Crítica: Laurence Anyways

Lo de Xavier Dolan es pura libertad artística. Ausencia total de cortapisas y autocontrol. Su cine es un auténtico soplo de aire fresco en el panorama actual, uno que solo podía provenir de un chaval que no puede recordar la década de los 80, porque no la vivió (nació en 1989). Por suerte.

Laurence Anyways es ya su tercer largometraje como director (sus dos películas anteriores, las aclamadas J’ai tué ma mère y Les amours imaginaires, se editan este mes en España). Y como decía, es una muestra de libertad creativa absoluta, de exceso, de fuerza e ingenuidad (de la que te anima a jugar todas las cartas). Dolan no conoce la contención, ni la modestia. Sigue en esa edad en la que la pretensión se asume como una característica indivisible del ser humano (artístico). A él le molesta que le llamen pretencioso. Porque lo es. Y porque todavía es un adolescente, como todos a su edad, y es un insulto que no ha aprendido a procesar y/o canalizar. Pero no debería ofenderse, porque si no fuera por esa pretensión, no firmaría obras como Laurence Anyways, visualmente arrebatadora e insoportablemente iconoclasta.

No importa que como narrador Dolan sea más bien un desastre, porque como realizador es un prodigio. El tiempo dirá si está interesado en aprender a contar historias o si su única aspiración artística es la de dejar a todos boquiabiertos con su capacidad para convertir la realidad en un videoclip que es el sueño húmedo de Pitchfork. Nadie me lo ha contado, pero sé que Pedro Almodóvar vio Laurence Anyways y se pasó una semana en la cama, llorando con depresión.

Laurence Anyways es ante todo una bella y desgarradora historia de amor, la de Laurence y Fred, dos fuerzas de la naturaleza (sobre todo ella) a las que acompañamos durante los diez años que abarca la película. Diez años que resultan en casi 3 horas de metraje que dan cuenta de nuevo de esa emocionante pero peligrosa falta de contención, y también de esa cualidad de niño mimado -no lo confundan con enfant terrible, por favor, que convierte al director canadiense en blanco de las pasiones más encontradas. La energía de Laurence Anyways, su capacidad para absorber, encender, enamorar, agitar e incluso enfadar no se detiene ni un solo instante. Dolan acierta porque arriesga. Y sobre todo acierta porque falla.

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