Mad Men 6.10 “A Tale of Two Cities”

Lejos de Disneylandia

En “The Jet Set“, el undécimo episodio de la segunda temporada de Mad Men, Don y Pete se embarcaban en un viaje de negocios que por primera vez en la serie nos mostraba las grandes diferencias en los estilos de vida de las costas este y oeste de Norteamérica. Don dejaba atrás la sombra eterna de los rascacielos, el pesado aire contaminado y el estrés de Nueva York para disfrutar del estilo de vida más relajado de Los Ángeles. Aunque ya sabemos que esto es imposible para un ser trágico y atormentado como él. En “A Tale of Two Cities“, Don regresa una vez más a la soleada California, esta vez junto a Roger y Harry, para ofrecer los servicios de la agencia a Carnation, marca conocida por su leche en polvo. No es la primera vez que esta temporada nos traslada a los comienzos de la serie, de hecho es una de sus constantes más evidentes. En consonancia con el tema de las dualidades en el que tanto se está insistiendo este año, “A Tale of Two Cities” opone las dos ciudades para mostrarnos cuánto han cambiado las cosas en el país. Y en la serie.

Estamos en noviembre de 1968. Lo sabemos porque, como de costumbre, los marcadores cronológicos nos facilitan la tarea de situar la acción en una fecha concreta, y esta temporada está claro que es más importante que nunca que lo hagamos. Matthew Weiner está obsesionado con mostrarnos cómo los acontecimientos históricos que cambiarán para siempre la sociedad de su país afectan al individuo, a sus personajes, cómo se refugian estos de la amenaza externa -que acecha concretamente su privilegiado y seguro mundo-, y cómo el triunfo de Richard Nixon sobre Hubert Humphrey en las elecciones presidenciales ensancha la brecha entre republicanos y demócratas.

En “A Tale of Two Cities” hay más televisores encendidos, y las retransmisiones ocupan más tiempo del episodio que nunca. Volvemos a ver las reacciones de los personajes al caos en las calles desde sus acomodados apartamentos o en las oficinas de Madison Avenue. A Joan parecen afectarle tanto los incidentes violentos tras el resultado electoral como las muertes de Marilyn o Bobby. Y Megan está hecha un manojo de nervios. En una conversación por teléfono con Don volvemos a comprobar cómo ambos pertenecen a dos mundos distintos. Mientras ella expresa su incertidumbre, él hace bromas y se distancia a sí mismo del problema -aunque antes de sonar el teléfono estaba completamente perdido en las imágenes de la manifestación. Ella es canadiense y él norteamericano. Ella se siente cercana (por edad) a la generación que se juega la vida en la calle, y él es un hombre anticuado que los ve a todos como niños jugando. Ya se aburrirán.

En ausencia de Don y Roger, SCDPCGC (“a mouthful”, como dice Joan) se convierte en Sterling Cooper & Partners. No sin antes experimentar caos, insubordinación y una tensa batalla interna de poder entre ejecutivos y creativos. Paradójico teniendo en cuenta que Don y Roger, por muchas brillantes ideas que tenga uno y muy buenos contactos y don de gentes que tenga el otro, se pasan la jornada laboral tumbados en el sofá de sus despachos, o desaparecidos.

Michael Ginsberg reacciona perdiendo los papeles después de que los demócratas no consigan sacar adelante el decreto de paz para detener la guerra de Vietnam. Se enfrenta a Cutler, que reprimenda a los copywriters por estar escuchando la radio en lugar de trabajar. Ambos se enzarzan en una acalorada discusión (sobre todo por parte de Ginsberg) que pone de manifiesto una vez más la creciente tensión entre conservadores y liberales. Los insultos vuelan. Michael llama fascista a Cutler porque “le encantan los negocios y odia todo lo demás: la libertad, los negros, los judíos”. Y Jim llama hipócrita a Ginsberg, porque se queja pero sigue cobrando sus cheques de las grandes compañías que tanto odia. A ninguno le falta razón. Esta escena sirve además para reafirmar los caracteres de Stan, que se escaquea cuando la cosa se pone fea, y de Bob Benson, ese encantador a la par que irritante pelota que sin duda tiene un detector de oportunidades de trepar y acude a la escena para conciliar. “¡¿Por qué estás siempre aquí abajo!? ¡Vuelve arriba!”, le espeta Cutler, que en ese momento se convierte en vox populi.

Por otro lado, Joan consigue un importante contacto en Avon y una oportunidad para demostrar que es capaz de hacer algo más que organizar agendas y recibir a las visitas en el hall. Haciendo caso omiso del protocolo que Pete le recuerda, y que la excluye de la primera cita con el cliente potencial, Joan acude a la cena con Peggy, a espaldas de Campbell. Allí, Joan demuestra que no tiene ni idea de lo que está haciendo. Las represalias en la oficina no se hacen esperar. Peggy salva a Joan de salir escaldada, pero las heridas del pasado quedan al descubierto y la armonía -¿falsa cordialidad o hermandad real?- que habían encontrado en su amistad se esfuma por un momento. Ambas tienen una percepción algo distorsionada la una de la otra, hay recelo, no aprueban del todo las decisiones que toman -está claro que Peggy es como “uno de los hombres” en lo que se refiere a la prostitución de Joan, pero Joan estaba segura de que Peggy se había acostado con su jefe para estar donde está-, y sobre todo, cada una tiene una porción de la atención de Don que la otra querría para sí. Peggy y Joan se las han arreglado para trascender y transgredir arquetipos y desafiar las normas, pero siguen habitando un mundo de hombres, creado por hombres.

De vuelta a Los Ángeles, Harry lleva a Don y Roger a una fiesta en Hollywood. El contraste que los casuales pero trajeados Draper y Sterling ejercen contra los asistentes a la fiesta -entre ellos un nuevo Danny Siegel– nos desvela algo muy importante: los 70 ya están aquí. Y han llegado antes a Los Ángeles que a Nueva York. Pelo suelto y “peinado” por la sal y el cloro -la laca es el demonio-, ropas holgadas, hachís y flower power. La contracultura hippie se adentra con tranquilidad y buen rollo en la escena angelina, mientras la costa este sangra. Una nueva experiencia psicotrópica en la que Don ve a Megan vestida de hippie y embarazada de él nos confirma lo que comentábamos antes: estos dos viven en planos de realidad completamente distintos. ¿Será un bebé la “segunda oportunidad” definitiva para Don Draper, para el matrimonio? ¿O se acabará ahogando incapaz de recuperar la consciencia (si es que alguna vez la tuvo?) “A Tale of Two Cities” plantea esta cuestión en un mar de segundas oportunidades: la nueva carrera de Danny -antiguo copy de SC- como guionista de cine, la fusión de agencias, la cena de Joan. Incluso Nixon, que ganaba las elecciones la segunda vez que se presentaba. Y para algunos, estas segundas oportunidades vienen en forma de rebelión. Incluso para el estirado e histérico Pete Campbell, que, frustrado por sus diatribas profesionales y saturado de su propia incapacidad para tomarse las cosas con calma, se relaja fumándose un porro en el sofá, mientras suena “Piece of My Heart” de Janis Joplin. Y es así como llegan los 70 a Nueva York, que, por supuesto , sigue siendo el “centro del universo”.

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