Crítica: Mis días felices

Mis días felices Fanny Ardant

Después de jubilarse, Caroline ve pasar el tiempo sin saber qué hacer con él. Tras una vida dedicada a su profesión y a su matrimonio, se encuentra con el vacío de la desocupación, y se enfrenta al reto de no malgastar los últimos capítulos de su vida en unas vacaciones indefinidas. En un principio mata el tiempo con varios cursos en un centro ocupacional, pero lo que ella necesita para creerse eso de “nunca es tarde…” no es aprender a usar un ordenador o hacer yoga, sino vivir al menos una vez más la pasión y el arrebato de la juventud. Su relación furtiva con un instructor del centro supone un nuevo despertar sexual, y otorga a Caroline una oportunidad de retomar los días felices, aunque el affair le haga perder un poco los papeles.

Mis días felices 2013 cartel españolMis días felices (Les beaux jours) nos devuelve a Fanny Ardant al cine en su espléndida madurez física e interpretativa. La actriz francesa exuda experiencia y compostura escénica, pero se aproxima a su personaje con la inseguridad de una adolescente que sale por primera vez al mundo exterior, con un irresistible halo de ingenuidad y timidez que da como resultado una interpretación tremendamente fresca y vivaz, como si no llevase cuatro décadas actuando. Ardant alcanza un perfecto entendimiento con su personaje, una mujer definida por la curiosidad, el deseo y el miedo, llevando en todo momento el peso completo de una película que sin su sensual presencia no sería capaz de trascender lo convencional.

Marion Vernoux (directora de Love Etc. y guionista de Venus, salón de belleza entre otros títulos) rueda Mis días felices con una exquisitez absoluta. Evita pasar demasiado tiempo en los recovecos más grises de la historia, sin juzgar a Caroline de ninguna manera, y realiza un sereno retrato de la infidelidad en el que la experiencia y la perspectiva juegan un papel decisivo. Mis días felices comparte núcleo temático con la reciente Gloria, protagonizada por la inconmensurable Paulina García, una mujer sola (más sola que Caroline) ante el tic toc del reloj en el silencio de una casa vacía. Y aunque se adentre el terreno pantanoso del adulterio (como válvula de escape, oh la la), Vernoux se mantiene en todo momento del lado luminoso del relato, buscando la comedia en los pequeños momentos, equiparando madurez con florecimiento, y a Caroline con otro radiante amanecer.

Valoración: ★★★½

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