Personajes Whedon: Anya Christina Emmanuella Jenkins

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El sentido de la vida

Anya: I can just hear you in private. “I dislike that Anya. She’s newly human, and strangely literal.”

La primera vez que vemos a Anya en pantalla, en el episodio “El deseo” (“The Wish”, 3.09), de Buffy, no nos imaginamos la importancia que el personaje adquiriría más adelante en la historia de la cazavampiros. Al principio su presencia es meramente instrumental: Anya es un miembro más del séquito de la desternillante Harmony, una secuaz particularmente callada y distante. Tras ganarse la confianza de Cordelia desmarcándose de las animadoras cabezahueca, Anya desvela su verdadero rostro. Ella es Anyanka, un demonio vengador que concede deseos a mujeres despechadas que desean ver sufrir como un animal en el matadero al hombre que les rompió el corazón. Anya no se regocija en exceso de su trabajo, pero tampoco se anda con chiquitas. Concede cualquier deseo, por muy descabellado y sangriento que sea, sin remordimientos, sin sentir nada al respecto. Es un demonio. Pero sobre todo, una profesional. Cordelia cree que la responsable indirecta de sus desgracias (que básicamente se pueden resumir en “enamorarse de Xander Harris”) es Buffy Summers, por lo que su deseo la lleva a un mundo alternativo en el que la cazadora nunca puso un pie en Sunnydale.

Si bien Buffy Summers engloba los grandes temas centrales de la serie (la gran metáfora de la vida, convertirse en adulto, aceptar las Anya OMWFresponsabilidades, saber hacer uso de las capacidades de uno mismo, de nuestro poder), Anya sirve un propósito aún más ambicioso: descubrirnos el sentido de la vida, saber y entender qué es ser un humano, y por qué estamos aquí. Tras convertirse en humana (cuando su amuleto es destruido en “El deseo”), Anya inicia la más complicada odisea de su longeva vida (más de mil años): vivirla tal y como un humano lo haría. Sin embargo, la Anya humana no viene con todos los accesorios de serie. No está muy familiarizada con la ironía, no comprende que los humanos mientan, y hace de la sinceridad y la honestidad su manual de supervivencia, sin importarle a quién pueda herir con sus palabras (y no porque esté desprovista de compasión, sino porque sencillamente no entiende que la verdad pueda hacer tanto daño). Anya era a menudo el alivio cómico de Buffy, cazavampiros (incluso desplazando a Xander), con su habitualmente franca postura sobre el sexo, su pasión exaltada por el dinero (su verdadero primer amor humano) y su recién estrenada mente capitalista (una de las primeras lecciones sobre el ser humano que se aprendió) Pero sobre todo, por su aversión a los conejosBunnies, it must be bunnies!

El viaje existencial de Anya es un complemento perfecto al que realizan Buffy, Xander y Willow a lo largo de las siete temporadas de la serie. Mientras ellos luchan, cometen errores fatales, y aprenden de ellos, Anya se mueve por inercia, sin saber muy bien qué sentimiento va a abordarla en cualquier momento. En “El cuerpo” (“The Body, 5.16), conoce el de la pérdida, la vulnerabilidad ante la muerte natural y la impotencia que supone no poder hacer nada para evitarla. Entonces es cuando vemos a la Anya más humana hasta el momento, una recién nacida de veinte años que se doblega al fin a sus sentimientos más primarios. Pero ella sigue sin entender nada. Su cuerpo empieza a reaccionar como un ser humano, pero su mente sigue sin alcanzar a comprender el por qué de sentimientos tan arbitrarios y complejos:

Anya: “I don’t understand how this all happens. How we go through this. I mean, I knew her, and then she’s- There’s just a body, and I don’t understand why she just can’t get back in it and not be dead anymore. It’s stupid. It’s mortal and stupid. And-and Xander’s crying and not talking, and-and I was having fruit punch, and I thought, well, Joyce will never have any more fruit punch ever, and she’ll never have eggs, or yawn or brush her hair, not ever, and no one will explain to me why.”

La muerte de Joyce, junto con otros puntos de inflexión en su vida mortal, y sobre todo la guía para la vida que es su gran amor en la serie, Xander, hacen de Anya un personaje más rico, más complejo. Al final de la quinta temporada, Anya siente el peligro de la muerte más cerca que nunca, y confiesa a Buffy que quiere vivir, y que por eso está ayudando, por eso lucha junto a ella en el (uno de los) Apocalipsis. Por desgracia, los eventos del episodio “Campanas del infierno” (“Hell’s Bells, 6.16) vuelven a cambiar a Anya. Hasta el momento no había conocido uno de los sentimientos humanos más devastadores (o eso pensamos): un corazón roto. Xander abandona a Anya en el altar, dejando a la ex demonio sumida en un profundo estado de tristeza y confusión que la lleva a recordar por qué se convirtió en un demonio vengador. Anya alcanza otro cénit en su vida como humana, y quizás por ello, se acaba rindiendo.

