Mad Men 6.11 “Favors”

El secreto de Bob Benson

Disclaimer: Este análisis no ahonda en teorías conspiranoicas ni paralelismos con la obra de M. Night Shyamalan.

Que esta temporada de Mad Men esté generando tantos ríos de tinta (digital) sobre lo que ocurrirá o podría ocurrir en el futuro solo quiere decir una cosa: Matthew Weiner se lo está pasando mejor que nunca tejiendo el relato de su serie, haciendo que nos impliquemos más aun con una historia que roza ya el paroxismo, la locura, la esquizofrenia, y que este año está poniendo a prueba nuestros nervios. Los guiños premonitorios están ahí desde el principio, pero nunca habían cobrado tanta importancia, nunca habían sido tan insistentes, y nunca habían desatado la loca y poderosa imaginación del espectador a estos niveles. Pero aunque no lo parezca, seguimos viendo Mad Men, no Perdidos.

En “Favors” podríamos haber obtenido solución al enigma Bob Benson. Y digo “podríamos” porque dudo muy seriamente que esconda un solo secreto. Detrás de su sospechoso (por generoso, atento y opuesto al de sus colegas) comportamiento podría esconderse la mayor fuerza motriz del ser humano: el amor. En una de las escenas más incómodas y extrañas de lo que llevamos de temporada (y eso es mucho decir), Bob se declara nada más y nada menos que a Pete Campbell. Y lo hace con un roce de rodillas y mirada de cordero degollado mientras pronuncia unas preciosas palabras que, viniendo de Bob, suenan a amor verdadero y a discurso de psicópata asesino en serie a la vez: “¿No podría ser que si alguien te cuidara muy, muy bien, si esa persona hiciera cualquier cosa por ti, si tu bienestar fuera lo único que tiene en la cabeza… es completamente imposible que pudieras empezar a sentir algo por él? Cuando hay amor verdadero, ¿importa quién es la persona?Bob y el amor libre. Debería haberse puesto una flor en la cabeza para declararse, y el “All You Need Is Love” de los Beatles era perfecto para acompañar el momento. Habría terminado de convencer a Pete, aprovechando que ahora tiene “menos miedo a volar que nunca“. El porro del episodio anterior tiene un efecto muy prolongado.

Pero, ¿no confirma el hecho de que Bob sienta algo por la sabandija Pete que el contable de SC&P está mucho más desequilibrado de lo que pensábamos? Ahora entendemos por qué siempre está abajo. Bob busca constantemente excusas para irse de su planta y estar cerca de Pete, para demostrarle lo amable y leal que es, lo que podría tener si se dejase cuidar por él. Incluso podríamos suponer que su sospechosa conducta, que al comienzo de la temporada identificábamos como mímesis de Campbell, podría tener su explicación en esta loca obsesión. Bob podría estar expresando su admiración y devoción imitando el comportamiento de Pete -a su manera, eso sí, porque para imitar bien a Pete hace falta no ser un osito de peluche, y Bob lo es. Claro que, como he dicho antes, no parece que el enigma Bob Benson se detenga ahí. Bob Benson se comporta de esta manera con todo el mundo -recordemos que en el episodio anterior le dijo a Michael Ginsberg ¡que lo admiraba!-, necesita la aprobación de todos, que todos conozcan a San Bob Benson. Así que no es descabellado pensar que detrás de todo esto haya un plan maestro. Como tampoco sería descabellado hacer caso de la navaja de Ockham y concluir que la respuesta más simple es la correcta. Aunque el amor sea de todo menos simple. Conclusión: ¡Maldito Weiner!

Y las palabras de Bob hacia Pete nos llevan al resto de personajes, que también se plantean la cuestión “Cuando hay amor verdadero, ¿importa quién es la persona?” Y la respuesta no es la que el idealista e ingenuo Bob tiene en mente. Claro que importa. Cuando hay amor, importa que el Manolo latin lover sea un producto de la imaginación de Dorothy, la madre de Pete -impagable su escena con Peggy-, que Roger y Joan sean Roger y Joan, que Beth Dawes esté encerrada en un hospital psiquiátrico, que Stan Rizzo sea el mejor amigo de Peggy, que Ted Chaough sea el jefe de Peggy, o que Sylvia sea la vecina de Don, y ambos sean personas casadas. Cuando hay amor verdadero, lo más importante es que provenga de la persona adecuada -el enigma Bob Benson se convierte en ‘el principio Bob Benson‘. Y ninguno de estos personajes desea el amor de las personas supuestamente adecuadas. Así es la vida, y así lo será siempre. ¿La solución? La tiene Peggy: un gato. Ella puede engañarse pensando que se ha comprado simplemente un matarratas, pero no es más que un sustituto del hombre que no estaba ahí para matar por ella al asqueroso animal: Stan -que, por cierto, tiene un póster de Moshé Dayán en su dormitorio, porque parece un villano de James Bond o porque en el fondo es un fanático de la guerra, quién sabe. ¿Se convertirá Peggy en una soltera de 50 con un piso lleno de periódicos antiguos que apesta a orina de gato? Y lo más importante, ¿será un drama si es así?

Peor que Peggy puede acabar Sally Draper si sigue viviendo experiencias como la que acontece al final de “Favors”. Por si pillar a la madre de Megan haciendo una felación a Roger Sterling en “At the Codfish Ball” no fuera suficiente, ahora la pequeña Draper descubre a su padre con los pantalones bajados encima de Sylvia. “No todas las sorpresas son malas“, dice Roger. Que se lo diga a ella, a ver qué opina. Mad Men sigue explorando la pérdida de la inocencia a través de Sally -que ya tiene en mente hacer un home run-, y ahora más que nunca comparándola con la tormentosa adolescencia de Don. La imagen de la niña viendo a su padre en actitud pre-coital con la vecina -y madre de su cuelgue- nos remite directamente a la del joven Dick Whitman observando por la cerradura a su madrastra con uno de los clientes del burdel. Y aunque la reacción sea distinta -Dick se quedaba mirando y Sally sale corriendo espantada-, Don no puede evitar pensar en lo que la experiencia supuso para él, temiendo que su hija recorra un camino similar al suyo. Por eso, un Don más desastrado y patético que de costumbre corre a rescatar a su niña de la complicada adultez. De la misma manera que ha rescatado al hijo de Sylvia de Vietnam. Ni siquiera cuando Don hace bien las cosas, le salen bien las cosas -quizás porque en el fondo, como todo lo que hace, no es más que un acto egoísta y egocéntrico. Junto al umbral de la puerta de Sally, Don, en lugar de enfrentarse a los hechos, construye una realidad alternativa y supuestamente mejor para ella, al igual que ha hecho siempre para él, sin darse cuenta de que lo que está haciendo es acelerar un proceso que ya no tiene retroceso alguno. Don no puede proteger a Sally de hacerse mayor, pero sí puede ayudar a comprender lo que esto significa. Sin embargo, él opta por enseñarle otra lección imprescindible para convertirse en adulto: saber engañarse a sí mismo.

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