillo, incluso “normal”, que de vez en cuando se agradece, y contiene dos tramas muy divertidas: la parodia de Juego de Tronos, Bloodlines of Conquest, y el tema para el baile de mitad de curso,”Bear Down for Midterms” (Chang nunca falla). Del esperado cameo de Nathan Fillion no quiero hablar. Qué desperdicio más grande, por el amor de Joss.

Momentos de matrícula de honor:
“They really get the incest right” (Profesor Ian Duncan)
“Wait, dragons? Is that a spoiler? I just started season 1. I don’t start watching shows until they’re so popular that watching them is no longer a statement” (Britta)
“Welcome to the Labyrinth, kid. Only there ain’t no puppets or bisexual rockstars down here” (Hickey)

Nota: 7,5

Crítica: Cuento de invierno

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Akiva Goldsman es uno de los guionistas más poderosos de Hollywood. A lo largo de dos décadas ha acumulado libretos para sonados fracasos artísticos como las entregas de Batman dirigidas por Joel Schumacher, Perdidos en el espacio o Prácticamente magia, pero ninguno de sus tropiezos le ha parado los pies. Incomprensiblemente llegó a ganar un Oscar por el guión de Una mente maravillosa, ese clásico intemporal que a día de hoy recordamos como una de las obras maestras de comienzos de siglo (NO). Más recientemente se ha encargado de las adaptaciones cinematográficas del fenómeno literario de Dan Brown El código Da Vinci, haciendo que muchos nos cuestionemos por qué Hollywood sigue amparando a este señor (¿un milagro, quizás?). Por si su gran incompetencia escribiendo no fuera suficiente tortura, ahora Goldsman da el salto a la dirección con otra adaptación literaria, Cuento de invierno (Winter’s Tale), basada en la novela de 1983 escrita por Mark Helprin.

Cuento de invierno es una historia de amor bigger-than-life, de destinos cruzados y milagros, uno de esos romances hiperbólicos e hiperalmibarados que desafían el tiempo y el espacio, narrado abarcando más de un siglo y ambientado en Nueva York, como no podía ser de otra manera. Durante un allanamiento de mansión, Peter Lake, ladrón de 21 años interpretado por Colin Farrell (y con eso ya no hace falta decir más, pero aún así seguiré) se prenda de Beverly Penn (Jessica Brown Findlay, quizás el único acierto de la película), la hija mayor de Isaac Penn (William Hurt), millonario editor del periódico The Sun. Como mandan los cánones de los cuentos de hadas, Peter y Beverly se enamoran perdidamente en cuestión de minutos y comienzan una apasionada historia de amor que desafiará mil y un obstáculos, principalmente la enfermedad de ella (se está muriendo de tisis) y la amenaza del mafioso demoníaco Pearly Soames -un bochornoso Russell Crowe pidiendo el Razzie a gritos-, que quiere matar a Peter por traicionarle años atrás. Todo envuelto en un manto de realismo mágico que el realizador claramente no tiene ni idea de cómo utilizar, haciendo que la película caiga inevitablemente en el camp más vergonzoso -acentuado por la penosa partitura de Hans Zimmer.

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Goldsman, a medio caballo entre Frank Capra y Nora Ephron (que me perdonen ambos), se asfixia tratando de condensar la novela en 120 interminables minutos, conectando pasado y presente, e intentando casar los aspectos fantásticos y románticos de la historia. Cuento de invierno es un absoluto berenjenal narrativo, una película atropellada, pesada y confusa que demuestra una vez más que el guionista es incapaz de contar una historia, da igual lo simple que sea (y Cuento de invierno no es que sea Juego de Tronos precisamente). Algo con lo que no está de acuerdo Neil Gaiman, por cierto, que elogia a Goldsman por su trabajo y anima a todo el mundo a ver la película, a pesar de que caiga en el defecto de la mayoría de producciones fantásticas en Hollywood: la sobre-explicación. Esté o no de acuerdo yo con Gaiman (tampoco es que él sea el mejor estructurando historias), hay algo en lo que indudablemente tiene razón. Aquellos que se animen a ver Cuento de invierno probablemente sabrán exactamente lo que van a ver, porque esta no oculta lo que es: Una cinta de fantasía con ángeles, demonios y caballos voladores, cargada de diálogos tan cursis que parecerá que los de Crepúsculo están escritos por David Mamet y bochornosos sinsentidos que la convierten en toda una comedia involuntaria. Ya lo dice el peor eslogan de lo que llevamos de año: “Esto no es una historia verdadera. Es una historia de amor”.

Después de todo, estrenar este desastre épico el día de San Valentín ha sido lo más inteligente que podía haber hecho el estudio: Cuento de invierno está hecha para que no importe lo más mínimo si os perdéis la mitad de la película achuchándoos. Es más, quizás eso sea justamente lo que quieren, que prestéis más atención a vuestra pareja, y que con suerte así no os deis cuenta de lo mala que es la película. Así que si vais a ver Cuento de invierno, adelante, achuchaos, es lo mejor que podéis hacer.

PD: Si al salir del cine sentís un imperioso deseo de acudir a un Dunkin’ Donuts, no os extrañéis. En su tramo final, Cuento de invierno se transforma en un spot publicitario de esta franquicia. Atención a todos los planos en los que la fachada de un Dunkin’ aparece al fondo, convenientemente encuadrada entre Colin Farrell y Jennifer Connelly.

