Crítica: Asalto al poder (White House Down)

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El cine de Roland Emmerich, como el de Michael Bay, puede resumirse en dos palabras: “Norteamérica” y “explosiones”. No nos hace falta más para identificar una obra como perteneciente a uno de estos dos autores. En efecto, autores, porque ambos presentan férreos estilemas fácilmente identificables y achacables a sus nombres, y porque sus filmografías, por muchos vapuleos (justificados) que hayan acumulado, son coherentes como pocas y cumplen con solvencia una clara función: divertir explotando el aspecto más espectacular y escapista del cine. Con su nueva película, Asalto al poder (White House Down), Emmerich regresa a la fórmula de Independence Day: invasión + humor, elementos que, combinados con el americanismo más sonrojante y edificios (o en este caso, edificio) volando por los aires, componen la definición del placer culpable, del blockbuster veraniego por excelencia (aunque a nosotros nos llegue en el ocaso estival).

El argumento es prácticamente clónico al de Objetivo: La Casa Blanca, que vimos en mayo de este año. Aunque tanto su director como sus protagonistas, Jamie Foxx y Channing Tatum, niegan haber conocido la existencia del proyecto antes de embarcarse en el suyo, e incluso confiesan que todavía no han visto la película. La casa más segura de Norteamérica sufre un ataque poniendo en jaque al país, y por consiguiente, al mundo entero. En este caso, la amenaza proviene del interior (“Estoy llamando desde dentro de la casa”), lo que supone un distanciamiento sustancial de otras propuestas similares que se basan en el terror provocado por el extranjero, o directamente en el terror a lo exógeno. Como suele ocurrir también en este tipo de películas, será un hombre normal y corriente, John Cale -Tatum y su acartonado rostro canalizando muy evidentemente a John McClane-, un héroe de andar por casa, el que salve al mundo de ser destruido por un dedo índice (sí, aquí también tenemos botón rojo con el que una sola persona puede desatar la Tercera Guerra Mundial) y nos devuelva la paz mundial, para que sigamos tomándonos nuestros pancakes tranquilos.

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Sin embargo, este everyman yanqui, padre soltero que se pierde el recital de su hija (versión femenina del partido de béisbol según Emmerich), tiene un compañero de faenas: el mismísimo presidente de los Estados Unidos, interpretado por Foxx. El Presidente Sawyer no es un súper hombre (a pesar de estar confesamente basado en el marveliano presidente actual, Barack Obama), al menos no en el sentido más comiquero de la palabra. No es un ex militar condecorado, y por tanto no tiene experiencia de ninguna clase en el campo de batalla. Sawyer es, como Cale, un hombre normal y corriente, que valora sus Jordans por encima de muchas cosas. De hecho, el Presidente Sawyer es todo un geek, miope y a ratos bobalicón, que no tiene reparos en aparecer en el videoblog de la hija de Cale (fantástica Joey King pisando los talones de Chloë Moretz) y que se pone las gafas antes de apuntar con su arma. Y eso es lo que lo hace extraordinario. Por esta razón, Asalto al poder, más que una película de acción, es una buddy movie. Tatum y Foxx forman un tándem resultón que parece habérselo pasado genial rodando la película.

Porque los niveles de comedia en Asalto al poder son más bien elevados. Emmerich no parece tener demasiada vergüenza y no repara en pequeñeces como la verosimilitud o el sentido común, porque este no es ese tipo de película. Asalto al poder está hecha para divertir, nada más, y nada menos. Que se banalice la muerte (de víctimas y verdugos), que se haga malabares con ideologías y cuestiones morales, que se ponga a una niña un arma en la sien, no debería distraer de los chistes, porque hay muchos, y algunos hasta son medio buenos, o de la acción, que una vez empieza no da tregua. Emmerich no oculta en ningún momento la naturaleza (casi) paródica de la película, con sus villanos de dibujos animados (“No toquéis mis juguetes”, dice Jimmi Simpson, poco antes de intentar bombardear Apple por su descontento con su política musical) y sus chascarrillos entre terrorista muerto y sección de la Casa Blanca destruida.

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Asalto al poder es una gran broma, un jocoso homenaje al libérrimo cine de acción pre-11S según las nuevas reglas del blockbuster post-11S, que agota por completo todos los tópicos del género. Sin embargo, Emmerich es incapaz de contenerse, como es habitual en su cine, y el metraje se le va de las manos excesivamente, provocando que el incesante metralleo de incongruencias, agujeros y absurdos acabe agotando, algo que ni que el inolvidable Donnie el Guía es capaz de evitar. Para la media hora final de Asalto al poder ya no nos quedan fuerzas para reírnos de lo increíblemente ridículo que es todo. Solo echamos de menos a los extraterrestres. Aunque tampoco nos hacen falta para experimentar (e incluso disfrutar) Asalto al poder como la desvergonzada fantasía de ciencia ficción que es.

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