American Horror Story Coven: ¡¡¡Balenciaga!!!

AHS The Seven Wonders

Qué  bien nos lo hemos pasado este año con American Horror Story. La serie de Ryan Murphy y Brad Falchuk comenzó su andadura hace tres años dejando muy claras sus intenciones, jurando fidelidad al exceso, el bizarrismo y la locura, asegurándose de que no habría nada igual, ni parecido, en el panorama catódico. Años después, está claro que sigue sin haber nada como American Horror Story en televisión. Y con esta tercera entrega, Coven, se les ha terminado de ir la cabeza del todo. Después de la intensidad dramática de Asylum, Coven ha sido casi íntegramente una comedia, una celebración continua. Es verdad que no se ha perdido de vista del todo el terror (aunque este año “terror” se haya entendido más como el arte de remover estómagos de asco que el de provocar miedo), pero Coven se ha caracterizado sobre todo por habernos hecho reír con un fabuloso e inolvidable grupo de personajes del que nos habría gustado disfrutar mucho más tiempo.

Coven ha sido un viaje frenético y perturbado que nos ha proporcionado una hora de diversión esquizofrénica a la semana, y esto es lo más importante. Pero no por ello podemos pasar por alto sus profundos errores de estructura. No es nada nuevo. Las dos temporadas de American Horror Story ya sufrían de planteamientos mal desarrollados o simplemente abandonados, de rodeos sobre la misma idea y tramas inconexas. Pero esta temporada nos ha dado a conocer un nuevo nivel de caos narrativo. Hemos perdido de vista el propósito de la historia en casi todos los capítulos, y al final no han logrado cohesionar todas las tramas abiertas. La recta final de la temporada ha desechado uno detrás de otro varios clímax posibles, la guerra entre brujas blancas y negras, y un enfrentamiento entre cazadores y brujas, quitándose tramas de un plumazo para centrarse exclusivamente en la pregunta “¿Quién es la próxima Suprema?” Por muy divertido que haya sido, echando la vista atrás, no podemos evitar plantearnos cómo se podía haber dado más utilidad y sentido a todas esas historias que han acabado completamente descolgadas del desenlace -especialmente las de Marie Laveau y Madame Delphine LaLaurie.

Last Supper

Claro que durante los 13 episodios de Coven, siempre que me he parado a pensar más de dos segundos en lo que estaba viendo, se me ha interrumpido impertinentemente con un golpe de hachazo, un one-liner de levantarse y aplaudir o un plano tan, tan, tan arrebatadoramente bello que me ha dejado la mente en blanco, completamente embrujado (ver: foto de “La última cena”). Benditos golpes de efecto, alabada aleatoriedad, santo delirio. ¡¿Pero qué haces pensando en la historia cuando ese montón de zorras divinas están sacándose los ojos, compartiendo zombies en la cama, contoneándose sibilinas, irreverentes y ociosas, perfeccionando el arte del shade y dándose de comer heces?!

Si me permitís el símil perezoso, Coven ha sido una auténtica montaña rusa. Nos ha mareado con mil vueltas (siempre el mismo loop, una y otra vez) pero cada vez que nos hemos bajado hemos querido más. Murphy y Falchuk empezaron la temporada interesados en la leyenda de las brujas de Salem y levantando a partir de ahí un relato macabro con una pizca de Suspiria y un poco de, bueno, un poco de todo, porque vaya amasijo psicótico de referentes e ideas. Y han acabado entregándose de lleno a la autorreflexión y la autoparodia. Así, “Go to Hell” (3.12) terminaba con las brujas alineadas como las aspirantes a modelo de Tyra Banks, los triunfitos o las BFF de Paris Hilton, preparadas para darlo todo en la última fase del concurso reality para elegir a la próxima Suprema: America’s Next Top Supreme: The Seven Wonders.

Así que la season finale de Coven ha servido como confirmación de la función que ha desempeñado la serie este año: divertir y proporcionarnos momentos icónicos. No importa si estos han tenido sentido o no, o si han respetado algún tipo de coherencia interna o lógica de personajes, porque casi siempre han sido geniales. Este espíritu Coven se puede resumir fácilmente en el ya histórico “¡Balenciaga!”, la última palabra que pronuncia Myrtle Snow antes de ser quemada en la estaca. Es un grito de guerra (también una pista sobre la cuarta temporada, según muchos), un acto de autoafirmación, y un canto a la excentricidad de la serie que el gran personaje de Frances Conroy tan bien ha personificado.

Cordelia Foxx

Ya que Coven se ha reducido en su final a descubrir quién es la sucesora de la pelma de Fiona Goode, hablemos de ello. ¿Quién es la nueva Suprema? Pues ¡oh! “lo teníamos delante de las narices todo el tiempo”. Su hija, Cordelia Foxx, ¿quién si no? La primera mitad de “The Seven Wonders” (3.13) -precedida de una sublime, mágica, preciosa secuencia musical con Stevie Nicks que pone el listón demasiado alto para el resto del episodio- se centra en la competición de las jóvenes brujas para ver quién domina las Siete Maravillas sin sucumbir en el intento y resulta coronada como reina del aquelarre. Estas escenas, entre lo hilarante y lo espectacular, funcionan como exhibición y compendio de lo que ha hecho a estas mujeres tan “maravillosas” (espero que nadie dude de que “Las Siete Maravillas” son y siempre han sido ellas). Como en el resto de la temporada, las brujas mueren y son resucitadas, hasta que Snow cae en la cuenta de que su Cordelia siempre ha sido la Suprema. Es lógico, de acuerdo, pero también un tanto anticlimático, y nos hace plantearnos una vez más: ¿Para qué ha servido todo lo anterior? (Ya sabéis la respuesta).

Después de la competición quedan dos aspirantes vivas, Zoe y Queenie, y dos muertas, Madison, que recibe su justicia poética a manos de Kyle (boytoy hasta el final), y la pobre Misty, que se queda atrapada para siempre en su infierno personal (sin duda controlado por E.T.). Entonces Coven introduce una elipsis brusca como ella sola, da paso a cambios que nos perdemos si parpadeamos (los ojos de Delia, la auto-sentencia de muerte de Myrtle, el nuevo Consejo, todo muy precipitado), y nos da la bienvenida al comienzo de una nueva y esperanzadora era para las brujas. Un futuro en el que Cordelia, cual Lana Banana dando una exclusiva nacional, anuncia a la tele que la Escuela para Jovencitas Excepcionales de Miss Robichaux abre sus puertas para todas las chicas con poderes del mundo (muy “Chosen” esto, por cierto).

Es un cierre que, a pesar de sus muchos defectos, entronca muy bien con el primer episodio, “Bitchcraft“, que introducía este Hogwarts feminazi como hilo conductor de la temporada. Y aunque luego se lo hayan pasado todo por el forro, y hayan desaprovechado tramas, personajes e ideas hasta el final, hemos obtenido lo más parecido al ciclo completo que una temporada tan irregular como esta podía darnos. La muerte (definitiva) de Fiona en brazos de la nueva Suprema es un toque muy bonito -Fiona recibe como castigo pasar la eternidad con el hombre más aburrido de la historia y Delia queda liberada por fin de su Mater Castrantorum para poder desarrollar su potencial, perfecto. Pero el verdadero broche de Coven es algo que nos remite directamente a Asylum. Como Lana Winters, Santa Cordelia Foxx sonríe mirando a cámara, confirmándonos que la temporada ha sido para nosotros, haciéndonos partícipes directos del final. Solo que esta vez sacamos la conclusión opuesta a entonces: “Si miras al bien a la cara, el bien te va a devolver la mirada”.

Crítica: Jack Ryan – Operación Sombra

JACK RYAN: SHADOW RECRUIT

Para dar vida a la cuarta encarnación en el cine de Jack Ryan, el analista de la CIA/súper espía creado por el escritor Tom Clancy, Paramount Pictures amortiza uno de sus rostros más emergentes, Chris Pine, que sigue dedicado a convertirse en héroe de acción moderno. Jack Ryan: Operación Sombra (Jack Ryan: Shadow Recruit), dirigida por Kenneth Branagh, es una puesta a punto del popular personaje interpretado anteriormente por Alec Baldwin, Harrison Ford y Ben Affleck, un reboot de la franquicia en un principio diseñado para dar a conocer al personaje a las nuevas audiencias, basándose en la ley hollywoodiense de que la memoria del público se borra cada 10 años.

El problema es que Jack Ryan: Operación Sombra en realidad no tiene muy claro cuál es su público, si los fans que disfrutaron del personaje hace ya dos décadas en La caza del Octubre Rojo o Juego de patriotas, o las nuevas generaciones. Operación Sombra es por Jack Ryan Operación Sombradefinición un thriller de acción, pero su trama se desarrolla en su mayor parte en despachos, furgones, a través del teléfono o delante de monitores, reservando los golpes de adrenalina a escenas muy puntuales -eso sí, set pieces excelentemente ejecutados. Branagh prefiere narrar el complot terrorista de Rusia contra la economía norteamericana que articula la película recurriendo a una intensidad contenida, quizás en un intento de perseguir un tipo de cine de acción más intelectual. Sin embargo, su aproximación al género, después de su desorientada labor de dirección en la primera Thor, vuelve a resultar equívoca. Branagh maneja (todos) los clichés del cine de espías sin verdadero sentido del espectáculo y la emoción, dando como resultado una película en su mayor parte tediosa que además hemos visto en incontables ocasiones.

Lejos del modelo de héroe testosterónico a lo Jason Statham, Pine hace un gran trabajo interpretando al hombre normal y corriente que debe compaginar su vida profesional y sentimental con su trabajo como agente secreto. En relación a esto, uno de los mayores aciertos de la película (además de la elección del Capitán Kirk como protagonista) es su manejo del componente romántico, evitando la afectación gracias a la creíble pareja que forman Pine y Keira Knightley. En general, Jack Ryan: Operación Sombra es un film ensamblado con cierta elegancia, pero carece de todo atisbo de personalidad y de aliciente, tanto para los fans del cine de espionaje, que encontrarán aquí lo mismo de siempre, como para los neófitos que no conocían al personaje. Sin embargo, la insípida dirección de Kenneth Branagh está lejos de ser lo peor de su trabajo en la película. Su interpretación del villano ruso Viktor Cherevin es lo que hace que Jack Ryan: Operación Sombra deje ocasionalmente de ser simplemente olvidable para ser directamente ridícula.

Valoración: ★★

Crítica: La Venus de las pieles

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Adaptación de la obra de David Ives, Venus in Fur, a su vez basada en la novela homónima de Leopold von Sacher-Masoch, La Venus de las pieles (La Vénus à la fourrure) es algo más que una obra de teatro filmada. Roman Polanski se adueña del texto de Ives para reflexionar, o más bien plantear cuestiones sin respuesta y dejar al espectador la tarea de meditar sobre el poder del sexo, la violencia entre géneros, y la inseparable relación de estos conceptos con el complejo y masoquista acto de la dirección teatral.

Enormemente frustrado después de una decepcionante jornada de audiciones para el papel protagonista femenino de su obra, Thomas está a punto de marcharse a casa cuando aparece en el teatro Vanda. Explosiva, vulgar, un tanto cabeza de chorlito, descarada y extrañamente irresistible, Vanda trata de convencer a Thomas de que le deje hacer la prueba. Después de un travieso tira y afloja y casi sin darse cuenta, Thomas sucumbe y le da una oportunidad. La audición revela a una mujer mucho más inteligente y prodigiosa de lo que Thomas creía, y su obsesión por ella va creciendo, quedando atrapado en un sueño de pasión y manipulación en el que se subvierten constantemente los papeles de actor y director, es decir, de maestro y sumiso.

Con tan solo dos actores, Emmanuelle Seigner y Mathieu Almaric, en una localización, y a tiempo real, Polanski fusiona teatro, cine, literatura y experiencia en una película que nos convierte en algo más que espectadores, nos hace voyeurs que se asoman entre telones y observan de cerca los rostros de los actores para intentar descifrar las reglas de ese juego de seducción, sumisión y engaño. El ejercicio meta-teatral de La Venus de las pieles es de todo menos sutil, y quizás Segnier -mitad Catherine Deneuve mitad Deborah Harry- no logre dominar a Vanda del todo, pero la carga de sensualidad y la ambigüedad (y ambivalencia) en sus diálogos mantiene hasta el final el excitante enigma de sus personajes. Un aura de magia y ese halo onírico al que contribuye el excelente uso de la iluminación y la preciosa partitura de Alexandre Desplat hacen de La Venus de las pieles una experiencia íntima y desnuda, cine anti-brechtiano que acorta todas las distancias en la relación director-actor-espectador.

