Crítica: Una canción para Marion

Una canción para Marion (Song for Marion, Paul Andrew Williams, 2012)

Marion (Vanessa Redgrave) se está muriendo. Su marido, Arthur (Terence Stamp) es su fiel compañero de fatigas, su mejor amigo y (sobre)protector, un hombre huraño y malhumorado que solo se muestra vulnerable ante su mujer (o eso cree él). Marion participa en el coro local de la tercera edad, que se prepara para participar en una competición regional. Es decir, Glee: Últimos años. Este pasatiempo ayuda a Marion a soportar los duros momentos que atraviesa, pero Arthur cree que su mujer no está para esos trotes -es decir, para rapear y rockear como chavales. La directora del coro, Elisabeth (Gemma Arterton), intentará convencer a Arthur de que se una al grupo y los ayude a ganar el concurso con su dulce y profunda voz.

No hace falta mucha imaginación para saber exactamente cómo funciona Una canción para Marion, uno de esos -tantos- dramas que se aproximan a los temas más duros desde una perspectiva optimista. Sus giros, sus recursos lacrimógenos, y en el fondo, su corazón bombeando fuertemente. La cinta de Paul Andrew Williams es una apuesta segura, en el mejor y en el peor sentido de la expresión. No hay nada fuera de lugar en Una canción para Marion. Cumple las expectativas sin salirse en ningún momento del esquema preestablecido, y resulta tan convencional como reconfortante. Lo hemos visto muchas veces: un grupo de personas en el último capítulo de sus vidas demostrando que nunca es tarde para hallar la felicidad. Y esta cantinela, por muy repetitiva que sea, acaba tocando la fibra sensible, lo queramos o no. Porque todos necesitamos a alguien que termine nuestra canción inacabada.

Para que este tipo de relatos tengan el efecto deseado en el público (sollozos, sonrisas y ganas de vivir), un buen reparto es crucial. Y afortunadamente, Una canción para Marion cuenta con él. Terence Stamp está perfecto en su papel de gruñón antisocial sin ningún tipo de intención de agradar a nadie, ni siquiera al espectador. Vanessa Redgrave está magnífica, equilibrio perfecto entre vulnerabilidad y fuerza. El hijo de la pareja está interpretado por Christopher Eccleston, el mismísimo Ninth Doctor, con el que Stamp comparte un par de escenas destacables. Sin embargo, la verdadera revelación de Una canción para Marion es la infravalorada y desaprovechada Gemma Arterton. Su Elisabeth es quizás el personaje más interesante y con más aristas de la película. Los ojos llenos de lágrimas y la sonrisa radiantemente triste de Arterton son lo mejor de Una canción para Marion. En mi caso, Una canción para Elisabeth. Y todas las canciones del mundo para Gemma Arterton.

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