Mad Men 6.05 “The Flood”

Who Will Survive in America?

4 de abril de 1968. Michael Ginsberg tiene una cita. Megan Draper está nominada a un premio por su antiguo trabajo en publicidad. Y Martin Luther King muere de un disparo en el rostro en Memphis, Tennessee. Norteamérica está cambiando. El mundo está cambiando. Y algo definitivamente está cambiando en Mad Men.

The Flood” nos habla de supervivencia, y de descendencia. Del seísmo social que convierte una vez más al Viejo en Nuevo Mundo. Y de cómo esto afecta a la visión que estos personajes tienen de su condición (pasada, presente y futura) de padres, madres e hijos. El instinto que se acentúa ante la llegada del Diluvio, y que demarca los papeles de protectores y protegidos. La historia se repite, desde los grandes acontecimientos que transforman la sociedad hasta los errores de los padres que los niños están condenados -o no- a replicar. Matthew Weiner insiste más que nunca en el carácter cíclico de la historia, de todas las historias, y establece paralelismos entre una época de tremenda ansiedad, la de finales de los 60, y un presente caracterizado de igual manera por la incertidumbre y la “caída de autoestima de nuestra cultura“. Y lo reviste todo de relato sobre cómo los hijos acaban convirtiéndose en padres.

No es la primera vez que Mad Men recurre a la muerte de una personalidad de la cultura norteamericana para articular un episodio e implementar la caracterización de sus personajes. “Six Month Leave” (2.09) estuvo marcado por el fallecimiento de Marilyn Monroe, y “The Grown-Ups” (3.12) se centró en el asesinato de John F. Kennedy. Joan parece sentir un vínculo especial con gente a la que nunca ha conocido en persona. La muerte de Marilyn desató en ella un terrible miedo a morir sola (un destino que, por cierto, parece haber asumido). En “The Flood” volvemos a ver a una Joan vulnerable y ¿mitómana? que consuela a Dawn con uno de los abrazos más incómodos que hemos visto últimamente en televisión. El asesinato de King ocurre a mitad de la ceremonia de entrega de premios a la que los socios de SCDP asisten para apoyar a su ex empleada. Megan sigue ganando protagonismo, no solo en la serie -“¿Me odian?”- sino en la vida de Don Draper. O más bien al margen de ella. La fatídica noticia llega antes de que Megan sea anunciada como ganadora, lo que provoca que el galardón pase a segundo plano. Aunque en realidad este nunca preocupó demasiado a la francófona starlette: “Solo he venido porque parecía importante para Don”.

Mientras Paul Newman ejerce de anfitrión de la velada (los personajes están sentados tan lejos de su atril que bien podría ser un doble del actor, muy agudo), Ginsberg acude a la fuerza a una cita organizada por su padre. En cierto modo, “The Flood” parece seguir la labor de reconexión de Mad Men con las tramas abiertas en el arranque de la temporada anterior, haciendo así hincapié en la cuestión de la diversidad y la segregación, cada vez más central en la serie. Si en To Have and to Hold por fin conocíamos un poco mejor a la única secretaria afroamericana de SCDP, en “The Flood” regresamos al hogar judío de los Ginsberg después de mucho tiempo. Gracias a esto descubrimos la preocupación de Papá Ginsberg por la vida amorosa, y por tanto por el futuro, de su hijo. En la cita, un Michael nervioso e incontenible deja entrever lo que se le pasa por la cabeza a su acompañante, una maestra de escuela: “Soy virgen”. Y sobre todo “¿Te gustan los niños?” Dos bombas que nos confirman que todo el mundo en Mad Men está pensando en lo mismo. “Niños, niños. Futuro, futuro”.

Las tramas e interacciones del resto de personajes a lo largo del episodio giran en torno al mismo tema. Peggy está buscando un apartamento en Manhattan para irse a vivir con Abe. Ella, en un principio, no está pensando en hijos, sino en su escalada profesional y personal (y en que va a ser vecina de Don), pero Abe ha pensado por los dos: ahora que las calles son más peligrosas que nunca, hay que tener en cuenta cuál es el mejor barrio para criar a un niño. Pete, que apenas ha mencionado a su hija desde que nació, llama a Trudy después del asesinato de King para preguntar por ambas, y además responde a la insensibilidad de Harry con un “ese hombre tenía mujer y cuatro hijos”. De repente, Pete es -o vuelve a ser- un padre de familia. Por otro lado, Megan habla por teléfono con su padre, con el que acaba discutiendo porque en lugar de preocuparse por el bienestar de su hija, utiliza las reyertas raciales para expresar sus ideas marxistas. Dawn va a trabajar a pesar de los motines que acontecen en su barrio, porque “mi madre me ha dicho que debería”. Y por supuesto, Don descubre que quiere a su hijo, Bobby.

Es uno de los pocos momentos en los que hemos visto a Don abrirse sin trabas y demostrar que, aunque parezca mentira, tiene capacidad de autocrítica y momentos de lucidez que le sacan de su permanente estado onírico y febril de negación. Después de llevar a Bobby a ver El planeta de los simios (el nuevo mundo es, y siempre fue, el viejo mundo), y de comprobar la generosidad y empatía que caracterizan a su hijo, Don reflexiona sobre el papel de los padres en el desarrollo de sus hijos. Reconoce abiertamente lo que todos sabíamos: la muerte de su madre y la dura infancia que pasó con su tío y la mujer prostituta de este ha condicionado su manera de ser, ha convertido el salto generacional que siente con respecto a los demás en abismo, y le ha llevado hacia un callejón sin salida. Lo sorprendente es que esta epifanía no arroja luz sobre su manera de relacionarse con las mujeres, sino que le hace darse cuenta de que, después de años fingiendo un cariño que nunca sintió, quiere a su hijo de verdad. Bobby, que no ha tenido precisamente a los mejores padres del mundo, se está convirtiendo en un buen ser humano, y Don no ha contribuido a ello. ¿Puede entonces seguir refugiándose en su tormentoso pasado para justificar su comportamiento? Ante la terrible confesión de su marido, Megan siente compasión, pero también horror. Resulta especialmente desolador ver a un hombre como él en un momento tan vulnerable.

Mad Men es una serie de interiores. En todos los sentidos. Los acontecimientos que tienen lugar en las calles recalan en los personajes, haciendo temblar los cimientos de sus meras existencias, introduciéndose en sus vidas por las ventanas a través de las que ellos se dedican únicamente a mirar. En “The Flood”, Don Draper sale al balcón y observa la ciudad que se transforma, que late con fuerza. Es el mundo en el que él se resiste a vivir, y que por fin se decide a reconocer. Un mundo que estalla y arde, que se revela. Y ahora para Don, el mundo en el que Bobby está creciendo.

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