Crítica: Los becarios (The Internship)

“Utopía” -> Buscar en Google

Hace tres años David Fincher hizo una película sobre Facebook que acabó siendo uno de los retratos generacionales más importantes de nuestro tiempo. Este año veremos en las pantallas de cine a Ashton Kutcher mimetizándose con Steve Jobs, para contarnos el origen de Apple. Pero antes, Hollywood nos organiza una visita guiada a los cuarteles generales de la todopoderosa Google en Los becarios (The Internship), dirigida por Shawn Levy y protagonizada por un (inexplicablemente) exitoso power duo de la comedia norteamericana: Vince Vaughn y Owen Wilson. En esta ocasión, la pareja de creeps (y me refiero a los actores) se rodea de un reparto de caras jóvenes y semi-desconocidas entre las que se encuentra nuestro querido Dylan O’Brien (Stiles Stilinski en Teen Wolf).

Los becarios resulta sorprendente porque, en contra de todo pronóstico, no es un completo desastre. La película de Levy es una feel-good-movie de principio a fin, una cinta familiar para todos los públicos -tiene sentido que su director sea responsable de cosas como Noche en el museo o que su guionista haya trabajado en Disney– protagonizada por un grupo de pringados y seres socialmente impedidos, héroes de andar por casa con los que el espectador suele empatizar con extrema facilidad. Bill McMahon (Vaughn) y Nick Campbell (Wilson) son comerciales que se quedan sin trabajo cuando su negocio se queda obsoleto ante el avance de las compras por Internet. Cuarentones, con un currículum escuálido y sin saber hacer nada, los dos amigos encuentran la luz al final del túnel gracias a una beca en Google. Sin saber cómo ni por qué, acaban formando parte del programa de verano de la empresa, lo que les brinda la oportunidad de demostrar que son capaces de adaptarse a los nuevos tiempos y aprender nuevos oficios.

Haciendo gala de un humor muy blanco -un par de escenas pseudo-picantes suben a PG-13 la calificación por edades en su país-, y con un desarrollo convencional y predecible, Los becarios también se permite elaborar un certero comentario social que no debe tomarse a la ligera. La película tiene como telón de fondo el panorama actual de incertidumbre y desorientación al que se enfrentan los jóvenes que buscan un primer trabajo y los adultos que pierden el que han tenido durante muchos años. Formando una hermandad entre ambas generaciones, Los becarios propone un intercambio vital entre aquellos jóvenes que, a pesar de estar preparadísimos, han perdido la capacidad de soñar y los adultos que aún recuerdan la época en la que salían al mundo real dispuestos a comérselo y ser cualquier cosa que se propusieran. Es decir, el sueño americano ya no existe, y hay que volver a crearlo.

Por supuesto Google, concretamente la sede central en Mountain View (California), proporciona el terreno idóneo para construir de nuevo ese sueño. Efectivamente, Los becarios es un infomercial de dos horas de duración, por mucho que -quizás para no resultar demasiado evidente- incorpore cierta (auto)crítica a la deshumanización y pérdida de la espontaneidad que han generado las nuevas tecnologías -especialmente a través del personaje de Dylan O’Brien, que se esconde detrás de la pantalla de su iPhone. La película es obviamente una gran campaña publicitaria del gigante norteamericano, edén corporativo y modelo empresarial de referencia. Los becarios acaba convirtiéndose así en una oda a Google, herramienta cuya principal misión, según la película -y por tanto según la propia Google-, es conectar a las personas con otras personas. Porque “todo el mundo está buscando algo“.

Los becarios es una comedia ochentera en la era digital. A pesar de rozar el advertainment, y seguir a pies juntillas el ABC del género, posee un inconfundible aroma a clásico de sobremesa. Amable, simpática y sobre todo aspiracional, la cinta de Levy funciona porque, como si de una película de Disney se tratase, recurre a los lugares comunes más infalibles. ¿A quién no le gusta una historia de superación y autorrealización? El pringado que supera las adversidades, los enemigos que dejan a un lado sus diferencias y se convierten en BFFs, el nerd que consigue a la chica guapa, el “la unión hace la fuerza“, y sobre todo el “pase lo que pase, sigue persiguiendo tu sueño“. Este idealismo de cuento de hadas, que en un momento dado (y sobre todo en este que corre) no viene mal a nadie, compensa el hecho de que la película no sea precisamente desternillante, que su dúo protagonista sea un poco (bastante) insoportable, o que lo que ocurre en ella lo hayamos visto tantas veces.

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