My Mad Fat Diary: ¿Dónde estabas?

Where were you while we were getting high?

Qué difícil es ser adolescente. Pero cuánto más difícil es aproximarse a la adolescencia en televisión desde un punto de vista más o menos serio y no caer en el ridículo o practicar el arte de la condescendencia. Eso es exactamente lo que ha conseguido con una temporada (de 6 episodios) My Mad Fat Diary, respuesta británica a Awkward., con la que guarda varias similitudes temáticas -a pesar de que la de MTV es una comedia de 20 minutos, y la de E4 una dramedia de 40.

My Mad Fat Diary lidia con un buen puñado de temas delicados, e incluso escabrosos (suicidio adolescente, enfermedad mental, autolesión, desorden alimenticio), que afectan a los adolescentes (en todas partes, y desde hace años), y se las arregla para no caer en ningún momento en la habitualmente inevitable moralina. Lo hace a base de honestidad, sin rodeos, estableciendo un puente entre la ensoñación del quinceañero y el diván del psiquiatra, presentando a los chavales como seres über-sexuales, riéndose de la tragedia en su justa medida, y tratando los incidentes más nimios como grandes catástrofes, tal y como haría cualquier adolescente.

La serie está basada en la novela autobiográfica My Fat, Mad Teenage Diary, de Rae Earl, pero se toma la licencia de cambiar la ambientación de finales de los 80 a mediados de los 90. Así, las andanzas de Rae y su pandilla de Lincolnshire se contextualizan durante la eclosión del Brit Pop, en la era pre-digital, cuando Internet se empezaba a colar en las casas pero aun era una herramienta de uso ocasional, cuando la única manera de quedar con los amigos era llamando al fijo, y lo habitual era toparse con uno de ellos en la calle e ir a dar una vuelta juntos, o pasar las horas muertas en la habitación escuchando cassettes, e incluso descubriendo el futurista mundo del Disco Compacto. Una época en la que la música era una experiencia completamente distinta a la de ahora, nexo de unión, baremo y tejido social, y válvula de escape. La única realidad que conocíamos.

La música es tan importante en My Mad Fat Diary porque la música era así de importante en 1996. Era algo esencial, vital en nuestro crecimiento y desarrollo como seres sociales (o algo parecido). La guerra Oasis vs. Blur nos definió tanto como posteriormente harían los arquetipos identitarios de Friends. Y si en España vivimos el fenómeno Brit Pop con pasión, en Gran Bretaña dominaba la cultura por completo, y contribuía a dar forma a toda una generación. En este sentido, la banda sonora de My Mad Fat Diary es completa y absolutamente épica y perfecta. Sin exagerar. Documento fidedigno de una época y reflejo de un espíritu que a día de hoy, por desgracia, no sabemos si nos sirvió para algo y si nos llevó a algún lado. Si para uno Radiohead, The Prodigy, The Stone Roses, The Verve, Suede, Pulp, Supergrass -¡incluso irritantes one-hit-wonders como “Spaceman” de Babylon Zoo!- componían la banda sonora de una vida, es más que probable que My Mad Fat Diary hable de nosotros, y por nosotros, en primera persona.

Rae Earl es una auténtica connoisseur, y se jacta de ello. Ingeniera en recopilaciones, enciclopedia musical andante, y DJ radiofónica de vocación. Una adolescente media de los 90 (cuando la melomanía era lo común y las camisetas de manga corta se llevaban por encima de las de manga larga) de no ser por un “pequeño problema”, o más bien varios. Es obesa, tiene tendencia a la depresión, historial de autolesiones, tendencias suicidas, y ha pasado seis meses internada en un hospital psiquiátrico (París para sus conocidos). A su regreso a Lincolnshire, Rae lucha contra este pasado inmediato y hace todo lo posible para alcanzar la esquiva (y sobrevalorada) normalidad. A base de mentiras, pero en el fondo gracias a su magnética personalidad, Rae se hace hueco en la pandilla de su amiga de la infancia, Chloe. Y así es como comienza la vida para ella. Chicos, fiestas, cervezas, confidencias, y la posibilidad de encontrar su Santo Grial: S-E-X-O. Rae no se lo cree, y así lo plasma en su diario, como si todos los días fueran el primer día de su vida. Y el último.

My Mad Fat Diary es toda una sensación, y su protagonista, la recién llegada Sharon Rooney, tiene casi toda la culpa de ello. La magnífica interpretación de Rooney desborda naturalidad y credibilidad, personificando la armoniosa dualidad de la serie, esa pasmosa capacidad para pasar de la comedia al drama (también a la fantasía) sin aparente esfuerzo alguno. Es una pena que este fenómeno televisivo en realidad no sea tal cosa, ya que carece de la repercusión y difusión que merece. Un producto tan impecable y necesario, que desempeña una labor de concienciación y apoyo tan encomiable -y que encima es una ficción televisiva de calidad- debería ser visto por más adolescentes (y no tan adolescentes) en todo el mundo. No cabe duda, Rae Earl es la voz de una generación, su diario un eficaz manual de autoayuda, y su serie una joya de la televisión. Y ahora, escuchemos “Champagne Supernova”:

Crítica: Una canción para Marion

Una canción para Marion (Song for Marion, Paul Andrew Williams, 2012)

Marion (Vanessa Redgrave) se está muriendo. Su marido, Arthur (Terence Stamp) es su fiel compañero de fatigas, su mejor amigo y (sobre)protector, un hombre huraño y malhumorado que solo se muestra vulnerable ante su mujer (o eso cree él). Marion participa en el coro local de la tercera edad, que se prepara para participar en una competición regional. Es decir, Glee: Últimos años. Este pasatiempo ayuda a Marion a soportar los duros momentos que atraviesa, pero Arthur cree que su mujer no está para esos trotes -es decir, para rapear y rockear como chavales. La directora del coro, Elisabeth (Gemma Arterton), intentará convencer a Arthur de que se una al grupo y los ayude a ganar el concurso con su dulce y profunda voz.

No hace falta mucha imaginación para saber exactamente cómo funciona Una canción para Marion, uno de esos -tantos- dramas que se aproximan a los temas más duros desde una perspectiva optimista. Sus giros, sus recursos lacrimógenos, y en el fondo, su corazón bombeando fuertemente. La cinta de Paul Andrew Williams es una apuesta segura, en el mejor y en el peor sentido de la expresión. No hay nada fuera de lugar en Una canción para Marion. Cumple las expectativas sin salirse en ningún momento del esquema preestablecido, y resulta tan convencional como reconfortante. Lo hemos visto muchas veces: un grupo de personas en el último capítulo de sus vidas demostrando que nunca es tarde para hallar la felicidad. Y esta cantinela, por muy repetitiva que sea, acaba tocando la fibra sensible, lo queramos o no. Porque todos necesitamos a alguien que termine nuestra canción inacabada.

Para que este tipo de relatos tengan el efecto deseado en el público (sollozos, sonrisas y ganas de vivir), un buen reparto es crucial. Y afortunadamente, Una canción para Marion cuenta con él. Terence Stamp está perfecto en su papel de gruñón antisocial sin ningún tipo de intención de agradar a nadie, ni siquiera al espectador. Vanessa Redgrave está magnífica, equilibrio perfecto entre vulnerabilidad y fuerza. El hijo de la pareja está interpretado por Christopher Eccleston, el mismísimo Ninth Doctor, con el que Stamp comparte un par de escenas destacables. Sin embargo, la verdadera revelación de Una canción para Marion es la infravalorada y desaprovechada Gemma Arterton. Su Elisabeth es quizás el personaje más interesante y con más aristas de la película. Los ojos llenos de lágrimas y la sonrisa radiantemente triste de Arterton son lo mejor de Una canción para Marion. En mi caso, Una canción para Elisabeth. Y todas las canciones del mundo para Gemma Arterton.

Crítica: Lobezno Inmortal (The Wolverine)

El entuerto lo provocó la tercera entrega de X-Men, La decisión final (2006), pero el spin-off X-Men orígenes: Lobezno (2009) se encargó de rematar la faena. Las dos primeras partes de la saga mutante de Marvel en Fox, capitaneadas por Bryan Singer, obtuvieron grandes laureles por parte de la crítica y el entusiasmo del público, contribuyendo así a la dignificación del cine comiquero de súper héroes que hoy en día disfrutamos. Pero Singer se bajó del carro, y los X-Men perdieron el rumbo (paradójico teniendo en cuenta lo que el realizador hizo después). La primera entrega en solitario del peludo y musculoso mutante de Marvel no fue bien recibida, y con razón. Cartón piedra, efectos digitales propios de mediados de los 90 y lo más grave: una historia terriblemente descentrada, con un gran número de personajes muy mal manejados. Camp por un tubo. El tiempo ha perjudicado considerablemente a X-Men orígenes: Lobezno (4 años es mucho en el cine actual de Hollywood), y el mal recuerdo se ha magnificado.

Pero entonces llegó X-Men: Primera generación (2011), acertado y exitoso reboot de Matthew Vaughn que situaba la franquicia en la senda del bien. Tras el macroproyecto Avengers, Fox abraza el nuevo modelo Marvel y nos trae una nueva película de Lobezno que sirve como borrón y cuenta nueva, como capítulo independiente, secuela de La decisión final, y también como antesala o prólogo al gran evento de 2014: X-Men: Días del futuro pasado. Todo a la vez. La intertextualidad es lo que sostiene hoy en día este tipo de cine, y lo vamos a comprobar una vez más cuando Lobezno, los X-Men originales de Singer y los de la nueva clase converjan en el que será uno de los eventos cinematográficos más importantes del próximo año.

