Crítica: Cruce de caminos (The Place Beyond the Pines)

PLACE BEYOND THE PINES

Con Blue Valentine (2010), Derek Ciafrance desafiaba las convenciones del drama romántico planteando una alternativa real y dolorosa a los formulaicos romances cinematográficos de Hollywood. Su segundo largometraje, Cruce de caminos (The Place Beyond the Pines, 2012), es la confirmación de ese espíritu inquieto y decididamente transgresor del realizador norteamericano. Una cinta arriesgada con la que Ciafrance se reafirma en la intensidad casi imperceptible de su forma de narrar y su compromiso sin cortapisas con la historia que nos quiere contar.

Con Cruce de caminos, Ciafrance no repara en las expectativas del espectador, es más, las hace trizas con un relato que discurre a lo largo de muchos años saltando entre largas elipsis, ignorando lo tradicional, obviando lo insustancial. Se trata de un retrato Cruce de caminos cartel españolmultigeneracional construido en tres actos que acerca la América profunda a la tragedia griega. Cruce de caminos comienza siguiendo, literalmente (a través de un traveling), a Luke, el personaje de Ryan Gosling. Sin embargo, la historia de su vida no es más que el punto de partida. La narración salta violentamente hacia Avery (Bradley Cooper) y en último lugar a su hijo, interpretado por una de las mayores promesas del cine norteamericano actual, Dane DeHaan. Con este tríptico masculino, Ciafrance elabora un interesante tratado sobre la culpa, el tiempo y la herencia emocional que los padres dejan en los hijos.

La fuerza de Cruce de caminos es contenida, velada, pero está siempre muy presente. Ejerce presión sobre nosotros casi sin que nos demos cuenta. Las interpretaciones son discretas, pero ahogadas en la melancolía y el hastío, en un profundo y palpitante dolor que solo un gran director de actores, un titiritero, puede imprimir en sus marionetas. Puede que cueste un poco entregarse al ritmo desapasionado de Ciafrance, o que sus atrevidos giros argumentales desorienten al hacer saltar la historia de un género a otro (drama familiar, thriller criminal). Pero al final, todo en los 140 minutos de metraje de la película encaja, y pasa factura. Se nos obliga a reajustar la mirada varias veces para abarcar el alcance completo de la historia. Se nos habla de legado, de heridas abiertas, y familias rotas, y por eso es necesario conducirnos hacia delante en el tiempo, aunque nos maree un poco. Para poder asistir a los momentos clave en las vidas de dos hombres atormentados por sus decisiones, sus errores, y dos hijos definidos por la carga de un pasado que nunca vivieron.

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