El lobo de Wall Street: “¿Quién quiere vivir en el mundo normal?”

THE WOLF OF WALL STREET

Martin Scorsese desde luego que no. El cineasta neoyorquino siempre se ha caracterizado por su compromiso con la desmesura y la voluptuosidad cinematográfica, pero con su último trabajo, El lobo de Wall Street, se zambulle en la locura más depravada, lisérgica y bombástica de su carrera. La historia real del broker de Wall Street y orador motivacional Jordan R. Belfort, basada en su corrosiva autobiografía The Wolf of Wall Street, proporciona a Scorsese y a su actor fetiche, Leonardo DiCaprio, el material idóneo para hacer arte del exceso. El lobo de Wall Street es un ininterrumpido y descomunal delirio de tres horas de duración que se postula como uno de los viajes alucinantes y alucinados más memorables del cine reciente.

Scorsese posee una apabullante facilidad para crear imágenes y secuencias adrenalíticas que entran ipso facto en la memoria colectiva 1493279_798808363479432_1978092023_ncinéfila, y El lobo de Wall Street no es una excepción. Recordaremos para siempre a Jonah Hill masturbándose compulsivamente (con una prótesis genital) al ver a Margot Robbie por primera vez (cuántos haréis lo mismo en casa), a Leonardo DiCaprio esnifando cocaína del ano de una prostituta o la que es la secuencia más demencial de la película: Jordan Belfort volviendo del club de campo hasta las cejas de pastillas caducadas (si DiCaprio no merece un Oscar por esa escena, no sé en qué mundo vivimos). Sin embargo, lo más destacable no son estos puntos álgidos del metraje, sino cómo un Scorsese especialmente lúbrico y temerario se las arregla para mantener el ritmo en lo más alto de principio a fin, sin que su película pierda un ápice de energía en ningún momento, una hazaña al alcance de pocos.

El lobo de Wall Street es una experiencia cinematográfica trastornada, obscena y agotadora (en el mejor sentido). Una comedia (sí, comedia con mayúsculas, a pesar de su obviamente agrio y perturbador trasfondo) sobre el éxito a toda costa y el Darwinismo Social que busca la complicidad de un espectador despojado de prejuicios de cualquier clase -requisito indispensable para disfrutar de un relato franco y sin escrúpulos cuya amoralidad existe porque se presupone nuestra moralidad, y nuestra inteligencia. Parte Bret Easton Ellis, parte Judd Apatow, Terence Winter (guionista de Los Soprano y Boardwalk Empire) firma un libreto a la altura de las ambiciones artísticas de Scorsese, y lo hace alejándose del maniqueísmo sermoneador de Oliver Stone en Wall Street (1987).

El único problema es que Scorsese se entrega de tal manera al vicio y el salvajismo del mundo de Jordan Belfort que a menudo se olvida de lo que está contando y descuida cómo lo está contando (nada que no sepamos ya, forma antes que fondo y los imperdonables errores de continuidad que siempre empañan su cine). Pero como de costumbre, estas carencias se ven contrarrestadas por el sensacional trabajo de sus intérpretes. Un carismático Leonardo DiCaprio que merece más que nunca su anhelado Oscar, un feroz Jonah Hill que ha dado una vuelta de 180º a su carrera, y la gran revelación de la película: la intrépida australiana Margot Robbie, que consigue pisotear, desnuda y con tacones de aguja, el sexismo latente del film, y que hablemos de su impecable acento de Brooklyn incluso más que de sus tetas.

Valoración: ★★★★

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Comentarios (3)

 

  1. Juan Naranjo dice:

    A mí me ha parecido un COÑAZO. Se me ha hecho larguísima, y me ha dejado agotado (pero en el mal sentido).

  2. Fenix dice:

    Margot Robbie, qué descubrimiento, desde Pan Am preguntándome cómo es que nadie le daba papeles vistosos

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