Valoración: ★★★½

Drácula (NBC): Deseo electromagnético

Dracula Jonathan Rhys Meyers

Mi relación con la nueva Drácula, adaptación de la obra de Bram Stoker por parte de NBC, ha sido tormentosa, caprichosa, y cambiante del primero al último de los diez episodios que han compuesto su primera (y quizás única) temporada. El piloto no fue la mejor carta de presentación, pero al menos parecía garantizar toneladas de camp para que la serie sobreviviese como placer culpable. No fue así, más que camp, la cosa era simplemente aburrida, monótona, insípida. Entonces vino el hate-watching. Hacia el capítulo 4 decidí quedarme sólo para ver qué nuevos horrores me tenían preparados. Pero para mi sorpresa, casi sin darme cuenta, me encontré disfrutando de la serie mucho más de lo que esperaba, y de lo que quería. Tras la estupenda season finale del pasado viernes, me quedo con ganas de más. Así que saco en conclusión que, a pesar de mi esquizofrenia como espectador, me he convertido en algo parecido a un fan de esta serie.

No os sabría desglosar detalladamente qué es lo que me ha atraído de Drácula, o mejor dicho, qué es lo que me ha convencido para que no huyera a la primera de cambio, pero si tuviera que achacarlo a algo en concreto, quizás sería al hecho de que la serie entra demasiado bien por los ojos. Desde su teatral ambientación del Londres victoriano (mucho cartón piedra, pero muy bien puesto, muy bonito) hasta el indudable atractivo de prácticamente todo el reparto, pasando por el lujoso vestuario y la excelente fotografía. La carnalidad y la seducción son elementos imprescindibles de la obra de Stoker, y en ese sentido, la serie hace un buen trabajo traduciendo en imágenes el deseo y la sensualidad que funciona como motor de los personajes. Los actores están escogidos por su indudable belleza y atractivo. Si no no se explica que alguien haya vuelto a confiar en el problemático y limitadísimo Jonathan Rhys Meyers (este también produce la serie, ahí puede estar la clave).

El incompetente actor dublinés interpreta a Drácula exactamente igual que a su Enrique VIII de Los Tudor. Claro que es muy probable que esto fuera justamente lo que se estaba buscando con esta nueva versión del personaje, un mujeriego descamisado que parece salido de una novela rosa. El resto del elenco cumple con los cánones de belleza que uno espera de una producción de estas características: la delicada y virginal Jessica De Gouw como Mina Murray, obsesión de Alexander Greyson (alter ego americano de Drácula); el magnético Oliver Jackson-Cohen como Jonathan Harker; la keiraknighleyana Katie McGrath como Lucy Westenra; y los más maduros, pero igualmente atractivos Thomas Kretschmann como Van Helsing y Victoria Smurfit como la precursora de Buffy cazavampirosLady Jayne Wetherby, dama de alta alcurnia de día, slayer de noche.

Dracula - Season 1

El mayor error de Drácula, y la razón por la cual no ha conseguido conectar con la audiencia (además de porque se ha emitido en la franja horaria mortal de los viernes), es su enfoque semi-alejado de la fantasía y centrado en temas en principio menos llamativos como los trasuntos socioeconómicos y protocolos sentimentales a finales del siglo XIX. Es probable que la gente se acercase a la serie esperando una de acción y terror y saliese espantada al encontrarse con un drama de época sobre patentes de electricidad y reuniones de empresarios. Y no les culpo, obviamente. Pero dándole una oportunidad (o dos), Drácula demuestra que es capaz de remover estómagos y agitar otros órganos, ya sea con una esplendorosa violencia gráfica en la línea de Hannibal (desafiando los límites de las networks), abrazando el romanticismo más afectado o a base de excitante libertinaje y puro sexo animalDrácula es mejor cuando se pone cachonda y explora el deseo prohibido. Cuando hace honor a uno de los sobrenombres de DráculaVlad el Empalador, entre sábanas de seda, en lugar de en los callejones oscuros de Londres.

A pesar de sus fallos, Drácula ha supuesto un entretenimiento extrañamente adictivo, una relectura diferente de una historia que conocemos de sobra, una que ha añadido dimensiones a sus personajes femeninos para contar un relato de pasiones y traiciones más afín a la sensibilidad moderna. Y aunque lo más destacable de Drácula hayan sido los escotes esféricos, las lenguas sedientas de carne, las anatomías perfectas a la luz de las llamas, o los rituales de apareamiento en general, la sangre sigue siendo de capital importancia. A veces por recorrer esos cuerpos y reforzar el erotismo de la serie, a veces para demostrar que hoy en día NBC es la cadena en abierto más arriesgada y entregada al modelo serial de las de pago. Las escenas de acción y violencia en Drácula son tan escasas como potentes e impactantes, y su compromiso con el exceso y la provocación nos hace desear una segunda temporada con muchas más decapitaciones de vampiros, desgarros de piel y baños de sangre.

Crítica: Al encuentro de Mr. Banks (Saving Mr. Banks)

SAVING MR. BANKS

Mary Poppins es “prácticamente perfecta en todo”. Esto es sin duda lo que pensaba la creadora de este personaje literario infantil convertido en icono cinematográfico, Pamela Lyndon Travers (Emma Thompson). Durante dos décadas, Travers se negó a dejarla en manos de Walt Disney para que alterase esa perfección y la convirtiese en otra de sus atracciones de parque temático, o peor aún, ¡en un dibujo animado! Al encuentro de Mr. Banks (Saving Mr. Banks) es la crónica del arduo proceso de preproducción del Clásico Honorífico Mary Poppins; una reconstrucción (muy descafeinada y edulcorada) de la tormentosa relación que se entabló entre Disney (Tom Hanks) y la escritora británica de origen australiano después de que este le pidiese prestada a su niñera voladora para cumplir una promesa que le había hecho a sus hijos cuando eran niños. Dirigida por John Lee Hancock (El Álamo), Al encuentro de Mr. Banks insiste en la tendencia autorreferencial del Disney de estos últimos años con otro ejercicio de balance y reafirmación en el que el estudio vuelve a dominar el arte de la nostalgia para conectar emocionalmente con un público ávido de “tiempos mejores”.

Comedia y melodrama a partes iguales, Al encuentro de Mr. Banks discurre saltando entre dos tiempos, la primera visita de Travers a Los Ángeles para reunirse con Disney en persona y su infancia en Australia, donde somos testigos de la devoción que sentía hacia su padre, un banquero alcohólico interpretado por Colin Farrell, es decir, el Sr. Banks original. La fragmentación del relato afecta gravemente al ritmo de la película, y los constantes saltos hacia el pasado constituyen a menudo molestas interrupciones de lo que de verdad queremos ver: el making of de Mary Poppins, y a Emma Thompson y Tom Hanks en pie de guerra. Los continuos flashbacks para contarnos el origen de Mary en los traumas infantiles de Travers (daddy issues!), por muy necesarios que sean para la (excelente) caracterización del personaje, podrían -y deberían- haber sido condensados en menos secuencias para evitar el tedio de algunos pasajes y la confusión tonal. De esta manera podríamos haber disfrutado aún más de la fascinante interacción de la cascarrabias autora con su detestado Disney, con los hermanos Robert y Richard Sherman (B.J. Novak y Jason Schwartzman), autores de las canciones de la película, o con su chófer Ralph (¡Paul Giamatti haciendo de sidekick Disney!). No hay nada como la historia de un corazón de hielo derretido a base de humor, buenas intenciones y canciones maravillosas. Y eso es exactamente lo que nos da Al encuentro de Mr. Banks, evitando en todo momento las sombras de la biografía de Disney (no es que esperásemos otra cosa), para proporcionarnos una cinta tan disneyana en su moraleja como cualquiera de sus clásicos animados.

SAVING MR. BANKS

Claro que no podemos reprochar demasiado que no haya interés en mostrar un lado más turbio del tito Walt, más allá de su terquedad patológica, puesto que Al encuentro de Mr. Banks no es la historia de Walt Disney, es la de P.L. Travers, y la del origen de esa extraña y feminista película que es Mary Poppins. En este sentido, Tom Hanks realiza un gran trabajo interpretando simplemente al padre de Mickey Mouse, es decir, a la figura pública que todos conocemos a través de sus vídeos. Nada más. El peso del relato recae sobre una espléndida, monumental e inconmensurable Emma Thompson, que nos regala una de las mejores interpretaciones de su carrera. Inspirada, divertida, efervescente, Thompson se funde con el personaje, dominando en todo momento el rango de emociones que lo definen, del remilgo British a la mirada puramente infantil, culminando en una sublime escena final en la premiere de Mary Poppins que conmoverá al más duro. A pesar de la testarudez y rechazo de Travers a todo lo que Disney simbolizaba (y simboliza aún para muchos), Al encuentro de Mr. Banks nos convence, a base no de “un poco de azúcar” sino de carretas de melaza, de que ella personifica el espíritu Disney mejor que nadie. No estamos muy seguros de si la autora daría su visto bueno a esta visión de su persona (no sé por qué, me cuesta creer que en algún momento durmiese abrazada a un Mickey de peluche gigante), pero al menos se regocijaría sabiendo que su legado sigue vivo gracias a la maestría de Disney a la hora de crear recuerdos que duran para siempre.

Valoración: ★★★½

Crítica: La gran estafa americana (American Hustle)

Christian Bale;Amy Adams

Todo empieza con el mismo sueño: Convertirse en otra persona, y vivir otra vida. Esta es la idea que articula la nueva película de David O. Russell, La gran estafa americana (American Hustle), una explosiva extravagancia setentera poblada por personajes que fingen, timan y mienten para sobrevivir. La secuencia con la que Russell abre American Hustle es de una elocuencia imposible: Irving Rosenfeld (el personaje de Christian Bale) llevando a cabo el ritual diario para ocultar su calvicie bajo una aparatosa cortinilla. Nos lo dice claro en todo momento, y no podemos llevarle la contraria: Todos mentimos, en mayor o menor medida, para conseguir nuestros propósitos. Y todos soñamos en algún momento con la vida de otro. Nos define tanto lo que vendemos como lo que nos guardamos. Al fin y al cabo, Irving Rosenfeld se avergüenza de su calva, pero muestra su barrigón sin complejos y, como todos, no es capaz de dejar el pasado en el pasado.

La gran estafa americana American Hustle cartel español

David O. Russell lleva la trayectoria contraria a Paul Thomas Anderson, uno de sus contemporáneos con el que más se le compara. PTA empezó en el cine jugando a ser Scorsese y ha acabado hallando una senda artística muy personal. Russell ha pasado paulatinamente de hacer un tipo muy concreto de comedia indie con humor marciano (eufemismo de “gracioso para él y dos amigos suyos”), a hacer Casino, película con la que La gran estafa americana guarda más de una similitud. Con American Hustle, el director de El lado bueno de las cosas se apropia del estilo de Scorsese (más que el propio Scorsese de hecho) para realizar una obra aguda y ambiciosa (aunque no tan ambiciosa como las del amigo Martin) que busca por todos los medios convertirse en el próximo gran clásico norteamericano. Y quizás no lo haya conseguido (aunque en Hollywood se empeñen en dorarle la píldora a su director), pero el esfuerzo no ha sido precisamente en balde. American Hustle es sobre todo un triunfo de estilo y dirección de actores -sin duda las dos mayores virtudes como realizador de Russell-, una cinta irresistible y luminosa en la que se respira cine con mayúsculas.

La gran estafa americana se alarga en exceso, pero no deja de encandilar, ya sea por su magnífico apartado estético, por su prodigiosa producción musical -temazos brillantemente insertados en las secuencias, algún singalong a lo Magnolia y un fabuloso “Do the Hustle” entre otros grandes momentos-, o por los inspirados recitales interpretativos de casi todos sus actores. Tan reseñables son los vertiginosos escotes de Amy Adams (más que diseño, ingeniería de vestuario), el tupé de Jeremy Renner o los moños gaudianos de JLaw, como la perfecta ejecución que realizan de unos personajes ambiguos, tristes, oscuros y sociópatas. A destacar por encima de los correctos Bale y Adams unos fierísimos Bradley Cooper y Jennifer Lawrence en papeles más secundarios pero mucho más lucidos que sus protagonistas de El lado bueno de las cosas –este año sí se lo merecen todo, ella por darnos las escenas más descacharrantes, impredecibles y descarnadas de la película, él por llevar el bigudí como nadie. Con su historia sobre el éxito y la supervivencia en tiempos de discoAmerican Hustle engatusa y seduce, como los enlacados timadores que la protagonizan. Y aunque por momentos uno se pueda cansar del confuso juego de embustes y enredos que se traen, el incontestable magnetismo de sus actores nos acaba atrapando una y otra vez. Como el propio David O. Russell, sin duda el mayor embaucador de la película.