Pero para renacer hace falta primero purificarse, o más bien purgarse. Y eso es exactamente lo que hace Lobezno Inmortal (The Wolverine). Siendo más fiel al referente (un arco de Chris Claremont y Frank Miller) y con una trama mucho más centrada y fluida, Lobezno Inmortal plantea una nueva historia de (re)génesis para uno de los personajes más carismáticos de la Casa de las Ideas. Así, se presenta a Logan como lobo solitario, o más bien ronin, samurai sin maestro. Un hombre que arrastra el enorme peso de su pasado, la culpabilidad por la pérdida de la mujer amada –Jean Grey, que vuelve como Pepito Grillo de Logan- y la maldición de la inmortalidad. El cast se reduce así considerablemente, y la atención se concentra en el personaje, en su lucha interna por alcanzar el Zen y el autoconocimiento, dificultada por la rabia incontenible -y la explosiva testosterona- que hay en él. Lógicamente, la historia transcurre íntegramente en Japón, y en lugar de una película de súper héroes, obtenemos una cinta de acción ligeramente noventera que es a su vez película de artes marciales y en gran parte, cine de yakuzas. Una propuesta que habría desarrollado plenamente su potencial con una calificación por edades más valiente.

En esta película, Logan evoca al Bruce Wayne de Batman Begins (tiene todo el sentido del mundo con Frank Miller en común), un personaje reconfigurado a base de misticismo y disciplina ritual. Y he ahí el mayor error de Lobezno Inmortal. Se confunde lo serio y atormentado por lo profundo, y la historia rasca la superficie del personaje, pero no logra adentrarse en él tanto como pretende o como quiere hacer ver. Tampoco ayudan los tremendamente insulsos y olvidables secundarios, así como la villana fuera de lugar. No basta con reducir el número de personajes, también hay que sacar el mayor provecho de los que se tiene, y este no es el caso. Claro que esto tiene su reverso luminoso: Hugh Jackman, el hombre que puede con cualquier papel pero que nació para ser Lobezno, brilla como nunca. Él es Lobezno, él es la película, y eso es suficiente.

Cuando el peso de la película recae en la acción, Lobezno Inmortal sobresale. Los set pieces son fantásticos (concretamente la escena del tren o la secuencia Lobezno vs. los ninjas) y los efectos no tienen nada que ver con aquellas vergonzosas garras digitales de Orígenes. Pero más allá de esto, resulta que esta no es la obra de redefinición que el personaje necesitaba, y que Fox planeaba, sino otra película que no está a la altura del carisma del mutante. La única diferencia con la infame Orígenes es que esta vez han estudiado más, y se la han tomado más en serio. Tanto es así que hace algo peor que chirriar o dar vergüenza: provocar bostezos. Esperemos que el regreso de Lobezno al universo coral de X-Men con Días del futuro pasado nos devuelva al personaje en su mayor esplendor, es decir, interactuando con sus compañeros, o mejor aun, peleándose con ellos.

Crítica: Ahora me ves…

“¿Te sientes explotado o te lo has pasado bien aunque sea un poco?”

Son las palabras exactas que pronuncia Alma Dray (Mélanie Laurent) en una aparentemente trivial escena de Ahora me ves… Quizás el eslogan más resultón de la película de Louis Leterrier (Furia de titanes) sea “cuanto más cerca mires, menos verás“, pero la verdadera esencia del filme se encuentra inequívocamente en la pregunta que Dray plantea a su escéptico compañero, el agente Dylan Rhodes (Mark Ruffalo). Claro que ambas ideas están necesariamente relacionadas.

¿Hasta qué punto importa ser consciente de estar siendo manipulado si uno se lo está pasando en grande? Esto es lo que pide Leterrier a los espectadores de Ahora me ves…, un ejercicio de entrega total por su parte, de confianza ciega (y de hacer la vista gorda) por la promesa de pasar un rato inmejorable a cambio. La metáfora es constante y evidente. Ahora me ves… es un gran truco de magia, uno hecho película, un espectáculo de prestidigitación narrativa que no logra engañar todo el tiempo al espectador (¿quién es “la persona más inteligente de la sala”?), pero sí consigue que este se deje llevar y disfrute del show. El pacto de credibilidad funciona a otro nivel con Ahora me ves…, porque después de todo, estamos hablando de magia. De esta manera será más fácil pasar por alto los agujeros de guion o las (muchas) fantasmadas que plagan la historia. Ese es el verdadero truco. Y es uno de los más efectivos.

El número inaugural de Ahora me ves… es inmejorable. La fantástica secuencia inicial de la película establece el tono y el tempo de la película. A medida que vemos, uno detrás de otro, a los cuatro personajes que conformarán el súper-equipo de ilusionistas Los Cuatro Jinetes (porque Los Cuatro Fantásticos ya estaba cogido), nos impregnamos del acelerado y circense ritmo que se mantendrá durante todo el metraje -con excepción de un tramo hacia el final que se centra demasiado tiempo en la investigación policial encabezada por Ruffalo. Desde un primero momento queremos creernos todos los trucos, y aunque nosotros vayamos un paso por delante de todos los personajes, aunque veamos el doble fondo de la caja, o las orejas del conejo asomar por la manga, no podemos evitar asombrarnos como niños en una fiesta de cumpleaños (de esas que se ven en las películas, se entiende).

Quizás Ahora me ves... baje la guardia durante su clímax. A pesar de que el “más difícil todavía” que nos plantean Los Cuatro Jinentes atrapa toda nuestra atención, el desenlace peca de dar demasiadas explicaciones y buscar la lógica cuando es precisamente lo que menos necesitamos. Y claro, esto es lo que acaba arruinando en cierto modo la experiencia del ilusionismo. Sin embargo, Ahora me ves… insiste hasta el último de sus planos en que llevemos a cabo un acto de fe. Y esto es lo que hacemos encantados, hipnotizados. Y sí, también nos sentimos ligeramente explotados, engañados, pero somos conscientes en todo momento, formaba parte del trato. Así que agente Dray, la respuesta a tu pregunta es un rotundo “sí”. Me lo he pasado bien. Me lo he pasado bomba. Así que todo lo demás da igual. David Copperfield debe estar entusiasmado.

Crítica: Llévame a la luna


Llévame a la luna (en su versión original Un plan parfait, para que veáis que no solo las películas norteamericanas son rebautizadas con títulos estúpidos) es la nueva screwball comedy del popular (en su país) humorista Dany Boon. Una rom-com de manual con aire kitsch que sigue al pie de la letra la predecible y acomodada estructura del género, sin escatimar en tópicos.

La trama no podría ser más tonta. De hecho podríamos haberla visto en cualquier episodio de relleno de cualquier sitcom noventera: Isabelle (Diane Kruger demostrando su considerable vis cómica) lleva 10 años con el mismo hombre, pero no se quiere casar porque en su familia existe una maldición según la cual los primeros matrimonios no funcionan nunca. Para pasar directamente al segundo se le ocurre un “plan perfecto“: casarse con un extraño y divorciarse enseguida, para que este cuente como su primer matrimonio y así esquivar la maldición. Isabelle encuentra a Jean-Yves (Boon), un pobre-hombre poca-cosa, blanco perfecto para ella. Él se prenda de ella, ella lo trata como a un pelele, pero acaba cogiéndole cariño… Y no hace falta que os cuente cómo sigue, ¿verdad?

Llévame a la luna no oculta sus intenciones. Es exactamente lo que parece. Se reafirma constantemente en el slapstick más ridículo y se beneficia de la química entre sus dos protagonistas, que por suerte cumplen de sobra con los requisitos de cualquier pareja imposible de cine que se precie. Es decir, quien se aproxime al filme de Pascal Chaumeil (director curtido en televisión) sabiendo lo que hay no obtendrá ninguna sorpresa, ni para bien ni para mal. Sin embargo, ni los mejores paisajes del mundo (la sabana africana o el Kremlin) salvarán a la película de caer en el tedio, la inercia y el déjà vu. Cine de un solo uso. Y ni eso.

Crítica: Expediente Warren – The Conjuring

Qué grata y terrorífica sorpresa este expediente X setentero del perpetrador de la saga Saw y algún que otro pelotazo del género como Insidious. Con Expediente Warren: The Conjuring, James Wan ha compendiado todos los tópicos (y cuando digo todos quiero decir todos) del cine de terror, en concreto de la variante de películas de casas encantadas y exorcismos, y ha configurado con ellos una película de corte clásico que es toda una oda al género.

Expediente Warren es, como su título en inglés indica, un juego. Un juego de manos que aparecen de donde menos te lo esperas, de ilusionismo que nos hace ver rostros en la oscuridad, un zootropo de siluetas macabras que no podemos dejar de mirar. Pero sobre todo un juego de niños, con sus muñecas diabólicas, sus juguetes encantados, cantinelas infernales y escondites mortales. Desde el amor más evidente al género, Wan apela al niño que tiene miedo de mirar debajo de la cama cuando oye un ruido en mitad de la noche, o que observa con absoluto pavor la puerta entreabierta del armario y no recuerda si lo cerró antes de dormir. Ese niño en el que todos nos convertimos ante una cinta de terror bien hecha. Sin efectismos ni giros excesivamente sorprendentes, sin pretensión o ínfulas de vanguardismo, Wan ha conseguido con The Conjuring lo que todo autor de terror persigue (o debería perseguir): divertir haciendo pasar miedo.

Partiendo de una idea hastiada y contada en innumerables ocasiones (familia que se muda a casa encantada y empieza a experimentar fenómenos paranormales), Expediente Warren aprovecha todas las posibilidades que brinda la fórmula, logrando que el déjà vu no juegue nunca en su contra. Estamos ante una película de miedo que… ¡da miedo!, una que presenta una atmósfera inmejorable y que cuenta con una realización inteligente y perversa. Sin embargo, el mayor acierto de Wan es no olvidarse de la importancia de la historia y los personajes (equilibrio perfecto entre la familia protagonista y los “cazafantasmas” Warren). Y sobre todo saber mantener en todo momento la atención del espectador, y más importante aun, el pacto de credibilidad con el mismo. En Expediente Warren hay muchos momentos en los que deseamos gritar “¡¡no bajes al sótano!!” y cosas por el estilo, pero en ningún momento percibimos los actos de los personajes como especialmente forzados o insoportablemente incongruentes.