Valoración: ★½

Crítica: Cuando todo está perdido (All Is Lost)

Robert Redford Cuando todo está perdido

Cuando todo está perdido (All Is Lost) es la historia de un hombre solo, en el mar. No hay mucho contexto. Sabemos que Nuestro Hombre (tal y como aparece en los créditos) tiene hijos, puesto que se dirige a ellos en off durante el prólogo (una de las tres brevísimas ocasiones en las que escuchamos una voz en la película), pero no tenemos muy claro por qué este septuagenario interpretado por Robert Redford se ha aventurado él solo en el Océano Índico. El propósito principal de J.C. Candor (Margin Call) es despojar el relato de interferencias y complicaciones, para centrarse exclusivamente en la supervivencia (todo lo contrario a lo que ocurría en la reciente En solitario, de Christophe Offenstein), en el reto artístico que supone levantar una obra cinematográfica con un solo personaje y en silencio. Si deseamos elucubrar teorías sobre las motivaciones del personaje, o cuestionarnos la verosimilitud de su empresa marítima, es simplemente nuestro problema.

cartel_cuandotodoesteperdidoLa propuesta de Candor es tan austera y cruda como (por tanto) arriesgada, y quizás por eso requiera un compromiso mayor por parte del espectador, al que se le presenta una historia altamente comprometida con el realismo -solo unas cuantas escenas se entregan a lo espectacular, apoyándose el resto del tiempo en la magnífica partitura de Alex Ebert, empleada con absoluto virtuosismo. Cuando todo está perdido es un ejercicio cinematográfico similar en esencia a la reciente Gravity, solo que donde la película de Alfonso Cuarón buscaba el conflicto y la acción constante para compensar las limitaciones del entorno (paradoja teniendo en cuenta que el espacio y el océano se caracterizan por su inmensidad), la de Candor prefiere recrearse en lo observacional, acercándose más a la simplicidad estilística de Gus Van Sant. Así, los primeros 40 minutos se dedican exclusivamente al trabajo de Redford en el barco mientras arregla el agujero que ha causado el choque con un container a la deriva que abre la película. Cuarenta largos minutos de calma naturalista que sirven para caracterizar a Nuestro Hombre como un personaje tenaz, resoluto, y también ingenuo, pero que acaban sumergiendo la película en un tedio que ni la más cruenta tormenta digital es capaz de sobreponer.

Al igual que Tom Hanks en Capitán Phillips, Redford construye una interpretación a base de contención, sin aspavientos dramáticos, en consonancia con el tono del film. Aunque está muy lejos de ser el tour de force que muchos se han empeñado en ver -lo de Hanks sí era una contención magistralmente calculada, lo de Redford se acerca más bien a la inexpresividad. Eso sí, hay que reconocer el empeño que el veterano actor está poniendo últimamente para obtener una validación que por otra parte no necesita (su ausencia entre los nominados de la Academia este año le ha supuesto una rabieta, pero el que esto escribe opina que es bien justa). Hace poco lo vimos poniéndose en evidencia en Pacto de silencio, y en Cuando todo está perdido lo volvemos a observar al límite de sus fuerzas. Solo que esta vez logra sacar provecho del desafío físico que supone la película, transformando su lucha real en la perseverancia, la desesperación y el deseo de sobrevivir que caracterizan a su personaje. Como Ryan Stone, pero con artritis.

Valoración: ★★★

Crítica: RoboCop (2014)

Joel Kinnaman;Abbie Cornish

La reacción inicial entre el público a cualquier tipo de remake o reboot en Hollywood suele ser rechazo, ya sea porque se considera sacrilegio perturbar un clásico intocable o porque pone de manifiesto la preocupante falta de creatividad del cine comercial de los últimos años. Sin embargo, hay ocasiones en las que el remake consigue trascender su carácter de mera estrategia comercial para crear una obra pertinente a nuestro tiempo a partir de un relato que, si lo pensamos bien, se prestaba a la actualización. Es el caso del clásico de acción de los 80 RoboCop, sci-fi distópico y ultraviolento dirigido por Paul Verhoeven. Sorprende (positivamente) que para dirigir el remake de RoboCop se optase finalmente por otra voz no-estadounidense, la del brasileño José Padilha, que como el realizador neerlandés, se sale con la suya erigiendo con su película un fiero discurso anti-imperialista que se ríe a carcajadas del patriotismo americano.

Padilha no se limita a iterar o reproducir el original, sino que realiza una notable y autosuficiente relectura acorde al contexto sociopolítico norteamericano actual, a la vez que profundiza en las cuestiones existencialistas del protagonista. La historia del policía Alex Murphy (Joel Kinnaman) convertido en súper cíborg tras ser víctima de un intento de asesinato, sirve para construir una película que fluctúa entre la acción más estilizada (olvidaos por completo de la casquería de la original y acostumbraos a las pistolas de descarga eléctrica) y la sátira con más bilis. En efecto, RoboCop es en ocasiones dos películas colisionando de frente, dos entes luchando una Cartel cine 68x98 Robocop.aimisma carcasa, como el propio Murphy. Por un lado la visión PG-13 del estudio y por otro el interés de Padilha por emular a Verhoeven en su denuncia del estado policial, la capitalización del terror de la ciudadanía a través de la privatización de servicios públicos, la corrupción del poder o la manipulación de los medios.

