Crítica: Turbo

Turbo

Dreamworks lleva unos años elevando considerablemente el listón de su cine de animación. Kung Fu Panda, Cómo entrenar a tu dragón y El origen de los guardianes son muestras del buen camino que ha tomado el estudio. Pero no todas las películas que sacan al año se pueden medir por el mismo rasero. Están las súperproducciones y las de relleno para cubrir la demanda anual. Turbo pertenece a la segunda categoría. Por eso, Dreamworks se la encarga a David Soren, cuyos trabajos previos en la compañía pasan por aquella abominación que fue El espantatiburones y los cortos para televisión de Madagascar. Podemos hacernos una idea de la confianza depositada en el potencial de la película (Soren no tiene la culpa, su potencial tiene derecho a desarrollarse, claro).

Turbo es animación de manual para niños, un producto de usar y tirar, intercambiable con el 80% del cine de animación 3D que nos llega. La misma fórmula de siempre, el mismo guion-plantilla de siempre, el mismo mensaje de siempre. Una cantinela aspiracional que Turbo póster españolpor muy encomiable que sea, suena a palabras que se lleva el viento. “Persigue tu sueño, con esfuerzo y dedicación puedes ser cualquier cosa que te propongas”. Esa es la idea detrás de esta historia sobre un caracol que aspira a correr en las 500 millas de Indianápolis. E insisto, es una de las mejores lecciones que se puede dar a un niño. Walt Disney lo dijo y tenía razón, todo comenzó con un ratón, el cielo es el límite, hasta el infinito y más allá, y todo eso. Pero no debería ser tan difícil encontrar nuevas formas de impartirla. No debería costar tanto dejar de hacer la misma película una y otra vez.

Si fusionamos Ratatouille y Cars, le rebajamos las dosis de pasión y compromiso artístico, y le añadimos una pizca de Fast & Furious, obtenemos Turbo. En ella nos encontramos con un soñador empedernido que renuncia al yugo de su cuadriculada comunidad, demostrando que cada uno es dueño de su propio destino. Si Remy quería ser chef, Turbo (voz original de Ryan Reynolds) quiere ser piloto de carreras (él no conduce un coche, él es el coche). Y no es necesario entrar en detalle sobre cómo lo consigue (aunque la secuencia a lo F&F es impagable), pero se convierte en el caracol más veloz del mundo, una sensación gasterópoda patrocinada por un área de servicio que necesita clientes para recuperar sus días de gloria. ¿Os suena? Efectivamente, es un Radiador Springs de saldo, regentado por inapropiados estereotipos raciales (los hermanos mexicanos que venden tacos, la china que lleva un salón de manicura).

Puede que el público objetivo quede satisfecho con el festival de color de Turbo. Al fin y al cabo el niño no es demasiado exigente y la película tiene los suficientes atractivos visuales y cómicos como para contentarlo. Pero quiero pensar que hasta los más pequeños se percatarán de lo monótono y repetitivo que es todo en cuanto escuchen “We Are the Champions” o “Eye of the Tiger”. Efectivamente, no una, las dos suenan a lo largo de la película. Más transparente imposible.

Valoración: ★★

 

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