Lo fácil que es identificar los referentes de Expediente Warren indica la clara voluntad de su director por moldearla según los cánones más establecidos del género, por confeccionar, como hemos dicho, un clásico en fondo y forma -que además es una sátira encubierta de los horrores de la burocracia. Así, Expediente Warren recuerda inequívocamente a Poltergeist y El exorcista entre otras. Wan opone resistencia de esta manera a la tendencia a la casquería y el torture porn que él mismo puso en boga, y consigue demostrar que un cuento de hadas sigue poseyendo el infalible poder de asustar y perturbar, si se cuenta bien. A pesar de que el tráiler de la película nos muestra testimonios a cámara que podían hacernos pensar que estamos ante otro producto en la línea de Paranormal Activity -qué poco acertada estrategia publicitaria-, Expediente Warren no es un falso documental, ni un experimento efímero, sino una película de miedo de toda la vida. Y es ahí donde reside su mayor riesgo, y su mayor acierto. Desde luego, así da gusto pasar miedo.

Crítica: Niños grandes 2

 

Niños grandes 2 (Grown Ups 2, Dennis Dugan, 2013)

En 2010, Adam Sandler reunió a un grupo de colegas cómicos para irse de escapada veraniega al campo con la excusa de hacer lo que ellos siguen empeñándose en llamar “película”, cuando está clarísimo que no lo es. Niños grandes fue un éxito. No rompió la taquilla, pero sí recaudó lo suficiente (incluso a nivel mundial) como para garantizar una segunda parte. ¿Y quién podría decir que no a otras vacaciones pagadas junto al lago? Desde luego este hatajo de gandules no.

La pandilla de Sandler regresa a la cartelera estival tres años después, con las mismas intenciones. Ha habido una baja, el insoportable Rob Schneider. Pero tiene su sustituto, Nick Swardson, al que incluso colocan el tupé que Schneider lucía en la primera entrega. Las intenciones no podían estar más claras. Se trata de emular en la medida de lo posible el formato que funcionó la primera vez. Claro que en Niños grandes no hay un formato propiamente dicho. Tanto la primera película como esta secuela se pueden describir como una sucesión de chistes malos, repetitivos y anticuados perpetrados con la desgana más descorazonadora por cuatro comediantes acabados que no tienen nada mejor que hacer.

Efectivamente, Niños grandes 2 no cuenta con un argumento definido. Se trata de yuxtaponer el mayor número posible de chistes y gags para ver si alguno de ellos funciona. Ya sabéis, cantidad antes que calidad. Lo que sí ha cambiado ligeramente con respecto a la primera película es que se ha aumentado la presencia de humor físico. Si Niños grandes era un concurso de chistes hirientes y (supuestamente) ofensivos, Niños grandes 2 es eso mismo, pero también es un festival de slapstick vergonzoso que encima recurre a la animación por ordenador para implementar esta comedia física y crear la ilusión de que está pasando algo.

Niños grandes 2 culmina en una gran fiesta en la casa de los Feder, el matrimonio interpretado por Sandler y Salma Hayek, que se vuelve a poner orgullosa en la piel de esposa trofeo -y que ya de paso vuelve a demostrar que lo de su talento es un misterio a la altura del Yeti o el monstruo del Lago Ness. Hasta ese momento hemos asistido al despliegue más triste de humor misógino, sexista, racista y homófobo. Y lo peor de todo no es que estos chistes sean ofensivos (no lo son), sino que están más pasados que hacer una fiesta de los 80. Que es justo eso es lo que ocurre en el “clímax” de Niños grandes 2. Una fiesta temática en la mansión de Sandler (fijaos cómo en casi todas sus películas es un triunfador que vive en la casa más grande del barrio) para recordarnos que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Este grupo de actores trasnochados se enfrentan así a una banda de universitarios descerebrados que según el punto de vista de Sandler & co., vienen a representar las nuevas generaciones, vacuas, sin valores, desprovistas de espontaneidad y capacidad para apreciar las cosas buenas que ofrece la vida. Hay que luchar contra eso y devolver los valores tradicionales a la familia, a la juventud, y ya de paso a la comedia. Que la avanzadilla de nuevos cómicos (o cómicos que no se han quedado obsoletos como ellos) amenazan a Sandler y su idea de la comedia, él contraataca reivindicando el encanto de un pedo -o una combinación mortal de eructo, estornudo y pedo. Y para que quede claro su argumento, te repite el mismo chiste hasta seis veces a lo largo de su película. Así, a golpe de flatulencia o patada en las pelotas, los niveles de lástima y vergüenza ajena llegan a salirse de la gráfica. La batalla campal de cuarentones y cincuentones disfrazados de los 80 contra los universitarios (encabezados por cierto por un Taylor Lautner más gracioso que Sandler) es la metáfora perfecta de la carrera de Adam Sandler, y de su séquito de comediantes de segunda. No importa que ganen los suyos, para nosotros no son más que unos grandes perdedores.

Un apunte final: En el doblaje al castellano se han traducido los referentes culturales (internacionalmente conocidos), por españolismos sonrojantes. Los apunté todos: Falete, Niña Pastori, Los Pecos, Roberto Carlos y ¡UPA Dance! Y a pesar de constituir una absoluta atrocidad imposible de creer en 2013, encaja a la perfección con el tipo de humor de la película. Es lo que todos esperaríamos de una comedia mala de principios de los 90, que es lo que Niños grandes 2 es exactamente.

Sorteo: Consigue un combo Blu-ray+DVD+copia digital de ‘Jack, el Caza Gigantes’

Este sorteo ya ha finalizado. Atentos a fuertecito no ve la tele para futuros sorteos.

Warner Bros se complace en anunciar el lanzamiento de Jack el Caza Gigantes en DVD y Blu-Ray y Copia Digital el 16 de julio. Con motivo del lanzamiento de la película al mercado doméstico, y para agradeceros vuestra fidelidad, fuertecito no ve la tele y Warner Bros os dan la oportunidad de conseguir gratis un combo Blu-ray+DVD+copia digital de Jack, el Caza Gigantes.

¿Cómo participar? Muy sencillo. Leed atentamente:

A continuación tenéis la Aplicación Blog de Jack el Caza Gigantes, con nuevos contenidos exclusivos. En ella podéis controlar las imágenes GIF y manejar la acción de la película con el movimiento del ratón. Los sonidos de gigantes te permitirán componer tu propia combinación de sonidos de Jack el Caza Gigantes. Pon a prueba tu coraje y completa el cuestionario “¿Eres valiente?” para ver si eres tan audaz como Jack, el héroe de la película.

Una vez hayáis completado el cuestionario, lo único que tenéis que hacer es publicar vuestros resultados en la sección de comentarios de esta entrada del blog o bien en la página de Facebook de fuertecito no ve la tele. De esta manera entraréis automáticamente en el sorteo. No olvidéis incluir vuestra dirección de correo electrónico (solo si participáis en el blog, en Facebook no hace falta) para ponernos en contacto con el ganador (no os preocupéis, no será visible para el resto).

Aquí tenéis la Aplicación Blog de Jack el Caza Gigantes. Adelante, ¿eres lo suficientemente valiente como para rescatar a la princesa? ¿Eres tan valiente como Jack? ¡Completa el cuestionario para averiguarlo y entrar en el sorteo de la película!

El sorteo comienza hoy viernes 12 de julio de 2013 finalizará el próximo jueves 18 de julio de 2013 a las 23:59. El ganador será escogido al azar y anunciado a lo largo del viernes 19. Importante: sorteo exclusivo para residentes en territorio español. Disculpad las molestias.

¡Mucha suerte!

Sobre Jack el Caza Gigantes:

Libres en la Tierra por primera vez en siglos, los gigantes tratan de reclamar la tierra que perdieron en su día, obligando al joven Jack (Nicholas Hoult) a entrar la batalla de su vida para detenerlos. Luchando por un reino y sus habitantes, y por el amor de una valiente princesa, se enfrenta cara a cara con los imparables guerreros que pensaba que sólo existían en las leyendas… y tiene la oportunidad de convertirse en una leyenda él mismo.  Dirigida por Brian Singer (X-Men, Superman Returns)

Reparto: Nicholas Hoult (Skins, X-Men: Primera generación), Ewan McGregor (Star Wars, Moulin Rouge!), y Stanley Tucci (Capitán América: El primer vengador).

Crítica: The Purge (La noche de las bestias)

La premisa de The Purge: La noche de las bestias, por muy inverosímil e incoherente que pareciera, se presentaba como mínimo llamativa, inquietante y llena de potencial terrorífico y polémico. Durante una noche al año se celebra en Estados Unidos “la purga”, que básicamente consiste en que durante doce horas, todos los crímenes (incluido el asesinato) son legales. No se puede llamar a la policía, los hospitales no atienden a nadie. Los ciudadanos se las arreglan solos en una noche donde unos salen a desatar sus instintos más violentos y otros se refugian en casas fortificadas con vanguardistas sistemas de seguridad. Según las autoridades y medios de comunicación, la purga ha hecho descender los índices de criminalidad durante los 365 días restantes del año, y además ha impulsado la economía. La sociedad acepta la purga sin hacer preguntas, porque el sistema funciona. Sin embargo, una familia verá las cosas de otra manera cuando un hombre se cuela en su casa durante “la noche de las bestias“.

Y a pesar de lo morboso y emocionante de la propuesta, The Purge pasará a la historia del cine por sacar el menor provecho posible de una idea llena de posibilidades. Para empezar, el argumento no se sostiene en ningún momento, y el contexto socioeconómico en el que se desarrolla la película es simplemente inaceptable. Es imposible suspender del todo la incredulidad (requisito básico en este tipo de películas) cuando no hay esfuerzo por explicar o justificar la iniciativa más allá del martilleo de noticias en la tele y la radio que nos recuerdan constantemente el bien que ha hecho la purga en el país. Los habitantes de la Nueva América quizás no sientan la necesidad de respuestas, pero el espectador sí.