Padilha utiliza el contexto post-11S para dibujar un futuro muy próximo en el que el país conserva su hegemonía global auspiciando un estado cuasi-fascista de ultra-vigilancia que coarta las libertades cívicas bajo la ilusión de protección, y propagando el miedo a lo desconocido. La figura de RoboCop no solo pretende destapar la corrupción del gobierno, sino que Murphy es en sí mismo una alegoría del ciudadano de a pie, un hombre que cree tener el control sobre sí mismo cuando en realidad está siendo manipulado. “Es la ilusión del libre albedrío”, lo que alimenta a las instituciones gubernamentales y las grandes corporaciones, una gran estrategia de marketing. “El público no sabe lo que quiere hasta que se lo dices”.

Hay una tercera capa discursiva en RoboCop, la que se entrega por completo a la parodia a través del personaje de Samuel L. Jackson, un famoso presentador de noticias que articula en palabras todo lo expuesto anteriormente (“América es el mejor país del mundo”). Pat Novak, así como el malo malísimo Raymond Sellars (Michael Keaton), están construidos como villanos caricatura que refuerzan la carga satírica de la película. Por si quedaba alguna duda, con las exageradas escenas de Novak Padilha deja claras sus intenciones. Resulta increíble que se haya salido con la suya y no deje títere -yanqui- con cabeza. Por todo ello, porque como cinta de acción es más que correcta, y también porque todos esperábamos un desastre de proporciones épicas, RoboCop supone toda una sorpresa, una cinta de acción más estimulante y provocativa que la media, que justifica sobradamente su existencia.

Valoración: ★★★½

Crítica: Lust for Love

Lust for Love

Los que me seguís en Facebook me habéis leído muchas veces hablar de Lust for Love a lo largo de este último mes. En ese caso ya sabréis que se trata de un proyecto cinematográfico fundado por la plataforma de crowdfunding Kickstarter allá por 2011, es decir, mucho antes de que la película de Veronica Mars disparase la popularidad de la página. El pasado 7 de febrero, el debut del australiano Anton King en el largomentraje fue lanzado de forma limitada a través de plataformas de vídeo por Internet en Estados Unidos. Tan solo unos pocos espectadores internacionales tuvimos acceso a Lust for Love (por vías legales, se entiende). Tres años después de apoquinar, he podido ver por fin mi primera película como Productor Asociado.

¿Y cuál es el veredicto? Pues desde mi punto de vista como miembro de la producción (xD), pero sobre todo según mi experiencia como espectador (liberado de todo condicionamiento), un desastre (casi) absoluto. No es que me sorprenda demasiado, pero no puedo ocultar la decepción, sobre todo después de haber esperado tanto tiempo. Lust for Love es una comedia romántica ya no clásica y predecible, sino amateur a niveles estratosféricos, como escrita por un chaval de 16 años, limitado en su experiencia y visión del mundo e incapaz de practicar autoevaluación. Cumple el clásico esquema rom-com en el que un hombre (Fran Kranz), perdidamente enamorado de una mujer que no le corresponde (Beau Garrett), busca consejo en una amiga (Dichen Lachman) sin darse cuenta de que tenía al amor verdadero delante de sus narices todo el tiempo.

Lust for Love consigue ser agradable a ratos, sobre todo porque, a pesar de carecer de talento para contar historias, King tiene un sentido muy desarrollado de la estética. El australiano saca el máximo partido de los medios a su disposición, así como de las posibilidades que brinda una ciudad generalmente poco romántica o idealizada como Los Ángeles, para realizar un film que entra muy bien por los ojos (no tanto por el oído, qué horror de música y sonido). Pero poco más. El resto es un despropósito continuo, una historia atropellada repleta de diálogos acartonados y artificiales que en ningún momento son interpretados, sino recitados de memoria (estos simplemente no dan lugar a la naturalidad), situaciones incoherentes e inconexas, un desarrollo a trompicones, un sentido muy atrofiado del timing cómico y personajes muy mal escritos, y por consiguiente muy mal interpretados. En definitiva, Lust for Love no es más que una película de estudiantes (poco aventajados).

Lust for Love Fran Kranz

El único destello de talento que encontramos en ella es el que aporta Fran Kranz, sin duda el actor más competente del reparto (lo tenía fácil para destacar), que ya demostró poseer más aptitudes dramáticas de las que pensábamos en la versión de Joss Whedon de Mucho ruido y pocas nueces. Kranz sale más que airoso teniendo en cuenta las circunstancias, y consigue lo que ningún otro actor de la película, añadir dimensiones a su personaje a partir de un material escuálido y sin pulir. Sin llegar a ser verdaderamente memorable, su Astor al menos es un protagonista encantador que ayuda a sobrellevar el tedio de la película. Afortunadamente, Lust for Love no se alarga demasiado (apenas 80 minutos).