Valoración: ★★★★

¡Sorteo! Consigue la primera temporada de ‘The Americans’ en Blu-ray

Este sorteo ya ha finalizado. Atentos a fuertecito no ve la tele para futuros sorteos.

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Desde el 29 de enero de 2014 está a la venta en España la aclamada primera temporada de The Americans en Blu-ray y DVD. Para celebrar el lanzamiento, 20th Century Fox Home Entertainmentfuertecito no ve la tele os queremos dar la oportunidad de conseguir un pack en Blu-ray de la serie totalmente gratis.

PARA ENTRAR EN EL SORTEO de un pack de la primera temporada de THE AMERICANS en formato Blu-ray lo único que tenéis que hacer es dejarnos un comentario en esta entrada respondiendo a la siguiente pregunta:

¿Qué nuevo nombre te podrías si fueras un espía de la KGB infiltrado en un barrio residencial?

También podéis participar desde la página de Facebook de fuertecito no ve la tele. Para que vuestra participación cuente tenéis que dejarnos vuestra respuesta en ESTA FOTO y después compartirla en vuestro muro. Participar en ambos sitios duplica las oportunidades de conseguir el premio.

De entre todos los participantes en el blog y en Facebook se elegirá un ganador al azar que recibirá en su casa un pack de la primera temporada de The Americans en Blu-ray, sin gasto alguno por su parte. No olvidéis incluir vuestro correo electrónico en el formulario de respuesta del blog (no aparecerá público). En Facebook no es necesario. Solo contará una participación por dirección IP, las respuestas desde la misma IP con distinto nombre serán marcadas como spam.

El sorteo finaliza el domingo 2 de febrero de 2014 a las 23:59 (hora peninsular española). El ganador será anunciado a lo largo del lunes en nuestra página de Facebook (aseguraos de que sois seguidores para estar al tanto de todo; No es un requisito para participar, pero seguro que no os arrepentís :P ).

Importante: concurso exclusivo para residentes en territorio español. ¡Mucha suerte!

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La guerra oculta entre la CIA y la KGB llega a los hogares españoles.Twentieth Century Fox Home Entertainment estrena la 1ª temporada de The Americans en Blu-ray y DVD, uno de los mejores thrillers del momento.

La serie, ambientada en la década de los 80, relata las aventuras y desventuras de un matrimonio de dos espías del KGB que se hacen pasar por estadounidenses en un apacible barrio residencial de Washington DC. La pareja, formada por Phillip (Matthew Rhys) y Elizabeth Jennings (Keri Russell, galardonada con un Globo de Oro a la Mejor Actriz de Serie Dramática por Felicity), tiene además dos hijos que desconocen por completo la verdadera identidad de sus padres. La tensión permanente, el doble juego y las sospechas forman parte del particular modus vivendi de The Americans.

El éxito de esta ficción de espionaje no se ha hecho esperar, los críticos de cine no han dudado en denominarla “la nueva Homeland” y en su palmarés figuran dos nominaciones a los Premios Emmy y el TCA Award al Mejor Nuevo Programa del Año en 2013, otorgado por la Asociación de Críticos de Televisión. Asimismo, en su estreno congregó en el canal FX a más de 5,1 millones de espectadores convirtiéndose en el mejor debut de una serie en el canal de cable estadounidense.

Disfruta de la intriga, el amor, el honor y la emoción de esta serie creada por Joe Weisberg y de los exclusivos contenidos adicionales en Blu-ray y DVD.


The Americans Blu rayLos contenidos adicionales que se incluyen son:

  • Escenas eliminadas
  • El Coronel: comentario con Joseph Weisberg, Joel Fields y Noah Emmerich
  • Tomas falsas
  • Decreto ley  2579: descubriendo The Americans
  • Perfeccionando el arte del espionaje
  • La ingenuidad por encima de la tecnología

EPISODIOS:

  1. Piloto
  2. El reloj
  3. Gregory
  4. Yo ostento el control
  5. Inteligencia de comunicaciones
  6. Confía en mí
  7. El deber y el honor
  8. Destrucción mutua asegurada
  9. Piso franco
  10. Sólo tú
  11. Guerra encubierta
  12. El juramento
  13. El coronel

Crítica: Mindscape

Mindscape Mark Strong

El director Jorge Dorado, curtido en el mundo del cortometraje y con varias nominaciones a los Goya por sus trabajos, presenta su ópera prima bajo el mecenazgo de Jaume Collet-Serra. Mindscape es un thriller fantástico con equipo patrio y reparto internacional (Alberto Ammann tiene un papel secundario) con el que se presenta en sociedad la productora Ombra Films, co-creada por Collet-Serra y Juan Solá con la colaboración de StudioCanal, para auspiciar la creación de películas de género fantástico y de terror rodadas en inglés con equipo español.

Con Mindscape, Dorado sigue los pasos de su productor, así como de otros directores de cine fantástico de nuestro país, ofreciendo una propuesta muy en las lindes del cine de Nacho Vigalondo o Jaume Balagueró. Una cinta de suspense con un pie en la ciencia ficción que plantea un rompecabezas de engaños e ilusiones en el que se juega a confundir realidad y fantasía. Partiendo de una premisa muy a lo Inception, Dorado nos cuenta la historia de John Washington (Mark Strong), un hombre que trabaja para una agencia que se dedica a resolver casos introduciéndose en los recuerdos de las víctimas. Tras vivir una experiencia personal traumática, Washington vuelve al trabajo con un complicado caso, el de Anna (Taissa Farmiga), una adolescente de familia acaudalada que presenta síntomas de sociopatía.

Mindscape

Lo mejor de Mindscape es su aprovechamiento de los universos oníricos (o de los recuerdos, que al caso es lo mismo) para construir una película visualmente atractiva y un relato que engancha, apropiándose con acierto de algunos elementos del whodunnit. Dorado demuestra temple y perspectiva en su salto al largo, sin caer en el error de muchos cortometrajistas a la hora de hacer una película. Mindscape no es un corto alargado hasta la hora y media, es una película, y eso es de agradecer. Además de mantener la atención durante todo el metraje y dominar las trampas y triquiñuelas del género, Mindscape destaca sobre todo por su apartado interpretativo, con la pareja magnética que forman Mark Strong y Taissa Farmiga. Más que las incursiones en la turbia mente de Anna, lo más estimulante de su relación es la extraña química entre paterno-filial y sexual que se establece entre ellos. Es decir, todo lo que ocurre en las escenas fuera de los recuerdos, en la prisión empapelada de rosas en la que vive la niña. Sin salirse del registro de adolescente problemática y extraña, Farmiga demuestra una nueva faceta de su talento con esta Lolita superdotada, confirmándose como promesa a la que no hay que perder de vista.

A pesar de que Mindscape resulta notable en todos los apartados (a destacar la excelente dirección de arte y el ubicuo score de Lucas Vidal), es inevitable experimentar esa sensación de déjà vu que nos deja habitualmente el cine fantástico de coproducción hispano-internacional (en el fantástico de este país, sobre todo en el que va disfrazado de película americana, hay mucha voluntad pero poca personalidad). El trabajo de Dorado es más que correcto, y Mindscape ofrece una sólida hora y media de entretenimiento, pero está limitado por una enorme falta de originalidad.

Valoración: ★★★

Crítica: ¿Qué hacemos con Maisie?

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Crítica escrita por David Lastra

Maisie es una muñeca de trapo preciosa. En todos los sitios queda bien y no molesta. Sonríe cuando tiene que sonreír y calla cuando tiene que callar. Maisie tiene un pequeño problema: un niño y una niña se pelean por jugar con ella. Hay Maisie para todos, pero casi nunca se apañan en marcarse unos turnos y los tirones de pelo se suceden día tras día. Lo raro es que luego la muñeca está casi siempre sola. Lo que puede parecer un simple juego de niños, es un poco más complicado. Maisie no es una muñeca cualquiera, es una niña de verdad y los niños que se pelean no son otros que sus padres. “¿Qué hacemos con Maisie?” es la historia de una separación (nada amistosa) vista a través de los ojos de la niña… o no… realmente es el relato de unos meses en los que Maisie juega, baila, canta y abraza a la gente que quiere. Nada más. Un tiempo de aprendizaje y esparcimiento que coincide casualmente con el ruido de fondo de la ruptura sentimental de sus padres. Un hecho que golpea e interesa más a terceros (y al propio espectador) que a la propia Maisie.

Más que el no saber qué hacer con ella, lo que debería preocuparnos es saber si la niña es consciente en algún momento de lo que está ocurriendo: qué es lo que Maisie sabe. No obstante, es ese y no otro el título de la novela de Henry James que muy notablemente adaptan (y actualizan) Nancy Doyne y Carroll Cartwright. Tomando la mirada de la niña como referencia, podríamos decir que ella no siente miedo ante la separación. La única ocasión en la que percibimos actividad lacrimal en la pequeña es en una escena ajena a las discusiones (aunque producto del abandono): cuando pernocta en casa de la camarera. Ese duelo es producto de despertarse en colchón ajeno, no por la ausencia de sus padres. Ella es consciente que no van a estar con ella nunca más, pero no por la separación, sino porque simplemente nunca lo han estado. Su padre es un vividor/marchante/agente y su madre es una superstar rockera con pelajos y estampados de leopardo a lo Alison Mosshart del grupo The Kills. No obstante, la encargada de dar vida a esta niña grande, Julianne Moore, regrabó dos temas del grupo para la película: “Hook and Line” y “Night Train”. Otro maestro de la sobreactuación, Steve Coogan encarna al padre.

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Los ojos de Maisie siguen devorando el mundo y cual ameba o Klaus Kinski cualquiera, necesitan amar. A los seis años no hay tiempo para madurar, solo para querer con locura. Ella solo quiere alguien que le corresponda y lo encuentra por partida doble: en las correspondientes parejas de sus progenitores. Dos guapísimos y perfectos jovencitos que cometen el error de su vida al enamorarse de los padres de Maisie, pero que ven compensado ese drama con la convivencia junto a la pequeña. Una cándida Joanna Vanderham (protagonista de “Galerías Paradise”) y un encantador Alexander Skarsgard (con unos cuantos dejes de Eric Northman amnésico) son el contrapunto cálido del film al encargarse de que la pequeña no vaya a la deriva.

Pero una buena propuesta como la de “¿Qué hacemos con Maisie?” podría haber sido un desastre de tamañas proporciones de no haber contado con una Maisie perfecta. Esa tarea harto difícil recae en Onata Aprile, un ángel con una mirada bellísima cuya perfección e inocencia se asemeja al David de “A.I.” (seguro que Maisie tampoco ha tenido un cumpleaños nunca), despegándose radicalmente de la sombra de otras niñas prodigio repelentes de producciones indies (introduzca aquí a la Fanning de turno). El trabajo de esta niña se merece todo tipo de premios y galardones, aunque a ella seguro que no le interesa. Ella es Maisie. Como hemos dicho, ella solo quiere amar.

Valoración: ★★★½

Crítica: Hércules – El origen de la leyenda

Hércules Kellan Lutz

Solo hace falta ver el trailer de Hércules: El origen de la leyenda (Hercules: The Legend Begins) para construir una crítica detallada y argumentada sobre la película de Renny Harlin. No es mi caso, que conste (para críticas de películas que no ha visto el periodista ya tenéis los diarios), yo la he visto, y sufrido, de principio a fin. Al menos Harlin ha evitado una de las lastras de este cine mal llamado épico, la excesiva duración, reduciendo la tortura a poco más de hora y media. Y aún así, Hércules: El origen de la leyenda, revisión de la historia del héroe y semidiós griego protagonizada por el neumático Kellan Lutz (uno de los vampiros segundones de la Saga Crepúsculo), no tiene redención posible. 2014 acaba de empezar, pero ya tenemos firme candidata a peor película del año.

