Crítica: Guerra Mundial Z

Verano se escribe con B de blockbuster. Más de un mes después de su estreno en Estados Unidos nos llega Guerra Mundial Z, y lo cierto es que esta superproducción protagonizada por Brad Pitt irrumpe en nuestra escuálida taquilla estival habiendo dejado ya muy atrás la gran expectación y el hype que generaba. Y quizás sea mejor así, porque la película de Marc Foster (Descubriendo Nunca Jamás, 007: Quantum of Solace) no termina de cumplir las expectativas.

Lo que propone Foster con Guerra Mundial Z -adaptación muy libre de la novela homónima de Max Brooks– es una novedosa aproximación al género zombi (que ya fue reinventado hace poco por Warm Bodiespor cierto), una relectura en clave de thriller de acción y película de catástrofes con dosis de terror que prescinde del gore y el humor que caracterizan al cine Z. Es decir, se utiliza la moda zombi como cebo para consumir el clásico blockbuster veraniego sobre la humanidad en peligro protagonizado por un hombre blanco norteamericano que la salva él solito con sus propias manos. El supersoldado americano está en este caso personificado por el siempre rentable y siempre solvente Brad Pitt (aunque podría ser Tom Cruise y no nos habríamos dado cuenta). Guerra Mundial Z está plenamente al servicio de la gran superestrella de Hollywood. Es difícil encontrar un solo plano de la película en el que Pitt no aparezca (a ser posible en primer plano), y aunque oficialmente haya más personajes, en realidad estos no existen. Solo Brad.

Los zombis de Guerra Mundial Z no son nada parecido a lo que nos tiene acostumbrados el género, no son los muertos vivientes de Romero, sino humanos infectados por un virus que los convierte en bestias salvajes (aunque descerebradas como de costumbre) con fuerza sobrehumana y gran velocidad, más próximos a los de 28 días después. Monstruos que forman mareas de no-muertos, una plaga que amenaza con destruir el planeta. En este sentido, funcionan a varios niveles. Facilitan la acción más vertiginosa y espectacular a la vez que sirven de excusa para construir una historia clásica de amenaza pandémica. Como podéis comprobar, la ambición de Guerra Mundial Z consiste en no restringir el relato a un solo género. El problema es que el ímpetu con el que arranca la película se va desvaneciendo gradualmente, y llega un momento en el que tenemos la sensación de que se ha perdido la ilusión por el proyecto y se ha puesto el piloto automático -no quiero decir nada, pero detrás del guion está nuestro amigo Damon Lindelof, al que acompaña nuestro otro amigo, Drew Goddard, además de Matthew Michael Carnahan.

La primera hora de Guerra Mundial Z es sencillamente brutal. La película abre con una espectacular secuencia de esas que van directas al grano y disponen el tono a seguir. Después de una breve (menos mal) exposición de la situación mundial, se inicia una especie de relato por fases, un videojuego en el que nuestro héroe avanza niveles en busca de la cura para la humanidad. La magnífica realización de Foster nos regala secuencias de infarto, hábilmente planeadas y mejor ejecutadas. Set pieces en los que la cámara saca el máximo partido de la acción y los espacios para agitarnos y sobresaltarnos, manifestando un dominio absoluto de la tensión. Por desgracia, en su segunda hora Guerra Mundial Z se desinfla. La razón: varias reescrituras, retrasos en la producción, polémicas internacionales y evidentes problemas en la sala de montaje. Es entonces cuando empiezan a manifestarse las muchas carencias del guion, y nosotros comenzamos a preguntarnos si lo que está ocurriendo realmente tiene sentido.

La última fase en Gales se alarga más de lo debido, para cuando llega el clímax -patrocinado por Pepsi– se han agotado las ideas, y las ganas. La seriedad, e incluso grandilocuencia, con la que se enfoca la película se vuelve en su contra, produciendo el efecto contrario al deseado. Ya no sentimos tensión o miedo como al comienzo (algunos incluso empezarán a reírse de ella en este punto), y esto hace que prestemos mayor atención a pequeños detalles que evidencian la gran ineptitud de los guionistas a la hora de desenlazar la historia. Guerra Mundial Z deviene así en un sinsentido en el que los personajes (Brad y una pandilla de científicos tontos) toman una decisión cuestionable detrás de otra, y donde las piezas acaban encajando de la manera más fortuita. Algo parecido a lo que ocurría en otra obra maldita de Lindelof, Prometheus, aunque algo menos grave. La película opta por el final más convencional y perezoso posible -un parche de última hora después de que el original resultase demasiado brutal y polémico-, conformando un anticlímax abrupto que da paso a una lección moral para párvulos. A pesar de la espléndida primera hora, la decepción es inevitable. En su empeño por hacer las películas de zombies más accesibles para el gran público, Guerra Mundial Z se convierte en la señal definitiva de que va siendo hora de darle un descanso al género. O de que algunos no deberían jugar con él.

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Comentarios (5)

 

  1. Juan Naranjo dice:

    Qué chungo. Te has pasado. A mí me ha parecido una maravilla.

  2. Pauersson dice:

    La pelicula es lo peor que he visto en tiempo mas cuando tienes entre manos un best seller de la categoria de guerra mundialZ ha sido la peor experiencia de mi vida cinematografica con creces. Al nivel de Dragon ball Evolution, no digo mas.

  3. nicolas dice:

    a mi me pareció bien, no tan bueno, pero por lo menos en el cine la disfruté, mucho mejor ke la mayoria de los blockbuster veraniegos (invernales para los ke vivimos en el sur), saludos desde chile

  4. Parvati dice:

    Pues para mí un ni fu ni fa… no tiene sentido. Si la trasnformación es casi inmediata (se habla que en los primeros dáis de la infección era cosa de 10 minutos máximo), cómo es posible que un infectado cogiera un avión y llegara a su destino horas después para expandir la pandemia en sus primeras oleadas?????? Si la premisa que lo sostiene todo se tambalea y es imposible, se cae el chiringuito… a partir de ahí, desilusión total para mí… nada del (maravilloso) libro de Brooks salvo cuatro pindeladas traidas por los pelos, nada más que un cameito de nada de Matthew Fox y, lo peor, secuelas que ya se anuncian y que, ay, dios, dan mucha pereza…

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