Crítica: El Hobbit – La desolación de Smaug

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Después de ver El Hobbit: La desolación de Smaug podemos confirmar (una vez más) que Peter Jackson no hace cine para todos los públicos, hace cine para fans. Y es curioso, aún así ha conseguido llevarse de calle a la masa cinéfila, primero con El señor de los anillos, y ahora con su nueva trilogía basada en la obra de J.R.R. TolkienEl Hobbit. La labor de Jackson a la hora de acercar al público mayoritario a un género tradicionalmente de minorías como el fantástico es encomiable. Claro que no todos cuentan con una piedra fundacional del género en la que basarse y todo el despliegue económico a su servicio. Después del tibio recibimiento de El Hobbit: Un viaje inesperado (2012), Jackson despliega la artillería pesada para subsanar los errores de la primera parte y hacer las delicias de los fanboys con el capítulo de transición de la trilogía, La desolación de Smaug.

Una de las quejas más sonoras sobre Un viaje inesperado era el exceso de humor (infantiloide, porque no puede ser de otra manera), que desentonaba con la anterior trilogía. La desolación de Smaug contiene pequeñas píldoras de comedia bien dosificadas, pero el tono es eminentemente grave y sombríoEl Hobbit se deshace así de ese aire de aventura ligera y colorista con la que arrancó el año pasado (he de confesar que a mí me pareció un cambio refrescante) y recupera el tremendismo épico y la seriedad pomposa de El señor de los anillos, algo que devuelve la saga a sus raíces, para gozo de los más puristas. Además, La desolación de Smaug da la bienvenida a varios personajes de la trilogía original (como ya sabéis, el elfo Legolas, y hasta ahí puedo leer), unificando el macrorrelato que comenzó a narrarse en 2001 con La comunidad del anillo.

Gandalf el hobbit

La desolación de Smaug conserva la narración episódica de Un viaje inesperado: sucesión de escenas de acción vertiginosa y avance por fases en las que los protagonistas se van enfrentando a amenazas una detrás de otra (me quedo con el escalofriante episodio de las arañas de Mirkwood). Sin embargo, esta parte desprende un mayor sentido del propósito y la finalidadLa desolación de Smaug es una película más centrada, a pesar de que la separación del grupo (Gandalf, ese culo inquieto que no puede estar dos horas en el mismo sitio) acabe ramificando la historia en exceso y se pierda varias veces en su segunda mitad. Es a partir de ahí cuando somos más conscientes del brutal estiramiento que está sufriendo la novela. Acostumbrado a salirse con la suya con metrajes de 3 horas por película, Jackson vuelve a alargar las secuencias hasta la extenuación, mostrándolo todo sin pasársele por la cabeza una elipsis (aunque sea una breve), prolongando los diálogos de tal manera que sus personajes parecen necesitar media hora para expresar una idea que otros formulan en un minuto. Pero claro, no es algo que nos pille de nuevas. Si la fórmula ha funcionado hasta ahora, ¿para qué cambiarla aunque el relato se resienta tanto? (Se me ocurren muchas respuestas, pero dejémoslo en pregunta retórica).

En La desolación de Smaug se nota mucho más la mano de Guillermo del Toro (está acreditado como guionista en las tres películas). Del Toro es un niño grande como Jackson, pero su visión de la fantasía es mucho más oscura y macabra, y parece apoderarse en mayor medida de esta entrega de la saga. Este oscurecimiento de la Tierra Media coincide con el deterioro de Bilbo Bolsón (divertido pero desaprovechado Martin Freeman) por culpa del anillo. Y de la misma manera, notamos mayor dualidad y ambigüedad moral en el resto de personajes, sobre todo en Thorin (Richard Armitage), que lleva un camino similar al de Bilbo, pero sin la influencia del anillo; o en el atormentado Bardo (Luke Evans recogiendo el testigo de Viggo Mortensen), con el que se juega al despiste cuando lo conocemos (¿será bueno o malo?). Sin embargo, hay espacio para la luz en La desolación de Smaug. La de las estrellas para ser más exactos. La incorporación de la elfa Tauriel (Evangeline Lilly) es un soplo de aire fresco a la nueva trilogía, aunque a ratos parezca que el único personaje femenino de la película (sin contar a Galadriel, cuya participación se pierde con un parpadeo) está ahí para cubrir la cuota de romance.

La desolación de Smaug Bilbo

Si en Un viaje inesperado no escaseaban las impresionantes secuencias de acción, el factor espectacular se dispara en La desolación de Smaug, en la que los set pieces son más grandes que nunca (y los efectos digitales cantan mucho más, todo hay que decirlo). Al final, lo que más nos importa de una película de aventuras de esta envergadura es precisamente eso, la aventura. Y en ese sentido, La desolación de Smaug proporciona una completa experiencia de parque temático (evitad el 3D si queréis ver bien estas agitadísimas y confusas secuencias), con varios momentos de auténtico vértigo y una atracción estrella: el dragón Smaug. Con la portentosa voz de Benedict Cumberbatch, Smaug inaugura el prolongado clímax de la película, donde encontramos las escenas más colosales, que tienen lugar en la Montaña Solitaria. Sin embargo, la estremecedora aparición de Smaug, una de las mejores criaturas CGI de la historia, da paso a un desenlace eterno. Smaug pasa rápidamente de provocar asombro y terror a aburrirnos con su plomiza dialéctica durante más de media hora, una evidente táctica de distracción para seguir retrasando la acción. Cuando Smaug decide callarse, Jackson introduce el inevitable filmus interruptus, un corte abrupto que no tiene otra justificación más que rellenar otra película para completar la trilogía. Está claro, lo más importante no es contar la historia, sino venderla.

Valoración: ★★★

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