Crítica: Un invierno en la playa (Stuck in Love)

Un invierno en la playa (Stuck in Love, Josh Boone, 2012)

Deformación profesional

Un invierno en la playa se pasó hace un año por los circuitos festivaleros con el título de Writers. Para su distribución en salas comerciales norteamericanas, este título más propio de una película de Pixar fue sustituido por el mucho más comercial -y tramposo- Stuck in Love. Aunque ninguno de los dos sea muy bueno precisamente, ambos describen elocuente y concisamente qué es Un invierno en la playa -no me hagáis hablar del título en español.

Los Borgen son una familia de escritores en plena fase creativa del nuevo capítulo de sus vidas, pero para ello deben antes reescribir lo vivido hasta ahora. El patriarca, William (un siempre efectivo y amable Greg Kinnear) está divorciado de Erica (Jennifer Connelly), y vive con los dos hijos de ambos: Samantha (Lily Collins) y Rusty (Nat Wolff). Como no podía ser de otra manera, William está “atascado”, “bloqueado”. En su trabajo y en su pasado. Incapaz de asumir la marcha de Erica, William se pasa los días esperando a que esta vuelva, obsesionado con ella, espiándola en la casa donde vive con su nuevo y atlético marido. Mientras, se realiza profesionalmente a través del trabajo de sus hijos, una cínica veinteañera devora-hombres que va a publicar su primer libro, y un adolescente fan de Stephen King que obviamente se encuentra ‘en construcción’. La odisea personal de los tres Borgen que quedan supondrá la búsqueda de una nueva perspectiva, abandonar lo aprendido para aferrarse a nuevas esperanzas, para seguir viviendo. Renunciar a un amor para aceptar la posibilidad de otro. O simplemente abrirle las puertas.

Los diálogos de Un invierno en la playa rozan la ingenuidad pretenciosa -el ‘namedropping‘ no puede ser más obvio-, pero lo hacen en consonancia con la naturaleza de sus personajes, en especial de sus protagonistas adolescentes, que, como los hermanastros de Las ventajas de ser un marginado, están de vueltas de la vida, aunque no hayan empezado a vivirla todavía. Las caracterizaciones de la película transcurren entre el idealismo y lo establecido, con personajes que navegan un mar de lugares comunes y que se enfrentan a conflictos y alcanzan resoluciones convencionales. Sin embargo, Boone logra que su historia se mantenga en todo momento en el plano de la verosimilitud, y su magnífico elenco aporta toda la naturalidad y autenticidad necesaria para que la propuesta funcioneUn invierno en la playa cuenta con uno de los mejores repartos corales de este año, todos ellos se funden plenamente en la piel de sus personajes, todos retratan a la perfección ese desarraigo adolescente, condescendiente y autoconsciente propio del escritor, que es justamente lo que les impide avanzar. Los Borgen son una familia real, y el lazo que hay entre ellos se extiende más allá de la pantalla.

Desde el punto de vista narrativo, no hay nada verdaderamente extraordinario en Un invierno en la playa -el número de tópicos al que recurre es considerable-, y sin embargo la ópera prima de Boone se las arregla para implicar al espectador a un nivel más personal del que suelen conseguir este tipo de dramedias mal-llamadas-indies. Estamos ante una de esas pequeñas películas con cálido aroma Sundance que acogen con los brazos abiertos al espectador y le invitan a sonreír durante todo el metraje, a sentir las penurias de sus personajes, a desear finales felices para todos ellos, y tras la cual es posible experimentar una plenitud y satisfacción que no muchas consiguen. Un invierno en la playa es tan cercana, buenrollista y romántica -en el sentido más cósmico de la palabra- que a más de uno hará cuestionarse si ha llegado la hora de desatascarse y reescribir la historia.

A modo de epílogo en el que me voy a permitir ponerme mucho más personal: mi más sentida enhorabuena y toda mi gratitud para el equipo de casting de Un invierno en la playa, que ha logrado reunir en una película a un grupo de actores por los que siento una gran debilidad. Jennifer Connelly, mi primer amor cinematográfico gracias a Dentro del Laberinto, Lily Collins, cuya belleza me tiene arrebatado desde Mirror, Mirror y que en esta película está increíblemente hermosa, Kristen Bell, que siento como de la familia desde Veronica Mars y Logan Lerman, el niño mimado de fuertecito no ve la tele desde Las ventajas de ser un marginado. Por último, un premio al responsable de convertir a Connelly y Collins en madre e hija en la ficción. Era algo que debía pasar tarde o temprano. Lo llevaban escrito en las cejas.

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