El resto del elenco está formado en gran parte por actores de la serie Dollhouse. Se pasean por Lust for Love Miracle LaurieFelicia Day o Maurissa Tancharoen en papeles muy breves, y destacan Enver Gjokaj y sobre todo Dichen Lachman (también productora de la película). Sin embargo no lo hacen para bien. A Dichen la quiero como si fuera mi prima, pero la pobre tiene el talento interpretativo de una patata (esto no es una referencia a Channing Tatum, Tatum es mejor actor). Y Enver estaba magnífico en Dollhouse, pero aquí parece un colega no actor haciendo un favor a un amigo director, lo que pone de manifiesto la importancia de trabajar sobre un material en condiciones para desarrollar el potencial de estos habitantes del Whedonverso. Es cierto que los fans de Dollhouse encontrarán el aliciente de ver a medio reparto de la serie trabajando juntos de nuevo (yo desde luego sentí puro éxtasis whedonite al verlos a todos), pero cuando la euforia se pasa, lo que queda es un antológico quiero y no puedo. ¡¡Que quiten mi nombre de los créditos!! No, estoy bromeando. Pero ya me entendéis.

Valoración: ★★

The IT Crowd: Apagando la comedia geek

IT Crowd Special

La historia de The IT Crowd (en España Los informáticos) es como la de muchas otras series británicas. En 2006 comenzó su limitada y dispersa andadura en Channel 4, y se mantuvo en antena durante cuatro temporadas, a lo largo de las cuales se convirtió en una sitcom de culto, especialmente entre el público geek. Entre la tercera y la cuarta pasaron casi dos años, y una vez emitido el último episodio en 2010, la escasez de noticias con respecto a su futuro daba por cancelada la serie. Al más puro estivo British TV, donde ninguna ficción televisiva, por muy exitosa que sea, tiene sellado su destino. Sin embargo, más de tres años después, el creador de la serie, Graham Linehan, se decidió a filmar una coda tardía para dar conclusión a The IT Crowd. Un nuevo episodio, solo uno, para despedir la serie como se merecía.

The Internet Is Coming“, o como muchos lo conocimos cuando lo descargamos en su día, “The Last Byte“, llega tarde (como este artículo), pero cumple su papel a la perfección. En primer lugar, ayuda a que nos saquemos la espinita de aquel “Reynholm vs. Reynholm” (4.06), uno de los peores episodios de la serie, si no el peor; un capítulo que muchos nos negamos a aceptar como el final de The IT Crowd. Lo mejor de “The Last Byte” es que es un episodio normal de The IT Crowd, absolutamente fiel a lo que hemos visto antes, uno que hace sentir como si no hubieran pasado más de tres años. Constituye un evento televisivo especial porque es el final de una serie, y además una muy querida, pero no por ello es un capítulo especial en esencia, más allá de su doble duración. Sin embargo, Lineham sentía que sus personajes necesitaban una despedida oficial, así como sus fans, y eso es lo que hace que este episodio sea especial. Por eso, después de varias tramas demenciales muy IT (Jen y Roy como La misógina odia-vagabundas y El racista de enanos respectivamente, o la subida de autoestima de Moss al ponerse pantalones de mujer), “The Last Byte” incorpora un final para ellos (o nuevo comienzo, como suele ocurrir en las series), uno tan absurdo, fortuito y abrupto como cabe esperar de esta serie. Al fin y al cabo, como Jen (Katherine Parkinson), Roy (Chris O’Dowd) y Moss (Richard Ayoade) (auto)reflexionan muy acertadamente hacia el final, nada de lo que les pasa es normal.

l-r: Roy (Chris O'Dowd), Jen (Katherine Parkinson)

The IT Crowd estableció una relación muy estrecha con sus espectadores, sobre todo al proporcionar identificación directa con el geek a través de Roy y Moss, dos técnicos informáticos de una gran compañía (de a saber qué), relegados al sótano, este decorado como si fuera la habitación de un universitario que nunca sale de su cuarto, e inmersos en su particular mundo de tecnología, cómics y juegos de rol. La llegada de Jen, puente entre el experto en cultura pop y el muggle, los sacaba de sus rutinas ermitañas para vivir las situaciones más disparatadas (los actores estaban siempre espléndidos, totalmente comprometidos con la carcajada). Sin embargo, como The Big Bang Theory, The IT Crowd no alienaba a su audiencia menos nerd, sino todo lo contrario. Las peripecias de Roy y Moss eran universalizadas de tal manera y se hacían tan accesibles que The IT Crowd se veía como una sitcom tradicional para todos los públicos (¡es gracioso porque es verdad!), además de un ejemplo casi paradigmático de sitcom británica, con su tendencia al sketch y la sal gruesa.

Teniendo en cuenta que el humor británico consiste a menudo en reírse de las miserias humanas y la dificultad de las relaciones sociales, es lógico que de entre las innumerables referencias a la cultura pop que decoraban el sótano de los informáticos, destacasen los cómics de Daniel Clowes. Un mini póster de The Death Ray, una figura de vinilo de Pogeybait, y otra de Enid de Ghost World, hacían que este autor estuviera siempre presente. De hecho, Roy aparece leyendo el Bola 8 en uno de los episodios, y en el final de la serie vemos a Jen tirada en el sofá leyendo otro cómic de Clowes, Pussey! Después de tanto tiempo con ellos, Jen ha empezado a asimilar el estilo de vida de Roy y Moss -o seguramente era lo que Katherine Parkinson tenía más a mano en esa escena. Puede que ese detalle no fuera intencionado (o puede que sí), pero lo que sí está claro es que Lineham se encarga de completar ciclo recurriendo a running gags y haciendo referencia a algunos de los mejores momentos de la serie, como la relación entre Jen e Internet (“Creo que no te llegamos a decir nunca que ESO no era Internet”), la presencia de Richmond (Noel Fielding), o el chisteslogan de la serie: “¿Has probado apagarlo y volverlo a encender?” Con “The Last Byte” se nos da la oportunidad de cumplir un asunto pendiente como seriéfilos, algo que no siempre ocurre en televisión. Después de apagarla y volverla a encender tres años después, desenchufamos The IT Crowd para siempre..