Sorprendentemente, Hércules no está creada por los responsables de Spartacus, la serie de televisión. Tras el proyecto están el mencionado Renny Harlin, uno de directores de cine de acción más incompetentes en activo, y el equipo de producción de cintas como
Hercules_posterLos mercenarios, John Rambo u Objetivo: La casa blanca. Y aún confirmando este dato, cuesta creer que la película no sea obra de los creadores de la serie de Starz sobre el famoso gladiador. Porque Hércules es básicamente una Spartacus sin sangre y sin desnudos (si los imponentes senos de Kellan Lutz no cuentan como desnudo). Y no hay nada más triste que la copia de una copia. Si Spartacus nació como un pastiche de 300 y Gladiator, Hércules es un desastre épico (en este caso el calificativo viene bien) que amasa sus referentes con desidia en un producto sin atisbo de identidad propia. Y por si las comparaciones no fueran ya inevitables, Hércules cuenta con el mismísimo Spartacus 2.0, Liam McIntyre, como uno de sus protagonistas. No cabe duda pues de que la idea era hacer un Hercules: Lions and Manboobs.

Harlin aplica la perezosa fórmula del cine de acción noventero en el que se ha “especializado” (héroes unidimensionales, malos caricaturizados, argumentos esquema), para presentarnos el conocido relato de los orígenes del semidiós hijo de Zeus y Alcmena un poco menos arraigado en la fantasía y más centrado en la batalla y la lucha cuerpo a cuerpo (con las trágicas incongruencias históricas que fusionan Grecia y Roma ni nos molestamos). Pero la película hace gala de una fisicalidad inocua, sin corromper los abultados músculos (en 3D natural) o la cara atacada de spray bronceador de Lutz, clavando las espadas en axilas para acomodar el teatro de la violencia que rebaje la calificación por edades. Y sobre todo, Hércules evidencia una inutilidad absoluta en todos los aspectos técnicos y artísticos.

Aparatosos cromas, horrendas animaciones digitales que ni las primeras temporadas de Xena, la princesa guerrera (ese león), secuencias de acción mal coreografiadas (¡Hola, doble de Kellan!), primeros planos constantemente desenfocados (para matarte, Harlin), y otras atrocidades hunden Hércules: El origen de la leyenda en el más absoluto de los ridículos cinematográficos. Pero, aunque parezca mentira, eso no es lo peor de todo. Lo peor es que alguien confiara en que Kellan Lutz se convirtiese en actor de la noche a la mañana. Ya sea en sus edulcoradas y mariposeantes escenas junto a Gaia Weiss (ahí está la marca “Summit”) o en los (vergonzosos) discursos ebrios de testosterona a lo Leónidas, Lutz demuestra que sus dotes interpretativas son inversamente proporcionales a su índice de masa muscular.

Valoración: ★

Agents of S.H.I.E.L.D. – Más Marvel, mejor

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Comentario sobre Marvel’s Agents of S.H.I.E.L.D.,”The Magical Place” (1.11) y “Seeds” (1.12). El texto incluye spoilers de ambos episodios.

Las vacaciones le han sentado bien a S.H.I.E.L.D. El pasado 10 de diciembre se despidió de la audiencia con una promesa tácita, que acabó siendo mucho más que eso. Después de la accidentada primera tanda de episodios, Marvel Television anunció que, a su vuelta, la serie de Joss Whedon capitaneada por su hermano y su cuñada empezaría a cambiar. La idea era incorporar más Universo Marvel a la serie, y renunciar por ahora a sostenerla exclusivamente con el equipo de agentes novatos de Phil Coulson, como ya sabéis creaciones originales del director de Los Vengadores.

Está claro que la visión original de Whedon no ha cuajado, y la audiencia generalista no ha tenido la paciencia que sí manifiestan sus fans con esta historia sobre “los hombres a la sombra de los súper héroes, los que limpian el estropicio cuando ellos terminan de luchar”. Seguramente gracias a ellos, y a los completistas de Marvel, S.H.I.E.L.D. se mantiene como una de las ficciones más exitosas de la cadena. Pero es un éxito relativo y agridulce. Porque aunque se haya establecido en una cifra más que holgada para destacar y sobrevivir al menos un año más, ha perdido espectadores casi todas las semanas, contribuyendo a que se catalogue como fracaso, o como mínimo, decepción.

Esa es la palabra que viene a la mente cuando muchos whedonites (y marvelites) hablamos de S.H.I.E.L.D.: decepción. Y nosotros no nos referimos a los índices de audiencia, sino a la serie en sí. Lo que esperábamos de ella dista bastante de lo que nos ha ofrecido hasta ahora, y hasta el más indulgente estaba empezando a perder la paciencia. Como suele ser habitual, los espectadores nos lanzamos a la red a comentar la serie, es decir, a quejarnos de todo lo que no nos gustaba. Muchos lo hicimos de manera constructiva, haciendo balance tras cada episodio y sacando conclusiones sobre lo que fallaba, y cómo se podía mejorar. Al parecer, Maurissa Tancharoen y Jed Whedon (seguramente aconsejados, o presionados por Marvel) han tomado nota, y los dos episodios que se han emitido tras el parón navideño nos han devuelto una versión de S.H.I.E.L.D. ligeramente mejorada.

Skye The Magical Place

En esta entrada os conté punto por punto los fallos que los showrunners estaban ignorando, lo que impedía que la serie avanzase y encontrase su voz, y su audiencia. Me alegra comprobar tras haber visto “The Magical Place” y “Seeds” que Tancharoen y Whedon han empezado a poner remedio a su mala gestión como showrunners y guionistas. Como mid-season finale, “The Bridge” (1.10) cumplió su misión: agitar la historia y proporcionar un cliffhanger para que la audiencia tuviera algo por lo que regresar un mes después. El rapto de Coulson no fue nada del otro mundo, pero al menos las fichas del tablero empezaban a moverse de verdad. En “The Magical Place” asistimos a la operación rescate de Coulson, y desde el primer minuto se nota que el equipo se ha puesto las pilas (me refiero al de la serie, pero también al de S.H.I.E.L.D.). Las secuencias de acción de “The Magical Place” son de las mejores que hemos visto hasta ahora en la serie, y por primera vez, la trama no sigue la misma plantilla aburrida de todas las misiones y resulta más interesante, con numerosos giros y sorpresas, y un ritmo más agradecido. Deberían raptar al agente Coulson todas las semanas.

En “The Magical Place” se deja a los personajes actuar de acuerdo a las circunstancias de manera natural, y no se fuerzan los encontronazos, los acercamientos, ni se falsifica la química entre ellos. En lugar de eso, el cariño a Coulson y el miedo a perderlo es lo que los mueve, de manera siempre coherente, sin por ello resultar predecible al 100% (como de costumbre). Mención especial a Skye, que es la jefa del episodio (también hay que dejarla suelta más veces, en vez de tenerla todo el día encerrada en su sala de máquinas, digo mini-camarote) y a May, que es la reina del episodio. Mientras una parte la pana imitando a la agente May (“Cool jacket”), la otra desafía y manipula a los altos mandos de S.H.I.E.L.D. sin levantar un dedo, confiando en Skye, y dándole su visto bueno definitivo como miembro del equipo (qué bonito). Los personajes están creciendo, menos mal. Cada vez son más badass, pero también más humanos. Bueno, todos menos Coulson, que sigue siendo… Esto:

Coulson Magical Place

¿Y qué pasa con el dichoso Tahití? Esto es lo que personalmente más me sacaba de quicio de la serie. Como expresé en mi anterior análisis, no se debe, ni se puede, posponer tanto un secreto sin darnos al menos algo de información que mantenga nuestro interés. Tancharoen y Whedon por fin se despiertan (Did I fall asleep?) y se dan cuenta de que no pueden pasarse una temporada de 22 episodios repitiendo lo mismo al final de cada uno: “Coulson está raro desde que volvió de Tahiti” (entra música de suspense) “¿Qué pasó en Tahití?” (corte a negro). Así, “The Magical Place” nos muestra (no nos cuenta, nos muestra) lo que ocurrió en la dichosa Tahití. Y no solo eso, sino que se nos deja con la duda de si lo que hemos visto es totalmente real, y con la sensación de que detrás de esta historia hay mucha más información (welcome back, Shepherd Book!). Así sí. Así se capta el interés, con cerebros al descubierto, dando información para que queramos más, no prometiéndonos que algún día conoceremos el secreto, y mientras lo hacemos aburrirnos con el relleno más descarado. Haciendo que la historia avance. Aunque sea para introducir otro mcguffin como el Clarividente.

Lo mismo ocurre en “Seeds” con el pasado de Skye. Coulson y May investigan sobre sus padres y descubren una verdad mucho más horrible de lo que la joven hacker podría haber imaginado. Pero como no hay mal que por bien no venga, y como Coulson nos explica (a nosotros y a May) en un ejercicio muy tosco de exposición y auto análisis que debería haberse dejado para el espectador: “Este no es el final del trayecto para Skye. Es el comienzo”. En “Seeds” descubrimos que S.H.I.E.L.D. la lleva protegiendo desde que era una niña, porque es un 0.8.4., es decir, un “objeto de origen desconocido”, y que por ello muchas personas inocentes (¡aldeas enteras!) han muerto. En vez de hundirse, Skye se engrandece. Ya puede pasar de ser pirata freelance a legítima agente de S.H.I.E.L.D., con todas las letras. Veremos cómo reacciona cuando se entere de que es posible que no sea completamente humana (buen giro, por cierto). Como el discursillo de Coulson y el “Don’t Touch Lola” de Skye nos indican, “The Magical Place” y “Seeds” son en cierto modo como un nuevo piloto, un comienzo de verdad después de varios de prueba.

DYLAN MINNETTE

Además de añadir más y mejor acción y elementos fantásticos (esa tormenta de hielo, un poco excesiva, muy Smallville, pero qué bien los efectos digitales, ¿verdad?), y de (semi)quitar el lastre de los secretos a los personajes y darles un poco de espacio para crecer, “Seeds” es la prueba de que el plan de Marvel se ha puesto en marcha. Hace una semana Marvel Television anunció que Lady Sif, de las películas de Thor, se iba a pasar por la serie en un episodio, y durante las Navidades nos enteramos de que la serie iba a incorporar a un nuevo personaje con súper poderes sacado del canon de cómics de Marvel, y este episodio ha sido su origin story. En “Seeds” conocemos a Donnie Gill (Dylan Minnette, el hijo de Jack de Perdidos, ¿os acordáis?) y asistimos a la genesis del supervillano de Marvel Blizzard. Y lo hacemos además en un capítulo con buenas dosis de Fitz-Simmons (más de Leopold que de Jemma), que son los niños de nuestros ojos. Como aquel estupendo “F.Z.Z.T.“, “Seeds” cumple las cotas necesarias de nerdismo y adorables momentos cómicos por parte de los jóvenes genios científicos de S.H.I.E.L.D. (y no solo de ellos, Coulson y May también tienen un par de escenas agradables). Como decía, los personajes están cada vez más definidos y esto se nota tanto en sus escenas por separado como en las (cada vez más numerosas) secuencias de grupo (ver cabecera de esta entrada), además, las tramas abiertas del año pasado (Mike Peterson, Centipede) empiezan a tomar forma. En consecuencia, Agents of S.H.I.E.L.D. parece algo más sólida, centrada y tiene algo más de personalidad. Rectificar es de sabios, y me alegro de que Whedon y Tancharoen hayan abierto los ojos y renuncien a su terca (y fallida) visión. Espero que los 10 episodios que restan de la temporada continúen por el mismo camino y la serie empiece a defenderse por sí sola.

PD: Ward, seguimos sin perdonarte lo del bocadillo. Gracias Fitz por recordárnoslo (aunque no hacía falta).

Looking: Buscando la serie normal

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Se busca serie normal, sobre casi treinta y cuarentañeros (¿por qué es “cuarentón” la forma más extendida?) tratando de encontrar su lugar en el mundo, buscando el amor a contrarreloj, viviendo su intimidad, aprendiendo de los errores, y errando de nuevo a pesar de ello. Se busca serie que explore el día a día de un grupo de amigos en una gran ciudad, con sus idiosincrasias, sus neuras y taras sociales. Se busca serie sobre la vida, sobre la eterna disyuntiva de si vivirla o dejarla pasar, sobre el terror a la soledad y la importancia de la familia (la que elegimos nosotros) para mantener la cordura. Se busca serie normal, pero protagonizada por hombres gays en lugar de hombres y mujeres heterosexuales. Se buscaba, porque es posible que la hayamos encontrado. Looking de HBO nace con la agenda bien clara: ser una serie protagonizada por gays que no gira exclusivamente en torno a ser homosexual sino a ser una persona. ¿Cumplirá su propósito o se quedará en “serie gay” para consumo exclusivo del público masculino homosexual?

