Mad Men 6.08 “The Crash”

Viaje alucinante al fondo de la mente

Muy lejos queda ya aquella cortadora de césped que tiñó de rojo Sterling Cooper. Por aquel entonces (la tercera temporada), Matthew Weiner aun dosificaba con mucho tiento los golpes de efecto y se reservaba el humor -como todos sospechábamos, macabro y retorcido- para más adelante. No es que Mad Men haya prescindido nunca de la comedia, pero en esta última temporada Weiner ha desplegado todo su arsenal. El ritmo de los acontecimientos se acelera y los cambios se suceden tan rápidamente que es fácil perder el hilo y entrar en un estado de aturdimiento y desconcierto. Eso es precisamente lo que simboliza -y provoca- “The Crash”, el episodio de Mad Men más acelerado, loco, confuso, psicótico y lisérgico hasta la fecha.

La fusión de las dos agencias de publicidad de la Avenida Madison ha dado paso al periodo más ajetreado de la empresa. Chevy resulta ser un cliente más exigente y tiránico de lo que Don, Ted y su equipo anticipaban, lo que obliga a los publicistas a extender las jornadas laborales en busca de la idea perfecta. Para incrementar la productividad y enfrentarse a un maratoniano fin de semana, a Cutler -que es algo así como el Roger de Cutler, Gleason and Chaough– se le ocurre la genial idea de repartir dosis de anfetaminas a los creativos de SCDPCGC -¿vamos a estar sin nombre hasta el final de la temporada? Desde la histérica secuencia inicial, en la que Ken Cosgrove sufre un accidente de coche, sabemos que “The Crash” va a ser de todo menos convencional. Algo que se confirma cuando Don se baja los pantalones para recibir su inyección.

Recuperando la premisa narrativa del mítico “The Suitcase” -solo que aquel Jo, qué noche! se transforma en Jo, qué finde!– y remitiendo al viaje psicotrópico de Roger Sterling en “Far Away Places, “The Crash” sumerge a casi todos sus personajes en un estado de alucinogenia y paranoia que para Don Draper -por supuesto- se transformará en un agotador viaje de autoconocimiento. La sombra William S. Burroughs planea constantemente sobre el episodio, y mientras los copy hacen referencia directa al escritor Beat jugando a Guillermo Tell con dardos y una manzana dibujada, Don deambula por la agencia, saltando en el tiempo, entre sueño y vigilia, buscando un recuerdo que promete ser la clave de todo. A través de los nuevos flashbacks, lo velado se desvela, lo secreto se decubre, y el pasado y el presente se funden, mientras se continúa completando el puzle del personaje. Llegamos así al origen exacto de Don Draper, a su génesis: la pérdida de su virginidad a manos de una de las prostitutas del burdel que regentaban sus tíos.

Don encuentra lo que buscaba. La clave es un lunar en la mejilla de una sensual mujer. Una mujer que es una madre alimentando a su niño, pero también una puta convirtiéndolo en hombre. “Porque tú sabes lo que necesita”, reza obscenamente el boceto. Y en esta revelación primordial, en la perturbadora e incómoda dualidad de la imagen y el mensaje del anuncio de avena, podemos observar el mecanismo interno de Don completamente al descubierto, las pulsiones ocultas que dan pábulo a su proceso creativo y que explican (aunque no justifiquen) su comportamiento. La historia es lo que mueve los hilos de Don sin que este sea consciente. No ha encontrado aun la idea perfecta para Chevy, pero al menos se ha encontrado a sí mismo.

Mientras Draper recorre pasillos lynchianos, acosa a Sylvia y da con la raíz de sus mommy issues, en la agencia reina el caos. Aparece de la nada una presencia fuertemente sexual que echa las cartas a Don y lo desnuda por completo: “¿Me quiere alguien? Esa ha sido la pregunta en la que has pensado”. Peggy y Stan experimentan un acercamiento para que después del (poco convincente y evidentemente falso) rechazo de ella, él se acueste con la sucia pitonisa. La Olson está oficialmente entre cuatro hombres: Don, Abe, Ted y Stan. También hay carreras por las oficinas -claro que los dardos las eclipsan. Y luego está Kenny. Que no, no lo han matado. Todo lo contrario, está más vivo que nunca, y lo demuestra con una sensacional exhibición de claqué ante los atónitos ojos de Don y Dawn: “¡Porque es mi trabajo!

Sin embargo, la confusión se extiende más allá de la agencia, y llega hasta el apartamento de Don en Park Avenue, donde Sally Draper“la semilla del diablo”, como Weiner sugiere muy jocosamente- hace de niñera de sus dos hermanos pequeños, a regañadientes de su madre. Una Betty que, por cierto, ¡ha vuelto! “¿De dónde has sacado esa falda” “Me la he ganado” “¿En qué esquina?” Pero a lo que íbamos, una señora afroamericana se cuela en el piso para desvalijarlo, topándose con la hija mayor de Don, a la que intenta distraer contándole que es la mujer que crió a su padre. La yaya Ida es tan, tan, tan convincente que incluso el espectador comienza a creérsela (y eso que nosotros sabemos más sobre Don que Sally). El “¿Somos negros?” de Bobby Draper se convierte ipso facto en una de las frases estrella de Mad Men. A estas alturas del episodio, todo es posible, y la pregunta de Bobby es tan graciosa como aceptable. Cuando Don regresa del trabajo y se encuentra con el cuadro, se desmaya. Nosotros, igualmente exhaustos y agotados por los cincuenta minutos que acabamos de vivir, nos desplomamos con él.

Hace poco, Weiner hacía las siguientes declaraciones a una revista: “Don sufrirá a lo grande una desconexión. Dick Whitman es un niño no deseado, del que abusan, un cobarde, un oportunista, y en cierta forma, un criminal. Y Don Draper es guapo, tiene éxito y es, incluso cuando muestra debilidad, un tiburón. ¿Qué hará entonces este hombre cuando vea que la persona que lleva dentro no llega a sus estándares? ¿Se puede hacer algo o simplemente le pone enfermo?” Las premonitorias palabras del creador de la serie se materializan en “The Crash”, donde Don Draper por fin echa un vistazo a lo más profundo de su ser y la experiencia resulta ser tan abrumadora, tan reveladora e inquietante que no es capaz de soportarlo. Mientras no haya sangre en su pañuelo, no hay por qué alarmarse. Una ducha y de vuelta al trabajo.

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Comentarios (1)

 

  1. James Cole dice:

    No había caído en la relación con Burroughs y me encanta!

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