Crítica: The Act of Killing

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Artículo escrito por David Lastra

El documental está de moda. Lo que antes era un refugio para intensos, culturetas y/o estudiantes de investigación, se ha convertido sorprendentemente en uno de los géneros favoritos del gran público. No hablamos de grandes datos de taquilla, sino de un éxito sui generis, basado en semanas en cartel y ventas en formato físico. Podemos citar a Michael Moore como máximo responsable (o por lo menos, el primero) de esta edad de oro del cine documental. Aunque ahora ciertamente denostado y semi-olvidado, su díptico sobre la basura de la sociedad estadounidense Bowling for Columbine (2002) y Fahrenheit 9/11 (2004) (Sicko, 2007, no tuvo tanta repercusión) descubrió a millones de espectadores que un documental no tenía por qué ser aburrido. Pretencioso y manipulador un rato largo, pero aburrido no.

Durante esta década de apogeo, otras cintas han ido pasándose el testigo de “documental de moda”: Al Gore y su thriller ecológico Una verdad incómoda (David Guggenheim, 2006), Martin Scorsese y sus experimentos musicales sobre The Rolling Stones (Shine a Light, 2008) o George Harrison (Living in the Material World, 2011), los riesgos de ser un funambulista en nuestros tiempos en Man on Wire (James Marsh, 2008), llegando a globalizarse con dos cintas de esas que “todo el mundo ha visto y comenta durante la hora del almuerzo”: Inside Job (Charles Ferguson, 2010), uno de los primeros testimonios visuales sobre el génesis y efectos de la crisis financiera, y  las peripecias de la estrella de folk fantasma Rodriguez en Searching for Sugar Man (Malik Bendjelloul, 2012). Este año nos toca The Act of Killing (Joshua Oppenheimer, Christine Cynn y anonymous, 2012).

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Apadrinada por uno de los popes del género documental, Werner Herzog, The Act of Killing parte de la interesante y morbosa premisa de mostrarnos a alguno de los verdugos protagonistas de los asesinatos de más de medio millón de comunistas en Indonesia entre 1965 y 1966. No es la primera vez que vemos genocidas en la gran pantalla, pero nunca antes los habíamos visto pasear entre sus conciudadanos con tanta libertad, enorgulleciéndose de sus crímenes y siendo premiados (y temidos) por ello. Pero todavía no hemos visto nada, toda esa información la tenemos gracias a unos rótulos al comienzo del documental, una introducción vital para todo aquel espectador aquejado de eurocentrismo no ducho en crímenes de guerra orientales. “Los crímenes de guerra los definen los ganadores. Yo soy un ganador, yo hago las definiciones”, proclamará más adelante uno de los asesinos.

El realizador Oppenheimer se centra en el día a día de Anwar Congo, uno de esos hombres terribles que terminó con la vida de unos mil comunistas. Desde su trabajo en un cine local, hasta los interrogatorios a demonios comunistas (o simples habitantes chinos, intelectuales o cualquiera al que tuviesen ganas de despellejar) y su consiguiente asesinato en el patio de turno. Los primeros testimonios de Anwar y sus compañeros preman (término que proviene de free man, pero que más bien se debe traducir como gángster, término que aceptan gustosamente) son desoladores. Su confianza y su credo de haber sido designados como salvadores de la patria es escalofriante (“Teníamos permiso para ello. La prueba es que nunca hemos sido condenados”) , aunque más lo es el que sigan pensando lo mismo, cerrándose ante una posible reconciliación (“No hay reconciliación posible, porque lo que pasó es historia”) o una venganza del pueblo chino/comunista (“no se atreverán porque de ser así, les exterminaremos”). El shock ante un testimonio tan atroz es brutal. Lo primero que se te pasa por la cabeza al escuchar esas salvajadas es otra barbaridad a la altura: desear que Indonesia se hunda en el océano.

 

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El catetismo brilla en todo momento en este The Act of Killing. Todos los protagonistas que nos muestra Oppenheimer son hombres de estratos intelectuales bajísimos, cercanos al intelecto de una pastilla de jabón. Una visión de la historia necesaria, pero que se queda coja a la hora de mostrarnos esa gran visión surrealista que quiere darnos sobre un hecho aún más surrealista e incomprensible como fue la purga de comunistas en Indonesia (¿acaso alguna matanza no lo es?) . Se hubiesen agradecido más testimonios como el del responsable de la prensa local, una suerte de Sáenz de Buruaga encargado de maquillar el pasado y construir una imagen de culpabilidad de los acusados, facilitando y justificando de esa manera la posterior ejecución. Al igual que también hubiese resultado más interesante, el haber ahondado sobre la situación actual de la política indonesia, con ese doble rasero ante los crímenes y el protagonismo de la organización paramilitar Pemuda Pancasila en el Gobierno. Uno de los momentos más destacables del documental es la visita de un ministro del Gobierno al rodaje, que tras escandalizarse ante la escena que están rodando, sueltan la siguiente perla: “No queremos parecer que queremos beber su sangre, pero hay que exterminar a los comunistas de la manera más humana posible”.