Tras ver el primer episodio, “Looking for Now“, entendemos las comparaciones con la otra comedia con la que HBO ha emparejado a Looking en la noche de los domingos, la ya asentada Girls. El tono de ambas series es distinto, pero el núcleo temático es el mismo (ambas tratan sobre todo lo que he enumerado en el primer párrafo). Sin embargo, donde la serie de Lena Dunham busca la naturalidad hiperbólica y satírica para exponer la verdad, la de Andrew Haigh (director de la venerada Weekend) hace gala de un naturalismo tranquilo y altamente calculado -con sus forzadas y pretenciosas referencias cultas- que carece de poder de impacto y perdurabilidad. Lo que es una manera retorcida y repelente de decir que por ahora Looking es aburrida, trivial, incluso anodina. Looking se podría adscribir al género televisivo “Serie sobre nada” (y sobre todo a la vez), y en su devenir anecdótico y cotidiano, así como en su ritmo sereno, podemos ver claramente la intención de Haigh: ofrecer una serie realista, y real, con la que podamos identificarnos. Sin embargo, al evitar los grandes aspavientos dramáticos de otras series, Haigh se pierde en la nadería de las vidas de sus protagonistas. En efecto, Looking va de nada y de todo a la vez, pero en el peor de los sentidos.

Otra serie con la que es fácil (e inevitable) comparar Looking es Queer as Folk, la primera (y prácticamente única) serie catalogada como “serie gay” (con permiso de Will & Grace, y de Teen Wolf). No obstante, las comparaciones deben detenerse en el hecho de que sus protagonistas sean homosexuales. Looking se desmarca de la fábula excesiva, inverosímil y demagógica que fue la serie de Showtime restando gravedad y reivindicación de la experiencia vital de sus protagonistas, y renunciando a la (absurda) responsabilidad de tener que representar todas las facetas de la comunidad LGBT. Esto no es más que un reflejo de los tiempos que corren, menos mal. Queer as Folk estaba obligada a ser política, Looking se puede permitir ser simplemente existencialista, una serie sobre la búsqueda del amor, sobre el mundo de las citas (Dates, por cierto, estáis tardando) y el sexo; una serie indudablemente de 2014, ambientada en una ciudad vibrante y luminiscente como San Francisco, con sus referencias a Instagram, a hipsters barbudos, y dejando constancia de la importancia capital de Facebook en todos los aspectos de nuestra vida. Claro que no debemos engañarnos. Que Looking no aborde (todavía) la homofobia u otros problemas derivados directamente de ser gay no quiere decir que vaya a evitar todos los clichés del cine de esta temática. Porque seamos realistas, esos clichés son ciertos, y evitarlos para agradar a aquellos que detestan que se vincule al gay con la promiscuidad (qué asco de palabra para describir algo perfectamente natural y no exclusivo del gay) o las drogas no es una opción para Haigh. Para heteronormatividad a conveniencia y pulcros maricas asexuales ya tenéis Modern Family.

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Dicho esto, la clave para conectar con Looking no debería ser el hecho de ser un hombre homosexual o no. Si quiere salirse de ese nicho de audiencia y ampliar horizontes, la serie debe hallar la manera de universalizar y enriquecer las experiencias de sus protagonistas. Y de momento no lo ha conseguido (otra cosa es que no esté interesada en ello; en ese caso no va por mal camino). Personalmente, como hombre gay me veo mucho más reflejado en las chicas y chicos heterosexuales de Girls que en los tres amigos protagonistas de Looking. Pero afortunadamente, la serie cuenta con el adorable y muy acertado Jonathan Groff, protagonista que ejerce como ideal vehículo de identificación: Patrick es un joven a punto de cumplir los 30, soltero, inseguro, ligeramente patoso (socialmente hablando), con un trabajo muy del siglo XXI (diseñador de videojuegos) y en ese punto en el que tienes menos claro que nunca hacia dónde se dirige tu vida. El personaje de Groff es el alma de Looking, un everyman gay, el no-héroe que nos invita a vivir la serie en primera persona (seamos hombre, mujer, gay o hetero). Es decir, el conducto para hallar la universalidad en el relato de Looking sin por ello sacrificar su especificidad.

Junto a él tenemos a dos personajes que añaden diversidad, Agustín (Frankie J. Alvarez), que tiene pareja estable, y Dom (Murray Bartlett), camarero de 40 años que solo piensa en follar. Todos son guapísimos, porque, ¿quién quiere ver una serie como esta con protagonistas feos? (Pocos autores se atreven a correr tal riesgo, ¿verdad, Lena?). Y, a pesar de ser relativamente encantadores y estar interpretados con suma naturalidad, todos están ligeramente desdibujados y por ahora no resultan interesantes (lo sé, lo sé, esto es normal, solo hemos visto un capítulo). Ya hemos comprobado que las mejores series se cuecen a fuego lento, pero puede que Looking no tenga demasiado tiempo para encontrar lo que busca (solo 8 episodios conformando lo que en un principio será una miniserie). Esperemos que sepa aprovechar su rica materia prima para trascender su etiqueta de “serie gay” y establecerse de verdad como relato humano. Es el primer paso hacia la utopía de una televisión en la que el público pueda pasar por alto si la persona que se mete en la cama con el protagonista es un hombre o una mujer, para centrarse en cosas más importantes.

Crítica: Mandela – Del mito al hombre

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En su versión original, el biopic de Nelson Mandela dirigido por Justin Chadwick (Las hermanas Bolena) conserva el título de la autobiografía en la que se basa, Mandela: Long Walk to Freedom. En España se ha optado por un título algo menos poético y más descriptivo: Del mito al hombre. No es para nada desacertado, ya que explicita correctamente las aspiraciones de la película. Otra cosa es que esta consiga su propósito, que es acercar al público el ser humano, el hombre, el padre, el hijo detrás del premio Nobel de la Paz. En lugar de eso, Mandela: Del mito al hombre se conforma con reproducir la página de Wikipedia del ex presidente surafricano.

Hay dos formas de hacer un biopic: centrarse en una época concreta de la biografía del protagonista y a partir de ahí trazar un retrato vital de su persona, o hacer un recorrido exhaustivo por su cronología, de principio a fin. En el caso de Mandela, la única manera de acometer la tarea de trasladar su vida a la gran pantalla era usando la segunda opción. Así, Del mito al hombre lleva a cabo la nada desdeñable labor de condensar en 141 minutos las cuatro tumultuosas décadas entre su juventud temprana como abogado y su ascensión al poder. Como trabajo de síntesis merece un sobresaliente, como cine (y a pesar de sus excelentes valores de producción) es insuficiente.

1515001_799470526746549_211807971_nLo más destacable de Mandela: Del mito al hombre quizás sea la franqueza con la que se retrata la primera etapa de su vida política en Sudáfrica. Antes que el Mandela pacifista, el Mandela baliza del pueblo, fue el Mandela cabeza de la organización violenta contra el Apartheid, y responsable primero de múltiples atentados y asesinatos. Como el origen del “mito” es de sobra conocido, William Nicholson (guionista de Gladiator) no se molesta en suavizar este aspecto de su biografía. Sin embargo, la mayor parte del metraje se dedica a los 27 años que Madiba pasó encarcelado en la isla prisión de Robben, donde se convirtió en un símbolo para el pueblo negro de Sudáfrica. Es decir, que quizás habría sido más adecuado titular la película “Del hombre al mito”.

Mandela es una película tremendamente correcta, y creo que estaréis de acuerdo conmigo en que no hay nada más aburrido que un biopic correcto. El film está claramente hecho pensando en todo momento en los Oscars, pero no ha sido posible colársela a los académicos esta vez (Mandela: Long Walk to the Oscars). Sin embargo, no habría sido nada extraño encontrarse entre los nominados de este año a Lol Crawley por su fotografía, y sobre todo a su descomunal protagonista, Idris Elba. El actor de Luther es un intérprete gigante en todos los sentidos. Su trabajo de mímesis y la pasión absoluta con la que interpreta a Mandela hace que nos olvidemos del poco parecido físico con este, o que pasemos por alto el inconsistente maquillaje con el que se envejece o se rejuvenece sin ton ni son a los personajes. Pero Elba no es la única fiera interpretativa de la película. Naomie Harris es toda una sorpresa como la segunda mujer de Nelson Mandela, Winnie Mandela, la mujer del mito, y un mito en sí misma. El acertado enfoque con el que Elba y Harris dan vida a estas figuras públicas eleva de categoría uno de esos films que de no ser por ellos simplemente sería “una película con una bonita fotografía”. Y ya sabéis lo que quiere decir esa frase.

Valoración: ★★½

El lobo de Wall Street: “¿Quién quiere vivir en el mundo normal?”

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Martin Scorsese desde luego que no. El cineasta neoyorquino siempre se ha caracterizado por su compromiso con la desmesura y la voluptuosidad cinematográfica, pero con su último trabajo, El lobo de Wall Street, se zambulle en la locura más depravada, lisérgica y bombástica de su carrera. La historia real del broker de Wall Street y orador motivacional Jordan R. Belfort, basada en su corrosiva autobiografía The Wolf of Wall Street, proporciona a Scorsese y a su actor fetiche, Leonardo DiCaprio, el material idóneo para hacer arte del exceso. El lobo de Wall Street es un ininterrumpido y descomunal delirio de tres horas de duración que se postula como uno de los viajes alucinantes y alucinados más memorables del cine reciente.

Scorsese posee una apabullante facilidad para crear imágenes y secuencias adrenalíticas que entran ipso facto en la memoria colectiva 1493279_798808363479432_1978092023_ncinéfila, y El lobo de Wall Street no es una excepción. Recordaremos para siempre a Jonah Hill masturbándose compulsivamente (con una prótesis genital) al ver a Margot Robbie por primera vez (cuántos haréis lo mismo en casa), a Leonardo DiCaprio esnifando cocaína del ano de una prostituta o la que es la secuencia más demencial de la película: Jordan Belfort volviendo del club de campo hasta las cejas de pastillas caducadas (si DiCaprio no merece un Oscar por esa escena, no sé en qué mundo vivimos). Sin embargo, lo más destacable no son estos puntos álgidos del metraje, sino cómo un Scorsese especialmente lúbrico y temerario se las arregla para mantener el ritmo en lo más alto de principio a fin, sin que su película pierda un ápice de energía en ningún momento, una hazaña al alcance de pocos.

El lobo de Wall Street es una experiencia cinematográfica trastornada, obscena y agotadora (en el mejor sentido). Una comedia (sí, comedia con mayúsculas, a pesar de su obviamente agrio y perturbador trasfondo) sobre el éxito a toda costa y el Darwinismo Social que busca la complicidad de un espectador despojado de prejuicios de cualquier clase -requisito indispensable para disfrutar de un relato franco y sin escrúpulos cuya amoralidad existe porque se presupone nuestra moralidad, y nuestra inteligencia. Parte Bret Easton Ellis, parte Judd Apatow, Terence Winter (guionista de Los Soprano y Boardwalk Empire) firma un libreto a la altura de las ambiciones artísticas de Scorsese, y lo hace alejándose del maniqueísmo sermoneador de Oliver Stone en Wall Street (1987).

El único problema es que Scorsese se entrega de tal manera al vicio y el salvajismo del mundo de Jordan Belfort que a menudo se olvida de lo que está contando y descuida cómo lo está contando (nada que no sepamos ya, forma antes que fondo y los imperdonables errores de continuidad que siempre empañan su cine). Pero como de costumbre, estas carencias se ven contrarrestadas por el sensacional trabajo de sus intérpretes. Un carismático Leonardo DiCaprio que merece más que nunca su anhelado Oscar, un feroz Jonah Hill que ha dado una vuelta de 180º a su carrera, y la gran revelación de la película: la intrépida australiana Margot Robbie, que consigue pisotear, desnuda y con tacones de aguja, el sexismo latente del film, y que hablemos de su impecable acento de Brooklyn incluso más que de sus tetas.

