Crítica: Jobs

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Jobs es el biopic de uno de los visionarios de la era moderna, el fundador de Apple, Steve Jobs. Pero es mucho más que eso, es la película que los anti-Mac utilizarán en años venideros como prueba fehaciente de lo que ellos perciben como el carácter sectario de la compañía y la obsesión desmedida por sus productos. Joshua Michael Stern y Matt Whiteley hacen todo lo contrario que David Fincher hizo hace unos años con Mark Zuckerberg y el nacimiento de Facebook. Es decir, toman la figura de uno de los hombres que más han contribuido a transformar y definir la sociedad actual y la convierten en una historia sin interés, casi amateur, que desaprovecha todas las posibilidades que brinda el personaje.

En su primera mitad, la película explora la juventud de Jobs y los primeros pasos de su compañía en el garaje de sus padres. A medida que el metraje avanza, Jobs se va transformando en una tediosa crónica de la guerra ejecutiva que tiene lugar en los despachos de Apple. Stern y Whiteley se aproximan a la figura de Jobs reparando (muy de soslayo) en el reverso tenebroso de su personalidad, pero sobre todo centrándose en los logros que lo convierten en una figura mesiánica de nuestra sociedad. Así, Jobs es una oda desmesurada al Advenimiento de Steve Jobs (“¿Jesús?” “No, solo Steve”), a la creación de un líder de masas que en el fondo es un artista descalzo y bohemio, un Buda al que llegamos a ver bajo un árbol impartiendo lecciones vitales a sus discípulos. Literalmente.

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Sería injusto achacar todo el fracaso artístico que supone Jobs a su actor protagonista, Ashton Kutcher, puesto que la incompetencia de todos los aspectos de la producción es equiparable a la de su trabajo interpretativo. La elección del poco respetado Kutcher para el papel responde clara y únicamente a una necesidad estética. El actor de Dos hombres y medio se da más que un aire al joven Steve Jobs, lo que facilita la tarea de caracterización. Sin embargo, a nadie sorprenderá que Kutcher no sea capaz de soportar la carga dramática del personaje. El actor no logra en ningún momento mimetizarse de verdad con él. En su lugar, lleva a cabo una mera imitación física que se limita a reproducir la manera de andar y los gestos con las manos de Jobs, y que desaparece por completo con la mínima exigencia dramática del guion. Más que Steve Jobs, Kutcher es Michael Kelso, su personaje de Aquellos maravillosos 70, intentando desesperadamente (y en vano) que se le tome en serio.

Jobs es un anémico trabajo de documentación que ignora casi por completo los aspectos más polémicos de la historia de Steve Jobs y su compañía. Echa balones fuera en cuanto al elevado precio de sus productos y toca de pasada sus problemas familiares, así como su tormentosa amistad con Steve Wozniak (interpretado por el insoportable Josh Gad). En su lugar, Stern y Whiteley trazan un magnánimo y superficial panfleto que recoge la filosofía Apple (“Sé simple y te sorprenderá lo poco complicada que puede ser la vida”), personificada en un Picasso moderno, un genio capaz de hallar “el poder en la belleza”, un orador motivacional que nos enseña una vez más la lección vital disneyana por excelencia: “No te rindas, persigue tu sueño“. Este mensaje aspiracional (muy válido, claro) podría surtir efecto si el vehículo que nos lo hace llegar se hubiera contagiado un poco de la pasión del personaje que retrata.

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