Crítica: Diana

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A menos que haya un gran nombre de Hollywood involucrado, el biopic suele ser un género denostado y considerado menor. Este año hemos visto unos cuantos, algunos ejemplares (Lincoln), algunos olvidables (El quinto poder), otros sencillamente horribles (Jobs). Es difícil que el público tome completamente en serio este tipo de películas vinculadas por defecto a la sobremesa televisiva. El biopic de la Princesa Diana de Gales lo tiene especialmente difícil. Viene precedido de incontables recreaciones en forma de TV Movie (a cada cual más carroñera), y trata sobre una figura pública asociada al papel couché, a pesar de ser “la mujer más famosa del mundo”, y durante un tiempo la más querida. Sin embargo, Oliver Hirschbiegel (director de El hundimiento, ojo) logra una hazaña reseñable teniendo en cuenta el material con el que trabaja: realizar una “película del corazón” (en más de un sentido) con buen gusto y dignidad.

Diana fluctúa entre el homenaje beatificante y la comedia romántica más camp. Afortunadamente, Hirschbiegel escapa del amarillismo y la casquería para retratar a Lady Di, aunque no puede evitar adentrarse en el terreno de la comedia involuntaria cuando se toma demasiado en serio al personaje y a la película. Diana es una placa conmemorativa en imágenes, CARTEL DIANAun tosco recordatorio de la importante labor humanitaria de Diana, auto proclamada heroína filantrópica. Sin embargo, es su condición de “historia de amor imposible” lo que realmente humaniza al mito (aunque convierta al personaje en una adolescente arrebatada de amour fou). Hay 5 millones de personas en este mundo que pueden decir que me quieren, pero ¿habrá una sola que quiera quedarse conmigo?” Hirschbiegel contrarresta la caspa que proporcionan los diálogos más cursis y la ambientación noventera caracterizando a la princesa del pueblo como una mujer sola y melancólica, acotando el relato de su vida en la etapa más triste de su biografía, recreándose en los instantes cotidianos que revelan su deseo de ser una mujer normal.

En ese (loable) intento de convertir al personaje en persona y añadir dimensiones a la princesa, Hirschbiegel se pasa de indulgente -no hay más que ver la estrambótica escena en la que Di se baja del coche para defender a una prostituta de su chulo o la antipática caracterización de Naveen Andrews como su amante Hasnat Kahn. Se empeña en que conozcamos a “la verdadera Diana”, cuando en realidad ya la conocemos de sobra. En este sentido, la película no aporta nada nuevo a la imagen pública (ya de por sí muy positiva) de la Rosa de Inglaterra, por lo que se pierde en su falta de propósito y finalidad. Aun con todo, Hirschbiegel resulta un narrador competente. Saca el mayor partido de los momentos más icónicos de su biografía y articula el relato ayudándose de los titulares, las imágenes y las anécdotas más (y menos) conocidas sobre Diana, para plasmar con acierto el impacto de su vida y muerte en la sociedad. Pero lo que verdaderamente salva a la película de caer en el despropósito es la fantástica interpretación de Naomi Watts. La actriz lleva a cabo un meticuloso trabajo de mímesis con la princesa que compensa el escaso parecido físico entre ambas. Vemos a Diana en su manera de andar, su lenguaje corporal, su voz. Pero sobre todo en su mirada, familiar y afligida, capaz de contarnos por sí sola todo lo que Hirschbiegel intenta expresar en palabras e imágenes.

Valoración: ★★½

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