Valoración: ★★★★

Teen Wolf (Temporada 3B): Pesadilla en Beacon Hills

Teen Wolf Season 3B

“You two supernatural teenage boys. Don’t test my entirely un-supernatural level of patience” -Mamá McCall

¿Qué hacemos cuando nos hemos perdido? Volver sobre nuestros pasos, y si es necesario, empezar de nuevo. Jeff Davis se perdió en el bosque el año pasado y, afortunadamente, ha vuelto a encontrar el camino en 2014. Su Teen Wolf se había convertido en un embrollo saturado de datos enciclopédicos, pistas ocultas y sinsentidos que el creador de la serie no supo encajar en la historia que había creado, y que había hecho evolucionar formidablemente durante dos temporadas (de caspa a culto en dos años). Lo importante era demostrar que se había estudiado sus libros de mitología, mandando a tomar por saco la lógica interna y descuidando a sus protagonistas en favor de un montón de nuevos personajes y tramas desmembradas. Todo en busca de la sorpresa a largo plazo y el impacto de una audiencia entregada a la que subestimó trágicamente (si creía que podía colarnos cualquier cosa porque estábamos obsesionados con su serie, la llevaba clara), trazando un plan maestro que solo tenía sentido en su mente. En otras palabras: A Jeff Davis se le subió a la cabeza, y su ambición y fanfarronería estuvieron a punto de cargarse Teen Wolf.

Con los dos primeros episodios de la segunda mitad de la tercera temporada (que es como si fuera una nueva temporada completamente, así que a partir de ahora no volveré a referirme a ella con esa larga descripción), Teen Wolf regresa a los orígenes, para seguir adelante y permitirse ser mejor que nunca. Es el siguiente paso natural de una serie tras encontrar su voz, crecer y perder el norte. En “Anchors” (3.13) y “More Bad Than Good” (3.14) regresamos a la Beacon Hills que conocíamos. Volvemos al instituto (con cada uno de esos icónicos planos en los que los personajes abren vigorosamente las puertas del Beacon Hills High me retuerzo de placer), y al bosque, escenario principal de la primera temporada. Pasan a segundo plano los grandes edificios vacíos de esa metrópolis abandonada que ha resultado ser la parte alta de Beacon Hills (los nuevos decorados en Los Ángeles). Al menos en este comienzo de temporada, los cuarteles generales de la wolfie gang vuelven a ser las aulas del instituto, la cafetería, el patio. Y ver a nuestros personajes favoritos de nuevo en su hábitat natural nos devuelve la conexión que habíamos perdido con ellos.

Teen Wolf Anchors

Es muy pronto para sacar conclusiones, por supuesto, pero si los dos primeros episodios de esta temporada son indicio alguno, Davis ha renunciado un poco a sus fantasmadas para devolvernos a sus personajes. Esto no quiere decir que vaya a dejar de jugar al despiste, de manipular y de buscar a sus Big Bads y sus arcos argumentales en Wiki-Mito. Pero al menos se ha dado cuenta de que lo que más nos gusta es ver a Scott y Stiles interactuar (club de detectives adolescentes FTW), a Lydia descargar bombas de verdad, a Derek colgado de los brazos sin camiseta (nos hemos resignado a verlo sufrir, y él también, parece), los vestuarios del instituto (siempre en penumbra, y mejor llenos de vapor), las hormonas desatadas que hacen que todos los diálogos tengan doble lectura sexual (“We need an alpha who can get it… up”), las bobadas adolescentes (“What’s up with the scarf, Isaac?”). Y el sentido del humor. Sobre todo eso. A pesar de no abandonar su gusto por la tragedia (se las hace pasar canutas al niño de nuestros ojos, Stiles), Davis se deja a un lado el dramatismo grandilocuente (que ni Batman vuelve, vamos) y el forzado clímax permanente de los anteriores episodios para centrarse en la comedia (gracias por Mamá McCall), el suspense y la aventura. Y para ello, los dos primeros capítulos están construidos a partir de un misterio que se abre en un episodio y se cierra en el siguiente. Un nuevo “ataque animal” protagonizado por una niña-coyote, que Davis utiliza para recordarnos el origen de la serie, pero también para hacer avanzar a sus personajes después de los acontecimientos de “Lunar Ellipse” (3.12). Afortunadamente, ellos son su “ancla”, y le han devuelto los pies a la tierra.

Lo que Davis sí ha conservado de la anterior temporada es su impecable sentido estético. Siempre lo he dicho, Teen Wolf es una de las series más visualmente atractivas que hay en la tele, y esta temporada se reafirma en ello. Claro que el showrunner juega con una clara ventaja: sus actores son un regalo para la vista y poco hay que hacer para que un plano en los que salgan ellos sea bello. Sin embargo, con este arranque de temporada, Davis nos sigue demostrando que estos bien parecidos especímenes de adolescentes de 25 son mucho más que trozos de carne con ojos. Con la manada de alfas desarticulada, y sin caer de nuevo en el error de incorporar doscientos nuevos personajes (de momento solo tenemos a Papá Scott y a la pizpireta y adorkable Kira, aunque miedo me da ese plano final en “More Bad Than Good”), queda tiempo de sobra en Teen Wolf para prestar atención a sus protagonistas.

Teen Wolf More Bad than Good

Cual Buffy Summers en las temporadas 2 y 6, Stiles, Scott y Allison lidian con las consecuencias de haber muerto y vuelto a la vida. Allison ha perdido su destreza con el arco, Scott no se puede convertir en hombre lobo sin perder el control y correr el riesgo de convertirse para siempre en animal, y Stiles (que claramente ha dado otro estirón y ha aumentado sus horas de gimnasio, gracias) vive entre sueño y vigilia, sin saber si está despierto o no. Por cierto, Davis sabe que las secuencias oníricas son uno de los puntos fuertes de la serie, y este año ha empezado a usarlas como es debido (mención especial al impresionante prólogo de “Anchors” y a las pesadillas gore de Allison, con Kate Argent como otro de los enlaces al comienzo de la serie). A lo largo de estos dos primeros episodios, el trío original de Teen Wolf encuentra sus anclas y da un paso hacia su reinserción en la vida. Especialmente Scott, que gracias a su BFF vuelve a rugir muy fuerte (previamente Stiles había regresado a la realidad también gracias a su mejor amigo), como el alfa que es, y como Simba, para guiar a la niña-coyote de vuelta a la forma humana (“No ha habido nadie como yo / Tan fuerte y tan veloz / Seré el lobo más voraz / Y así será mi VOZ!). Scott recupera el control sobre sí mismo, y Davis hace lo propio con su serie. Mientras, los apolíneos Derek y Peter Hale son rehenes de un ¿clan? hispano (Derek: “no hablo español”), y evidentemente, se pasan los dos capítulos semidesnudos, empapados de sudor y tensando músculos todo el rato. No cabe duda, esta es mi Teen Wolf. Bienvenida de nuevo.

Sherlock – “His Last Vow” (3.03): Algo pasa con Mary

Sherlock

Sabíamos que Sherlock se marcharía este año con un gran bang. Y de hecho se ha marchado con dos. Para el tercer episodio de la temporada, “His Last Vow“, Steven Moffat acapara todo el trabajo de guión y firma un libreto cargado de referencias (más de lo habitual) al canon de historias de Sir Arthur Conan Doyle, y por supuesto, unas cuantas a su Doctor Who (en un momento del episodio, Sherlock llama a Mary “la mujer del doctor” por ejemplo). “His Last Vow” es todo lo que esperamos de un final de temporada de esta serie: giros, golpes de efecto, más giros y sorpresas, tramas retorciéndose y saltando, una filigrana narrativa que no es tan genial como Moffat cree, pero sí lo suficientemente efectiva como para tenernos en vilo una hora y media.

Después de dos capítulos decididamente cómicos (y caóticos), Moffat se pone un poco más serio, se centra y descarga de humor la tercera y última entrega de la temporada para adentrarse en territorio farragoso. El de los traumas y el origen de las patologías psicológicas (vemos a Sherlock de pequeño varias veces a lo largo del episodio), los miedos y los puntos débiles de sus personajes. “His Last Vow” trata en gran medida sobre la adicción, no solo la de Sherlock Holmes a las drogas, sino también su adicción a John Watson (su droga de reemplazo), y cómo no, la de John Watson a las personas psicológicamente dañadas que le engañan y lo ponen en peligro. En la secuencia inicial de los créditos (después del estupendo prólogo con Lars Mikkelsen y Lindsay Duncan) vemos a un Watson que no estamos acostumbrados a ver, al soldado, al experto en el combate cuerpo a cuerpo, al súper héroe que todos menos él sabemos que es. Para luego verlo retomar su puesto como sidekick de Sherlock y finalmente constatar -una vez más- que es un ser humano prácticamente perfecto en todos los sentidos (sí, como Mary Poppins). No hay suficientes elogios para Martin Freeman, que lo borda en todos los registros, siempre con una naturalidad y carisma que hace que su trabajo parezca el más fácil del mundo.

Sherlock

En “His Last Vow”, el pasado vuelve para atormentar a los protagonistas (hasta el último minuto, ya sabéis de qué hablo), pero también para consolarlos y ofrecerles refugio. Como si del Rosebud de Ciudadano Kane se tratase, se nos desvela el misterio de Redbeard, uno de los puntos débiles de Holmes que podemos leer en las gafas de Magnussen (este año han sacado el mejor provecho de los rótulos sobreimpresos en pantalla y otras argucias visuales). Y al igual que el trineo de Charles Foster Kane, este mcguffin de Sherlock nos lleva a la infancia del protagonista. Redbeard resulta ser el perro de nuestro detective, su “ancla” antes de conocer a John, que es otro tipo de cachorro. Mucho más oscuro y desconcertante es el gran secreto de Mary: la mujer de Watson es una ex asesina que trabajaba para la CIA y que planea matar a Charles Augustus Magnussen, el villano del episodio, para evitar que este destape sus secretos y arruine su nueva vida con John. Este impactante giro que cambia por completo la percepción que tenemos de Mary no está en el canon (obviamente Mary no era una agente de la CIA a finales del siglo XIX), pero sí está construido a partir de los datos biográficos, o más bien de la ausencia de datos y el misterio alrededor del pasado del personaje que ideó Conan Doyle.

La revelación de Mary (muy bien hilada y justificada a base de detalles que no percibimos en los dos episodios anteriores) nos desarma, nos enfada y nos decepciona (no queremos que le pase nada malo nunca a John), pero en última instancia sirve para reforzar los lazos de los tres personajes principales. La clave está en la escena más compleja e intrincada visual y narrativamente de lo que llevamos de serie, la del disparo de Mary a Sherlock (¿no os encantaría ver esta serie en el cine?) En ella Sherlock nos lleva a su “mind palace” (un lugar que, sorprendentemente, o no tanto, está habitado por personas a las que quiere), donde descubre no sólo que está en su mano burlar a la muerte siguiendo la lógica científica que ha aprehendido de Molly (grande Molly), sino también que Mary Morstan es una espía y el disparo era su única manera de salvar a dos personas por las que siente genuino amor. Esto lleva a John a perdonar a Mary por haberle ocultado su pasado, el cual no tiene interés en conocer. “Los problemas de tu pasado son asunto tuyo. Los problemas de tu futuro son privilegio mío”. Para, John. Por favor. Deja de ser tan perfecto. Duele.

John Watson His Last Vow Martin Freeman

Uno de los mayores defectos de Steven Moffat como guionista es abarcar mucho más de lo que debe. Sí, este es un problema que encontramos en todos los episodios de Sherlock (mejor eso que un “desarrollo estancado” de 90 minutos), pero resulta especialmente molesto y confuso en “His Last Vow”, saturado de flashbacks, capas de información y giros de guión. Aunque claro, si un episodio de Sherlock fuera sencillo y estuviera contado sin efectismo y engaño no sería Sherlock. Y seguramente no nos gustaría tanto. Además, lo mejor de esto es que todo acaba encajando de tal manera que los episodios anteriores adquieren nuevo sentido y la temporada mucho más empaque, por lo que la serie se presta enormemente a los revisionados.

Como no puede ser de otra manera, “His Last Vow” se guarda un gran giro para el final (y no, todavía no me refiero a eso). La cámara de los secretos de Charles Augustus Magnussen (actualización del villano sherlockiano Charles August Milverton interpretado a las mil maravillas por el hermano de Mads Mikkelsen) está en realidad en su mente, por lo que no hay manera de destruir las pruebas sobre el pasado de Mary si no es matándolo. Después de una escena incómoda y enervante como pocas he visto (Magnussen dando golpecitos con el dedo en la cara de John), Sherlock mata a su archinémesis de la semana, lo que lo convierte en un criminal (en la historia original simplemente no hacía nada por evitar su muerte). En manos de las autoridades (o sea, de su hermano Mycroft y su amigo Lestrade), Sherlock se ve obligado a aceptar una misión suicida como espía (y yo creía que se me habían acabado los espías con Nikita). La despedida de Sherlock y John resulta demasiado contenida pero cargada de emoción. Afortunadamente solo están separados 4 minutos. La próxima vez que vayáis a despediros para no veros nunca más, ¡arrimaos!

