Crítica: ¿Qué hacemos con Maisie?

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Crítica escrita por David Lastra

Maisie es una muñeca de trapo preciosa. En todos los sitios queda bien y no molesta. Sonríe cuando tiene que sonreír y calla cuando tiene que callar. Maisie tiene un pequeño problema: un niño y una niña se pelean por jugar con ella. Hay Maisie para todos, pero casi nunca se apañan en marcarse unos turnos y los tirones de pelo se suceden día tras día. Lo raro es que luego la muñeca está casi siempre sola. Lo que puede parecer un simple juego de niños, es un poco más complicado. Maisie no es una muñeca cualquiera, es una niña de verdad y los niños que se pelean no son otros que sus padres. “¿Qué hacemos con Maisie?” es la historia de una separación (nada amistosa) vista a través de los ojos de la niña… o no… realmente es el relato de unos meses en los que Maisie juega, baila, canta y abraza a la gente que quiere. Nada más. Un tiempo de aprendizaje y esparcimiento que coincide casualmente con el ruido de fondo de la ruptura sentimental de sus padres. Un hecho que golpea e interesa más a terceros (y al propio espectador) que a la propia Maisie.

Más que el no saber qué hacer con ella, lo que debería preocuparnos es saber si la niña es consciente en algún momento de lo que está ocurriendo: qué es lo que Maisie sabe. No obstante, es ese y no otro el título de la novela de Henry James que muy notablemente adaptan (y actualizan) Nancy Doyne y Carroll Cartwright. Tomando la mirada de la niña como referencia, podríamos decir que ella no siente miedo ante la separación. La única ocasión en la que percibimos actividad lacrimal en la pequeña es en una escena ajena a las discusiones (aunque producto del abandono): cuando pernocta en casa de la camarera. Ese duelo es producto de despertarse en colchón ajeno, no por la ausencia de sus padres. Ella es consciente que no van a estar con ella nunca más, pero no por la separación, sino porque simplemente nunca lo han estado. Su padre es un vividor/marchante/agente y su madre es una superstar rockera con pelajos y estampados de leopardo a lo Alison Mosshart del grupo The Kills. No obstante, la encargada de dar vida a esta niña grande, Julianne Moore, regrabó dos temas del grupo para la película: “Hook and Line” y “Night Train”. Otro maestro de la sobreactuación, Steve Coogan encarna al padre.

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Los ojos de Maisie siguen devorando el mundo y cual ameba o Klaus Kinski cualquiera, necesitan amar. A los seis años no hay tiempo para madurar, solo para querer con locura. Ella solo quiere alguien que le corresponda y lo encuentra por partida doble: en las correspondientes parejas de sus progenitores. Dos guapísimos y perfectos jovencitos que cometen el error de su vida al enamorarse de los padres de Maisie, pero que ven compensado ese drama con la convivencia junto a la pequeña. Una cándida Joanna Vanderham (protagonista de “Galerías Paradise”) y un encantador Alexander Skarsgard (con unos cuantos dejes de Eric Northman amnésico) son el contrapunto cálido del film al encargarse de que la pequeña no vaya a la deriva.

Pero una buena propuesta como la de “¿Qué hacemos con Maisie?” podría haber sido un desastre de tamañas proporciones de no haber contado con una Maisie perfecta. Esa tarea harto difícil recae en Onata Aprile, un ángel con una mirada bellísima cuya perfección e inocencia se asemeja al David de “A.I.” (seguro que Maisie tampoco ha tenido un cumpleaños nunca), despegándose radicalmente de la sombra de otras niñas prodigio repelentes de producciones indies (introduzca aquí a la Fanning de turno). El trabajo de esta niña se merece todo tipo de premios y galardones, aunque a ella seguro que no le interesa. Ella es Maisie. Como hemos dicho, ella solo quiere amar.

Valoración: ★★★½

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