Crítica: La LEGO® película

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En 2009 Phil Lord y Christopher Miller sorprendieron a muchos con Lluvia de albóndigas (Cloudy with a Chance of Meatballs), original cinta de animación cuyo espíritu alocado y ritmo sobrecafeinado volvemos a encontrar en La Lego película (The Lego Movie), el nuevo proyecto de este interesante tándem creativo. La primera incursión cinematográfica (después de muchos y muy buenos videojuegos) de estos populares juguetes de construcción es todo un alarde de energía, creatividad e imaginación, un homenaje a aquellos que se atreven a salirse de la norma y tirar las instrucciones a la basura para crear y construir sus propios mundos de plástico. Este es sin duda el espíritu que promueve la compañía de juguetes, que con el tiempo ha sido redefinida por su estrecha relación con la cultura popular y el entusiasmo de los fans adultos, a los que va especialmente dirigida la película.

Con La Lego película, Lord y Miller proponen un ejercicio altamente paródico, incluso de deconstrucción (nunca mejor dicho) del blockbuster veraniego. Se lo pasan en grande riéndose de los tópicos más habituales del cine de acción y aventuras, y concretamente del de súper héroes, haciendo alusión constante y jocosa a motivos narrativos ineludibles como son los de “el elegido” y “la profecía“. Al igual que James Bobin hizo con el Walter de Los Muppets en 2011 (un teleñeco normal y corriente sin características distintivas ni talento especial), Lord y Miller colocan en el centro del relato a una figura básica de Lego. El optimista Emmet Brickowoski (voz original de Chris Pratt) es una abeja obrera dentro de un mundo cuadriculado de normas, un don nadie que por azar se convierte en héroe y se embarca en una aventura para salvar el Universo Lego y demostrarnos que cualquiera puede ser especial si cree que puede serlo -“Sé que eso parece sacado de un póster de gatos, pero es cierto”, dice elocuentemente Vitruvio, interpretado por Morgan Freeman en la versión original.

La Lego Película Póster EspañolEs verdad que, a pesar de los constantes guiños al adulto y la autoconsciencia que se respira de principio a fin (léase: la genial cita del párrafo anterior), el desarrollo de La Lego película es al fin y al cabo tan convencional y previsible como el de cualquiera de las películas que homenajea, y como el del 99% del cine de animación comercial que se hace hoy en día. Claro que esto no llega a ser un problema muy grave, puesto que el bombardeo constante de chistes (brillantemente absurdos, inteligentemente bobalicones) y el desenfreno de la aventura no nos da un solo segundo de tregua. Además de ser una desternillante comedia de acción, La Lego película supone una experiencia visual anfetamínica para pequeños y mayores. Es imposible apartar la mirada, y es poco recomendable parpadear demasiado, puesto que se perdería de vista la increíble labor de detallismo que convierte cada fotograma en una verdadera obra de ingeniería. La animación por ordenador, que parece imitar la técnica stop-motion, reproduce con tal nivel de perfección la textura y las leyes físicas de las piezas de Lego que nos vemos obligados a creer que este universo existe, y que estos juguetes cobran vida cuando no se les mira, al más puro estilo Toy Story.

La Lego película es solo una “pequeña” muestra de las infinitas posibilidades que brinda el crisol de referentes pop del Universo Lego (esperad muchas secuelas). Esta demencial aventura incorpora iconos de varias franquicias, que se unen al grupo de personajes creados específicamente para la película. Así, entre otros cameos que no desvelaré para preservar el factor sorpresa (aviso: no esperéis nada de Marvel, obviamente), destaca la importante presencia del mismísimo caballero oscuro. Este Batman de Lego, una visión descacharrante e irreverente del solemnísimo héroe de DC, es uno de los mayores aciertos de la película, y el indicio más claro de que estamos ante una sátira muy bien diseñada (El hombre de acero no se queda lejos tampoco). En lugar de verse limitados por la restricción en el movimiento y el carácter prediseñado de los juguetes Lego, Lord y Miller aprovechan al máximo las posibilidades cómicas que estos ofrecen. Y siguiendo su propio consejo, descartan las instrucciones y levantan un espectacular mundo de fantasía a base de ingenio desbocado y pasión, tal y como lo haría un niño.

Valoración: ★★★★

Derek: Ricky Gervais y la sitcom humanista

Ricky Gervais Derek

“¿El sentido de la vida? Las moscas no se hacen esas preguntas. Llegan, hacen sus cosas y se mueren en un día. Nosotros deberíamos dejar de preguntárnoslo. Mi mayor logro en la vida fue ser el espermatozoide que ganó a los demás” -Dougie.

