Crítica: Expediente Warren – The Conjuring

Qué grata y terrorífica sorpresa este expediente X setentero del perpetrador de la saga Saw y algún que otro pelotazo del género como Insidious. Con Expediente Warren: The Conjuring, James Wan ha compendiado todos los tópicos (y cuando digo todos quiero decir todos) del cine de terror, en concreto de la variante de películas de casas encantadas y exorcismos, y ha configurado con ellos una película de corte clásico que es toda una oda al género.

Expediente Warren es, como su título en inglés indica, un juego. Un juego de manos que aparecen de donde menos te lo esperas, de ilusionismo que nos hace ver rostros en la oscuridad, un zootropo de siluetas macabras que no podemos dejar de mirar. Pero sobre todo un juego de niños, con sus muñecas diabólicas, sus juguetes encantados, cantinelas infernales y escondites mortales. Desde el amor más evidente al género, Wan apela al niño que tiene miedo de mirar debajo de la cama cuando oye un ruido en mitad de la noche, o que observa con absoluto pavor la puerta entreabierta del armario y no recuerda si lo cerró antes de dormir. Ese niño en el que todos nos convertimos ante una cinta de terror bien hecha. Sin efectismos ni giros excesivamente sorprendentes, sin pretensión o ínfulas de vanguardismo, Wan ha conseguido con The Conjuring lo que todo autor de terror persigue (o debería perseguir): divertir haciendo pasar miedo.

Partiendo de una idea hastiada y contada en innumerables ocasiones (familia que se muda a casa encantada y empieza a experimentar fenómenos paranormales), Expediente Warren aprovecha todas las posibilidades que brinda la fórmula, logrando que el déjà vu no juegue nunca en su contra. Estamos ante una película de miedo que… ¡da miedo!, una que presenta una atmósfera inmejorable y que cuenta con una realización inteligente y perversa. Sin embargo, el mayor acierto de Wan es no olvidarse de la importancia de la historia y los personajes (equilibrio perfecto entre la familia protagonista y los “cazafantasmas” Warren). Y sobre todo saber mantener en todo momento la atención del espectador, y más importante aun, el pacto de credibilidad con el mismo. En Expediente Warren hay muchos momentos en los que deseamos gritar “¡¡no bajes al sótano!!” y cosas por el estilo, pero en ningún momento percibimos los actos de los personajes como especialmente forzados o insoportablemente incongruentes.

Lo fácil que es identificar los referentes de Expediente Warren indica la clara voluntad de su director por moldearla según los cánones más establecidos del género, por confeccionar, como hemos dicho, un clásico en fondo y forma -que además es una sátira encubierta de los horrores de la burocracia. Así, Expediente Warren recuerda inequívocamente a Poltergeist y El exorcista entre otras. Wan opone resistencia de esta manera a la tendencia a la casquería y el torture porn que él mismo puso en boga, y consigue demostrar que un cuento de hadas sigue poseyendo el infalible poder de asustar y perturbar, si se cuenta bien. A pesar de que el tráiler de la película nos muestra testimonios a cámara que podían hacernos pensar que estamos ante otro producto en la línea de Paranormal Activity -qué poco acertada estrategia publicitaria-, Expediente Warren no es un falso documental, ni un experimento efímero, sino una película de miedo de toda la vida. Y es ahí donde reside su mayor riesgo, y su mayor acierto. Desde luego, así da gusto pasar miedo.

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Comentarios (1)

 

  1. Anónimo dice:

    que miedooooo

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