Huelga decir que las aspiraciones de The Purge no pasan por el cine denuncia o el realismo (claro está desde que nos adentramos en ella y claro lo tiene quien esto escribe), y que en el fondo no queremos que se nos aburra con explicaciones. Pero es que ni se esfuerza mínimamente en incitar alguna reflexión a partir de la interesante realidad alternativa utopico-distópica -casi sci-fi- que plantea. No más allá de una inconsistente y raquítica lección moral sobre las diferencias de clase. Como tampoco explora a través de los (planos) personajes una hipótesis que sí es lanzada al comienzo de la historia: Somos todos unos monstruos y necesitamos canalizar nuestra violencia de vez en cuando para contenerla el resto del tiempo.

Todo esto nos daría igual si la película ofreciese emociones fuertes con las que nosotros, como espectadores y voyeurs, pudiéramos dar rienda suelta a nuestras pulsiones más ocultas, las que solemos liberar gracias al (buen) cine de terror. Pero por desgracia no es el caso. La película apenas puede adscribirse a dicho género, y por esto no termina de funcionar como purga para nosotros. Por el contrario, se limita a ser un insulso thriller con un puñado de personajes jugando al ratón y el gato en una casa a oscuras. Una situación de peligro tras otra en las que los miembros de la familia Sandin estarán siempre convenientemente desperdigados para salvarse mutuamente en el último segundo. Estos personajes actúan en todo momento de la manera más inexplicable y absurda, poniendo a prueba la paciencia del espectador. De todos ellos, el hijo menor (que es quien desencadena la acción principal) es el que se lleva el premio al personaje a quien más deseamos gritar improperios de toda la película -al más puro estilo 80s, “¡no vayas por ahí! ¡no bajes al sótano!” Pero no solo ese pequeño ser de encefalograma plano muestra un comportamiento contra natura, contra lógica y sentido común en la película. Ni el pater familias (un Ethan Hawke desorientado), ni la madre coraje (Lena Headey y su maravillosa cara de póker) predican con el ejemplo, comportándose de la manera más disparatada. Esta estupidez que corre en la sangre de los Sandin no es más que una herramienta del relato para dilatar la tensión (en vano) a lo largo de 85 repetitivos y predecibles minutos.

A pesar de un par de ideas estimulantes y provocativas, The Purge opta por el camino más cobarde. En resumen, un absoluto desperdicio de potencial que, con el enfoque adecuado (quizás más riesgo y menos perspectiva americanista patriarcal y condescendiente), y por supuesto un mínimo de esfuerzo en buscar algo de coherencia, habría dado mucho más de sí. Esperemos que para la secuela hayan aprendido que no basta con tener máscaras terroríficas para hacer una película de terror.

Crítica: The East (Zal Batmanglij, 2013)

Blackie era oscuramente consciente del cambio de favor. Pensó en volver a su casa, en no regresar jamás, en dejar que todos descubrieran la falsedad del liderazgo de T., pero supongamos que, después de todo, lo que T. proponía fuera posible; nunca se había hecho nada así antes. Sin duda la fama de la pandilla de la playa de estacionamiento de Wormsley Common llegaría hasta Londres. Habría titulares en los diarios. Incluso las pandillas de adultos que manejaban las apuestas de las pulseadas y los vendedores ambulantes de frutas se enterarían con respeto de la forma en que habían destruido la casa del Viejo Miseria. Impulsado por la pura, simple y altruista ambición de fama para la pandilla, Blackie regresó al lugar donde estaba T., de pie a la sombra de la pared de la casa del Viejo Miseria.

Los destructores, Graham Greene

The East es una célula de eco-terroristas que llevan al extremo el “ojo por ojo, diente por diente”. Agrupados formando una comunidad sectaria en una casa en lo más profundo del bosque, los miembros de The East planean golpes contra magnates y grandes empresas que han provocado desastres ecológicos o que se hacen ricos a costa de la salud del planeta y sus habitantes. Sarah (Brit Marling) trabaja para una empresa que ofrece servicios de investigación y espionaje a las empresas víctimas de The East. Esta le asigna la misión de infiltrarle en el grupo para desenmascararlo y entregarlo a las autoridades. Pero como es de esperar en este tipo de relatos, desarrollará vínculos especiales con sus miembros, lo que le llevará a plantearse quiénes son realmente los malos:  ¿los hippies que quieren arreglar el mundo a golpe de ataque terrorista o los ricos que lo están destruyendo por completo?

No os dejéis engañar por lo convencional de la premisa, The East es una propuesta inteligente y sólida que logra deshacerse del lastre de las películas panfletarias gracias a que está construida esencialmente como un thriller, uno rico en matices y claroscuros morales, en lugar de un sermón. Con un trío protagonista enigmático e interesante (especialemente Alexander Skarsgård como líder de la “secta”), y una trama minuciosamente hilada -a pesar de un par de agujeros de guion que podían haberse evitado fácilmente-, el argumento de The East fluye con naturalidad y pulso ejemplar, resultando en una película emocionante, algo adictiva, e incluso fascinante a ratos. Acompañamiento idóneo para una sesión doble junto a la reciente cinta de Gus Van Sant, Tierra prometida, diferente a The East en su presentación pero similar en sus postulados.

En la que es su segunda colaboración, Zal Batmanglij y la polifacética Brit Marling (tándem artístico en Sound of My Voice), se busca constantemente la participación activa del espectador en las disyuntivas morales que plantea. Los conflictos están expuestos astutamente, decantándose en la medida de lo posible por lo inesperado, a pesar de que las convenciones del género acaben conduciendo la historia por los derroteros de siempre. El gran acierto de The East es lograr inmiscuirnos en los estimulantes y ligeramente perturbadores juegos psicológicos de sus protagonistas, mientras se gesta en ellos -y si todo va según lo previsto, en nosotros- una revolución. Batmanglij y Marling se esfuerzan por descargar el relato de moralina y condescendencia, cediendo (aparentemente) todo juicio al espectador, aunque se las arreglan para dejarnos una inquietante impronta antisistema y anarquista que hace que, aunque sea por un día, deseemos destruir la casa del Viejo Miseria para dejar de sentirnos “extranjeros en nuestro propio país”.

Dates: Deseando amar

“Pregúntame algo. Lo que sea. Y te contestaré”.

La premisa es aparentemente sencilla. Dos personas quedan para una cita a ciegas a través de una web de contactos. Cada uno de los nueve episodios de Dates, serie de la británica Channel 4 creada por Brian Elsley (Skins), transcurre casi a tiempo real, con un formato similar al de In Treatment o la más próxima Him & Her. Veinte minutos en los que asistimos sobre todo a primeras, pero también a segundas citas, a encuentros, reencuentros y desencuentros, en los que somos testigos de la búsqueda (en muchos casos desesperada) del amor por parte de unos personajes que ya han ajustado sus expectativas al mundo real, que viven y luchan en el siglo XXI, que han comprobado que Cuando Harry encontró a Sally o Algo para recordar son, y siempre fueron, ciencia ficción.

La primera temporada de Dates presenta una estructura capicúa. En el primer episodio conocemos a Mia y David (Oona Chaplin y Will Mellor), con los que nos volvemos a reunir en el último. En los siete episodios que transcurren en medio, tanto ellos dos como el resto de protagonistas tienen varias citas con distintas personas, y por regla general estas acabarán yendo por el camino más sorprendente. Los personajes que aparecen en varios episodios (Mia, David, Stephen, Erica y Jenny) aportan una especie de hilo argumental que unifica la temporada, aunque cada uno de los capítulos es altamente independiente del resto. Sin duda un formato original y llamativo que se ajusta perfectamente a las ideas que pretende explorar y expresar la serie. A pesar de que no todos los episodios mantienen el nivel del primero (inmejorable carta de presentación), Dates supone un retrato muy agudo y completo de las relaciones en la era 2.0.

La mayoría de personajes de Dates son personas rotas, hastiadas, resignadas. Necesitan a alguien que les pregunte “por algo, por lo que sea”, que quiera verlos y aceptarlos por lo que son. Sin embargo, todos mienten y se ocultan tras un ‘disfraz de primera cita’. Mia (una magnética y fascinante Oona Chaplin, razón de sobra para ver la serie), por ejemplo, no usa su nombre verdadero, sino que se hace llamar Celeste. David dice que es abogado, pero en realidad es camionero. Ellie tiene 19 años, pero dice que tiene 25. Jenny es cleptómana, y obviamente, no se presenta dando esta información. Erica es lesbiana pero tiene citas con hombres para contentar a su familia. Claro que pronto todos ellos muestran esa imperiosa necesidad de despojarse de la máscara, de ser ellos mismos, y en última instancia, ser aceptados a pesar de sus defectos, y sus pasados. Para todos apremia el tiempo, y cuanto antes descubran si la otra persona es merecedora de una segunda cita, o una vida en común, mejor.

“Smartphones. Magia, ¿verdad? Hace unos años no podíamos saber que tú estabas equivocada y yo tenía razón”.

Este abrumadoramente sencillo pero certero comentario hace alusión a la pérdida de la espontaneidad que hemos sufrido por culpa de los teléfonos móviles. Recurrimos a ellos para responder preguntas y consultar dudas en un par de segundos, aniquilando así cualquier oportunidad de debate e intercambio de opiniones. Tenemos mucho que decir, pero vertemos todos nuestros conocimientos y pensamientos en el ciberespacio, dejándonos sin palabras en nuestros intercambios en el mundo real. En todos, absolutamente todos los episodios de Dates, las citas son interrumpidas por alguien que llama o escribe por el móvil a los personajes, en varias ocasiones poniéndolos en la disyuntiva de atenderlos o ignorarlos, y dejando caer así una sutil pero insistente reflexión sobre nuestra dependencia total del teléfono y cómo esto ha modificado por completo la experiencia social. En Dates, casi siempre el acompañante animará a que se atienda al móvil, pero será a regañadientes, juzgando, pensando “preferiría no estar aquí, conmigo, preferiría estar con la persona que le habla desde el otro lado”. O simplemente le parecerá una falta de educación, pero una recíprocamente aceptada, y tan asimilada por la sociedad que no tendrá mayor importancia pasados unos segundos. El móvil evita que nos perdamos de camino al restaurante donde hemos quedado, pero una vez hemos llegado, se convierte en nuestro peor enemigo.