El humor británico. Para muchos la expresión máxima del arte de la comedia, para otros simplemente Benny Hill. Lo que está claro es que en Inglaterra tienen un sentido del humor muy particular, decididamente nihilista y autocrítico. Estamos acostumbrados a que las series y películas inglesas se rían de todas las miserias del inglés medio, y del ser humano en general, con grandes dosis de mala leche, incorrección política y esperpento. Por eso cuando uno se adentra en Derek, la sitcom más reciente del irreverente, polémico y frecuentemente genial Ricky Gervais, no sabe muy bien desde qué ángulo proceder.

Derek supone un regreso al estilo The Office. Se trata de otra comedia mockumentary de veinte minutos ambientada en un lugar de trabajo que explora los problemas cotidianos de personas normales y corrientes. Sin embargo, como el propio Gervais dice, “The Office versa sobre el existencialismo de tener 30 años, mientras que Derek sobre el de tener 90“. La serie tiene lugar en una residencia de ancianos que sufre duros recortes de la administración y se mantiene a flote a duras penas, y los actores veteranos aportan un grado de realismo y naturalidad que es uno de los mayores aciertos de la serie. Derek, interpretado por Gervais, es un discapacitado mental de 50 años que trabaja en la residencia, un hombre despojado de cualquier tipo de malicia y capacidad de prejuicio, esencialmente bondadoso y optimista, que ayuda tanto a residentes como a empleados y voluntarios a ver la vida con otros ojos.

Derek

Gervais aparca su lado más destroyer para Derek, y traza un relato profundamente humanista que sin embargo ha ofendido a gran parte de la audiencia de su país. Lo cierto es que no es de extrañar, sobre todo después de ver su primer episodio. El comienzo de Derek, no sabemos si consciente o inconscientemente, parece una provocación. No nos queda muy claro a lo largo de los 20 minutos que dura si el tono que adopta Gervais es paródico o sincero, lo que explica que muchos se sintieran insultados por su (excelente) interpretación de un retrasado mental. Pero solo hay que ver un poco más para comprobar cómo Derek pasa rápidamente del sketch a la dramedia, dejando claro que la sinceridad es la norma y la ironía brilla por su ausencia, y ya de paso, evitando polémicas y acusaciones.

En ese aspecto, Derek se distancia considerablemente de la sitcom tradicional -como hacía The Office-, porque cuenta con un protagonista que no está familiarizado ni es capaz de procesar la hipocresía y la maldad -¿David Brent/Michael Scott?-, que dice exactamente lo que piensa, y empuja a los demás a moverse en un plano de sinceridad en el que los protagonistas de sitcom no se adentran (o adentraban) a menudo. A su alrededor orbitan los trabajadores de la residencia, de los que destacan su directora, Hannah, una mujer sin estudios y sin sueños, el hombre-para-todo Dougie (Karl Pilkington, colaborador habitual de Gervais) y el asquerosillo Kev, un hombre (¿también discapacitado?) obsesionado con el sexo que aporta la mayor dosis de sal gruesa a la serie. Ellos conforman un espectro de miserias e idiosincrasias que permiten a Gervais reflexionar sobre nuestro vacío existencial y el sentido de la vida, como Louie pero sin cinismo aparente ni auto flagelación. No esperéis una respuesta a medias tintas a la gran pregunta, nada de 42. La vida no tiene sentido, y hacernos esa pregunta es una pérdida de tiempo.

Derek Season 1

Pero el derrotismo que caracteriza a un personaje como Dougie (que pasa de hazmerreír a filósofo de la depresión en el transcurso de la primera temporada), y que salpica constantemente la serie, se ve contrarrestado por la perspectiva cándida y bienintencionada que aporta Derek. La vida es absurda, pero también puede ser profundamente bella y debemos celebrarla, sobre todo si está llegando a su fin en una residencia de ancianos, rodeados de otras personas que se dedican exclusivamente a esperar a la muerte. Y ahí es donde Gervais vuelve a perder el control de su creación. Derek incurre muy a menudo en el sentimentalismo y la manipulación emocional, buscando la lágrima fácil, ya sea mediante montajes nostálgicos, esos pequeños instantes de humanidad a flor de piel que en The Office pillaban desprevenido y aquí se ven venir a la legua, o echando mano de la música más teatrera, ese piano insoportable o la muy holgazana elección de Coldplay para reforzar los momentos más conmovedores.

Esto, junto a la auto indulgencia y egocentrismo de Gervais (aunque tengamos clara la diferencia entre autor y personaje, identificarse con “el hombre más bueno del mundo” puede resultar muy peligroso) hacen que Derek sea una comedia de acusados desequilibrios, una obra que fluctúa constantemente entre la autoparodia y el reality para amas de casa, y que solo es brillante cuando logra hallar el punto medio. Afortunadamente, en cada capítulo hay un momento o dos en los que Gervais da con la nota adecuada, haciendo de Derek un trabajo muy irregular pero en última instancia satisfactorio, e incluso revelador.

Hemlock Grove: ¿Por qué me cuesta tanto dejarte?

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De los estrenos originales de Netflix durante 2013, hubo una serie que pasó desapercibida entre los vítores a House of Cards, la expectación alrededor de Arrested Development y la revelación que fue Orange Is the New Black. El servicio norteamericano de VOD estrenó Hemlock Grove, serie de terror creada por Eli Roth, sin obtener demasiada repercusión. Y lo cierto es que es totalmente lógico, porque de toda su oferta de ficción original esta es sin lugar a dudas la más problemática y la que tiene un público objetivo más limitado.

