Crítica: Trance

Texto de David Lastra

Después de dar el campanazo en los Oscars con Slumdog Millionaire y de hacer el drama-padre con la arriesgada (y fallida) 127 horas, Danny Boyle vuelve a sus orígenes con Trance, una historia de atracos, sueños y algún que otro giro de guión.

Este “Trance” en el que nos sume durante más de hora y media no es sino un atraco perpetrado por la pandilla de Trainspotting, un chanchullo al más puro estilo Shallow Grave o un llámeloamorcuandoquieradecirpolvo extremo como en Una historia diferente. Nunca he sido un gran defensor de la carrera del británico, pero prefiero este retorno a las historias más livianas que a sus ínfulas de cineasta pretencioso acaparador de premios. Pero no se confundan, que la pretenciosidad sigue ahí, si no esto no sería cine. La humildad, para las personas pobres y ricas de corazón.

Para esta nueva-vieja aventura, además de ser un fiel reflejo de sí mismo, Boyle toma prestado trucos y conflictos a dos megalómanos y grandes artesanos del oficio: Christopher Nolan y Michael Mann. El descenso a los infiernos de Simon durante las sesiones de hipnosis no son sino una traslación/herencia/homenaje (#ChristopherNolanInventóElCine) de la (des)estructura onírica de Origen. En Trance todo tiene igual de sentido que en la cinta de Nolan, es decir, ninguno. Pero eso no reporta ningún problema. Aquí hemos venido a divertirnos. Lo malo es que Boyle quiere dejárnoslo todo atado y bien atado… y es ahí donde empiezan los problemas. Después de una buena e interesante presentación, Boyle se adentra en un último tercio de película repleto de giros de guión, explicaciones, descubrimientos y escenas reiterativas que restan valor al total de la película. Destacamos una resolución de desfase ochentero que ni el propio Brian de Palma tendría las narices (llámenlo narices, cabeza, cojones o cualquier parte del cuerpo que les apetezca) de hacer hoy en día.

Además de la potencia visual (más superior a los últimos productos del director), el punto fuerte de la película es la relación a tres bandas entre los protagonistas. Aunque puede que lo más comentado sea la interpretación (y vulva) de la muy solvente Rosario Dawson, nos quedamos con el tour de force entre James McAvoy y Vincent Cassel, que recuerda por momentos al contundente duelo actoral (y testicular) de Al Pacino y Robert De Niro en Heat de Mann y, por momentos, al del propio Cassel con Viggo Mortensen en Promesas del Este de Cronenberg (aunque en este caso, la similitud vaya dada porque los personajes del francés en las dos películas son primos hermanos).

Puede que Trance no pase a la historia como obra destacada de este director, pero sí debería ser nombrada como una de las más gratificantes. 

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