Esta realidad mostrada en The Act of Killing se ve condimentada con una serie de escenas musicales/oníricas que realmente están grabadas para una especie de película propagandística de los crímenes del pasado con los propios verdugos como protagonistas, recreando su ‘act of killing’ con la mayor fidelidad posible. Porque estos señores serán unos cafres, pero sienten un gran amor hacia el Séptimo arte. Nuestros verdugos fueron trabajadores de una sala de cine y gran parte de su fervor anticomunista proviene de los boicots a las películas estadounidenses que tuvieron que sufrir, unas acciones que hacían que las salas de cine se quedasen vacías y ellos no consiguiesen dinero. De igual manera, citan cómo el cine negro Hollywoodiense fue un claro referente a la hora no sólo de copiar roles de conducta, sino también de métodos de tortura y asesinato. Realmente, ellos solo querían ser como Al Pacino.

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El desparrame cómico del simulacro y su contraposición ante el sadismo del acto real funciona a la perfección en las primeras escenas de recreación, pero pierde todo impacto por culpa de la ingente cantidad de ensayos que vemos, repitiendo una y otra vez conceptos y expresiones. Oppenheimer se olvida por completo de los testimonios de primera mano y el documental lo resiente. A los tres cuartos de hora, la muerte de comunistas (cosificados a más no poder) ya no golpea al espectador para nada, un espectador que empieza a sentir tedio y aburrimiento. Aunque siga existiendo algún que otro momento cómico increíble, porque quién no puede aguantarse una carcajada con la canonización de Anwar al que un comunista asesinado entrega una especie de Poké Ball como agradecimiento por haber sido liberado de sus creencias y estar ahora en el cielo. Pero ya todo ha perdido el fuelle provocador que nos prometían al comienzo. Ni siquiera la aparición de los remordimientos, giro dramático que el realizador pensará que es genial y sorprendente, pero que no es sino recibido con desinterés, logra remontar el resultado final. La catarsis provocada por una de las recreaciones en las que Anwar es torturado y ahogado y los vómitos finales no tiene el impacto buscado.

The Act of Killing engaña (como todo buen documental) para llevarnos por su camino y nosotros nos dejamos, hasta que empezamos a notar no solo el tufillo de la manipulación, sino los giros argumentales del mismo y el fastidio de las repeticiones. Caso aparte, el crimen de Oppenheimer al vanagloriar lo que podrían ser las historietas de viejo chocho de Anwar. ¿Estoy negando el Holocausto? Para nada, pero quedarnos en las historietas de una persona deficiente mental que terminó con la vida de varias personas durante una dictadura y construir una cinta para mostrarnos lo calamidad que es sí que es un acto de superioridad vergonzoso.

Anwar: “La gente a la que torturaba se sentía como yo en esa escena, puedo sentir lo que ellos sentían porque mi dignidad está destruida y el terror posee mi cuerpo”.

Productor: “Realmente ellos se sintieron peor, porque ellos no estaban en una película”.

Venga ya.

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Comentarios (2)

 

  1. Antonio Bret dice:

    Bueno, el diálogo final no es así: el productor le dice que ellos se sintieron peor que NO estaban en una película.

  2. Cristian Morales dice:

    Buena crítica, aunque creo que has captado mal la intención del autor en algunas partes, ya que a pesar de tomar como argumento base una matanza anti-comunista sucedida en Indonesia, el documental no trata sobre la matanza, ni sobre la historia de Indonesia, ni sobre la opresión y abuso de la autoridad. Todo esto queda en segundo plano y al parecer es lo que te molestó. Pero esta no era la intención, sino adentrarse en el inconsciente de un asesino, entender un poco qué pasa dentro de su cabeza y cómo se justifica a sí mismo a través de auto-engaños para sobrellevar la culpa que lo carcome. Esto queda en evidencia en varios fragmentos cuando se sensibiliza o toma posturas de debilidad como admitir que le cuesta trabajo dormir y que requiere de estupefacientes para sentirse mejor. Esos momentos oníricos que suceden dentro de la película que los asesinos hacen de sí mismos, son sus sueños y fantasías materializadas, NO son un aporte estilístico en la narrativa del documental, sino una catársis dotada de tintes surrealistas de la propia mente de los asesinos. En cuanto a la atención del espectador ante el documental, creo que depende de cada uno y de la cultura fílmica que posea.

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