Hemlock Grove es algo así como la True Blood de Netflix. Una historia de terror pseudo-gótico ambientada en un pequeño pueblo de Norteamérica en el que todo el mundo se conoce y todos guardan secretos, en muchos casos relacionados con lo sobrenatural. Como la serie de Alan Ball, Hemlock Grove se regodea en sus escenas de sexo y violencia, con constantes desnudos, una fuerte carga erótica perturbada (con dosis de incesto) y alto contenido en (soft) gore. No cabe duda de que estamos ante una producción del responsable de Cabin Fever y la saga torture porn Hostel. Sin embargo, el formato serial de Hemlock Grove obliga a que la sangre y demás fluidos salpiquen la historia solo en momentos puntuales, dedicando la mayor parte de los episodios a descifrar las tumultuosas relaciones entre las dos familias protagonistas, los Godfrey y los Rumancek.

La historia da comienzo con el asesinato de una joven del pueblo a manos de lo que parece un animal salvaje. A partir de este gastadísimo lugar común, Hemlock Grove genera un gran número de tramas, en su mayor parte inconexas y a la deriva. El factor fantástico de la serie se manifiesta más en su lisérgico e hipnotizador aspecto visual (uno de sus puntos fuertes) que en la propia presencia de criaturas sobrenaturales. Estas se mantienen ocultas bajo fachadas humanas la mayor parte del tiempo, dejando que la mitología se desarrolle a base de insinuaciones, sueños, y con grandes lagunas para que el espectador se pierda en ellas.

Hemlock Grove Bill Skarsgard

Hemlock Grove no puede definirse como una serie de vampiros o de hombres lobo, a pesar de que en técnicamente lo es. Aquí lo que tenemos son variaciones menos conocidas de estos mitos fantásticos, asociadas a los folclores ruso, rumano y escandinavo. Así, en lugar de vampiros tenemos al Upir, y conocemos a la versión más salvaje de los hombres lobo, los Vargulf. Pero estos no pasan a primer plano en ningún momento. Se prefiere mantener un halo de misterio (o de desorientación y confusión como es el caso) hasta la impactante recta final de la temporada, en la que descubrimos quién es el asesino de Hemlock Grove a la vez que lo álter egos monstruosos de los personajes toman forman.

El componente whodunit de Hemlock Grove es lo que hace que la serie pierda el norte en muchas ocasiones. La investigación a manos del sheriff del pueblo y una doctora especializada en animales salvajes -reunión de actores de Battlestar Galactica, Aaron Douglas y Kandyse McClure– es lo que hace que algunos episodios de la serie rocen lo insoportable, ya sea por la ineptitud absoluta a la hora de desenlazar el caso como por el desarrollo del peor personaje de la serie (y de la televisión en 2013), la doctora Clementine Chasseur. La interpretación de McClure es el acto de violencia más estomagante que podemos ver a lo largo de los 13 episodios de Hemlock Grove.

Hemlock Grove Roman Peter

Los actores de Hemlock Grove cumplen con las expectativas del género. Claro que nadie espera interpretaciones dignas de Emmy en una serie como esta. Lo que tenemos aquí es exceso y extravagancia. La nota más afectada la ponen los Godfrey, ociosos herederos agonizando en un pueblo de paletos: la matriarca Olivia Godfrey, una Famke Janssen idónea en el papel de diva camp, con un acento británico de carnaval, y una presencia viperina tan ridícula y aparatosa como fascinante; Su hijo Roman, un galán adolescente desgarbado y hedonista, Bill Skarsgård en un papel que evoca al de su hermano Alex en True Blood, y que es indiscutiblemente uno de los puntos más fuertes de la serie, en parte gracias a su interesante relación amistosa (con tintes homoeróticos) con otro bad boy, el joven Vargulf gitano Peter Rumancek (Landon Liboiron); Y luego está su hermana, Shelley (Nicole Boivin), una adolescente mutante gigante muda sin manos (sí, todo eso). También está por ahí la musa del terror Lili Taylor (lo raro sería que no saliera en algún sitio), haciendo de mamá piquillo; y una adolescente preñada de un ángel, una niña lunática obsesionada con los hombres lobo que se lía con un cadáver cercenado, y un científico loco que dirige experimentos poco ortodoxos en la compañía de los Godfrey. Vamos, una locura sin pies ni cabeza.

Como habréis comprobado, es bastante complicado resumir esta serie, o contar a grandes rasgos lo que uno se puede encontrar en ella. Pero ese es el mayor atractivo de esta ficción guarra y sucia de espíritu Serie B, completamente inmersa en lo bizarro, que dispara sin ton ni son a ver si acierta en algo, desprovista de cualquier tipo de dirección o autocontrol. Sin embargo, como suele ocurrir con muchos productos audiovisuales de dudosa calidad, hay algo que nos atrapa y no nos deja salir. Ya sea por culpa de los suculentos labios de un irresistiblemente autoconsciente Skarsgård, de las truculentas transformaciones físicas que hacen competencia a las muertes de vampiros en True Blood, los increíbles cromas cuando los personajes van en coche, o las húmedas y vibrantes secuencias oníricas, Hemlock Grove es todo un accidente televisivo, una serie mala de la que cuesta apartar la mirada.