Su regreso al gremio demoníaco inicia otro viaje de auto conocimiento. Anyanka ha vuelto, pero ya nada es lo mismo. Los residuos de su vida humana siguen estando ahí, demasiado frescos, demasiado presentes como para ignorarlos. Su descenso a los infiernos AnyaWeddingDressacaba en epifanía en el episodio “Desinteresadamente” (“Selfless, 7×05), en el que vemos a una Anya derrotada, un “ser humano” completamente dominado por su lado oscuro. “Desinteresadamente” es el episodio definitivo de Anya. En él se nos presenta a Aud, la mujer que más tarde se convertiría en Anyanka, y finalmente en Anya, y se nos descubre el motivo por el que decidió dedicar su vida a la venganza (y de paso, el por qué de su miedo a los conejos): la infidelidad de su marido, Olaf. Todo cobra sentido. El plantón de Xander el día de su boda se reinterpreta como un “trigger”, como la canción que cantaba la madre de Spike a su hijo. Un recuerdo que destapa un dolor oculto, y que hace volver a Anya a sus orígenes, a lo que conoce, a lo que mejor se le ha dado durante diez siglos: la venganza. En su enfrentamiento definitivo con Buffy, Anya muestra tendencias suicidas (“Stop trying to save me, Xander”), se ha rendido por completo, tanto de su vida como demonio, como de su vida humana. Por ello, le pide a D’Hoffryn (el demonio que otorgó a Aud sus poderes de venganza) que deshaga las atrocidades que ha cometido, a cambio de su vida. D’Hoffryn decide concederle el deseo, pero no sin darle la última lección, el castigo definitivo. Anyanka volverá a ser Anya, pero no tendrá el privilegio de no sufrir los remordimientos por sus crímenes. Estará condenada a vivir con el peso de lo que hizo.

Todo vuelve a empezar para ella, pero el bagaje ya no es el mismo. Anya parece haber encontrado por fin el camino a seguir, y no podría haberlo hecho sin el cierre necesario en su relación con Xander, sin aprender a estar sola. Pero paradójicamente, ella sigue desorientada. En el penúltimo episodio de la serie, vuelve a tener una epifanía, la más importante de todas. De nuevo en peligro por el que parece ser el Apocalipsis definitivo (siempre lo es), Anya comprende de qué va eso de ser un humano:

“I guess I was kinda new to being around humans before. And now I’ve seen a lot more, gotten to know people, seen what they’re capable of and I guess I just realize how amazingly… screwed up they all are. I mean, really, really screwed up in a monumental fashion. And they have no purpose that unites them, so they just drift around, blundering through life until they die. Which they know is coming and yet every single one of them is surprised when it happens to them. They’re incapable of thinking about what they want beyond the moment. They kill each other, which is clearly insane, and yet, here’s the thing. When it’s something that really matters, they fight. I mean, they’re lame morons for fighting. But they do. They never… They never quit. And so I guess I will keep fighting, too.”

La muerte de Anya en el último episodio de Buffy es a menudo tachada de gratuita e insustancial. La propia Emma Caulfield reconoció en la reunión del reparto para el décimo aniversario de la serie (2008) que no estaba muy contenta con la manera en la que su personaje acabó. Las palabras literales de Caulfield fueron: “Ella merecía algo más”. Parece que ni la propia Emma alcanzó a comprender el significado de la muerte de Anya, y sobre todo de que sucediera en un abrir y cerrar de ojos. Esa aparente falta de relevancia de su muerte impedía ver otros detalles mucho más importantes: Anya muere luchando, y defendiendo a otra persona (una que no le despertaba las mayores simpatías además), lo que nos remite directamente a su discurso pre-apocalítico del episodio anterior (leedlo una vez más). Es decir, Anya muere habiéndose convertido por fin, y completamente, en una humana. El ciclo se completa, y su muerte no es ni de lejos un insulto al personaje como muchos opinan, sino todo lo contrario, es todo un regalo, incluso una declaración de amor. Es en definitiva el broche perfecto (el único posible quizás) para uno de los personajes más férreos y coherentes de la serie. Pero lo más importante es que la muerte de Anya nos pilla a todos de sorpresa, a ella la primera (la atacan por la espalda). Y nos duele, nos afecta, pero nos hace comprender mejor su discurso filantrópico. Espada en mano a pesar del terror que vemos en su mirada durante su última escena, Anya -y Joss Whedon a través de ella- nos imbuye del espíritu luchador que recorre toda la serie. Ella es una de esas idiotas que luchan por lo que le importa, que no se rinden nunca. Anya muere, luego existe. Y través de ella nosotros comprendemos por qué seguimos adelante, aunque la mayor parte del tiempo, como ella, no entendamos nada.

AnyaBunny

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