Crítica: Un amigo para Frank

Un amigo para Frank (Robot & Frank, Jake Schreier, 2012)

El abrazo cinematográfico más bonito de este año ocurre entre un anciano y un robot, y lo vais a ver en Un amigo para Frank, fantástico debut en el largometraje de Jake Schreier.

Un amigo para Frank es la historia de un ex-ladrón de guante blanco en la etapa crepuscular de su vida. Frank, interpretado por un espléndido Frank Langella, vive solo, y sus hijos Hunter y Madison (James Marsden y Liv Tyler) están preocupados por su bienestar. Para velar por su salud y seguridad mientras él no puede supervisarlo, Hunter le regala un robot de última generación que hará las veces de mayordomo, enfermero, y en última instancia, mejor amigo. Aunque reacio al principio, Frank acabará encontrando en el robot su mejor aliado, y su compañero de fechorías. Ambos trabajarán juntos para que Frank lleve a cabo su último gran golpe y conquiste a la mujer de sus sueños, una bibliotecaria interpretada por Susan Sarandon.

Esta pequeña gran película encuentra el equilibrio perfecto entre la tristeza propia de los relatos sobre Alzheimer y el sentido del humor de las historias de amistades insólitas. Un amigo para Frank es un cuento futurista muy personal (con un inequívoco halo a Sundance) que sabe cuándo hacer reír, cuándo hacer pensar, y cómo conmover, sin recurrir a sentimentalismos facilones. Una cinta de ciencia-ficción de andar por casa que es a la vez dramedia familiar y feel-good-movie. Un amigo para Frank sorprende tanto por su hábil manejo de algo tan difícil de manipular como la melancolía como por su cualidad para calar hondo con una historia sencilla y amable. En definitiva, un verdadero soplo de aire fresco.

Como nota curiosa, cuando salí de ver Un amigo para Frank, sentí la imperiosa necesidad de revisar clásicos ochenteros como Cocoon (1985), y sobre todo Nuestros maravillosos aliados (*batteries not included, 1987).

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