Dates: Deseando amar

“Pregúntame algo. Lo que sea. Y te contestaré”.

La premisa es aparentemente sencilla. Dos personas quedan para una cita a ciegas a través de una web de contactos. Cada uno de los nueve episodios de Dates, serie de la británica Channel 4 creada por Brian Elsley (Skins), transcurre casi a tiempo real, con un formato similar al de In Treatment o la más próxima Him & Her. Veinte minutos en los que asistimos sobre todo a primeras, pero también a segundas citas, a encuentros, reencuentros y desencuentros, en los que somos testigos de la búsqueda (en muchos casos desesperada) del amor por parte de unos personajes que ya han ajustado sus expectativas al mundo real, que viven y luchan en el siglo XXI, que han comprobado que Cuando Harry encontró a Sally o Algo para recordar son, y siempre fueron, ciencia ficción.

La primera temporada de Dates presenta una estructura capicúa. En el primer episodio conocemos a Mia y David (Oona Chaplin y Will Mellor), con los que nos volvemos a reunir en el último. En los siete episodios que transcurren en medio, tanto ellos dos como el resto de protagonistas tienen varias citas con distintas personas, y por regla general estas acabarán yendo por el camino más sorprendente. Los personajes que aparecen en varios episodios (Mia, David, Stephen, Erica y Jenny) aportan una especie de hilo argumental que unifica la temporada, aunque cada uno de los capítulos es altamente independiente del resto. Sin duda un formato original y llamativo que se ajusta perfectamente a las ideas que pretende explorar y expresar la serie. A pesar de que no todos los episodios mantienen el nivel del primero (inmejorable carta de presentación), Dates supone un retrato muy agudo y completo de las relaciones en la era 2.0.

La mayoría de personajes de Dates son personas rotas, hastiadas, resignadas. Necesitan a alguien que les pregunte “por algo, por lo que sea”, que quiera verlos y aceptarlos por lo que son. Sin embargo, todos mienten y se ocultan tras un ‘disfraz de primera cita’. Mia (una magnética y fascinante Oona Chaplin, razón de sobra para ver la serie), por ejemplo, no usa su nombre verdadero, sino que se hace llamar Celeste. David dice que es abogado, pero en realidad es camionero. Ellie tiene 19 años, pero dice que tiene 25. Jenny es cleptómana, y obviamente, no se presenta dando esta información. Erica es lesbiana pero tiene citas con hombres para contentar a su familia. Claro que pronto todos ellos muestran esa imperiosa necesidad de despojarse de la máscara, de ser ellos mismos, y en última instancia, ser aceptados a pesar de sus defectos, y sus pasados. Para todos apremia el tiempo, y cuanto antes descubran si la otra persona es merecedora de una segunda cita, o una vida en común, mejor.

“Smartphones. Magia, ¿verdad? Hace unos años no podíamos saber que tú estabas equivocada y yo tenía razón”.

Este abrumadoramente sencillo pero certero comentario hace alusión a la pérdida de la espontaneidad que hemos sufrido por culpa de los teléfonos móviles. Recurrimos a ellos para responder preguntas y consultar dudas en un par de segundos, aniquilando así cualquier oportunidad de debate e intercambio de opiniones. Tenemos mucho que decir, pero vertemos todos nuestros conocimientos y pensamientos en el ciberespacio, dejándonos sin palabras en nuestros intercambios en el mundo real. En todos, absolutamente todos los episodios de Dates, las citas son interrumpidas por alguien que llama o escribe por el móvil a los personajes, en varias ocasiones poniéndolos en la disyuntiva de atenderlos o ignorarlos, y dejando caer así una sutil pero insistente reflexión sobre nuestra dependencia total del teléfono y cómo esto ha modificado por completo la experiencia social. En Dates, casi siempre el acompañante animará a que se atienda al móvil, pero será a regañadientes, juzgando, pensando “preferiría no estar aquí, conmigo, preferiría estar con la persona que le habla desde el otro lado”. O simplemente le parecerá una falta de educación, pero una recíprocamente aceptada, y tan asimilada por la sociedad que no tendrá mayor importancia pasados unos segundos. El móvil evita que nos perdamos de camino al restaurante donde hemos quedado, pero una vez hemos llegado, se convierte en nuestro peor enemigo.

Este es uno de los grandes aciertos de Dates, uno de los elementos que más claramente nos indican que estamos ante un producto contemporáneo que documenta nuestro tiempo con detallismo y ojo clínico. Una serie minimalista (pero muy cuidada estéticamente) que araña la superficie de las comedias románticas y se propone reinventar el género en un ejercicio de naturalidad y honestidad como pocos hemos visto últimamente. Dates da cuenta del nuevo cinismo y escepticismo con el que nos aproximamos a todos los aspectos de nuestra vida, y en concreto a la búsqueda del amor, de cómo han cambiado las cosas en veinte años (¿eran los 90 una burbuja que hemos explotado en el siglo XXI o lo de Friends pasó de verdad en algún sitio?). En una gran ciudad como Londres, llena de oportunidades y experiencias, millones de almas a la deriva buscan a alguien que ocupe el vacío que ni el éxito profesional ni Tumblr pueden llenar. Aunque el 3G lo haya jodido todo, Internet sigue siendo un buen lugar para dejar de estar solo. La ficción audiovisual nos ha inculcado el concepto de las “citas”, y en concreto el de las “primeras citas”, como algo puramente ficcional, sobre todo en España. Dates nos sugiere la posibilidad de convertirlo en algo real, de acudir a un encuentro y arrepentirnos de haberlo hecho, en lugar de lamentarnos por no haberlo intentado.

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Comentarios (2)

 

  1. bruno dice:

    Maravillosa y certera reflexión sobre “dates”

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