Este es uno de los grandes aciertos de Dates, uno de los elementos que más claramente nos indican que estamos ante un producto contemporáneo que documenta nuestro tiempo con detallismo y ojo clínico. Una serie minimalista (pero muy cuidada estéticamente) que araña la superficie de las comedias románticas y se propone reinventar el género en un ejercicio de naturalidad y honestidad como pocos hemos visto últimamente. Dates da cuenta del nuevo cinismo y escepticismo con el que nos aproximamos a todos los aspectos de nuestra vida, y en concreto a la búsqueda del amor, de cómo han cambiado las cosas en veinte años (¿eran los 90 una burbuja que hemos explotado en el siglo XXI o lo de Friends pasó de verdad en algún sitio?). En una gran ciudad como Londres, llena de oportunidades y experiencias, millones de almas a la deriva buscan a alguien que ocupe el vacío que ni el éxito profesional ni Tumblr pueden llenar. Aunque el 3G lo haya jodido todo, Internet sigue siendo un buen lugar para dejar de estar solo. La ficción audiovisual nos ha inculcado el concepto de las “citas”, y en concreto el de las “primeras citas”, como algo puramente ficcional, sobre todo en España. Dates nos sugiere la posibilidad de convertirlo en algo real, de acudir a un encuentro y arrepentirnos de haberlo hecho, en lugar de lamentarnos por no haberlo intentado.

Hannibal: A fuego lento

En mi análisis del piloto de Hannibal, no me mostré precisamente entusiasta con la serie, o con lo que esperaba (y vaticinaba) de ella. Resumiendo, me pareció un comienzo impactante en el aspecto técnico y visual, pero decepcionante en cuanto a personajes y forma de contar la historia. Envoltorio de lujo para una caja (más o menos) vacía. Aunque también es cierto que la propuesta de Bryan Fuller invitaba desde el principio a sentarse y saborear lentamente el menú, a ir descubriendo y apreciando cómo los ingredientes se iban fusionando en el paladar. Eso es lo que he hecho. He ido recibiendo los platos, cuidadosamente realizados y puestos en la mesa con una presentación inmejorable, y después de terminar los trece episodios de la primera temporada, puedo decir que Hannibal es un gusto adquirido. He aprendido a apreciarla, pero no me quedo con demasiadas ganas de probar más.

A Hannibal le ha pasado exactamente lo mismo que ocurrió con Dollhouse. Hasta la mitad de la temporada, y a pesar de que el piloto (el de Hannibal) parecía indicar lo contrario, ha habido un énfasis muy claro en el formato ‘caso de la semana‘. El episodio 7, “Sorbet” marca un evidente punto de inflexión en la serie. En él vemos por fin a Hannibal Lecter matando, y cocinando a sus víctimas. Así, su relación con los asesinatos investigados hasta ese momento se hace explícita para el espectador, que lógicamente lo sabía desde el inicio, y el relato fluye mejor. De esta manera, las tramas episódicas (aunque presentes hasta el final) dan lugar a una gran trama en la que lo visto hasta el momento juega un importante papel, tanto para las investigaciones como para el desarrollo de los protagonistas. Como intuíamos, Fuller ha dispuesto los elementos del relato con sumo cuidado, para hacerlos converger de manera natural, y en última instancia conducirnos junto a Will Graham en su descenso a los infiernos.

Sin embargo, a pesar de episodios como “Sorbet”, o el inmediatamente anterior, “Entrée”, Hannibal no se deshace del todo del lastre de lo formulaico y procedimental. Los trances empáticos de Will o las escenas a lo CSI con el equipo de forenses del FBI acercan la serie peligrosamente al aburrido y clónico universo de las series de investigación criminal. Salva Hannibal de caer del todo en lo convencional su exquisita ambientación y el enorme riesgo con el que se plantea la serie en el apartado visual. Estéticamente, la de Fuller es una de las series más bellas que se recuerdan en mucho tiempo. En el apartado sonoro es sencillamente apabullante. Hannibal ha conseguido llevar a un nuevo nivel la concepción de la muerte como obra de arte, con escenas del crimen dispuestas como hermosos tableaus (al igual que en la sexta temporada de Dexter) y una sorprendente ausencia de cortapisas que resulta en los planos más brutales, explícitos y sobrecogedores. Y con el mismo gusto y voluntad artística que se muestran los crímenes, y los viajes al subconsciente de Will, se plafinican las escenas en las que Hannibal prepara sus platos y los presenta a sus comensales, secuencias fascinantes que despiertan nuestro apetito más salvaje.

Entonces, ¿por qué no me termina de convencer Hannibal? Aparte del soporífrero elemento procedimental, mi principal problema con ella son sus personajes. Y como sabéis, si en una serie no te convencen sus personajes… mal camino lleva. De acuerdo, Mads Mikkelsen está magnífico como Hannibal Lecter, personificando al mito a la perfección. Sin embargo, su contrapunto, Will Graham, no está a la altura. Quizás el problema sea que el personaje le viene muy grande a Hugh Dancy. El actor británico está sobreactuado y maniqueo, y su interpretación se le va completamente de las manos. Necesita más autocontrol para que dejemos de pensar constantemente en el actor y empecemos a pensar en el personaje roto e inestable que interpreta. El elenco que rodea a Mikkelsen y Dancy no aporta demasiado. Lawrence Fishburne resulta antipático e irritante, y no posee cualidades redentoras en este sentido, Caroline Dhavernas está casi invisible, el personaje de Kacey Rohl (Abigail Hobbs) podría dar mucho de sí, pero resulta plomizo. Solo Freddie Lounds, la periodista sin escrúpulos (alivio cómico ¿voluntario?), me resulta mínimamente interesante. Por último, aunque me duela mucho decirlo, la interpretación de Gillian Anderson es plana, y algo caricaturesca. Fuller tiene una temporada más (gracias quizás a esos fans que han salido de debajo de las piedras e idealizan su objeto de culto en Tumblr, donde todo parece mucho mejor de lo que es), una segunda oportunidad para sacar mayor provecho de estos personajes que, si se les dedica el mismo esfuerzo que se emplea en el apartado estético de la serie, podrían hacer de Hannibal una propuesta mucho más completa.

Cine europeo: La mejor oferta e Hijos de la medianoche

Giuseppe Tornatore dirigiendo a Geoffrey Rush en una escena clave de La mejor oferta.

 

Además de estrenos taquilleros procedentes del otro lado del charco, como Star Trek: En la oscuridad o Gru 2 – Mi villano favorito, este fin de semana nos llegan a las carteleras españolas dos éxitos del cine europeo, La mejor oferta e Hijos de la media noche, dos propuestas muy dispares que suponen una alternativa (o complemento, según el paladar del espectador) a los blockbusters que nos siguen llegando este verano.

La mejor oferta (La migliore offerta, Giuseppe Tornatore, 2013)

En La mejor ofertaGeoffrey Rush interpreta a un subastador de arte que entabla una relación con una joven mujer agorafóbica que ha contratado sus servicios para tasar las obras de arte de su mansión. Y hasta ahí puedo -y quiero- leer. Es mejor adentrarse en la nueva película de Giuseppe Tornatore -realizador de la mítica Cinema Paradiso– sin conocer demasiados datos de la historia que cuenta. No tanto por el factor sorpresa -que también-, sino por la posibilidad de disfrutar de una ejemplar obra cinematográfica en la que la ausencia de expectativas juega un papel a su favor.

Con su última película (gran éxito de taquilla en Italia, donde la ha visto casi millón y medio de espectadores), Tornatore hila un preciso y detallista relato que reflexiona sobre hasta qué punto es posible falsificar un sentimiento, estableciendo paralelismos con el mundo del arte. La mejor oferta es un inteligente rompecabezas en el que todas las piezas encajan a la perfección, una enigmática historia alejada del efectismo de Trance -con la que guarda más de una similitud y curiosamente coincide en cartelera-, que atrapa y logra conservar la atención de principio a fin. Esto es gracias a un engranaje narrativo digno de Hitchcock o Polanski -“referencias inconscientes”, según el propio Tornatore-, y por supuesto al memorable recital interpretativo de Geoffrey Rush, que construye un personaje complejo y fascinante a partes iguales.

La mejor oferta está excelente filmada (aunque parezca mentira, en digital) y narrada con magnífico pulso y elegancia. Tornatore demuestra con su primera película rodada en inglés con reparto internacional que sigue en plena forma. Colabora con él por décima vez en su carrera el mítico Ennio Morricone, cuya inspirada partitura corona este minucioso trabajo cinematográfico, un ejercicio de pasión narrativa que constituye, sin duda alguna, una de las mejores ofertas cinematográficas del año.

 

Hijos de la medianoche (Midnight’s Children, Deepa Mehta, 2012)

Basada en el best-seller de Salman Rushdie, Hijos de la medianoche es la película más reciente de la realizadora indocanadiense Deepa Mehta, conocida sobre todo por su tetralogía basada en los cuatro elementos. En su nuevo filme, Mehta adapta desde su particular sensibilidad la aclamada obra literaria de Rushdie, que cuenta la historia de dos niños cambiados al nacer en el filo de la medianoche en la que la India adquiría su independencia de Gran Bretaña. Un relato de dos horas y media de duración que traslada al lenguaje cinematográfico las características propias de bildungsromansiguiendo al protagonista, Saleem Sinai (Satya Bhabha), a través de los años y las generaciones.