Broadchurch: ¿Conoces a tus vecinos?

Broadchurch 1

Después de descubrir quién mató a Laura Palmer, a Lilly Kane o a Rosie Larsen, la cadena británica ITV se atreve con su propio whodunit serial. ¿Quién mató a Danny Latimer? Broadchurch fue sin duda una de las series revelación del pasado año. Compuesta de tan solo 8 episodios, siguiendo la tradición British de las temporadas reducidas, la serie se emitió entre marzo y abril de 2013 con gran éxito de audiencia en su país, donde su season finale captó el interés de más de 9 millones de espectadores. La repercusión de Broadchurch nos recordó a muchos la época de la “appointment television“, es decir, el visionado de una serie como cita semanal ineludible, siguiendo el horario establecido por la cadena, y generando la conversación del día después en el trabajo o en clase. A pesar de que muchos ya “no vemos la tele”, no cabe duda de que esta experiencia serial que vivió su apogeo con Twin Peaks sigue viva en Europa.

Broadchurch está protagonizada por David Tennant, conocido sobre todo por dar vida al décimo Doctor (Who), y la imparable Olivia Colman, que en poco más de una década cuenta en su haber con más de 60 trabajos, sobre todo en televisión. Además, por ella desfilan muchos rostros conocidos del audiovisual británico, dando vida a los habitantes del pueblo: Arthur Darvill, Will Mellor, Jodie Whittaker, David Bradley. La serie está concebida como un evento televisivo limitado, es decir, una miniserie que se centra en un único misterio, con todas sus ramificaciones, dando cierre a la historia en el último episodio (ya se está desarrollando la segunda temporada, que según sus creadores, no tendrá nada que ver con la primera, además de un remake americano). El pequeño pueblo costero de Broadchurch se despierta una mañana con la horrible noticia de que un niño de 11 años, el pequeño Danny Latimer, ha sido encontrado muerto en la playa. Una agente local, Ellie Miller (Colman), amiga de la familia Latimer, y el agente especial Alec Hardy (Tennant), ajeno a la comunidad, se encargan del caso. Además de desgranar un misterio en el que todo el mundo es sospechoso, Broadchurch explora acertadamente los efectos de esta trágica pérdida dentro de una comunidad cerrada, el dolor de la familia, el duelo de los vecinos, las normas sociales ante la muerte de un conocido, la demarcación entre la vida pública y lo que ocurre de puertas adentro, y también la relación entre la policía, el pueblo y la prensa sensacionalista británica.

Broadchurch 2

A lo largo de los ocho episodios, Broadchurch dispone detalles, pistas, y entrama un argumento lleno de giros (algunos más creíbles que otros) que involucra al espectador en una adictiva partida de Cluedo. Los trapos sucios y los secretos más ocultos de los habitantes de Broadchurch van saliendo a la luz, conectando personajes y complicando la investigación (ya de por sí obstaculizada por dos agentes que no son precisamente el orgullo del cuerpo), para tratar de responder al eterno enigma: “¿Conocemos de verdad a nuestros vecinos?” Es más, Broadchurch va más allá y hace que nos preguntemos “¿Conocemos a la persona con la que vivimos?” (“How could you not know?”) La serie presenta personajes completamente definidos por la oscuridad de sus pasados y se empeña en que muchos de ellos tengan un lado perturbado que ocultar. Nada de esto funcionaría sin las interpretaciones adecuadas, y en este sentido, Broadchurch acierta de lleno. Todos están estupendos, pero la estrella en esta ocasión es Colman, una actriz prodigiosamente natural y desgarradora que se revela como el corazón de la serie.

Sin embargo, Broadchurch tiene tiempo de caer varias veces en errores imperdonables que decantan la historia hacia la inverosimilitud, a pesar de haber mantenido un halo general de realismo casi hasta el final. Como suele ocurrir con las series de investigación criminal, los agujeros de guión no tardan en aparecer, y aunque no sean perceptibles a primera vista, pueden acabar lastrando el relato. Sobre todo en su recta final, que plantea una cuestión que se pasará por la cabeza de cualquier espectador: ¿Es que en Broadchurch todo el mundo es un pervertido y tiene antecedentes de pederastia? Por otro lado, la resolución del caso no es del todo satisfactoria y el perfil del asesino resulta caprichoso y algo fortuito (no hay epifanía que nos haga pensar “¡Claro, tiene sentido!”), a pesar de que enlaza correctamente con los temas sobre los que versa la serie. Afortunadamente, el transcurso del misterio nos proporciona una experiencia televisiva que, muy lejos de ser sobresaliente, es emocionante en su mayor parte. Un melodrama cercano en el que es inevitable involucrarse en un momento u otro, y que además está excelentemente filmado sacando el máximo provecho de las costas de Dorset -la de Broadchurch es una de las fotografías más bellas de la televisión. Puede que las secuencias a cámara lenta y la banda sonora acaben resultando agotadoramente repetitivas, pero forman parte del atractivo y la personalidad estética de la serie, elemento que, con el tiempo, permanece incluso más vivo que el propio misterio de la muerte de Danny Latimer.