Crítica: Llévame a la luna


Llévame a la luna (en su versión original Un plan parfait, para que veáis que no solo las películas norteamericanas son rebautizadas con títulos estúpidos) es la nueva screwball comedy del popular (en su país) humorista Dany Boon. Una rom-com de manual con aire kitsch que sigue al pie de la letra la predecible y acomodada estructura del género, sin escatimar en tópicos.

La trama no podría ser más tonta. De hecho podríamos haberla visto en cualquier episodio de relleno de cualquier sitcom noventera: Isabelle (Diane Kruger demostrando su considerable vis cómica) lleva 10 años con el mismo hombre, pero no se quiere casar porque en su familia existe una maldición según la cual los primeros matrimonios no funcionan nunca. Para pasar directamente al segundo se le ocurre un “plan perfecto“: casarse con un extraño y divorciarse enseguida, para que este cuente como su primer matrimonio y así esquivar la maldición. Isabelle encuentra a Jean-Yves (Boon), un pobre-hombre poca-cosa, blanco perfecto para ella. Él se prenda de ella, ella lo trata como a un pelele, pero acaba cogiéndole cariño… Y no hace falta que os cuente cómo sigue, ¿verdad?

Llévame a la luna no oculta sus intenciones. Es exactamente lo que parece. Se reafirma constantemente en el slapstick más ridículo y se beneficia de la química entre sus dos protagonistas, que por suerte cumplen de sobra con los requisitos de cualquier pareja imposible de cine que se precie. Es decir, quien se aproxime al filme de Pascal Chaumeil (director curtido en televisión) sabiendo lo que hay no obtendrá ninguna sorpresa, ni para bien ni para mal. Sin embargo, ni los mejores paisajes del mundo (la sabana africana o el Kremlin) salvarán a la película de caer en el tedio, la inercia y el déjà vu. Cine de un solo uso. Y ni eso.

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