Saleem es uno de los primeros niños nacidos en la India libre, lo que genera un vínculo especial -y sobrenatural- entre él y todos aquellos bebés que vinieron al mundo la misma noche del 15 de agosto de 1947 en su país. Con Hijos de la medianoche, Mehta nos habla de la búsqueda de la identidad propia y la importancia de las circunstancias y el destino a la hora de encontrarla, extrapolando esta cuestión a la identidad nacional de su pueblo. La directora se aproxima a la novela de Rushdie entendiéndola en gran medida como un relato amable, cercano e incluso cómico. Sin embargo, Mehta abarca todo lo que puede a lo largo del extenso e irregular metraje, evidenciando una clara ambición en lo que a hibridación genérica se refiere, y en consecuencia condenando la película a la tierra de nadie y de nada. Hijos de la medianoche es una epopeya en la que hay tiempo y espacio para el romanticismo, el drama intimista, la comedia picante, la tragedia, el relato bélico, el musical bollywoodiense, e incluso el realismo mágico y la fantasía, que forman una parte indispensable de la historia. Algunas de las muchas ideas y tesis que elabora la historia imaginada por Rushdie -que, por cierto, presta su voz como narrador en la película- resultan ciertamente estimulantes, pero Hijos de la noche acaba perdiéndose por su incapacidad para centrarse, así como por su irrefrenable vena telefilmesca.

RuPaul’s Drag Race: La realeza de los realities

Hoy fuertecito no ve la tele os trae un artículo realizado por una firma invitada, Zeus Laand. Con él podréis haceros una idea de lo que Zeus tiene planeado para su nuevo proyecto Sassy TV, “Media y Entretenimiento sin tapujos, sin pretensiones”. Podéis seguir Sassy TV en TumblrFacebook y Twitter. ¡Muchas gracias por tu colaboración, Zeus!

Sin más os dejo con su artículo:

RuPaul’s Drag Race es un programa de televisión del infame género de realities, que despierta admiradores y seguidores así como detractores allá por donde se emiten.

¿Qué es lo que hace especial a éste?

No hablamos de una innovación en la fórmula que se puede observar en Survivor, Gran Hermano, American Idol o Project Runway, si no que consigue aunar lo mejor de cada uno de los diferentes géneros en realities y crea una identidad y seña propia, especialmente con tres conceptos que consiguen una sinergía inigualable: El casting, el editing y RuPaul, la estrella del programa.

La mayoría de los realities suponen una fórmula que la audiencia ya conoce: introducción de una serie de concursantes que se entrentan a un reto que deben superar con distintas pruebas cada episodio para finalmente conseguir el premio. Esta ecuación se sigue manteniendo en RuPaul’s Drag Race, pero con el gran gancho de la edición y montaje que posee: no es un programa de emisión en directo semanalmente, si no que es rodado durante tres meses. Los productores transforman todo el material y crean una historia, con sus arquetipos de personajes, villanos, comedy kicks y demás, que convierte al show en algo más parecido a una serie de drama que a un reality, y eso es lo que consigue que durante cada una de las 5 temporadas y dos spin offs que tiene actualmente, cada una nos ha ofrecido una experiencia completamente diferente, y mantiene atento al espectador ofreciéndole un entretenimiento diferente cada vez.

¿Pero en qué consiste Drag Race? Lo primero que se debe explicar es de dónde viene este concepto y quién es la mente creadora detrás: RuPaul.

RuPaul Charles es, probablemente, la Drag Queen más exitosa de los últimos 20 años. Desde desfilar como super modelo, sacar varios discos de pop número uno, comediante, hasta presentadora de su propio daily show. RuPaul es querida y conocida por todo el mundo y es considerada la Queen de Queens.

Tras alcanzar la cima decidió pasar el testigo a nuevas generaciones, generando así el objetivo detrás del programa: encontrar a la nueva Drag Superstar, esta nueva drag queen debe de tener los cuatro requisitos que ella considera indispensables: Carisma, Originalidad, Coraje y Talento. Eso es algo que se mantiene como línea de meta durante cada edición.

El concurso consiste en 9-14 drag queens que se enfrentarán por la corona episodio tras episodio. El esqueleto de un capítulo, en general, consiste en los concursantes entrando en un centro de trabajo donde son recibidos en pantalla por la presentadora, RuPaul, que, mediante un mensaje bastante abstracto y atípico les dará una pista sobre el desafío de esa semana. Una vez terminado, entra en escena de nuevo RuPaul, esta vez en persona y fuera de drag, explicando a los concursantes en qué consiste un apartado importante dentro del programa: el mini-desafío.

Esta pequeña prueba dotará a uno (o varios dependiendo de la naturaleza de este) de los concursantes una ventaja hacia el desafío principal. Aunque pueda parecer una sección menor del programa, hay tal variedad y disparidad de situaciones en el mini-desafío, así como la reacción y actuación de los concursantes, que dejan momentos divertidos, inolvidables y hasta emotivos.

Desde photo shoots, pasando por maquillaje a contrarreloj, imitar mediante marionetas al resto de concursante o el desafío de “La biblioteca está abierta”. Un clásico en el programa, que consiste en los concursantes “leyéndose” (Que en el lenguaje Drag viene a ser sacar todos los defectos del resto de queens como deporte oficial) unos a otros.

Una vez terminado el mini desafío, se formarán equipos y RuPaul presenta el desafío principal que se producirá en el escenario principal o  “Runway” (pasarela).

Cada desafío tiene su propio género e identidad dentro del programa y, normalmente, se dividen en actuación y en diseño. Los desafíos de actuación consisten en una prueba en la que tendrán que demostrar sus aptitudes en comedia, drama, imitación, baile o canto.

Un ballet narrando la carrera profesional de RuPaul, un sketch de telenovela sudamericana, la presentación y promoción de un libro ficticio, la actuación en directo con público de uno de los singles de RuPaul, o uno de los que se repiten cada temporada, el “Snatch Game”; que es un arquetipo de show de preguntas americano donde los concursantes deben imitar tanto en aspecto como en personalidad a actrices, cantantes o celebrities.

En cuanto a los desafíos de diseño, las concursantes deben crear uno o varios looks desde cero según los requisitos, normalmente correspondientes a la temática que presentan. Esta es la parte más visual y en la que más interés recae durante el episodio, ya que cada semana los concursantes ponen todo su esfuerzo y empeño en impresionar y quitarle el aliento al jurado. que puede suponer la victoria o caer en la zona de peligro.

Estos looks se presentan en el runway del escenario principal hacia la mitad final del episodio, donde podremos ver desde looks apocalípticos, de novia, de alfombra roja, de estrella de rock o incluso transformando a otros hombres en drag queens.

En realidad, los desafíos principales no tienen por qué ser únicamente de diseños o de actuación. Sea el desafío que sea, los concursantes deben acudir con un look específico al escenario principal igualmente cada episodio.

En este escenario, encontramos a RuPaul, y su jurado habitual compuesto por Michelle Visage (estrella pop de los 80s, sidekick de RuPaul) y Santino Rice (finalista de Project Runway y diseñador) junto a otros dos jueces rotatorios invitados (actrices, modelos y celebrities de todo tipo) al final de una pasarela por la que desfilarán los concursantes y presentarán su trabajo en cada episodio.

Este es el momento definitivo de cada episodio, donde cada una de las queens serán criticadas o alabadas por su performance en cada episodio. De todas las presentes, una será coronada como ganadora del desafío principal y recibirá inmunidad en la próxima eliminación, y dos participantes caerán en el llamado “Bottom Two” y deberán enfrentarse en un duelo sine missione de una actuación en playback de la canción que asigna RuPaul cada episodio (clásicos del pop desde los 70s hasta la actualidad).

Este es el momento álgido del programa, en el que cada concursante entrega todo lo que tiene para poder tener una segunda oportunidad y continuar en el programa. Es entonces cuando el show experimentará momentos emotivos, momentos que harán cantar al espectador al ritmo de la canción e incluso con actuaciones dignas de Broadway.

Al finalizar este enfrentamiento a muerte, RuPaul decide quién es la eliminada y, con una emotiva despedida, se acaba el episodio. Sin embargo, esta es solo una parte del programa.

Justo después de que los concursantes se presentan en el runway, proceden a un backstage de doble sala mientras los jueces y RuPaul deliberan sobre las puntuaciones. Este backstage es el escenario protagonista de un programa adicional emitido justo después de la gala principal llamado RuPaul’s Drag Race: Untucked.

Aquí no hay reglas, y todo está sin censura. Las discusiones, las traiciones, las diferentes alianzas que no se ven en el programa cobran vida en este especial de 20 minutos. Desde insultos a besos, junto a visitas de los jueces o mensajes en video de los familiares, Untucked es para mucho de los seguidores, el corazón de Drag Race, y un elemento esencial para disfrutar la experiencia completa que ofrece el show.

Dos episodios en cada temporada son diferentes a la fórmula común en el programa. Uno es el antepenúltimo episodio, titulado RuPaul’s Drag Race: Rewind, donde RuPaul hace un repaso a los mejores momentos y en especial a los tres finalistas antes de la gran final.

Y el otro programa diferente es el último, RuPaul’s Drag Race: Reunited, donde todas las queens de la temporada se reunen de nuevo después de haber finalizado el programa para resolver diferencias pendientes, comentar cómo han vivido el show y coronar a Miss Congenialidad, la queen más querida por el público votada en las redes sociales por la audiencia.

Gracias al éxito de la serie, la cadena productora del programa, Logo TV, decidieron crear dos spin offs de nuevo junto a RuPaul:

RuPaul’s Drag U: Un show de make overs donde las drag queens más carismáticas de Drag Race acuden como profesores para ayudar a mujeres con falta de autoestima a recuperar su “diva interior”. La mecánica es muy similar a la vista al programa original, eliminando el mini desafío pero con una estructura idéntica en el resto.

RuPaul’s Drag Race: All Stars: Al finalizar la cuarta temporada y ser el programa con mayor audiencia, se produjo un programa con la fórmula original de drag race pero con 3 aspectos diferentes.

Los participantes no eran nuevos, si no que volvían 12 queens que no consiguieron la corona en anteriores temporadas para una nueva oportunidad. Esta vez no pueden concursar por su propia cuenta, si no que debían realizarlo en parejas y la temporada tenía una duración de 6 episodios en vez de los 10-14 habituales. El esquema era idéntico a Drag Race incluyendo Untucked justo después de cada episodio.

