Crítica: La Venus de las pieles

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Adaptación de la obra de David Ives, Venus in Fur, a su vez basada en la novela homónima de Leopold von Sacher-Masoch, La Venus de las pieles (La Vénus à la fourrure) es algo más que una obra de teatro filmada. Roman Polanski se adueña del texto de Ives para reflexionar, o más bien plantear cuestiones sin respuesta y dejar al espectador la tarea de meditar sobre el poder del sexo, la violencia entre géneros, y la inseparable relación de estos conceptos con el complejo y masoquista acto de la dirección teatral.

Enormemente frustrado después de una decepcionante jornada de audiciones para el papel protagonista femenino de su obra, Thomas está a punto de marcharse a casa cuando aparece en el teatro Vanda. Explosiva, vulgar, un tanto cabeza de chorlito, descarada y extrañamente irresistible, Vanda trata de convencer a Thomas de que le deje hacer la prueba. Después de un travieso tira y afloja y casi sin darse cuenta, Thomas sucumbe y le da una oportunidad. La audición revela a una mujer mucho más inteligente y prodigiosa de lo que Thomas creía, y su obsesión por ella va creciendo, quedando atrapado en un sueño de pasión y manipulación en el que se subvierten constantemente los papeles de actor y director, es decir, de maestro y sumiso.

Con tan solo dos actores, Emmanuelle Seigner y Mathieu Almaric, en una localización, y a tiempo real, Polanski fusiona teatro, cine, literatura y experiencia en una película que nos convierte en algo más que espectadores, nos hace voyeurs que se asoman entre telones y observan de cerca los rostros de los actores para intentar descifrar las reglas de ese juego de seducción, sumisión y engaño. El ejercicio meta-teatral de La Venus de las pieles es de todo menos sutil, y quizás Segnier -mitad Catherine Deneuve mitad Deborah Harry- no logre dominar a Vanda del todo, pero la carga de sensualidad y la ambigüedad (y ambivalencia) en sus diálogos mantiene hasta el final el excitante enigma de sus personajes. Un aura de magia y ese halo onírico al que contribuye el excelente uso de la iluminación y la preciosa partitura de Alexandre Desplat hacen de La Venus de las pieles una experiencia íntima y desnuda, cine anti-brechtiano que acorta todas las distancias en la relación director-actor-espectador.

Valoración: ★★★½

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