Sherlock 3x03 His Last Vow

¿Cuál es la razón para que Sherlock se baje del avión (cual Rachel Green) antes de despegar hacia su final? Ahora sí. Jim Moriarty. ¡Qué sorpresa! (ironía). Es prácticamente un hecho que Moriarty sigue muerto (nos lo aseguraron Moffat y Gatiss, aunque ya sabéis que de esos hay que creerse poco), y esto no es más que una provocación del villano de la cuarta temporada (los entendidos dicen que podría tratarse de Sebastian Moran), una distracción de Moffat para llamar la atención y asegurarse nuestro regreso, como si hiciera falta. Claro que con esta serie nunca se sabe qué retorcido y mágico plan nos aguarda a la vuelta de la esquina. Ahora ya sabéis lo que toca: mono. ¿Y cómo se sobrelleva el síndrome de abstinencia impuesta después de estos cortos pero intensos 12 días de Sherlock? Por mi parte yo recurriré a la droga de reemplazo de Holmes: Me voy a mirar gifs de John Watson muriéndose de celos porque su Sherlock se ha echado novia (qué alivio que lo de Janine fuera solo el despiadado plan de un psicópata, ¿verdad?). A ver si así aguanto hasta 2015. Nos vemos el año que viene en el 221b de Baker Street. Toodles!

Community 2.0

Lo de Community no es normal. Cuando una serie pasa por lo que ha pasado la comedia de culto de NBC, lo más lógico es que no haya marcha atrás y se acabe hundiendo (lo que le está pasando a Raising Hope). La cadena despidió a su creador y showrunner, Dan Harmon, después de una sonada pelea con Chevy Chase, y lo sustituyó por dos guionistas, David Guarascio y Moses Port. Tras el fracaso artístico (en índices de audiencia no bajó demasiado, sorprendentemente) que supuso la cuarta temporada, Guarascio y Port lo dieron por imposible y renunciaron al puesto. Exceptuando un par de episodios más o menos a la altura de lo que esperamos de nuestra Community (“Conventions of Time and Space”, “Herstory of Dance”), los dos showrunners desempeñaron su trabajo desde el ángulo erróneo: en lugar de dejar que la serie evolucionase bajo su tutela y encontrase una nueva voz, se empeñaron en clonar la Community de Dan Harmon.

CommunityEl resultado fue una pobre imitación en la que todo resultaba forzado, caricaturesco y vacío. Nosotros les agradecemos el esfuerzo de corazón. La verdad es que se enfrascaban en una batalla ya perdida y aún así le pusieron empeño. Pero el triunfal regreso de Community en 2014 ha demostrado que Community sin Dan Harmon no es Community. Es… la cuarta temporada de Community. Con la mosca cojonera de Chevy Chase fuera de la ecuación, Harmon recupera la custodia de su niña y vuelve para reestablecer el orden (o el dulce caos) en su serie. Borrón y cuenta nueva (y changnesia selectiva para no acordarnos de la cuarta). Ya era hora de que los de Sony se dieran cuenta de que con esta serie, y aunque nos duela en el fondo, es mejor perder a una de sus estrellas que a la persona que hace que funcione (y digo esto preparando ya los kleenex para cuando Donald Glover desaparezca). Community nunca ha sido normal, nunca ha querido ser normal, y su accidentada trayectoria, muerte y resurgimiento de las cenizas es prueba de ello.

Ya hemos visto tres episodios de la quinta temporada de Community, y a pesar de unos cuantos peros, el balance es positivo. Damos la bienvenida a Community 2.0. No es exactamente una nueva serie, pero sí es un nuevo comienzo. Community vuelve a ser la obra de un excéntrico autor que yerra tanto como acierta, un experimento televisivo autoindulgente que en lugar de alienar a sus espectadores, los abraza y los pellizca. Harmon ha vuelto, y con él regresan las almas de sus personajes, después de pasar un año en el limbo dejando a los Greendale Seven como carcasas vacías. Estamos a un paso de conseguir lo que creíamos que era una utopía: el #sixseasonsandamovie. A continuación os dejo con una breve opinión de los tres episodios de la quinta temporada emitidos hasta la fecha:

Community - Season 5

5.01 “Repilot”

Con “Repilot“, Harmon lleva a cabo un ejercicio de deconstrucción, casi de destrucción, necesario para seguir adelante. No es que ignore todo lo ocurrido en la cuarta temporada (afortunadamente sí hace como si lo de Britta y Troy nunca hubiese pasado), pero se da prisa en quitárselo de en medio para no subyugar la nueva temporada a las consecuencias de la anterior. Hay continuidad, desde luego, pero Harmon se queda con lo que le conviene, atribuye los errores y salidas de tono del año pasado a “un escape de gas” (a partir de ahora, la cuarta temporada es oficialmente el “Gas Leak Year”) y se evita más de un problema dando un considerable salto hacia delante en el tiempo.

“Repilot” plantea una versión más oscura y deprimente de Community. Es incluso peor que la Darkest Timeline: los protagonistas se graduaron, se separaron (lógicamente) y ahora tienen trabajos por debajo de sus expectativas (¿qué esperaban?) o miran la vida pasar. Al igual que en el piloto de 2009, Jeff los vuelve a juntar (y al igual que en 2009, ese no es su principal propósito). El plan de Jeff y el desarrollo del episodio es algo confuso, pero lo que importa es el resultado: los Greendale 7, ahora Greendale 6, vuelven al campus, vuelven a estar juntos, que es como deben estar siempre. Por supuesto, “Repilot” no escatima en metarreferencias (Abed y Scrubs) y la autorreflexividad vuelve a ser usada correctamente, como en la brillante escena en la que Jeff se pregunta qué ha pasado para que Britta pase de ser una guerrillera a la tonta del grupo o para que la personalidad de Troy haya sido absorbida por Abed. No confundamos esto con un golpe bajo a la cuarta temporada (para eso ya está lo del Gas Leak Year o lo de “No haberos gastado tanto en efectos”). El problema viene de mucho antes, y esto es un mea culpa de Harmon en toda regla. Que el grupo queme la mesa de estudio (aunque sea accidentalmente) y creen juntos una nueva es el gesto definitivo. La nueva vieja Community ya está aquí. Cómo echaba de menos reírme con esta serie: “That’s like me blaming owls for how much I suck at analogies.” Eso.

Community Introduction to Teaching

5.02 “Introduction to Teaching”

Y si “Repilot” incendiaba y destruía Community, en “Introduction to Teaching” asistimos al verdadero resurgir del Ave Fénix. El segundo capítulo de la temporada es un episodio modelo. Después del replanteamiento del anterior, las cosas vuelven a la (a)normalidad en Greendale, mientras los personajes se ajustan a sus nuevos papeles. Sobre todo Jeff, ahora profesor de Derecho en el campus. La sala de estudio vuelve a ser la misma de siempre. Con alguna que otra variación: Jeff ya no está al mismo nivel que sus compañeros académicamente hablando (nuevo escenario: la sala de profesores), Pierce no está, Hickey (Jonathan Banks básicamente interpretando de nuevo a su Mike Ehrmantraut de Breaking Bad) lo sustituye oficialmente, y lo más importante, la Mesa Mark II. Lo que no ha cambiado nunca es Chang, que vuelve a ser profesor. Siempre igual de grande, maneje los hilos del personaje quien los maneje (probablemente Ken Jeong en todo momento).

En “Introduction to Teaching” regresan los elementos más icónicos de Community, incluidos los gritos de Garrett y el Pop Pop! de Magnitude. Y la ausencia de Pierce, más que con la presencia de Hickey (personaje aburrido que habrá que dejar evolucionar como a los demás, supongo), se compensa sobradamente dando énfasis a los personajes de reparto y elevando a nuestro adorado Dean Pelton a fijo (aunque la única diferencia por ahora esté en los créditos iniciales, porque fijo ha sido siempre). Lo dicho, “Introduction to Teaching” es Classic Community. No hay duda cuando vemos la escena de la revuelta por la conspiración de los “menos” en las notas o cuando vemos a Abed intentando averiguar si Nicolas Cage es un buen o mal actor en una de las clases más geniales que hemos visto en Community. Danny Pudi ofrece en este episodio una de sus mejores interpretaciones de la serie. Et tu Brute!

Community - Season 5

5.03 “Basic Intergluteal Numismatics”

Pero entonces llega “Basic Intergluteal Numismatics” y se nos trastocan un poco los esquemas. El tercer episodio también tiene ese inconfundible aroma a la Community clásica, pero le falta algo de chispa. Aunque en realidad esa es la idea: el capítulo es una parodia de las películas de David Fincher, Red Dragon (los créditos homenajean a los de la película de Brett Ratner), los procedimentales de CBS y series como The Killing, una investigación criminal de mano de dos agentes, Jeff y Annie (oportunidad para seguir explotando su ya absurda TSNR – ¡O los lías o los dejas tranquilos, pero haz algo ya!). El mayor acierto de “Basic Integluteal Numismatics” (parecido a aquel “Basic Lupine Urology”, el de la batata de la 3ª temporada) es no ceñirse a un referente y parodiarlo de principio a fin, sino crear una historia partiendo de los lugares comunes que se repiten en películas como Se7en o Zodiac y series como Caso abierto. Así, los estudiantes de Greendale se enfrentan a un malhechor que los tiene aterrorizados metiéndoles monedas en la raja del culo cuando se agachan. El episodio es técnicamente brillante y sobresaliente como parodia, pero llega demasiado pronto y nos hace temer otra temporada cargada de capítulos ambiciosos (high-concept, que los llaman por ahí) que hagan que la serie vuelva a perder un poco el norte. ¿No sería mejor centrarse un poco más en los personajes, que acaban de tirar cinco años de su vida para invertir en otros cuatro, antes de ponerse con este tipo de capítulos?

Por último, “Basic Intergluteal Numismatics” supone el reset definitivo de la serie, y se nota en la agitación del reparto. Nos enteramos de qué ha pasado con Pierce (el holograma de “Repilot” no nos desvelaba cuál había sido su destino) en una escena cruda y desarmante que nos pilla desprevenidos, y recuperamos al profesor Duncan (genial John Oliver) y a Starburns, que no estaba muerto, estaba viviendo en el establo de Greendale (“¡¿Tenemos establo?!”). Por otro lado, Troy ha sido una presencia ausente en estos primeros episodios de la temporada, lo que nos hace pensar que nos están preparando para su marcha (esperamos no definitiva), o sea, que nos están intentando demostrar que la serie también puede funcionar sin él. Su ausencia será mucho más trágica que la de Pierce (sobre todo porque Abed se queda sin su otra mitad), pero si algo me ha enseñado ser fan de esta serie es a confiar ciegamente en ese loco gilipollas que es Dan Harmon.

Crítica: Agosto

AUGUST: OSAGE COUNTY

Crítica escrita por Daniel Andréu

Ha pasado ya mucho tiempo desde aquella Celebración (Thomas Vinterberg, 1998) constituyera uno de los ejemplos más recordados de los últimos años en este subgénero de “reuniones familiares con incómodos roces y oscuros secretos saliendo a la luz”. Aquella inauguración del movimiento Dogma 95 no fue la primera película de este tipo, y por supuesto no fue la última. Muchos han intentado acercarse a este lugar común con mayor o menor suerte, como el caso que nos ocupa: Agosto (August: Osage County, John Wells).

Cualquiera puede hacer una película con una temática similar, no debería ser propiedad exclusiva del cine independiente, pero si no eres capaz de hacer algo con naturalidad deberías dejarlo y probar otra cosa. Este consejo va dedicado a todo el equipo responsable de esta película, empezando por los hermanos Weinstein en la producción. Cuando un producto así se llena de actores hollywoodienses tan conocidos como Meryl Streep, Julia Roberts o Ewan McGregor entre otros, da la sensación de que han sido escogidos para cubrir las carencias con las que parte el proyecto. Efectivamente este es el caso de Agosto, y desgraciadamente ni Hollywood ni nadie es capaz de salvar el conjunto.