RuPaul’s Drag Race acaba de finalizar recientemente su quinta temporada, y se encuentra en la actualidad realizando el rodaje de la sexta temporada, que verá la luz en enero de 2014.

Como se ha comentado a lo largo de este artículo, puede parecer en un principio que Drag Race tenga la apariencia de un reality de temática LGBT o gay, pero gracias a un gran set de personajes (que se ha evitado comentar para evitar estropear sorpresas) un montaje y una edición soberbia, que entrega una historia que fluye de forma natural más propia de un serial de drama o comedia mockumentary y consigue que el espectador quede completamente enganchado y posee la calidad suficiente para no caer en la denominación de guilty pleasure.

¿Por qué deberías ver RuPaul’s Drag Race?

Artículo escrito por Zeus Laand

Crítica: Star Trek: En la oscuridad

J.J. Abrams puede regodearse de tener actualmente una de las marcas autoriales más definidas y reconocibles del panorama catódico y fílmico. La ha cultivado durante mucho tiempo en series de televisión, pero ya lleva años dedicado en cuerpo y alma al cine. Si bien ya había demostrado que era un nombre a tener en cuenta gracias a series como Felicity o Alias, fue con el hito de la cultura popular, Perdidos, con el que llegó al lugar privilegiado de la industria en el está instalado ahora. Abrams ya no está interesado en la tele como antes. Está claro que las series eran para él una plataforma hacia la gran pantalla. Si Super 8 le granjeó reconocimiento más allá de Lost, con Star Trek ha logrado confirmar que tiene madera de fabricante de blockbusters con alma, al estilo de su mentor Steven Spielberg.

La marca Abrams sigue vinculada a un tipo de narración muy particular que se fundamenta en la manipulación de las expectativas del espectador. Enigmas, preguntas sin respuesta, anticipación, fragmentación. Sin embargo, con la primera entrega de la nueva era cinematográfica de Star Trek, el autor se alejaba considerablemente del escondite narrativo y visual al que jugaba en Monstruoso y Super 8, dejando en herencia este particular estilo a su segundo de abordo, Damon Lindelof -que con Prometheus confirmaba el hastío del espectador ante la fórmula. Para acometer la importante tarea de relanzar la franquicia Star Trek, Abrams debía dejar atrás sus vicios como narrador. Había de encontrar la manera de conservar el espíritu trekkie y a su vez adaptarlo a las nuevas sensibilidades cinéfilas. Afortunadamente, tanto la primera entrega, como su secuela, Star Trek: En la oscuridad, confirman que Abrams es capaz de contar una historia de corte clásico sin marear al espectador (quizás solo en algunas secuencias de acción), de convertirse en un cuentacuentos contemporáneo, algo que sin duda le cualifica para emprender su próxima odisea pop, ponerse al frente de la primera entrega de la nueva trilogía de Star Wars. Abrams mucho abarca, y de momento, afortunadamente, mucho aprieta.

Star Trek: En la oscuridad supone una continuación orgánica y natural de la primera entrega, estrenada en 2009. Otra vertiginosa, colorista y emocionante aventura a bordo de la nave Enterprise, que funciona como secuela y a su vez como enlace con el pasado de la creación de Gene Roddenberry -materializado con la presencia, de nuevo, de Leonard Nimoy como el Spock del futuro pasado. Abrams repite fórmula, solo que esta vez pule los defectos de la primera parte logrando una cinta igualmente efectiva pero más redonda, más explosiva e impactante, y en definitiva, más satisfactoria. El primer acierto de Star Trek: En la oscuridad con respecto a su predecesora es la incorporación de un villano carismático, un Benedict Cumberbatch cuya abrumadoramente magnética presencia es suficiente para olvidar que alguna vez existió el Nero de Eric Bana (aunque seguro que a muchos no les hacía falta Cumberbatch para olvidarlo).

Sin embargo, el idolatrado Sherlock de BBC y su profunda voz gramofónica no es lo mejor de Star Trek: En la oscuridad. Como en la primera película, la gran química entre Chris Pine y Zachary Quinto como Kirk y Spock -dos de los mayores aciertos de casting del cine reciente- continúa siendo la espina dorsal del proyecto. En esta secuela se sigue profundizando en la complicada pero gratificante amistad entre estos personajes, haciendo que esta culmine en un sorprendentemente emotivo, e incluso desgarrador, clímax. Pero no solo de Spock y Kirk vive Star Trek. De hecho, la mayor virtud de esta nueva etapa de Star Trek es haber reclutado a un estupendo elenco coral que aporta una dinámica de grupo magnífica. Kirk y Spock aprenden juntos a ceder en lo que respecta a sus férreas convicciones y rasgos de personalidad, y lo hacen en gran medida gracias a una tripulación que les muestra la posibilidad de complementarse y explotar la diferencia por el bien común, algo que el espectador percibe claramente. No hay nada más importante que hacer ver que los personajes se preocupan los unos por los otros para que la audiencia estreche el vínculo con ellos y con la historia.

Star Trek: En la oscuridad es todo un triunfo del cine de aventuras y sci-fi, un intenso y trepidante viaje a través de los rincones más hermosos y peligrosos de la galaxia, en el que la acción más espectacular complementa el desarrollo de personajes, en lugar de eclipsarlo. Abrams firma así un producto de gran empaque visual -el bellísimo prólogo lo evidencia- en el que salta a la vista el amor hacia los personajes, un nuevo capítulo dentro de una macro-historia -y obsesión- de casi cinco décadas en el que el autor saca provecho de su experiencia televisiva para seguir conquistando el cine.

Crítica: Gru 2 – Mi villano favorito

Allá por el lejano 2010 se estrenaba con enorme y sorprendente éxito una película de animación cuya premisa era una fusión entre Shrek y Dr. Horrible’s Sing-Along Blog. En su versión original se titulaba Despicable Me, un genial y en cierto modo transgresor título -dentro del género animado- que en España se traduciría con el mucho más descriptivo y amable Gru, mi villano favorito. A pesar del rebautizo edulcorado, el título seguía conteniendo una palabra clave que distanciaba Gru del resto de películas ‘de dibujos’ de los últimos años: su protagonista no era un héroe, sino un villano, un Big Bad huraño y sociópata que planeaba un gran golpe: robar la luna. De esta manera, Gru, mi villano favorito se sumaba a una larga lista de títulos cinematográficos y televisivos que durante lo que llevamos de siglo XXI han desplazado la atención del héroe clásico hacia la figura del malvado o antihéroe -sin ir más lejos, el mismo año de Gru se estrenaba la muy similar Megamind, de Dreamworks. El villano se convierte así en el héroe, y el héroe se reduce a una figura ridícula y anticuada. Es decir, el nerd acaba con el reinado del jock, y da la bienvenida a una nueva era de la cultura popular. Ser malo mola. Y ser geek mola mucho más.

La gran acogida a nivel mundial de la primera Gru generó, obviamente, una secuela que nos llega este año a las carteleras, Gru 2 – Mi villano favorito (Despicable Me 2 en inglés). Gran parte del éxito y la permanencia en la memoria colectiva de la primera entrega recaía en los secuaces del protagonista, los divertidos y alocados Minions, convertidos ya en iconos de Universal, superando en popularidad y repercusión a los protagonistas humanos de la película. En la secuela de Gru, los Minios no decepcionan. Estos representantes modernos del slapstick protagonizan los momentos más descacharrantes del film, en el que además conocemos a sus alter egos monstruosos, los Evil Minions, suerte de Raving Rabbids púrpura igualmente hilarantes. Sin embargo, el acierto de Gru 2 es que no ha sucumbido completamente a la popularidad de estas desquiciadas y adorables criaturas, y a pesar de la constante presencia de los Minions, el peso de la historia sigue recayendo en su protagonista, y en su evolución como persona, y ahora como padre. En este sentido, no estamos ante una secuela que explota a la mascota graciosa y se olvida de lo que estaba contando. O sea, irás a verla por los Minions, pero te quedarás por la historia.

La vida de Gru dio un giro de 180º desde que tres niñas huérfanas, la entrañable Agnes, la marimacho Edith y la preadolescente Margo, entraron en su vida. Aunque el calvo de nariz aguileña sigue conservando su carácter asocial, su corazoncito no puede estar más ablandado. Ahora ya no es villano, es padre a jornada completa. Se puede decir que Gru lo tiene todo. Menos una compañera sentimental que le complete, y ya de paso le ayude a controlar a sus tres fieras. Entra en escena Lucy (voz original de Kristen Wiig), una agente de la Liga Anti Villanos con la que se alía para luchar contra un enemigo del pasado. Las chispas saltan, la dicharachera, incontenible e impredecible Lucy es el contrapunto perfecto al protagonista. Y así, Gru 2 no es solo una acelerada cinta de acción y humor, sino también toda una comedia romántica, especialmente en su tramo final.

Gru 2 – Mi villano favorito sigue sin estar -ni de lejos- a la altura de las grandes cintas de animación por ordenador de la última década, pero posee un valor icónico que no puede tomarse a la ligera, un poder para atraer y contentar a niños y adultos por igual que es sin duda la clave del éxito en el género. En Gru 2 hay diversión rocambolesca para todos los gustos, acción bigger and better -evitad el innecesario 3D si podéis-, dulzura y ohana en su justa medida, guiños algo subidos de tono que son incomprensibles para el niño. Y sobre todo, Minions, muchos Minions, esos robaescenas que son todos machos, a los que les encanta disfrazarse (de mujer a ser posible), adoran los plántanos y el mundo del espectáculo (folklórico). Estos irresistibles personajes amarillos que parecen M&M’s, o jelly beans, dan cuenta de lo mucho que ha cambiado la percepción del cine animado para todos los públicos. Si no ven ningún niño en su sesión de Gru 2 – Mi villano favorito, no se extrañen.

Análisis Piloto: Ray Donovan

Showtime continúa dándolo todo en la batalla por el prestigio que libran las cadenas de pago norteamericanas. Con Dexter ingresando en la que será su última temporada, la fructífera corriente de dramedia encabezada por Weeds ya difuminada, y casi tres años después de la jugada maestra de la cadena, Homeland, llega Ray Donovan. Se trata de otro drama con grandes aspiraciones que ha cosechado un enorme éxito de audiencia para Showtime, convirtiéndose en el mejor estreno de su historia, un 25% por encima del de Homeland.

Las credenciales de Roy Donovan son como poco interesantes. La serie está creada por Ann Biderman, una de las principales artífices de la aclamada Southland, y su piloto, “The Bag or the Bat” está realizado por Allen Coulter, director de Los Soprano y Boardwalk Empire. El reparto está encabezado por Liev Schreiber -su hermano Pablo lleva unos años pasándose por todas las series de la cadena-, en el papel de Ray Donovan, un arreglador“fixer” de famosos y gente rica. Es decir, la persona encargada de barrer debajo de la alfombra, de tapar escándalos, encubrir delitos y en definitiva salvar a las celebrities de sus malas vidas. A Schreiber le acompaña un elenco de rostros catódicos como la ubicua Paula Malcomson (Deadwood, Caprica, Sons of Anarchy) haciendo de su mujer, o Kate Moennig (Shane de The L Word), y eternos secundarios, como Dash Mihok o Eddie Marsan, que interpretan a los hermanos de Ray. Aporta experiencia y (extraña) presencia Jon Voight, como patriarca de los Donovan, que sale de la cárcel con la intención de poner patas arriba la vida de Ray, el responsable de que acabara entre rejas hace años.

“The Bag or the Bat” es un piloto correcto. Es cierto que la historia puede resultar algo confusa y caótica en su primera media hora, pero este es el único síntoma preocupante de pilotitis. Ray Donovan se presenta como un relato en el que los elementos se van disponiendo gradualmente, incitando al espectador a volver para saber más. Es decir, el de Ray Donovan no es uno de esos pilotos-película que hace que nos preguntemos “¿y ahora qué les queda por contarnos?” Sino que se plantea más como la primera entrega de una serie a largo plazo, que es lo que interesa. En “The Bag or the Bat” se intercala la arriesgada y peligrosamente glamurosa profesión de Ray con su vida en familia, que recuerda inevitablemente a las escenas domésticas de Los Soprano. Poco a poco vamos conociendo a sus hijos, sus clientes, sus hermanos. El piloto abre los frentes narrativos (algunos más interesantes que otros) que definirán la temporada, y concluye con lo que seguramente será el hilo conductor central. Mickey vs. Ray. Padre vs. Hijo. La lucha promete ser encarnizada.

Liev Schrieber y Jon Voight tienen la oportunidad de brillar en un producto hecho a su medida. Ambos poseen una destacable presencia escénica y el duelo interpretativo se anticipa jugoso. Schrieber nunca ha destacado especialmente en su carrera cinematográfica (es uno de esos actores que ha trabajado mucho, pero no ha sido reconocido en ningún momento), y Voight llevaba muchos años condenado al ostracismo, en parte por la tormentosa (y pública) relación que mantenía con su hija, Angelina Jolie. Quizás la casquería amarillista que convirtió a Voight en villano del papel couché sirva al actor para construir con mayor detalle a su personaje, y al espectador para percibirlo como el gran malvado que parece, y debería ser. El primer contacto con Ray Donovan no es ni de lejos impresionante, no parece que esta serie vaya a revolucionar el panorama televisivo, pero sí es lo suficientemente satisfactorio como para quedarse a ver qué depara la historia. Ray Donovan se suma así a una larga lista de personajes televisivos amorales, o moralmente ambiguos, delincuentes y sociópatas (Tony Soprano, Jax Teller, Dexter Morgan, Walter White), un arquetipo que se ha convertido sin duda en señal, incluso garante, de televisión de calidad.

Análisis Piloto: Under the Dome

Ya lo vimos en la película de Los Simpson (2007), pero en teoría, a Stephen King se le ocurrió antes. Concretamente en la década de los 70, cuando comenzó a escribir Under the Dome -en España La cúpula-, novela de más de mil páginas que finalizó y publicó por fin en 2009. Una misteriosa cúpula transparente aparece de la nada y cubre todo un pueblo, atrapando a sus habitantes y aislándolos del exterior. Es la premisa que comparten la película y el best-seller de King. La publicación de Under the Dome dio lugar a toda clase de comentarios incriminatorios contra el señor King, por las similitudes tan evidentes con Los Simpson. La presión fue tal, que el celebérrimo autor tuvo que justificarse en su blog personal. Os traduzco a continuación un fragmento de la carta que escribió:

“Varias personas en Internet han generado especulaciones a partir de una similitud que han percibido entre Under the Dome y The Simpsons Movie, en la que, según Wikipedia, el pueblo de Springfield queda aislado del mundo al ser atrapado por una cúpula de cristal gigante (probablemente por culpa de la planta nuclear). No puedo opinar personalmente, porque no he visto la película, y el parecido ha sido toda una sorpresa para mí… pero sí que sé, por experiencia personal, que este parecido acabará convirtiéndose en una simple coincidencia. A menos que exista la copia intencionada (también conocido como ‘plagio’), dos historias no pueden ser idénticas, como ocurre con los copos de nieve. La razón es sencilla: las imaginaciones de dos personas no pueden ser exactamente iguales. Para los que dudan, os dejo un fragmento del libro que demostrará que yo ya estaba jugando con los conceptos de la cúpula y el aislamiento del pueblo mucho antes de que Homer, Marge y su divertida familia aparecieran en el mundo”.

Dejando la polémica a un lado -yo me creo a King, no sé vosotros-, Under the Dome disfrutó de un gran éxito editorial, lo que ha desembocado, como ocurre con casi todo lo que escribe Stephen, en una adaptación audiovisual. Y como casi siempre pasa con las adaptaciones de obras de King, el resultado es peor (artísticamente hablando) de lo que se esperaba. CBS acaba de estrenar la serie homónima basada en la novela, una propuesta de lujo con la que la cadena ha tirado la casa por la ventana. La apuesta de CBS por un súper-estreno en temporada estival (sinónimo de temporada baja para las networks) se ha saldado con cifras espectaculares. El primer episodio de Under the Dome fue visto por más de 13 millones de personas en Estados Unidos, convirtiéndose en el mejor estreno dramático de la televisión yanqui en los últimos 11 años (en periodo estival). La audiencia ha respondido, pero una vez visto el piloto, ¿se quedarán para ver cómo se desenvuelve la historia o desertarán por miedo a otra FlashForward o Revolution?.

Efectivamente, Under the Dome puede adscribirse con facilidad a este género o tendencia catódica que Perdidos implantó en el nuevo siglo y las cadenas siguen empeñándose en copiar, a pesar de los resultados irregulares que ha cosechado hasta ahora. Grandes misterios que afectan a una comunidad, distopías en las que individuos se convierten en marionetas de una fuerza o ente superior sin identificar. Una catástrofe (supuestamente) natural o un fenómeno inexplicable tiene lugar, y este desencadena una serie de complicaciones y revelaciones que afectan directa y personalmente a un grupo de víctimas y héroes en ciernes. Under the Dome reproduce paso por paso este modelo televisivo. En el piloto, una cúpula invisible cae sobre Chester’s Mill, Maine (muy destacables los efectos digitales), obligando a sus habitantes a tomar precauciones, a adoptar papeles en estado de emergencia, y empezar a plantearse respuestas a las enigmáticas cuestiones que articularán la historia.

La carta de presentación de los personajes no es demasiado alentadora. El héroe, Dale Barbara, ‘Barbie‘ para los amigos -¿se va a poder tomar en serio a este señor con ese nombre?- carece del carisma mínimo necesario para llevar el peso de un protagonista en este tipo de relatos. A Rachel Lefevre le ocurre tres cuartos de lo mismo -además, ella siempre será la chica a la que despidieron de Crepúsculo por bocazas. Y el resto de habitantes de Chester’s Mill, interpretados en su mayoría por desconocidos para el gran público (y con razón), van de lo insulso a lo sencillamente irritante. Ya desde el piloto -dirigido por cierto por Niels Arden Oplev, realizador de la Millenium original- se insiste en el formato de historias individuales, microrrelatos o episodios dentro del episodio, en los que vamos conociendo poco a poco a los protagonistas, y cómo el gran acontecimiento afecta a sus vidas. La única trama por ahora destacable es la de Junior y Angie (el Adam Samberg psicópata y la niña que grita), pero por inverosímil e incoherente. El resto, completamente olvidables. De hecho, ni me voy a molestar en seguir haciendo desglose. Solo un apunte a modo de curiosidad: la chica de la radio es Cherita, la compañera de instituto de Donnie Darko que solo decía “chut up!”

Under the Dome aterriza en televisión cuando ya se ha demostrado en demasiadas ocasiones la ineficacia a largo plazo de la fórmula que sigue, así como el poco valor real del sello de calidad Spielberg, que ejerce de productor ejecutivo en el piloto. Quizás la ausencia de competencia durante el verano ayude a que el público la siga respaldando, pero, ¿hasta cuándo? Sin duda estamos ante una de esas series que obviamente no despliega todo su arsenal en su piloto (a pesar de ir bastante al grano), y que exige paciencia y confianza en el potencial de la historia. Después de todo, el principal artífice de la serie, Brian K. Vaughan, ha demostrado su buen hacer como guionista en cómics: Runaways, Buffy o La cosa del pantanoentre muchos otros.  Sin embargo, a pesar de las credenciales de su creador, y de los grandes nombres que le acompañan, yo no tengo ninguna fe en Under the Dome. Me escapo de Chester’s Mill antes de que sea demasiado tarde. Si la experiencia de otras series cortadas por el mismo patrón me ha servido para algo es para saber cuándo debo huir de una serie que tiene todas las papeletas para convertirse en la pérdida de tiempo oficial de la temporada.