Sin haber visto o leído la obra original por la que la también autora del guión Tracy Letts ganó el premio Pulitzer, está claro que el problema viene de la raíz. La sensación que transmite la película durante todo su metraje es de tener un único y clarísimo objetivo, ser lo más indie posible. Aunque sea un mundo que también está lleno de mucha pose y falsedad, sí es cierto que ese tono es algo que a alguna gente le sale natural y a otra no. En Agosto no hay naturalidad ni relajación en ningún momento, cada plano y cada momento están subrayando lo falsamente minoritaria que pretende ser y se olvida de todo lo demás. Sin desvelar nada al lector, ese secreto familiar mil veces visto en otras películas que se ve venir desde el principio y que provoca la mayor crisis de la película, me parece que es motivo de peso para darles una buena colleja a la guionista y a los productores del film.

AUGUST: OSAGE COUNTY

No existe ningún personaje creíble y es culpa del guión, que basa su supuesta efectividad en a ver quién suelta el secreto más gordo, a ver quién provoca la situación más incómoda o a ver quién vive el momento más épicamente dramático. Los pobres actores hacen lo que pueden con sus personajes y realizan un buen trabajo. Julia Roberts (con sus labios-salchichas) demuestra por enésima vez algo que ya no hace falta, que es una buena actriz; Ewan McGregor (con sus omnipresentes dientes) sigue despistando al personal yendo entre las interpretaciones más sosas y las más vivas, como la de esta película; y el resto mantiene el nivel pero sin dejar ese tono caricaturesco que lastra el trabajo actoral en conjunto. Es el mayor fallo de una adorable Juliette Lewis, que sin embargo queda ensombrecido por el exceso de Meryl Streep. A esta señora hay que adorarla, y está claro que se tira un pedo y le sale una interpretación como la de Agosto, pero llega a ser realmente incómodo ver cómo se esfuerza tantísimo en poner caras y ser lo más excéntrica posible. A veces no se sabe si es una actriz o un payaso buscando la tontería más extrema.

La sensación que deja la película es de ser un gran “quiero y no puedo”. Al igual que Coldplay no hacen rock alternativo o Haruki Murakami no hace literatura para las minorías, Agosto no constituye película indie. Por suerte, el espectador se podrá refugiar en que el film no llega a traspasar la línea entre lo agradable y lo molesto, y en que resulta realmente entretenida a pesar de sus diversos fallos.

Valoración: ★★★

Sherlock – “The Sign of Three” (3.02): La boda del año

The Sign of Three Sherlock

Después de irrumpir en 2014 llevándose todo y a todos por delante, el huracán Sherlock amaina con la segunda entrega de la tercera temporada del pelotazo de BBC, que lleva por título el premonitorio “The Sign of Three”. Igualmente rebosante de escenas memorables pero un poco menos escrito por y para Tumblr que The Empty Hearse, el episodio central (o sea, el ojo del huracán) de la tercera de Sherlock es tan apasionado y divertido como caótico y descentrado, y se puede resumir en dos ideas: la celebración oficial (y de etiqueta) de la amistad inquebrantable de Sherlock y John, y el ingreso definitivo de Mary Morstan en la coalición Johnlock, lo que altera ligeramente la dinámica de la serie.

Pero la altera para bien, porque Amanda Abbington no podría ser más idónea para el personaje de Mary, aportando estabilidad a nuestros dos queridos “drama queens“, y ganándose en tiempo récord el beneplácito de la audiencia. Mary, lejos de ser la tercera en discordia, es (por ahora, claro está) una fuerza unificadora, una fuente de equilibrio emocional y contrapunto realista para la pareja principal de la serie (“Ni tú ni yo fuimos el primero”), más inmersos que nunca en la fantasía de su estrafalaria vida en común (como muestra el genial montaje de sus casos más locos). Mary tiene calado a Sherlock desde el primer minuto (“Yo no soy John”, le deja caer con toda la naturalidad del mundo) y en lugar de aprovechar esta ventaja para quitárselo de en medio, la usa para construir una relación sana dentro de sus posibilidades, asumiendo desde el principio que deshacerse de la persona más importante en la vida de su marido no es una opción si quiere que su matrimonio funcione. En “The Sign of Three” asistimos como invitados de excepción a la boda de John Watson y Mary Morstan. Mark Gatiss y Steven Moffat están manejando con destreza el tiempo en esta temporada. Las elipsis y los saltos en el tiempo durante este capítulo funcionan muy bien porque todos los personajes, incluida Mary (es más, especialmente Mary), están muy asentados en el relato, y además se parte con la ventaja de que la audiencia conoce la historia de antemano. Tenemos tan solo tres capítulos por temporada, y es mejor no perder el tiempo.

Otra cosa es que también sepan disponer con la misma habilidad los incontables elementos de la historia. “The Empty Hearse” ya pecaba de abarcar demasiado, pero sorprendentemente lograba hacer encajar todo a las mil maravillas. Sin embargo, “The Sign of Three” adolece de una convulsa sobrecarga de información y sale perjudicado por un exceso de tramas, interludios y apartes que Steve Thompson (guionista del episodio), Gatiss y Moffat no saben hilar. Más bien convierten el episodio en una gran madeja de historias y escenas que lanzan al espectador. Curiosamente, muchas de estas escenas parecen estar alargadas en exceso, haciendo que “The Sign of Three” sea uno de los episodios de Sherlock más perjudicados por su extensa duración. En él nos encontramos con tres casos aparentemente desconectados (con homicidio en cuarto cerrado incluido, con lo que a mí me gustan) que Holmes no ha logrado descifrar. Unos más interesantes que otros, todos ligeramente predecibles y finalmente resueltos a base de los dei ex machina y las coincidencias imposibles que tanto gustan a los creadores de la serie, estos enigmas plantean demasiadas preguntas que ponen en duda la verosimilitud de los mismos. No es que no estemos acostumbrados, pero nos gusta que un caso de Sherlock termine con las piezas encajando tras un satisfactorio proceso de deducción y reconstrucción (por muy enrevesado que sea) y no después de lanzarlas al aire para que encajen mágicamente.

The Sign of Three 3.02

La celebración del enlace Watson-Morstan es el escenario perfecto para seguir diseccionando a la extraña pareja formada por Sherlock y John. Y, a pesar de constituir el discurso de boda más largo y ramificado de la historia, “The Sign of Three” sale triunfante al cumplir su propósito principal: articular en palabras las psiques de sus protagonistas y la naturaleza de su relación, lo que se consigue a través de los desconcertantes, conmovedores y brillantes soliloquios de Sherlock durante el brindis. Así que al fin y al cabo, los casos del episodio se mantienen casi en todo momento en un segundo plano, sobresaliendo por encima de ellos todas las escenas en las que Sherlock y John se profesan su amor incondicional. Lo mejor de “The Sign of Three” es que Gatiss y Moffat se reafirman en su modo de representar la amistad de los protagonistas: sin medias tintas y desde el corazón. John le dice a Sherlock que es su mejor amigo, y Sherlock le dice a John que le quiere y que le tendrá para toda la vida. Con esas palabras exactas (sniff, se me siguen saltando las lágrimas). Hoy por hoy es una tontería recurrir a dobles sentidos o declaraciones veladas (otra cosa es la TSNR). Lo mucho que se quieren estos dos está ahí (¿de dónde iba a salir si no el enternecedor estrés de Sherlock preparándose para la boda?), es dominio público, y resulta emocionante verlos a ambos entregados a él y cantándolo a los cuatro vientos.

Por eso “The Sign of Three” es otro gran episodio de Sherlock. Por eso y porque Benedict Cumberbatch y Martin Freeman están mejor que nunca. Imborrable la escena en la que John le pide a Sherlock que sea su padrino de boda, y mucho más inolvidable aún la sección del episodio en la que los dos amigos se emborrachan haciendo un tour al más puro estilo The World’s End, juegan a adivinar los personajes de su frente (probablemente una de las escenas mejor escritas e interpretadas de toda la serie), atienden a un caso “clueing for looks” y se despiertan en una celda con la peor resaca de la historia. Salta a la vista que Cumberbatch y Freeman no pueden estar más cómodos en sus personajes. Los dos están entregados al 150%, y resultan inconmensurables tanto en las escenas cómicas como en las emotivas (que a menudo serán lo mismo). “The Sign of Three” supone el nacimiento oficial de la trifecta John-Sherlock-Mary, pero después de escenas así, para nosotros es como si hubiéramos asistido a la boda de Sherlock Holmes y John Watson, los novios más impolutos, gallardos y tiernos de la Gran Bretaña.

Crítica: La gran revancha (Grudge Match)

Grudge Match La gran revancha

“Todo el mundo se ríe de nosotros, pero no estamos muertos” podría ser el slogan de La gran revancha (Grudge Match). La nueva película de Peter Segal, curtido realizador de comedia (Ejecutivo agresivo50 primeras citasSuperagente 86), gira en torno a esa idea y continúa la senda autoparódica que sus dos protagonistas, Sylvester Stallone y Robert De Niro, llevan varios años recorriendo (más De Niro que Stallone, todo hay que decirlo). Los dos veteranos actores llevan a cabo una clara reivindicación con La gran revancha: A través de sus personajes, Henry ‘Razor’ Sharp (Stallone) y Billy ‘The Kid’ McDonnen (De Niro), dos boxeadores retirados que regresan 30 años después de su última pelea para librar un combate de revancha, Stallone y De Niro piden voz para los mayores, no solo en el deporte y en la vida, sino también en el cine.

Es ya tendencia en el cine actual el ejercicio nostálgico y autorreferencial que recupera a míticos intérpretes del cine de acción (algunos ya sexagenarios) para devolverles la dignidad o arrebatársela sin piedad. Jean-Claude Van Damme se entregó al meta en JCVDMickey Rourke resucitó gracias a Darren Aronofsky en la excelente El luchadory más recientemente Bruce Willis encabezó un reparto de héroes geriátricos en las dos divertidísimas entregas de Red. Sin olvidar ese estruendoso mash-up testosterónico que es la saga Los mercenarios, ideada por Stallone como una especie de Liga Extraordinaria de los Actores Culturistas y Leyendas de las Artes Marciales. Y después está Robert De Niro, que al margen de algún papel aclamado (El lado bueno de las cosas), se ha quedado para la autoparodia fácil. Hace poco lo vimos haciendo de mafioso en la fallida Malavita y ahora le baja los pantalones a su Jake La Motta para protagonizar otro festival de topicazos de fácil digestión. Stallone hace lo propio con su Rocky Balboa, pero de alguna manera (y a pesar de su incómoda complexión facial) sale mejor parado que su gruñón contrincante.

La gran revancha cartel españolLa gran revancha es ante todo una comedia, no una de acción, sino una buenrrollista y familiar (una desastrada Kim Basinger y el walking dead John Bernthal completan el clan disfuncional y adúltero de Razor y The Kid). La sal gruesa (no me hagáis hablar del insoportable Kevin Hart), los chistes verdes y el humor predecible son la tónica general de la película, pero entre tanto gag guarrindongo y escatológico (pis de caballo y pedos incluidos) se cuelan unos cuantos diálogos inspirados que redimen a los protagonistas. A pesar de esto, a los guionistas Tim Kelleher y Rodney Rothman lo que les interesa es la cantidad por encima de la calidad, y sobre todo poner a Stallone y De Niro (sobre todo a De Niro) en situaciones ridículas para deleite del personal ávido de ver a sus héroes haciendo el canelo (al fin y al cabo, reírse de uno mismo es un ejercicio muy sano y contagioso).

En eso se basa La gran revancha, en la seguridad de que será suficiente con ver a estos dos actores, otrora púgiles legendarios del cine, intentando “recuperar la hombría” enfundados en un traje-chroma verde lleno de bombillitas, peleándose como dos niños en el recreo, y que por ello no hará falta trabajar el guión. Pero lo peor de La gran revancha no es su humor barato, o los pellejos de Stallone y De Niro en movimiento, sino la pobre factura de la película, con un bochornoso CGI (a juego con el Photoshop del cartel) que recrea las peleas entre Razor y The Kid al comienzo del film. Y también su tediosa recta final, que incluye el combate de boxeo más alargado y aburrido de los últimos años. Al final, el “nunca es tarde” que entona La gran revancha solo cobra sentido cuando nos referimos al personaje de Alan Arkin, nonagenario ex entrenador de Stallone en la ficción, la leyenda viva más interesante y mejor interpretada de La gran revancha.

Valoración: ★★